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martes 20 de marzo de 2012, 15:30:00
ALIMOCHE -AVIFAUNA V-
Tipo de Entrada: ARTICULO | 8 Comentarios

                           BIOFICHA

CLASIFICACIÓN
Clase: Aves. Orden: Falconiformes. Familia: Accipitridae. Género: Neophron. Especies y subespecies de ámbito nacional: Neophron percnopterus; N.p. pernopterus y N.p. majorensis. Alimoche común, egyptian vulture, percnoptère d´Egypte, britango, capovaccaio, schmutzgeier, sai zuri, aufrany, moixeta voltonero, zapiqueira, aligüerda, voitre branco, guirre, voleta, moñiguero…
BIOMETRIA
Peso:
1.600-2.400 g. Longitud: 59-70 cm. Pico: 3,1-3,4 cm. Envergadura alar: 150-170 cm. Ala plegada: 46-53 cm. Carga alar: 0,60 g/cm². Patrón de plumaje blanquinegro con cola romboide.
ECOLOGIA
Sanitario ecológico. Ejerce una labor de higiene del entorno natural y de reciclaje energético al eliminar las carroñas. En las carcasas de gran porte, como señalizador de la carroñada y consumidor de porciones pequeñas y relegadas; siendo especialista en las de porte medio o bajo.
Hábitat: Especie ubicua, ocupa los biotopos rupícolas de origen fluvial, montañoso o litoral con preferencia por los hábitats áridos y deforestados.
Distribución: Presente en España: 1.452-1.556 parejas reproductoras de carácter migratorio, y residentes en las islas de Baleares y  de Canarias –subespecie endémica-. En Portugal: 90 parejas reproductoras. A nivel mundial, marca una tendencia regresiva; siendo Iberia el mejor feudo del Paleártico occidental.
Alimentación: Necrófago de oficio que diversifica la dieta desde un amplio abanico trófico.
Amenazas: Veneno, electrocución y colisión, disminución de alimentos, alteraciones del hábitat y molestias en la época de cría.

BIOLOGIA REPRODUCTIVA
Sin dimorfismo sexual aparente, ligeramente mayor la hembra. Monógamos, observándose cierto grado de poliandria. Territorial moderado de tendencia filopátrica.
Nidos: 1-4, usual el par. Plataforma nidal: 80-150 cm de diámetro por 25 cm de espesor. Cubeta de empolle: 40 cm de diámetro por 4-5 cm de espesor. Puesta: 1-3, usual el par. Huevo blanco sucio moteado de manchas pardas rojizas. Dimensión: 66 x 50,4 mm. Peso: 75-97 g/unidad. Incubación compartida: 42 días. Nidícola, neonato de plumón blanco y tendencia al cainismo. Volantón e inmaduro con  patrón de plumaje oscuro que clarea progresivamente cada año. Productividad: 0,65 pollo/pareja, tasa de vuelo: 1,12 pollos volados/nido; y éxito reproductor: 0,88 pollo/pareja. Madurez sexual: 5 años. Esperanza de vida: 35-40 años en cautividad.
ETOLOGIA
Especie de carácter migratorio  –excepto en los núcleos de distribución insular- y ritmo circadiano de hábitos diurnos. De querencias termófilas; monógamo con ligera tendencia sexual a la poliandria. De moderado gregarismo y territorialidad con tendencia filopátrica. Temperamento subordinado en las grandes carroñadas, y dominante con los carroñeros oportunistas menores.

         

 

     Sirva de información complementaria, en aspectos generales, los artículos precedentes del buitre leonado http://lupus.madteam.net/articulos/2009-12/buitre-leonado--avifauna-iv/

 y del quebrantahuesos http://lupus.madteam.net/articulos/2007-08/quebrantahuesos---avifauna-alpina---i/


     África, cuna de la Humanidad, anualmente irradia el éxodo migratorio del buitre viajero, Neophron percnopterus (Linnaeus, 1758). Único buitre europeo de carácter migratorio que, si bien estrella fugaz de los cielos africanos (5 meses en los cuarteles de invernada: de octubre a febrero); puede proclamarse con orgullo: “ibérico”, pues, estacionalmente, conviven con nosotros los individuos más nómadas (7 meses: marzo a septiembre, Del Hoyo et al., 1994), para dar lugar al nacimiento y a la crianza en los roquedos españoles. No sólo reivindico con justicia su pertenencia a nuestro patrimonio natural, sino que animo a efectuar todos los esfuerzos posibles para preservar una especie en declive poblacional, apenas diversificada en tres subespecies y única en su género. Situación preocupante como lo subraya su última recatalogación de “Vulnerable” (Blanco y González, 1992) a la actual, “En Peligro”; tanto a nivel mundial (población inferior a 40.000 ejemplares), europeo y nacional (Donázar, 2004), siendo “En Peligro Crítico” en las Islas Canarias (Madroño et al., 2004), patria de la tercera subespecie aceptada.

                        


     El género monotípico, Neophron sp., se ramifica en tres subespecies de menor a mayor distribución y poblaciones:
     Neophron percnopterus majorensis (Donázar et al., 2002), subespecie española y rapaz endémica canaria de carácter sedentario (Donázar et., 2000; Palacios, 2000; De Pablo, 2000). El alimoche de mayor tamaño y menor población, apenas supera la centena de ejemplares circunscritos a dos islas y unos islotes.
     En el extremo oriental, N.p. ginginianus (Latham 1790), subespecie asiática sedentaria que planea y nidifica en el subcontinente indio, Nepal e India, excluido NO (Del Hoyo et al., 1994). El buitre blanquinegro de menor tamaño (Brown y Amadon, 1968) y mayor dependencia trófica de los asentamientos humanos (despojos de animales domésticos y de basureros), donde la necrofagia coquetea con el comensalismo hacia el hombre. Hecho que ha reducido drásticamente sus poblaciones por intoxicación al ingerir carnaza tratada con el fármaco “diclofenaco”, zoosanitario antiinflamatorio que causa en las rapaces necrófagas insuficiencia renal aguda y la muerte (Oaks et al., 2004; Shultz et al., 2004). Y, como un tsunami letal, ha extendido la mortandad entre los buitres asiáticos (Green y col., 2004).
     Neophron p. percnocterus o alimoche común, la subespecie nominal más representativa y difundida, ya que sobrevuela tres continentes: Europa, África y Asia. Amigo de la insolación, tímido con la lluvia, osco con los bosques y amante pasional de la roca y los espacios abiertos. La geografía circunmediterránea optimiza estas condiciones climáticas y orográficas, junto a la disponibilidad trófica, para el bienestar  del pequeño buitre viajero (Houston, 1997); y extenderse por el norte hasta Francia y Kazajistán; sur, Namibia; oeste, Cabo Verde e Iberia (España y Portugal); y este, Kazajistán.

                      

     En los núcleos poblacionales de distribución circunmediterránea (Europa meridional, Oriente Medio y franja norteña africana –Del Hoyo et al., 1994-) continúa la tendencia regresiva mundial (Tucker y Heath, 1994) y una rarificación preocupante (Fergusson-Lees, 1964; Garzon, 1975; Donázar, 1997; Snow, 1998), no superando 5.500 parejas reproductoras; con Iberia como el mejor núcleo reproductor  del Paleártico occidental (Perea et al., 1990; Donázar, 1993, 1997; Donázar et al., 2002), aunque en declive (Del Moral, 2002; Donázar, 2005).


DISTRIBUCIÓN


     El alimoche en Portugal, llamado britango, no es una rapaz fácil de divisar;  un número inferior a 90 parejas reproductoras surcan los cielos portugueses más orientales (p.ej., distritos de Bragança –principal- y Castelo Branco),  en la línea fronteriza; nidificando en los cantiles y murallas rocosas ribereños de los río Duoro y Águeda, como principales núcleos, y de los ríos Tejo, Erges, Sabor y Côa; al amparo conservacionista de los espacios naturales protegidos por ley (p.ej. Parque Natural do Duoro Internacional, o Tejo Internacional).
En España prefiere la franja norteña, desde la Cornisa Cantábrica hasta los Pirineos,  donde las provincias de Huesca, Navarra o Burgos ostentan los núcleos poblacionales más numerosos; junto al Sistema Central (Cáceres, matriz buitrera de primer orden), Sistema Ibérico y Depresión del Ebro. Y la singularidad de cobijar –y mantener- rapaces necrófagas en islas (Baleares –N.p.percnopterus, manifestándose como sedentaria- y Canarias -N.p.majorensis-).

           


     En España el último censo (SEO/LifeBird, censo III 2008, de magnífica prospección, exhaustivo, metódico y de gran participación; cualidades que, sin menoscabar otros censos, inclina a deducir una merma o, cuando menos, redistribución en las poblaciones) nos aportan 1.452-1.556 parejas reproductoras con una densidad de 0,3 parejas/km² y un declive poblacional en los últimos lustros (periodo 1990-2000) del 25% (Del Moral y Martí, 2002; Donázar, 2004. SEO/LifeBird, censo II 2000 se dataron 1.320-1.475 parejas seguras a nivel nacional –Del Moral y Martí, 2002- en 1.270 territorios ocupados, y 1.853 parejas seguras en Europa); distribuidas de mayor a menor cuantía por comunidades autonómicas:
Castilla y León:
     La comunidad autónoma más generosa en número de núcleos de cría y reproductores con 380 parejas seguras, y, ligeramente, con una tendencia alcista. La mayor concentración territorial se ubica en la franja sur de la Cornisa Cantábrica correspondiente a las zonas norteñas provinciales de León, Palencia y Burgos; siendo esta última, líder comunitario con 96 parejas seguras, conteniendo su núcleo principal en la línea geográfica de Peña Amaya hasta los montes Obarenes, y, cuantitativamente, una de las punteras provincias españolas. En el otro extremo, Ávila, que tan sólo cobija a una pareja segura en el sur de la Sierra de Gredos. Mención especial se merece Segovia que, si bien alberga 29 parejas seguras, se concentran, mayoritariamente, en los parques naturales de las hoces de los ríos Duratón y Riaza, joyas de la cultura vultúrica europea y matrices buitreras de gran densidad poblacional (Fernández, 1994).
Aragón:
     Coloniza toda la comunidad, con mayor densidad en las áreas del Pirineo y valle del Ebro. Huesca –junto a Cáceres- se puede enorgullecer al encumbrarse como la provincia española que hospeda al mayor número de parejas seguras, 133. Zaragoza -88 parejas seguras-  y Teruel -33- complementan la población, en lugares tan destacables, respectivamente, como la Depresión del Ebro y los cañones de los ríos turolenses Martín y Guadalope.
      Nidifica en todo el territorio, en especial, en las serranías prepirenaicas (Sierra de Guara) y del Pirineo occidental (Echo, Panticosa, Ordesa…), junto a Los Monegros (tesoro europeo de los ecosistemas esteparios); contabilizándose 260 parejas seguras que marcan una territorialidad en leve alza.
     No obstante se produce gran mortalidad por el uso irracional e ilegal de cebos envenenados destinados a las poblaciones depredadoras (Tella et al., 2000) que causan estragos entre el gremio necrófago, en general, y en el desdichado “voleta” en particular, merced a su afinidad por los pequeños bocados (ataúd fabricado por sus asesinos). La mortandad por causas no naturales, si a nivel general se trueca en dramática, pasa a ser catastrófica en núcleos de cría de gran raigambre vultúrica como Los Monegros, valle del Ebro o La Bardena aragonesa; con una mengua territorial del 70% (Grande, 2006).
Extremadura:
     El núcleo principal de crianza se ubica en los roquedos fluviales de las riberas del río Tajo y sus afluentes tributarios (Tiétar, Alagón, etc.), con Monfragüe como joya de la corona y uno de los paraísos orníticos de Europa. Cáceres aglutina casi el 80% del área reproductora con 131 parejas seguras, y duplica -0,79 parejas/100 km²- la densidad demográfica de la comunidad -0,42 parejas/100 km²-; formando con 143 parejas estimadas la provincia española de mayor relevancia. En Badajoz anidan 36 parejas seguras concentradas en los sectores noroccidental y central, con una tendencia poblacional estabilizada, mientras en Cáceres aumenta, marcando a nivel comunitario un sesgo positivo (167 parejas seguras).

     


Castilla y La Mancha:
     De propensión poblacional positiva, 151 parejas seguras, los mejores territorios de crianza se asientan en el Alto Tajo y las serranías de Cuenca y de Sigüenza. Destacan las provincias de Guadalajara -94 parejas seguras- y de Cuenca -42-; mientras que Albacete sólo dispone de dos parejas reproductoras y ninguna o dudosa en Toledo.
Navarra:
     Censadas 127-130 parejas seguras (Olga Ceballos et al., 2000; Lekuona, 2007; Cortés et al., 2009) distribuidas por todo el territorio (densidad 1,53 parejas/100km²), aunque con menor constancia en los valles cantábricos del NO (densidad, 0,74 parejas/100km²) por su elevada pluviosidad y neblinas (cerca del pueblo navarro de Goizueta –estación meteorológica de Artikutza- se han registrado picos superiores a 3.000 l/m² y media anual de 2.654 l/m²; correspondiendo a la más alta de la península). Por el contrario, Navarra oriental aporta cualitativa y cuantitativamente los mejores biotopos para la subespecie con tres sectores diferenciados entre sí:
     En el NE encuadrado en el prepirineo y Pirineo occidental; barrancos, murallas rocosas (Peñas de Itxusi, Belagoa y Larra, etc.) y, sobre todo, foces/hoces (Burgui, Mintxate, etc.) con una densidad de 2,81 parejas/100km².
     La Zona Media abarca la franja oeste-este (Améscoas-sierras de Leyre, Illón y San Miguel) en la mitad geográfica de Navarra; la climatología y orografía se suavizan (en realidad actúa como zona biogeográfica de transición entre el norte y el sur), para acoger a una considerable población (densidad 1,52 parejas/100km²).
     En el tercer sector navarro, el sur, el alimoche puebla los cortados fluviales de los ríos de la Ribera navarra (densidad pequeña, 0,57 parejas/100km²) próximos a los asentamientos humanos, junto a uno de los enclaves naturales áridos más sorprendente y mágico, las Bardenas Reales, en el SE. Parque Natural y Reserva de la Biosfera por sus bonanzas naturales y privativas de ecosistemas esteparios, idónea para la ecología del alimoche: Clima mediterráneo continental; de pluviosidad inferior a 500 mm (promedio anual 300 mm); descarnado de vegetación arbórea (rodales aislados de pino carrasco, coscoja o juníperos); abundante cabaña ganadera (principalmente ovina; curiosamente y por desgracia, con ínfulas de anacronismo debido a ser un cuartel de invernada de trashumancia) y fauna salvaje (conejo, presas pequeñas, etc.); circunvalado por asentamientos humanos (muladares, granjas y basureros); roquedos en donde fundar núcleos de cría (de litología arcillosa y estratificación de conglomerados y caliza en cota inferior a 655 m); poca alteración del hábitat (usos agropecuarios, base militar y zona prohibida, turismo y ocio, etc.). En definitiva, un oasis ecológico para el linaje del alimoche. Por desgracia, este orgullo zoológico de los navarros que ha certificado una de las densidades mayores de Europa (6,12 parejas/100km², cuadriplicando la media comunitaria) padece una regresión en su área de cría superior al 50% (José Antonio Donázar et al., 2008), descendiendo de los 56 territorios (década de los 90, s. XX) a la actual, 26 territorios. Triste deriva motivada por los males comunes a las especies necrófagas y pésima mano del hombre, desafortunadamente, patrón mortal de tintes globales: venenos, dependencia trófica de muladares y del conejo, intromisión y alteración del hábitat… El anterior censo contabilizó 159 reproductores (Ceballos et al., 2000; Fernández y Ceballos, 2002), ahora no superamos 130 parejas. Tendencia poblacional negativa, hoja ensangrentada de guadaña; letal para el alimoche, injusta e irónica para D. José Antonio Donázar Sancho (junto a otros navarros, como cabeza más conocida públicamente: paisano, naturalista, biólogo…; una de las autoridades de primer orden –y defensor a ultranza- sobre rapaces necrófagas) y preocupante para el pueblo navarro.

     


Catalunya:
     De tendencia recolonizadora y, por lo tanto, positiva -66 parejas seguras-. Nidifica en las cuatro provincias, siendo de menor cuantía en Gerona -3 parejas seguras- y Tarragona -2 parejas seguras-; esta última recolonizada después de ser exterminada por el veneno (Muntaner et al., 1981; Marco y García, 1981; Alamany et al., 1984). Lérida como matriz territorial con una ocupación casi del 80% y 52 parejas seguras en los cantiles rocosos prepirenaicos de Pallars Jussà -17 parejas-, Noguera, Alt Urgell o Solsonès.
Asturias:
     Zapiqueira, apodo del alimoche astur, representa a su terruño con 55 parejas seguras que denotan un ligero incremento poblacional, con una densidad media de 1,47 parejas/km². Nidifican en las paredes verticales de la Cordillera Cantábrica y las sierras prelitorales (p. ej., Sueve y Cuera), raramente en acantilados a pie de mar; una querencia reproductora por el oriente asturiano, curiosamente, fuera de parajes regulados por legislación proteccionista (63,64%), a excepción del eje Babia-Somiedo o el Parque Nacional Picos de Europa.
Cantabria:
     El alimoche cántabro –aligüerda- nidifica en todo el territorio -46 parejas seguras-, desde los acantilados marinos hasta los roquedos de media montaña -1.200 m-. Sin una preferencia acusada, los farallones salitrosos de la costa dan paso a los cortados ribereños de los ríos Agüera, Ansón y Miera, y de los valles occidentales de Liébana, Saja o Nansa. Sobresalen los espacios protegidos del Parque Nacional Picos de Europa  o Sierra del Cordel.
Islas Baleares:
     Neophron p. percnopterus relega su vocación migratoria para adquirir oficio sedentario y pasar la invernada en las bellas Illes Balears (Muntaner et al., 1984; Ramos, 1994; Escandell, 1997), nominarse como arpellot o moixeta voltonera y emparejarse de por vida -46 parejas seguras y 51 estimadas-. Después de un acusado declive demográfico en la década 1990-2000 del s. XX, se puede constatar cierta estabilidad poblacional. En la isla de Menorca se establece el 98% de la subespecie, con inclinación por el sector occidental donde, mayoritariamente, nidifican en los roquedos del interior. En la isla de Mallorca se extinguió en la década 70 del s. XX, probablemente por envenenamiento (Viada y Rebassa, 1994), para renacer de sus cenizas y recolonizar, desde el año 2005, un acantilado norteño del Parque Natural de la Península de Llevant.

   


País Vasco:
     Putre xuri o sai zuria, el alimoche de los roquedos euskaldunes, nidifica por todo el territorio (Álvarez y Ugarte, 2006); en mayor densidad en el sector oriental y, concretamente, en la comarca de Encantaciones y en las sierras de Salvada y Árcena. Estimadas 48 parejas, censándose 45 como seguras, afincadas 19 en la principal provincia buitrera, Vizcaya.
Islas Canarias:
     Nuestro paraíso natural más meridional y occidental (región macaronésica) está representado por la subespecie endémica N.p. majorensis (Donázar et al., 2002; Kretzmann et al., 2003). Buitre de carácter sedentario (Cramp y Simmons, 1980; Del Hoyo et al., 1994; Donázar et al., 2000) transita entre las islas orientales más septentrionales del archipiélago en pequeñas migraciones de tipo estacional, intensificadas en el ciclo reproductor. Taxón de rasgos morfológicos y genéticos diferenciados del resto de subespecies (Donázar et al., 2002); de superior tamaño (biometría mayor en: 18,4% peso; longitud alar, 3,9% y caudal, 8,4%; tarsos, pico, etc.); carga alar y adaptación a los vientos alisios; junto a una distinción genética (haplotipos del ADN mitocondrial). Aunque ya habitaba la zona antes de la llegada del humano (Rando y López, 1996; Jaume et al., 2003); colonizó el archipiélago merced al asentamiento de tribus norteafricanas -posiblemente bereberes- que introdujeron ganado doméstico (cabras –Cabrera, 1996, 2001-; de hecho Plinio el Viejo –s. I a.C.- nominó a la isla de Fuerteventura como Capraria), carroñas predecibles y periódico recurso alimentario (Agudo et al., 2010). Al gran pájaro blanquinegro que devoraba la carne de los animales muertos para elevar al cielo a sus espíritus, lo llamaron “guirre”, nombre de hondo calado en la cultura guanche (Palacios et al., 2002).
     Señor del nicho ecológico de los necrófagos –única ave insular estrictamente carroñera- campeaba dueña de toda la geografía canaria, numeroso y extendido (Meade-Waldo, 1893; Lack y Southerm, 1949; Bannerman, 1963; Martín, 1987); para ir rarificándose en el s. XX y entrar en el corredor de la muerte, catalogada “En Peligro Crítico” (Madroño et al., 2004; Donázar, 2004) y “En Peligro de Extinción” (Catálogo Canario de Especies Amenazadas). Antaño, posible ubicación en El Hierro y La Palma (Martín, 1987; Delgado, 1993); extinta en Gomera –año 1955-, y en Gran Canaria y Tenerife (Martín, 1985; Delgado et al., 1998) como reproductora en la década de los 80 del anterior siglo, si bien, a día de hoy, campea algún esporádico ejemplar divagante (Siverio et al., 2004).
     En la actualidad, 42 parejas seguras, se distribuyen el área de crianza limitada a las islas orientales de Fuerteventura (municipalidades de Antigua y Betancuria), Lanzarote y el pequeño archipiélago de Chinijo; mayoritariamente en la primera, 38 parejas seguras,  mientras en el resto existe constancia de 4 parejas seguras (Díez et al., 2008); en resumen: una exigua población inferior a 130 ejemplares (Donázar et al., 2002). Las causas globales –comunes a las otras subespecies- radican en la alteración e intromisión del hábitat, principalmente, colisión y electrocución (Donázar et al., 2002; Gangoso y Palacios, 2002) a raíz de la arriesgada costumbre del guirre de utilizar torretas y postes eléctricos como posaderos y perchas, maximilizando las muertes por causas no naturales (Palacios, 2002); y, en menor medida, las molestias en las áreas de cría y, como consecuencia, un bajo índice reproductor (Sergio et al., 2004), inferiores al peninsular (se mantiene la tasa de vuelo, 1,12; y disminuye la productividad y éxito reproductor con 0,45, frente a los peninsulares respectivos, 0,65 y 0,88). Reducción y eliminación de muladares (importante para la población subadulta emancipada y en las cebas del pollo). Envenenamiento (Laura Gangoso y Ana Trujillano, 2004), como en el caso del plumbismo (Donázar et al., 2002) a causa de la ingesta accidental de plomo incrustado en las carnazas de origen cinegético; toxicidad adquirida a través de la medicación de carcasas domésticas, y cebos envenenados. Las causas exclusivas residen en la pérdida de variabilidad genética por endogamia (Donázar et al., 2002: Kretzman et al., 2003) y sus negativas consecuencias (alta incidencia de enfermedades genéticas, menor fertilidad, fuerte mortandad natal, anomalías en el crecimiento…) e inferior sistema inmunológico (Gangoso et al., 2009).
     Dramática situación, pero no irreversible, máxime tratándose del único necrófago insular de oficio; joyas endémica y taxonómica de incuestionable valía zoológica, eslabón de cúspide en la red trófica y tesoro ornítico insulares. Una pieza clave en el patrimonio natural canario –y por extensión, España, Iberia y Europa- a conservar; no en la sala de un museo, sino en los cielos del archipiélago canario, así esas bellas islas serán aún más hermosas.

      


Andalucía:
     33 parejas seguras componen la población nidificante andaluza, repartidas en menos de treinta y dos territorios; en fase de regresión, 15%, sin presencia reproductora en las provincias de Huelva, Almería y, desde el último censo, en Granada, excepto avistamientos en etapa reproductora (abundante hace unas décadas a mediados del s. XX. López Seoane, 1961; Sánchez García, 1985). En general, sobresale como zona biogeográfica reseñable, el Sistema Bético occidental. A nivel local, las sierras gaditanas y malagueñas occidentales; junto –en menor medida- al Parque  Natural jienense de Cazorla, Segura y Las Villas (Sistema Prebético). Cádiz, 19 parejas seguras, se mantiene como matriz buitrera (Sierra Norte de Cádiz, Parque Natural Sierra de Grazalema, Campo de Gibraltar…), si bien ha mermado un 40% en una década (Benítez et al., 2004). Y parajes emblemáticos los Parques Naturales Los Alcornocales y Sierra de Grazalema. Por el contrario, Tarifa -principal ruta de migración erizada de aerogeneradores-, se convierte, tristemente, en el punto negro. La alteración del hábitat no es el peor enemigo del buitre viajero andaluz, sino el envenenamiento sistemático de la subespecie (Donázar  et al., 2003; Donázar 1993, 1997; Perea et al., 1991); junto a una reducción demográfica del 15% (parámetros a principios de la década –primer  dato-, y al año 2009 –segundo dato-: productividad, 0,74-0,53; tasa de vuelo, 1,30-1,13; éxito reproductor, 57,10-46,80%). Esta inercia negativa ha topado con la concienciación del pueblo andaluz, asociaciones y entidades conservacionistas, junto al compromiso de acción de los gestores políticos, activándose protocolos: Puntuales paradas de maquinaria e, incluso en zonas de alto riesgo, la eliminación de los molinos de viento metálicos más letales. Patrullas caninas adiestradas para detectar tóxicos-cebos envenenados (Cuoto et al., 2005), y mayor presencia del guarderío público y privado. Acciones imprescindibles dada la alta gravedad: “En Peligro de Extinción” (Catálogo Andaluz de Especies Amenazadas, aprobado por Ley 8/2003).
La Rioja:
     Como daño colateral de la fuerte regresión sufrida en la Depresión del Ebro, presentan un ligero descenso, tanto territorial como demográfico. 18 parejas seguras, dispersas por toda la comunidad, manifiestan una preferencia reproductora por los roquedos de los cursos fluviales tributarios del río Ebro.
País Valencià:
     Balance demográfico positivo con 14 parejas seguras. Milopa, el alimoche levantino se ausenta de Alicante; en cambio Castellón -13 parejas seguras-, monopoliza los núcleos reproductores que encuentran en las comarcas de Els Ports, Tinença de Benifassà y Alto Maestrazgo las mejores condiciones ecológicas para la viabilidad de la subespecie, hasta el punto de recolonizar – una pareja segura-  el NO de la provincia de Valencia (García-Ripollés et al., 2007).
Galicia:
     Ourense puede enorgullecerse de ser la puerta de entrada a la recolonización del voitre branco en tierras gallegas (Blanco, 2009; Xende y Rodríguez, 2009; y otros). Censadas 2 parejas seguras que campean por el NE provincial (cuenca del río Sil, Parque Natural Serra Enciña da Lastra).
     Neophron percnopterus pernocterus falta en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, junto a las CC. AA. de Murcia y Madrid, donde se extinguió como reproductor (Bajo Jarama) en la década 80-90 del s. XX (Ortega et al., 2006: Del Moral y Martí, 2002; Díez et al., 1994; Perea et al., 2006); localizándose esporádicos avistamientos, que, estacionalmente, se intensifican al ser paso de ruta migratoria (De la Fuente et al., 2004, 2005).


HÁBITAT


     Especie ubicua, migratoria –excepto en los núcleos de distribución insular-. De querencias termófilas (Ceballos y Donázar, 1989; Donázar, 1993), preferencia por los hábitats áridos y deforestados (Houston, 1985) y, acorde al patrón de vuelo de las aves planeadoras, de ritmo circadiano de hábitos diurnos. Ocupa los biotopos rupícolas de origen fluvial, montañoso o litoral en donde las hoces, farallones y acantilados, oquedades y grietas rocosas forman la cuna de su estirpe; sin menospreciar llanuras, páramos o zonas áridas de escasa cobertura vegetal y roca en donde anidar; y, en sus ojeos de prospección alimentaria, la periferia de asentamientos humanos (el buitre más “humanizado”); dándose las densidades más altas en los lugares de litología favorable a nidificar y climatología poco húmeda (Donázar y Ceballos, 1989). Área de campeo, aunque muy diversificada, reducida; estableciéndose una relación entre la menor envergadura de las cuatro especies vultúricas ibéricas y la exigua área de campeo (Newton, 1979); raramente superior a 20 km, condicionada por el estado del individuo (volantón, subadulto, inmaduro, adulto reproductor) e inferior a la del resto de buitres ibéricos (rango 25-70 km. Köning, 1974; Elósegui y Elósegui, 1977).

         


     Dentro del área, distinguirlo de otras aves en vuelo no requiere mayores conocimientos; sino observación y agudeza visual –o, en su defecto, unos prismáticos-. La silueta más estilizada que la de los buitres, la cola en cuña y su plumaje blanquinegro,  únicamente limitan las confusiones, primeramente, a quebrantahuesos (en inmaduros de las dos especies: mayor cuerpo y cola, y distinta tonalidad oscura) y águila calzada –Hieratus pennatus- en fase clara (cola abanico y menor tamaño). Y, en segundo plano, con el águila real –como inmaduro; cola abanico y superior envergadura- y la cigüeña común (Ciconia ciconia; sólo coincide el patrón cromático destacando mucho la largura de patas y de cuello-cabeza. Curiosamente, al alimoche se le ha llamado en algunas zonas, cigüeña de montaña). A ojo de naturalista, inconfundible: Destacan la cabeza afilada por el pico y, en el extremo opuesto, la cola cuneiforme. Largas rémiges de contornos rectos, más estilizadas hacia los extremos distales que se separan y arquean hacia arriba, para optimizar el vuelo a vela. Negro azabache en contraste con el blanco del cuerpo inferior y de la cola –más corta que la anchura de las alas-; timón romboide que culebrea entre las suaves olas de las corrientes térmicas y el impetuoso oleaje de vientos de ladera. Rasgos morfológicos que, junto a la pequeña carga alar (0,60 g/cm²), no le otorgan la medalla de oro en el vuelo a vela o en los quiebros acrobáticos de zonas abruptas; pero sí pódium en sendas especialidades. El alimoche se adapta mejor a las corrientes térmicas ascendentes (campeón, el buitre leonado) menos intensas y a las corrientes térmicas de ladera (campeón, el quebrantahuesos), comunes en zonas de orografía rocosa (montañas, barrancos, hoces, valles, etc.). Sin ser experto, domina estas técnicas (Pennycuick, 1972; Donázar et al., 1993, 2002). No precisa para despegar de perchas altas, como otros buitres, incluso puede descender en picado; ni espera al recalentamiento solar del aire. Mientras el buitre leonado aguarda ocioso la formación del flujo ascendente, el alimoche patrulla la zona.

           


      Despega suavemente y bate las alas con mayor frecuencia para introducirse en el flujo ascendente de una térmica. Una vez en altura disminuyen, respecto al buitre leonado, la velocidad de crucero y la eficacia energética, mientras aumentan tanto el número de cicleos como el grado de abertura de las alas, precisando más energía. A la hora de encadenar otra térmica, bien se deja llevar por el flujo descendente o puede realizar un picado; técnica que domina y desarrolla en otras actividades (p.ej., danza de la parada nupcial y avistamiento de alimento). Asimismo, aterriza y despega con mayor estilo y premura que otros buitres, merced a su inferior tamaño –proporción inversa a la masa corporal-.

  


     Si el alimoche no es un pájaro de altos vuelos, ni como eficaz planeadora ni como veloz rapaz; sus alas le impulsan a realizar el gran viaje…; pero eso son aleteos que seguiremos más adelante. Primero pongámosle cara a nuestro personaje.


MORFOLOGIA


     La impronta filogenética vultúrica hermana más al Percnopterus con el quebrantahuesos, que con su primo el buitre leonado. El menor porte, el colorido o la silueta estilizada, a simple vista, marcan diferencias; y si en vuelo, en la lejanía, lo asemejan a las rapaces majestuosas (águilas y quebrantahuesos) o a la blanquinegra cigüeña común. De cerca, cara a cara, la radiografía visual adquiere personalidad y subraya las peculiares características del Neophron.

         


     El menor buitre europeo (Díaz et al., 1996; Donázar, 1997: paradójicamente, la mayor ave autóctona en Canarias) apenas supera los dos kilos de peso (rango 1.600-2.400 g); una longitud de 59-70 cm y envergadura alar de 150-170 cm, con el ala plegada, 46-53 cm. Sin dimorfismo sexual aparente, se distingue un leve incremento en la biometría y morfología –p.ej., rectriz central más larga- de la hembra (Cramp y Simmons, 1980); regla familiar en las rapaces, a diferencia de otras aves –dimorfismo sexual inverso respecto al tamaño-, el mayor volumen de la hembra (Newton, 1979).

           


     El rasgo distintivo de la especie –y que lo aleja del estereotipo de los buitres- se visualiza por medio de su vestimenta bicolor, de un blanco sucio con pinceladas de matices cremosos, en contraste con el negro de las rémiges. Plumaje fanérico, diseñado por Mater Natura para destacar y ser, fácilmente, detectado (en oposición al plumaje críptico). Patrón de muda discontinuo, común en rapaces; en donde las plumas de vuelo –rémiges y rectrices- se sustituyen en alternancia temporal y espacial con la finalidad de perjudicar lo menos posible la capacidad motriz. Se desarrolla al final del ciclo reproductor (junio-septiembre), cuando la bonanza estacional minimiza la pérdida energética (Elósegui, 1989). Muda posnupcial que se interrumpe a causa del viaje migratorio, para reiniciarse al calor del sol africano. El inmaduro luce un plumaje oscuro que clarea anualmente, con las sucesivas mudas, hasta la edad adulta (4-5 años) y rostro gris azulado. Como es usual en las aves, el cuidado y el aseo del plumaje forman una pauta diaria de comportamiento: Baños de agua y de sol donde los dos elementos imprescindibles para la vida ayudan a limpiar de impurezas y a exterminar de parásitos el uniforme de trabajo; dicho de paso, menos sucio que el de los buitres mayores (Leconte 1987; Hidalgo et al., 1979: Houston, 1980).

   


     La cabeza del alimoche asemeja una carnavalesca máscara veneciana; le da un aire cómico, estrafalario y burlón: Pico largo (3,1-3,4 cm), amarillento; terminado en una punta ganchuda de color negruzco; comparativamente con los otros buitres ibéricos, menos robusto y más estilizado, idóneo para su oficio (el pico o ranfoteca es el hijo evolutivo de las mandíbulas reptilianas; su forma nos da una pista del tipo de alimentación del ave y fue la chispa que iluminó a Darwin en sus estudios), pero ineficaz como matarife desollador. Protegido en su base superior por la cera, en color amarillo, y escoltado en los flancos por los orificios de las narinas, ostensibles y acanalados. Rostro y buche desplumados, de piel amarillenta y arrugada, a veces con matices anaranjados; tonalidades obtenidas  por medio de la ingesta de ciertos insectos –saltamontes-, huevos y, principalmente, de excrementos de ungulados (aportan carotenoides y luteína, pigmentos orgánicos amarillos, anaranjados y rojos), pinturas de guerra en ave pacífica. Ojos parduscos con matices dominantes en anaranjado rojizo. De buena visión prospectora, hasta el punto de detectar cadáveres de reducido tamaño y presas pequeñas (anfibios, reptiles, micromamíferos, avecillas…; incluso invertebrados); y aérea (detección de corrientes térmicas, orientación migratoria, etc.). Cerca de ellos se aprecian, muy conspicuos, los oídos externos.

  


      Gorguera blanquecina con matices amarillo-anaranjados; de plumas largas y de forma lanceolada en cuello y nuca, en general hirsutas, con una acentuación más exagerada en el píleo. Tarsos desplumados, 7,5–8,8 cm, de piel con variabilidad cromática  en amarillo, gris y el más común, rosáceo encarnado. Como base, garras fuertes de uñas afiladas; más aguileñas que vultúricas, capacitadas para la depredación de presas menores (Cramp y Simmons, 1980).
A bote pronto, su peculiar fachada nos llama la atención. Alejado del sobrio aspecto de los buitres mayores, o a medio camino de alcanzar la hermosura de su primo el quebrantahuesos. Sin ser feo, ni bello; marca su imagen por derecho propio. ¿Qué más dará cómo lo vemos los humanos? Él y ella, Doña Blanquita, se miran muy a menudo y mejor se quieren; tanto, que el mutuo amor que se procesan  les da alas… Vuelos de pasión, ¡empieza el espectáculo! La parada nupcial, el celo…

        


BIOLOGÍA REPRODUCTIVA


     El emparejamiento comienza en el mes de marzo, a mediados o finales en función de la latitud. Monógamos (Cramp y Simmons, 1980) por naturaleza (predisposición mayoritaria en las aves, Lack 1968; aunar esfuerzos en el ciclo reproductor compensa), comparten –en menor medida- con su primo, el quebrantahuesos, la tendencia sexual del agrupamiento en tríos o poliandria reproductiva (Perennou et al., 1987), la unión de varios machos con una hembra. Peculiaridad observada con mayor frecuencia en poblaciones saturadas de alta densidad, en donde la conquista de un territorio se trueca misión imposible; junto a otras causas de menor influencia como la merma en la disponibilidad trófica que implica mayor colaboración de los machos en las cebas y, consecuentemente, potenciar un mayor éxito reproductor (Perennou et al., 1987; Bednarz y Ligon, 1988); o  vínculos de parentesco de los machos que minimicen peleas, y alteración del hábitat. Al igual que el quebrantón (recurrente proximidad filogenética) se manifiesta territorial, aunque más veces de lo que a él le gustaría, se ve obligado a transigir, máxime cuando la plataforma nidal y el alimento entran en juego (Donázar y Ceballos, 1987).

                  


     La pareja se exhibe en vuelos territoriales, la mutua observancia les estimula y afianza como reproductores; patrullan el área de cría; labor más acentuada en el macho (Mundy et al., 1992; Widensaul, 1996). El ritual nupcial remeda al cortejo de las águilas, pero sin alcanzar la belleza e intensidad de éstas. Vuelos sincronizados que describen una cadena de etéreas olas con ascensos y descensos; incluso picados y enlace de garras, para, súbitamente, caer al vacío y remontar el vuelo (Elósegui, 1989). Posados, los picoteos afectuosos y el mutuo acicalamiento componen escenas amorosas e incitan a la cópula: Breve, inferior a 15 segundos, en donde la hembra alza la cola y ladea la cloaca para facilitar la monta del macho, que salta sobre ella con las alas desplegadas. Mientras realiza el contacto cloacal, picotea en la nuca a su amada. En la misma tónica se reiterarán e intensificarán de cara a la hora de la puesta, no sólo en el área de cría, sino en las de alimentación, e incluso, en los dormideros comunales. Previsora, la hembra aprovechará cualquier oportunidad para tragar huesecillos y piedrecillas de caliza, y asimilar el calcio imprescindible en la formación de la cáscara del huevo y del embrión (Köning, 1975; Elósegui, 1989). Estas cópulas no concluyen con la puesta e inmediata incubación, sino que se manifiestan dilatadas durante el ciclo reproductor, e incluso, esporádicamente, fuera de él; como si la pareja reivindicase la acción como un acto íntimo y social, más allá del mero hecho procreador.

                       


     En el ámbito sexual de la hembra se han observado dos cuestiones, cuando menos curiosas: Por un lado, ocasionales cópulas de la hembra con otros machos. Y la teatralización de ésta en ciertas cópulas, donde los roles de la pareja se cambian y la fémina amante emula la monta del macho; llamada “cópula revertida”, en la cual, la actriz pasiva y conquistada se transforma en dominante seductor.

                    


     Fiel al patrón de conducta de otras rapaces, los plúmeos enamorados regresan a los núcleos de cría de años anteriores (Campell y Lack, 1985; Widensaul, 1996). A diferencia de sus parientes vultúricos, se despreocupan más del lugar de crianza (Thiollay, 1969; Glutz et al., 1971) ya que, al ser los buitres más tardíos en procrear, no precisan de orientaciones exclusivas, o cavidades muy protectoras que minimicen el riesgo de hipotermia -caso del quebrantahuesos-. O de robustas copas arbóreas -caso del buitre negro, Aegypius monachus-. O, como los gregarios buitres leonados, de grandes murallas que amparen a la colonia. Ni siquiera exigen la inaccesibilidad de las alturas, pues se han dado casos de expolios a fauces de carnívoros terrestres –p.ej., zorro- y del hombre. O la nidificación en infraestructuras humanas (torretas eléctricas o edificaciones deshabitadas), y en cortados fluviales próximos a poblaciones del hombre.
     Prefieren la roca, en especial caliza por su generosidad en oquedades, a la cobertura arbórea, aunque, ocasionalmente, nidifican en árboles (Newton, 1979. Infrecuente en la Península Ibérica, merced a su privilegiada orografía, en cuyo caso con una predilección por los pinares –observaciones más reiteradas en pino carrasco, Pinus halepensis-. Por el contrario, nidificación más usual en la India por mayor carencia de covachas).

       


     En busca de una oquedad, cueva o un simple trozo de cornisa de exposición soleada (orientación: sur, óptima; buena, SE y SO, siendo peor la ubicación más lluviosa; mala, norte); y, a ser posible, con techumbre o extraplomo que actúen de paraguas –lluvia- y de sombrilla que atenúe la insolación propia del tardío ciclo reproductor (Hidalgo et al., 1979; Braillon, 1979; Mosher y White, 1976); ya que la climatología desfavorable reduce el éxito reproductor (Donázar y Ceballos, 1987; Tjernberg, 1983; Moss, 1979; Newton, 1979; principalmente lluvia por tormentas y temporales).
     La proximidad a fuentes de alimentación (muladares y vertederos, incrementan en mucho la viabilidad de la subespecie, tanto en las cebas como en la etapa de independencia) se prioriza antes que la cota de altura, de amplio rango altitudinal (100-1.800 m; la isla de Menorca como cifra inferior y el Pirineo occidental como nidificación superior), más común entre 500-1.100 m (Perea et al., 1990; Ceballos y Donázar, 1988; Garzón, 1973) y rarificándose a partir de los 1.500 m.
     La territorialidad atemperada por las ventajas ecológicas (alimentación, nidificación, seguridad, etc.) sufre y se resiente por medio de su icono más emblemático: el nido. Si resulta difícil sobrellevar la cercanía vecinal de otras aves en el área de cría (Donázar y Ceballos, 1987), más lo es padecer el desalojo de la plataforma nidal a manos –mejor dicho: pico, garras y aletazos- de las grandes aves rupícolas; especialmente del águila real  http://lupus.madteam.net/articulos/2007-12/aguila--real-----avifauna--alpina---iii/   y, sobre todo, del buitre leonado, maestro en el arte de la competencia interespecífica en las murallas rocosas. Pobre alimoche, el menor tamaño y gregarismo, junto al retraso en la estación reproductora, forjan cerraduras fáciles de descerrajar.

 


     En la búsqueda, el porteo de materiales y la construcción del nido coopera la pareja. Ojo avizor, detecta y acarrea gran variedad de materiales: hojas, ramillas, palotes, pelos, lana, musgo, pieles de mamíferos, plásticos, trapos, papel…, desechos de basuras (Noval, 1975). Un cajón de sastre de forma acopada en la plataforma, 80-150 cm de diámetro y 25 cm de espesor, insertada de ramitas y palos entrecruzados; arquitectura funcional  a modo de empalizada. En el centro se reservan los materiales más suaves y protectores para almohadillar la cubeta de empolle, 40 cm y de espesor, 4-5 cm. Este collage natural se renueva, modifica o construye para satisfacer las necesidades familiares.
Una de ellas nace de la costumbre en las rapaces de disponer de varios nidos; en el caso de los alimoches (rango 1-4; Braillon, 1987) lo usual es el par (Perea, pers.). Y el malsano hábito de “relajarse en la limpieza de la cuna”, apelmazada por las deyecciones de los inquilinos y adornada con restos óseos de las ingestas. Ingredientes fétidos que espantan al buen olfato y atraen, como moscas, a los parásitos. De hecho, el tándem se desparasita mutuamente con la finalidad de exterminar hasta al ectoparásito más oculto; acto que, etológicamente, enfatiza los vínculos de pareja (Olea et al., 1999; Blanco y Martínez, 1996).

                           


     La puesta, usualmente, se efectúa en abril (final de marzo-principios de mayo). Acostumbra a constar de dos huevos (rango 1-3), puestos a intervalos de 3 a 8 días (Mendelsohn y Leshem, 1983). De textura rugosa y color blanco sucio moteado de manchas pardas rojizas. Dimensiones de 66 x 50,4 mm y peso 75-97 g/unidad. La incubación es inmediata desde el primer huevo y compartida por los padres (Brown y Amadon, 1968; Elósegui, 1989), con relevos condicionados por la alimentación. El parasitismo de otras aves o el expolio componen la amenaza más real de pérdida de la nidada (Donázar, 1998) y, en menor grado, la precaria climatología (Donázar y Ceballos, 1987). De acontecer dentro de las primeras semanas, y como carácter excepcional (Levy, 1990), se produciría una puesta de reemplazo (Mundy et al., 1992; Elósegui, 1989).
Junio, transcurridas seis semanas de incubación compartida -42 días-, eclosiona el primer polluelo. Nidícola e indefenso, revestido de suave plumón blanco con matices rosáceos; dentro de la semana nacerá su hermano pequeño, casi muerto antes de haber eclosionado. La tasa de supervivencia de éste no supera el 25% (Mendelshon y Leshem, 1983; Donázar, 1987). El cainismo –enraizada costumbre de las rapaces- surge como estrategia de supervivencia, apoyado por el desfase de días entre la eclosión de uno y otro. La fuerza bruta que otorga el mayor tamaño y el monopolio de las cebas inclinan el fiel de la balanza hacia el lado del más capacitado para representar a la especie. La energía acaparadora del primogénito y la pasividad de los progenitores arrinconan al pobre benjamín, hasta que, en un par de días, muere por inanición. No existe hermandad, pero tampoco cruel asesinato; sí un mecanismo de supervivencia y autorregulación en rapaces, donde la viabilidad del par de pollos se torna excepcional (Garzón, 1973) y supeditada a la disponibilidad trófica. Si muere, la carnaza se transformará en energía, integrándose en el ciclo vital.
      En las primeras semanas, las atenciones de los padres son constantes; en especial, por la hembra que, como buena madre, se desvive por su hijo. Cebas en pequeños trocitos de carnaza de pico a pico, alternadas con cebas líquidas por regurgitación, de buche adulto a pico del polluelo. Elementos nutritivos e imprescindible aporte de agua (la insolación y deshidratación les afectan en mayor grado que a los otros buitres ibéricos por la estacionalidad de la crianza). Día a día se fortalece, su cuerpo ya se sujeta de pie (Elósegui, 1989; Cramp y Simmnos, 1980). Al mes despuntan los cañones como lacerantes púas oscuras que matan el níveo color base; como si fuera un preludio del blanquinegro plumaje de adulto. Conforme va emplumando, se ejercita con toda clase de movimientos: pequeños saltos y paseos, junto a frecuentes aleteos. Las ausencias tutelares aumentan en gran medida, hecho que posibilita el ser atacado. El parasitismo, el expolio y el saqueo por parte de las especies vecinas entran en juego (Donázar, 1998).

   


     La plataforma nidal del alimoche se convierte en un campo de batalla de fuerzas desiguales. Ante un ataque, el inocente pollo desarrolla la estrategia defensiva de aparentar ser grandote y fiero, el malo del barrio: Eriza el plumaje, ahuecándolo para aumentar de volumen, más ostensible en cabeza y gorguera donde el encrespamiento simula fiereza; mientras despliega las alas y aletea. Aspecto que enfatiza al adelantar la cabeza y estirar el cuello contra el adversario, a modo de hiriente lanza. A veces  emite pequeños chillidos, fruto del miedo enmascarado de bravura que, en un ave tan silenciosa, supone mucho esfuerzo (los alimoches son pájaros de pocas palabras, apenas manifiestan vocalizaciones). En el otro bando, una cohorte de picos y garras comandados por toda clase de rapaces (águilas, buitres, búho real, halcones…) y córvidos (Tella y Torre, 1990; Beltrán y Margalida, 2004), capitaneados por su mejor representante: el omnipresente cuervo común o carnicero –Corvus corax-, una de las aves más inteligentes de la avifauna mundial –quizá la primera-, e, injustamente, infravalorada y poco conocida. Inteligente y audaz pirata negro, experto en abordajes, aunque el pollo –o huevo- esté protegido. En este caso se alían en parejas: mientras uno acapara la atención del progenitor irritándole y espoleando su carácter territorial; su cómplice, por detrás, arrebata el botín (Ratcliffe, 1987). La torpeza o la habilidad de los combatientes decantará la estrategia triunfante: defensiva o depredadora, supervivencia o muerte, pero, como es regla en Mater Natura, siempre de una forma u otra, “vida”.
     Este desapego tutelar que pudiera deducir una desafección familiar -inexistente en los otros buitres-, no es más que una pauta de conducta que estimula y apuntala la precoz tendencia emancipadora del pollo; ave destinada a migrar, sin experiencia ni previo aprendizaje, más de tres mil kilómetros.
     Y es que el polluelo aprende a buscarse la vida muy pronto. Esta madurez también se refleja en su cuerpo, más hecho y robusto. Los continuos ejercicios físicos exhiben, con toda generosidad, sus plumas marrones ennegrecidas, monacal ropaje aún lejano al bello vestido de adulto. El patrón de colorido más oscuro del alimoche se presenta en su etapa de volandero. De un cromatismo sobrio con dominancia del pardo retinto, más visible en las plumas achocolatadas del cuello, pecho y vientre. El leve contraste se manifiesta en las alas y la espalda, teñidas en ocre y jaspeadas por la claridad de las puntas. Cola grisácea con el extremo de la cuña en castaño. Notables diferencias con un ejemplar adulto que se plasman hasta en el rostro, grisáceo con cierto matiz azulado, a juego con la cera. Y unos ojazos de iris en pardo o gris oscuros. Patrón de plumaje monocolor diferente al dicromático de los padres como respuesta defensiva visual entre muchas aves territoriales, que pretenden captar la atención de los adultos, diferenciarse y advertirles: “Soy tu hijo-no reproductor, no un intruso; no me ataques” (Lack, 1943). Tonalidad oscura que clarea con las consecutivas mudas anuales: En el primer año se generaliza el plumaje pardo oscuro, y manifiesta claridad en la punta de las alas, la banda terminal de la cola y en el capirote; junto a un rostro y pico en tonalidad gris azulado. En el segundo y tercer año se aprecian plumas grises y blancas; rostro y pico grisáceos pero asoman matices en amarillo. En el cuarto y quinto, únicamente se aprecian tonalidades grises y marrones en las plumas corporales, coberteras e infracoberteras ; junto a una cola con plumas grises y blancas. Al quinto año adquiere su condición visual y sexual de adulto, se le considerará un rival en el territorio, aunque no sea un adulto reproductor.

    


     Cuerpo, plumas y espíritu nacidos para volar, si antes Doña Parca, con su inmisericorde guadaña, no corta sus alas. La mortalidad –en especial dentro de las dos primeras semanas- se cierne sobre el nido. Al cainismo propio de la especie (Mendelshon y Leshem, 1983; Donázar, 1987) se une la precaria climatología (Donázar y Ceballos, 1987; Tjernberg, 1983; Moss, 1979; Newton, 1979), de superior incidencia en zonas húmedas; el parasitismo (Donázar, 1998) y otros males que muerden con menor saña…
     Espada de Damocles que corona una productividad de 0,65 pollo/pareja, tasa de vuelo de 1,12 pollos volados/nido; y éxito reproductor de 0,88 pollo/pareja (SEO/LifeBird, censo III 2008). Parámetros inferiores al anterior censo (SEO/LifeBird, censo II 2000): productividad de 0,88 pollo/pareja; tasa de vuelo de 1,19 pollos volados/nido; y éxito reproductor de 1,03 pollos/pareja (Del Moral y Martí, 2002). Evidente declive en menos de una década, y mal punto de partida para el alimoche que, cándido e ilusionado, quiere echarse a volar por primera vez.
Desde la eclosión, han de pasar no menos de once semanas para que el polluelo pueda volar, bajo el tórrido sol de agosto y aupado por las corrientes térmicas, henchidas del flujo canicular.

    


     En estos lances aéreos, y en sus primeras jornadas de joven volantón, aún se aprecia la escolta de los padres, más atenta en la madre, preocupada por ver cómo se alimenta su retoño. Tutela de días, o a lo sumo de un par de semanas, pues la migración posnupcial de los adultos se inicia, generalmente, en septiembre. En cuestiones de llevarse algo a la boca, los dormideros comunales, muladares y basureros se convierten en el mejor aliado para llenar el buche (Donázar et al., 1996; Fernández, 1990); no sólo por el aporte trófico, sino porque focalizan la población inmadura en las propias áreas de cría; iniciando una querencia por ocupar y retornar a las áreas natales (Donázar 2004, 2006; Grande, 2006), comportamiento llamado filopatría; tendencia que dificulta la expansión y recolonización naturales.
     La primera migración late con fuerza en su corazón, impulsa el ánimo y le da alas. No será fácil, sí duro y, probablemente, peligroso; pero la gran aventura de África supone un reto irrenunciable para un espíritu joven. Ya partieron sus padres; ve cómo desaparecen en el horizonte otros inmaduros (Donázar y Ceballos, 1989); ahora llega su turno. Este periodo, llamado dispersión juvenil, abarca desde el primer vuelo de patoso volantón, hasta los artísticos bailes nupciales del ritual de apareamiento, gracias a los cuales pasará de la condición de hijo a la de responsable padre, una vez alcanzada su madurez sexual a los cinco años. Y engendrar generaciones hasta morir bajo la sombra del hombre, de Mater Natura o, quizá con mucha suerte, devorado por las fauces del tiempo (esperanza de vida en reclusión, 35-40 años; en concordancia con la mayor longevidad en ejemplares cautivos, Newton 1979).


      

     Antes de dar el salto de continente precisa de un mínimo de grasa y reserva energética. Acapararlas se convierte en la necesidad más apremiante. En esto, los dormideros comunales y la proximidad de muladares y basureros contribuyen, en gran medida, al aporte continuo de alimentos (Donázar y Ceballos, 1990). El gremio de los inmaduros manifiesta una especial querencia por estos restaurantes de desechos orgánicos, muladares y basureros (Fernández, 1990); donde se dan cita la gran familia de los necrófagos voladores y otras aves de buche sin escrúpulos. A la hora de comer, la jerarquía se impone: si los alimoches cuentan poco, los inmaduros, nada. Y es que las relaciones con otros buitres ibéricos menudean y siempre bajo el estigma de subordinados. En el ámbito de su especie, el inmaduro prefiere agruparse y socializar, en especial en los centros de alimentación, con individuos de igual estatus y segregarse de los ejemplares reproductores (Bennetts y McClelland, 1991; Donázar, 1993; Brown, 1997), en coherencia con el patrón de conducta de las rapaces territoriales.


 

     Una vez que la despensa del cuerpo se colma de valiosa reserva energética (acumulan el doble de grasa que las especies sedentarias, ya que los lípidos duplican, por gramo metabolizado,  el valor energético), España se le hace pequeña; necesita todo un continente, África. Finaliza su emancipación y la estancia en suelo europeo, e inicia la migración posnatal hacia las tierras africanas (Donázar y Ceballos, 1989).
     El ardiente aire del Sahel, recalentado por el sol tropical, impulsará sus vuelos durante varias temporadas; hasta que el despertar sexual, en torno a su quinto cumpleaños, le incite a retornar a su tierra de origen, fiel a su querencia filopátrica (Perennou et al., 1987). Y unirse en pareja –o trío- para fundar una familia. El círculo reproductor se cierra merced a otro, la fuerza vital de la energía. Hablemos de ello, iniciemos otro viaje, en este caso, por el ciclo de la alimentación.

   


ECOLOGÍA TRÓFICA


     Pícaro oportunista, necrófago de oficio (Donázar, 1993), huésped de basureros (Ceballos y Donázar, 1988) y muladares (Donázar et al., 1996; Fernández, 1990), depredador de pequeños animales (Bernis, 1973; Garzón, 1973; Bergier y Cheylan, 1980; Mossa, 1981)…; la amplitud del nicho ecológico rebasa los límites de sus emplumados primos ibéricos.
     En la ecología de la muerte, no por ser el buitre más pequeño realiza una labor menor. Al contrario, desempeña funciones específicas, tanto al señalizar carroñas, como al aprovechamiento de las mismas, incluidas las últimas migajas; efectuando con ello, el reciclaje y saneamiento de Mater Natura.

        


     Rapaz, prioritariamente, carroñera (Marco y García, 1981; Bergier y Cheylan, 1980; Hidalgo, 1997; Garzón, 1973), depende, en un alto porcentaje, de los animales domésticos (Donázar, 1993). Prospecta el área de campeo sobre una cota media, inferior a la mantenida por el buitre leonado, ya que, a diferencia de éste, no precisa abarcar grandes zonas y fijarse en pautas de conducta (refuerzo social; comportamiento basado en el grupo, opuesto a la prospección solitaria o en pareja del alimoche); sino ser minucioso para detectar cualquier carroña, aún pequeña y oculta. Ojea la superficie terrestre; la visión entra en juego (Houston, 1974), bien del solitario cadáver o atraído por los movimientos de los carroñeros oportunistas, córvidos y milanos. Una vez descubierto, desciende al objetivo sin vacilación, dispuesto a hincarle el pico. En esta cuestión, el tamaño sí que importa; ya que, para actuar sobre los cadáveres de ungulados domésticos y salvajes (Garzón, 1973; Marco y García, 1981) de porte medio-grande, precisa de la maestría carnicera de los buitres mayores, matarifes y cirujanos de altos vuelos que sajen el duro cuero y, abierto en canal, den comienzo al despiece. Perspicaz estrategia que beneficia a todos: a los pequeños carroñeros señalizadores del botín y a los grandes necrófagos, llaves del cofre (Mundy et al., 1992). La menor fortaleza del alimoche en cráneo, musculatura del cuello y, en especial, pico, decantan su estrategia trófica. La forma y tamaño del pico se relacionan con la función que ejecutan, principalmente alimentaria (Proctor y Lynch, 1993; Grant, 1999). En Neophron, la mayor delgadez y curvatura le imposibilitan desollar, pero le capacitan para hurgar, trabajar menudencias, extraer, o mondar las osamentas (Mundy et al., 1992). La versatilidad se impone sobre la fuerza bruta. Ahora actúa la inteligencia natural del alimoche y de sus colegas córvidos: señalar el cadáver. Llamar la atención de los buitres desolladores toma importancia; el plumaje fanérico, los movimientos; junto a la habitual comparsa de córvidos y demás tribu oportunista, son detectados por algún buitre leonado que, reacciona, lo delata en el aire y encadena, como ficha de dominó, un posicionamiento grupal (memorización y señalamiento de la carroña, ruedas en vuelo, refuerzo social). El descenso de uno de ellos, la iniciativa del más hambriento y la dominancia de los individuos famélicos dan cuenta de la carcasa. La especialización de cada buitre ibérico reciclará el residuo orgánico inerte en vital energía:
      El buitre negro se centra en el área superficial de la carcasa, donde selecciona las piezas más duras y fibrosas (cuero, tendones, carnaza correosa); para dejar al carroñero por antonomasia, el buitre leonado, la zona interna del cadáver con el grueso del botín. La osamenta, pezuñas y demás raciones impensables de tragar; serán un tesoro para el quebrantahuesos, que, sin prisa ni competencia, eliminará del entorno el residuo menos digerible (Heredia y Heredia, 1991; Margalida y Beltrán, 2005). El más listo de la pandilla, el alimoche, si no ha dado cuenta previa de las partes blandas –p.ej.: ojos y lengua-  al aterrizaje de la tropa carnicera, aguardará su turno, para ingerir la carroña desechada por los buitres mayores. La especialización de cada rapaz necrófaga en las diferentes gradas del nicho ecológico optimiza el aprovechamiento energético de un residuo, de por sí, insalubre y problemático; y, en consecuencia, sanea el medio: círculo perfecto.
     En cuanto al alimoche, su misión no se impone por la fuerza. Dentro del caos de la carroñada, la jerarquía del hambre y la agresividad de los buitres mayores, lo relegan a la subordinación (Donázar et al., 2010; Moreno-Opo et al., 2010). Merodea por la periferia de la carroñada con andares galliformes, de mejor desenvoltura que la demostrada por sus primos (Pennycuick, 1972), para picotear los despojos y las pequeñas porciones perdidas o despreciadas (König, 1983), y mondar las menudencias adyacentes a los huesos (Mundy et al., 1992). En esto, no sólo es experto sino dominante, ya que se impone al gremio de carroñeros menores –córvidos y milanos- y disputa con otros miembros de su especie, prevaleciendo los individuos adultos sobre los inmaduros.

  


     Fuera de las multitudinarias carroñadas, en las carcasas de porte inferior, Percnopterus se transforma en el señor de la mesa; ingiere todo tipo de carnaza: peluda, escamosa, emplumada, reseca, pútrida… Su adaptabilidad e instinto estratega le inducen a sacar tajada de las circunstancias naturales (estiaje, inundaciones, incendios…) y antrópicas; en esta última, con actuaciones,  cuando menos, llamativas. Sirvan de muestra, la observancia del ganado, en la época de partos, para incluir en su dieta las placentas y recentales muertos. Así como el patrullaje de las carreteras –junto a los milanos-, para alimentarse de los animales atropellados (Rodríguez y Ballcels, 1968: Bergier y Cheylan, 1980).
Desde la perspectiva ecológica, si las labores de salubridad y de reciclaje efectuadas por los necrófagos son incuestionables; el alimoche adquiere máxima relevancia por su adaptabilidad, acceder a gran variedad de terrenos, indicar la carroña, ingerir las partes pequeñas, y ocuparse de cadáveres de porte inferior.
     La adaptabilidad y el atenuado instinto de temor al hombre, le llevan a explotar fuentes de nutrientes inagotables –basureros- y recurrentes –muladares-; convirtiéndose, en cierto modo, en comensal del humano.
Trastienda de la actividad cotidiana del hombre, los apestosos y marginales basureros  se transforman en concurridos restaurantes, donde la fauna oportunista, sin ningún tipo de prejuicios, sacia el estómago. A la conocida nube de gaviotas e inquietas cigüeñas comunes –por citar algunas de las especies visitantes de plumaje afín a Neophron- se han de incluir, ocasionalmente, dos especies de mamíferos emblemáticos: el lobo y el hombre. Domesticados por las circunstancias y esclavizados por el hambre, hurgan entre los desperdicios en busca de la supervivencia (sirva este desvío de camino para que todos reflexionemos y saquemos nuestras conclusiones sobre el hábitat humano y los ecosistemas del alma).
Nuestro blanquinegro necrófago pierde la hidalguía para calmar los quejidos del buche. Todo resto orgánico (Ceballos y Donázar, 1988; Velasco et al., 1991), y algún peligroso plástico o metal mal diseñados y peor vertidos, entran en el pico como fétido desecho, para metamorfosearse por arte del metabolismo, en vital energía. No sólo de composición proteica y lípida –cárnica-, sino también de glúcidos, con observaciones destacadas en ingestas de frutas y vegetales. ¿Existe mejor reciclaje?

           


     Al ser las carcasas del ganado la mayor fuente alimentaria del gremio necrófago (Hiraldo, 1976; Donázar, 1993); los muladares (legislación estatal: Real Decreto 664/2007, 342/2010; y autonómica: p.ej. Navarra, Orden Foral 30 de abril de 2001 del Consejo de Agricultura, Ganadería y Alimentación, y Orden Foral de 27 de junio de 2006) suponen un oasis nutricional dentro de la desertificación carroñera agostada por la EEB –encefalopatía espongiforme bovina- y el temor oficial (en cierto modo ciego, y alentado por intereses económicos del sector implicado en la temática). Un recurso trófico predecible y periódico; de máxima efectividad energética y biológica al conseguirse sin esfuerzo –bajo coste-  ni conllevar riesgos. En general, potencian la perduración de la avifauna necrófaga (Piper, 2006; Donázar et al., 2010). En particular, aportan alimentación al Percnopterus (Ceballos y Donázar, 1988), crucial en la etapa reproductora y determinante en la viabilidad de la población subadulta (Donázar, 1992); concentrándose en estos restaurantes oficiales, a tenor de su inexperiencia en la captación de alimentos (Greig et al., 1983; Rabenold, 1987), y manifestando –en lógica-  una querencia recurrente por los muladares (Fernández, 1998). Dicho en pocas palabras: La creación y perdurabilidad de los muladares apuntalan la existencia de la subespecie (Liberatori y Penteriani, 2001; Benítez et al., 2009).
     El método trófico de idiosincrasia más rapaz y menos vultúrica del alimoche se encuadra en el ámbito de la captura de pequeños animales (Bernis, 1973; Garzón, 1973; Bergier y Cheylan, 1980; Mossa, 1981). Depredador de bajo rango que rapiña presas lentas, inexpertas, enfermas o débiles que entran en el campo de acción del buitre cazador: peces en aguas someras o aislados en un charco –p.ej., ciprínidos-; anfibios, reptiles, micromamíferos, insectos (Congost y Muntaner, 1974; Noval, 1975), invertebrados en general… En este baúl gastronómico, el plato fuerte lo adereza el conejo de campo –Oryctolegus cuniculus-, especie fundamental y joya de la red trófica de los ecosistemas mediterráneos. El alimoche engulle, gustosamente y siempre que la ocasión lo propicie, conejos (Ceballos y Donázar, 1990), bien como carroña o captura (Ceballos y Donázar, 1987, 1988; Tella, 1991) merced a la merma de facultades por enfermedades contraídas (p.ej., víricas: mixomatosis, enfermedad vírica hemorrágica –EVH-, papiloma), y a la inexperiencia de los gazapos. Esta querencia trófica se convierte en arma de doble filo, sangrante o positiva, en función de las fluctuaciones demográficas cunícolas (Ceballos y Donázar, 1990; Tella, 1991; Tella et al., 2000).


   

      Fuera de los tres pilares tróficos (necrofagia, comensalismo –muladares y basureros-, y depredación de pequeñas presas); el alimoche nos sorprende por su forma de buscarse la vida en acciones ocasionales y curiosas:
     Parasitismo y cleptoparasitismo, víctima y verdugo. Piratea a otras aves –córvidos y rapaces- alimento (Brackmann y Barnard, 1979; Cramp y Simmons, 1979; Mossa, 1981), en especial en sus nidos desprotegidos (Terrasse y Terrasse, 1967; Grubac, 1989; Tella y Torre, 1990). Y, a su vez cambian las tornas, se trueca en afectado del parasitismo (Canut et al., 1988; Ceballos y Donázar, 1990; Donázar, 1998); muchas veces a pico del mayor pirata de los mares aéreos, el reyezuelo de los ladrones: el cuervo (Tella y Torre, 1990; Margalida y Beltrán, 2004).
     Pastorea los rebaños, no sólo en la estación de partos –placentas y recentales muertos-, sino en busca de materia orgánica: heces e insectos. Prefiere observar las cabañas vacuna y caballar, al quite de insectos asociados a éstas que pululan entre las reses; incluso desparasitan a los sufridos bovinos de las sangrantes garrapatas, extraídas, hábilmente, con su estilizado y ganchudo pico (Congost y Muntaner, 1974). Actúa de coprófago ocasional –apodado churretero, moñiguero-, más como función etológica que trófica (Negro, Grande, Tella, Donázar, Sánchez Zapata, Benítez y Barcell, 2003), según un mecanismo evolutivo por el cual el maquillaje gastronómico de tonalidades amarillentas en cara, pico y buche advierte a sus congéneres de la relevancia de su estatus social: la mayor intensidad cromática refleja su valía como buen reproductor –sano y excelente compañero de crianza- y rango de dominancia –vigor-. Desde la perspectiva trófica, los excrementos de ungulados ingeridos suministran menos del 5% de proteínas y del 0,5% de lípidos; mientras añaden carotenoides –principalmente luteína, de color amarillo; pigmentos vegetales de propiedades inmunoestimulantes y antioxidantes no sintetizables por los vertebrados que precisan ingerirlos-. Una balanza desequilibrada al sopesar el peligro de contraer enfermedades parasitarias y la pérdida de tiempo en un recurso de baja calidad nutricional (otros alimentos superiores en carotenoides del nicho ecológico: insectos –saltamontes- y la yema de huevo que aporta 85% de luteína). Pierde el estómago a favor del corazoncito del Percnopterus, el reclamo sexual y el color jerárquico a la pitanza, el adulto (rostro amarillento) al inmaduro (cara grisácea).
     Sin embargo,  de las aptitudes tróficas más sorprendentes del alimoche, la utilización de instrumentos logra la cota más alta. Cumbre hollada por una élite, con el humano como máximo arquetipo (otros: primates, nutria de mar, cuervo común y cuervo de Nueva Caledonia, elefante, pinzón de Darwin,  delfín o pulpo). Sí, no es un número circense de animal adiestrado, el alimoche emplea utensilios para obtener alimento (Brooke, 1979; Iankov, 1983; Boswall, 1985; Santiago, 1990; Mundy et al., 1992; Jackson, Bock y Olendorf, 2003). Única rapaz, de las pocas aves y uno de los selectos miembros del grupo, apodado por ello: buitre sabio –bautizado por el Gran Maestro Félix Rodríguez de la Fuente-.

                


     En África, el matrimonio Jane Goodall –primatóloga de fama y etóloga- y Hugo Van Lawick –fotógrafo y cineasta de la naturaleza de prestigio-, constataron esta increíble estrategia cognitiva al observar cómo los alimoches rompían la dura cáscara de los huevos de avestruz (fortalecida por cristales de carbonato de calcio de 2 mm de grosor, soporta un peso superior a 100 kg). En Iberia, el avestruz africano se trueca en flamenco reproductor (Phoenicopterus roseus; las mayores colonias se ubican en Andalucía; joya: Reserva Natural de la Laguna Fuente de Piedra). Neophron no sólo patrulla las colonias de esta especie; en general, merodea atento a la captura de huevos desprotegidos. En función del tamaño y dureza de la cáscara, el alimoche pica el huevo, entrechoca la puesta, lo apresa y arroja contra una roca, o, inteligentemente, escoge una piedra con el pico para arrojarla contra la coraza calcárea y, una vez quebrada, lamer el contenido o engullir el embrión (Mundy et al., 1992; Jackson, Bock y Olendorf, 2003). Acción no aprendida sino innata, que suministra al Neophron un aporte nutricional de máxima calidad (nutricionalmente, el huevo forma uno de los alimentos más completos que, a parte de sus bonanzas generales, mejora la visión –prospectar- y agrega carotenoides –luteína y zeaxantina, maquillaje amarillo-).
     Como hemos podido descubrir, la diversidad trófica del alimoche es ingeniosa, pragmática y variada; pero, ¿tanto embucha? El menor peso presente en una rapaz determina el mayor consumo de alimentos (Hiraldo et al., 1979). Al ser el canijo de los buitres ibéricos, precisa una ingesta cárnica (100 g generan 140 Kcal) que oscila entre el 5% y 10% del peso corporal (rango 1.600-2.400 g) para equilibrar las necesidades energéticas diarias (± 250 Kcal). Cantidad variable en función de la época (celo, crianza, migración, etc.), incluso negativa, ya que ayunar forzosamente forma parte de las vicisitudes de las aves carroñeras.
     Como es usual en las rapaces, regurgita por el pico la materia orgánica indigerible en forma de bolitas fusiformes, llamadas egagrópilas. Desmenuzadas podemos distinguir los materiales óseos o queratinosos que la componen y averiguar la última comida. Expulsa egagrópilas tan heterogéneas como la dieta del buitre oportunista. Al amasijo entrelazado de pelo, lana y demás equivalencias queratinosas del reino animal, añadir: espinas de ciprínidos, élitros de coleópteros o huesecillos de pequeños reptiles y micromamíferos, por citar algunos ejemplos posibles.
     Hasta la materia orgánica residual pone en valor la relevancia ecológica del alimoche: especialista en pequeños cadáveres y en presas disminuidas, ojeador de múltiples biotopos y señalizador de grandes carcasas: saneamiento y reciclaje energético de todo tipo de carroñas exploradas en cualquier terreno. El agente higiénico, polivalente y omnipresente; si el hombre no le cierra la puerta a la supervivencia.
     La labor trófica que ejerce y, como consecuencia, la misión ecológica que desempeña en el  seno de Mater  Natura, transciende de lo cotidiano y común a la mitología, se idealiza y sublima, nacen las leyendas…


MITOLOGIA


     En el Antiguo Egipto, las aves personificaban las almas de los difuntos; el incremento de altura de vuelo se equiparaba al superior grado de espiritualidad. Más allá del simbolismo de las rapaces necrófagas como cabalgaduras de las ánimas fallecidas, el buitre egipcio ascendía a la bóveda más encumbrada al encarnar a Nejbet, representada con la imagen de un buitre blanco de alas abatidas con la corona del Alto Egipto. Diosa madre, amamantaba con su leche divina a los príncipes/reyes/faraones (deidad de origen predinástico) para insuflarles la divinidad. Su extremo amor maternal podía llevarla a encolerizarse y abrasar (escupía fuego) a quienes amenazasen a la corona; adquiriendo el rango de protectora de la élite faraónica (otro nombre del alimoche: pollo faraón), del Alto Egipto y de los nacimientos. La imagen vultúrica de Nejbet aparecía recurrentemente en la iconografía (en especial, en el ámbito real, p.ej., el tocado de las reinas) y la escritura jeroglífica, con el símbolo “buitre” que articulaba el fonema “madre”.
     Este carácter maternal  y protector abraza a otras culturas con poblaciones de alimoches. En la India, la madre buitre se desmaterializa en fuerza espiritual benefactora, un tutor espiritual que guía al hijo terrenal.
     En la simbología universal (Carl Gustav Jung, psicología analítica), la capacidad necrófaga se identifica con la madre de todos, Mater Natura, intensificada con la dualidad del alimoche (buitre y depredador, blanco y negro). De la muerte nace la vida; de la podredumbre de la tierra, la espiritualidad celeste… De la oscuridad a la luminosidad, representada por la blancura de las alas.
     De hecho, en Iberia, la nomenclatura vernácula del alimoche –aparte de extensa- enraíza, mayoritariamente, el concepto “blanco”: abutre branco, águila blanca, aliga blanca, blanquillo, cuervo blanco, pajaroncillo blanco, sai zuri…; por citar algunos ejemplos.

          


     Esta impronta mitológica se refleja, en justicia, en la elección del nombre científico, Neophron, en referencia a un personaje de la mitología de la Grecia clásica. Narra la leyenda:
Egipio, joven de Tesalia, disfrutaba de la admiración de dioses y mortales por sus grandes cualidades (hermosura, juventud, generosidad…). Un día se quedó prendado de Timandra, bella viuda y madre de Neophron –joven de su misma edad-. La sedujo, iniciando una relación de amantes; hecho que descubrió el hijo, que se enfureció. La desigualdad de edad entre los amantes y el deshonor familiar avivaron el fuego de la venganza, actuando de la misma manera, ya que Egipio también era hijo de viuda, llamada Búlide. Una vez seducida ésta, la convenció para tener un encuentro amoroso en su propio hogar, a la misma hora que acostumbraba a citarse la otra pareja.  Ingenió que su madre saliera de casa para, en su lugar y en total oscuridad, propiciase que madre e hijo, sin conocimiento previo, yacieran juntos. Consumado el incesto, Búlide,  se percató del execrable  acto; avergonzada empuñó la espada de su hijo para arrancarle los ojos y suicidarse. Apolo (dios griego acostumbrado a enredos y laberintos mundanos y divinos) se apiadó, despertando del sopor a Egipio para prevenirle; al mismo tiempo que intercedía ante Zeus (su padre y dios supremo, experto en aventuras amorosas), suplicándole que deshiciera lo acaecido. Zeus accedió: volatilizó a los cuatro amantes haciéndolos desaparecer; los transformó en aves. Las seducidas madres adquirieron formas de pequeñas aves; sus seductores hijos se metamorfosearon en rapaces carroñeras. Egipio, iniciador del drama, en gran buitre (Egipio=Aegypius=Gyps=buitre). Neophron, en el pequeño buitre blanquinegro (Ornitogonía de Aristófanes, 414 a.C. Recopilación de Antonius Liberalis, siglos II y III, en su obra Metamorphoseon Synagoge).
     Etimológicamente, “percnopterus”, al igual que Neophron, deriva del griego y alude al color oscuro de parte de las alas. Curiosamente, concepto no extendido en el imaginario popular que, reiteradamente, asocia al ave con la blancura.


ECOLOGÍA DE LA CONSERVACIÓN


     Del mito a la realidad, ¿por qué se diluye una subespecie adaptable y de escaso temor al hombre? Veamos las causas para que cada uno de nosotros, en conciencia, aporte su grano de arena y, entre todos, construyamos un muro de salvación.  
     Las rapaces de ciclo biológico largo (p.ej., águilas y buitres) manifiestan una predisposición a padecer fluctuaciones negativas en sus poblaciones (Newton, 1979; White y Kiff, 2000), siendo más acusado en los individuos machos (Newton, 1979) y en las rapaces necrófagas (Donázar y Fernández, 1990), incidiendo con mayor daño en las poblaciones de alimoches (Donázar et al., 2002). Dicho de una forma más coloquial: se han juntado el hambre con las ganas de comer. 
     Si bien el último censo muestra, a  primera vista, un ligero aumento de parejas reproductoras; la calidad del mismo –exhaustivo y extenso- y la regresión generalizada por la mortalidad de adultos reproductores (Donázar y Fernández, 1990; Del Moral y Martí, 2002; Donázar, 2004; Ceballos y et al., 2009) desprenden otra lectura menos optimista (En Peligro, 2011 IUCN. En Peligro Crítico, subespecie canaria).
     La herida más letal proviene de la mano del hombre (actividad antropogénica: Donázar et al., 2002; Gangoso y Palacios, 2002; Gangoso y Trujillano, 2005), que moldea los cuatro agentes biocidas principales, por orden de mortandad:
     El veneno como principal arma mortífera (Mendelssohn, 1972; Bijlaveld, 1974; Perea et al., 1990; Carmona et al., 1991; Donázar, 2004); bien con criminal intencionalidad, en especial, por ingesta de cebos tóxicos destinados a la ejecución de carnívoros (Tella et al., 2000; Del Moral y Martí, 2002). O como daño colateral por consumos indirectos: raticidas –basureros-, topicidas, insecticidas, pesticidas, plaguicidas…; productos fitosanitarios y zoosanitarios. Aunque recuerda tiempos pretéritos de aciaga gestión medioambiental (figura arcaica del alimañero y de las Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza; Decreto de 11 de agosto de 1953, Ministerio de Agricultura); el veneno se encuentra en la red trófica como cruel ponzoña que mata indiscriminadamente. El plumbismo, semillas diseminadas de metales tóxicos que, al ser ingeridas accidentalmente, germinarán como enfermedades y muerte. El prohibido DDT, cuyos efectos aún siguen latentes en el medio por décadas; o los más usuales: estricnina, cianuro y otros (asesinar resulta fácil: no es cuestión de ciencia, sino de conciencia), se incorporan a pequeños trozos de carnaza o en huevos, especialidades tróficas del alimoche, rapaz más vulnerable a ser víctima de este crimen (Donázar, 1993; Del Moral y Martí, 2002). La muerte nunca es instantánea,  al contrario que el dolor insufrible que causa la ponzoña. Bien por lenta agonía o por perturbación del ciclo reproductor (huevo, embrión, cebas), la muerte anunciada diezma las poblaciones. El antídoto a este letal veneno pasa por una mayor información de los efectos perniciosos y sus consecuencias; en especial focalizados a los sectores implicados (principalmente, agropecuario y cinegético). La observancia más detallada del guarderío y la actuación de patrullas caninas (Cuoto et al., 2005), perros adiestrados y profesionales específicos (la gestión andaluza como modelo). Y la exigencia ciudadana de una legislación efectiva –en la letra y en el cumplimiento- que palie este expolio al patrimonio natural.

      


     Colisión y electrocución (Ferrer y Negro, 1992; Donázar, 1993; Ferrer y Janss, 1999), especialmente la primera. Las infraestructuras eólicas (parques eólicos, molinos metálicos de viento) y eléctricas (torretas de alta tensión, líneas de tendido, cableado, etc.), se yerguen, como lanzas guerreras por la geografía ibérica, lacerando a la avifauna en general; y a Neophron en particular.
     La accidentalidad contra el cableado eléctrico (Ferrer y Negro, 1992), favorecido por adversas condiciones de visibilidad (Donázar, 1993) ejercen de aéreas minas antipersonales que mutilan y matan al paso.
     Las torretas de alta tensión actúan de ejecutoras sillas eléctricas cuando las coincidencias –por desgracia abundantes- propician la fulminante descarga. Mortandad no natural que, con mayor saña, incide, reiteradamente, en las Islas Canarias por la costumbre del buitre autóctono de utilizarlas de habituales posaderos (Palacios, 2002). Si difícil resultaría corregir esta querencia, no lo es minimizar los daños por colisión o electrocución: aislantes eléctricos, señalamiento visual con balizas anticolisión -cintas, tubos, espirales, etc.-; incluso modificar o anular las estructuras instaladas de frecuente siniestralidad. Minimizar las descargas eléctricas y potenciar las medidas anticolisión tanto a nivel normativo (aceptables ejemplos legislativos, en las CC. AA. de Andalucía, Aragón o Navarra) como empresarial.
Los aerogeneradores, como bolardos incrustados en el pavimento, obstaculizan las rutas aéreas. Una ráfaga inoportuna de viento, la niebla…, las inclemencias meteorológicas o un mal cálculo, pueden estrellar el cuerpo contra estos gigantes quijotescos para sucumbir por el impacto de las palas o a fauces del rotor. Reducir los accidentes sería más una cuestión de voluntad que de otra cosa: Excluir la instalación  en áreas de crianza, de campeo de alta densidad poblacional, o en encrucijadas de rutas migratorias –p.ej., Tarifa-. En aerogeneradores antiguos con casuística de mortandad, parada de máquinas y regulación del funcionamiento de turbinas –según circunstancias-  como acciones previas a puntuales amenazas de colisión (Carrete et al., 2009).

     


     La menor disponibilidad de recursos tróficos aumenta la regresión poblacional (Cardiel, 2006; Del Moral, 2009). A nivel general, el inicio en los primeros años del s. XXI de la hambruna necrófaga a causa del brote de EEB; junto a la disminución de la fauna silvestre, han menguado la biomasa animal, aumentando la competencia  trófica. En particular, el alimoche, como buitre de pequeño tamaño y carácter poco agresivo, se ve obligado a despojos –si sobran- y a ingestas, proporcionalmente a su menor volumen, de más cuantía (Hiraldo et al., 1979).
     La tendencia trófica al consumo de conejo de campo (Ceballos y Donázar, 1987, 1988, 1990; Tella, 1991) y de carroña en muladares (Ceballos y Donázar, 1988; Fernández, 1998), mermadas, en el primero, por enfermedades víricas, y en el segundo por legislación sanitaria; han incidido, negativamente, en las poblaciones de alimoches (Tella, 1991; Tella et al., 2000).  Revertir, o cuando menos mitigar, esta situación requiere una concienzuda y acertada gestión cunícola (importantísima en la red trófica al ser una presa base de los ecosistemas mediterráneos); y el mantenimiento y apertura de muladares, centros de alimentación imprescindibles en la viabilidad del alimoche (Liberatori y Penteriani, 2001; Benítez et al., 2009).
     La herida menor –sin embargo,  principal en muchas especies- que afecta a sus poblaciones, brota de una sangría generalizada hacia Mater Natura: las alteraciones antropogénicas del hábitat y las molestias ocasionadas en la etapa reproductora (Arroyo et al., 1990; Junyer y Heredia, 1991), causadas por las actividades del hombre (Perea et al., 1990; Donázar, 1993), y como consecuencia bajos parámetros de éxito reproductor (Zuberogoitia et al., 2008; López, 1990). Perjuicio atenuado por la idiosincrasia de Neophron, el buitre más tolerante y vecinal hacia la civilización humana.
     No obstante, resulta harto difícil criar a un retoño cuando a escasos metros de la casa, un gigante hiperactivo, curioso y chillón –o lo que es peor, una manada de ellos- invade el hogar por mero divertimento: deportes de aventura –principalmente, escalada y barranquismo-, ecoturismo y ocio verde, fotografía de naturaleza… Acciones, en su mayoría, sin conciencia de causar un daño; pero con el efecto de aterrorizar a los adultos reproductores, interfiriendo negativamente en el desarrollo del ciclo, mayoritariamente, con el abandono del nido. De la cuna a la tumba, homicidio involuntario que, paradójicamente, es protagonizado por personas, a priori, inmersas en plena naturaleza.  Al igual que se planifica una vía de escalada, barranquismo, etc.; informarse de la posible ubicación de plataformas nidales (p.ej.: Seprona, consejerías de medio ambiente y asociaciones ornitológicas autonómicas, guarderío, ayuntamientos…) y decidir en consecuencia. En el peor de los casos, renunciar a la vía; nimio sacrificio si se trata de respetar el derecho a la existencia de todo ser vivo. Observación, fotografía, disfrute en general…, a una distancia no invasiva (en función de la especie. En este caso, superior a 605 m; Zuberogoitia et al., 2008). Nuestra presencia –física  o sonora- nunca debería encarnar a un verdugo, sino a un hijo de Mater Natura, integrado en el entorno. Fuera de este concepto, pero como agente agresor de primera relevancia se encuentra la actividad cinegética (espero que mi silencio sobre este criminal tema hable por sí sólo; junto a la inteligencia, comprensión y empatía del lector, soslayen esta triste realidad anacrónica…).
     El policía malo, la bestia satánica que arrasa el suelo que pisa, destruye, o cuando menos altera, el hábitat: infraestructuras y obras públicas (remontes, teleféricos, viales, urbanizaciones, canteras, embalses, etc.) o labores forestales y rurales, como ejemplos más representativos. Jinetes del Apocalipsis, trompetas de muerte que anuncian la oscuridad de la noche perpetua.


ETOLOGÍA
 

     En la lectura de estas páginas hemos descubierto cómo a través de la biología y ecología de la subespecie, el alimoche nos manifiesta su forma de ser:
      De querencias termófilas y ritmo circadiano de hábitos diurnos; monógamo con ligera inclinación sexual a la poliandria. De moderado gregarismo y territorialidad con tendencia filopátrica. Temperamento subordinado en las grandes carroñadas, y dominante con los carroñeros oportunistas menores…

   


     Rasgos conductuales que adornan “su personalidad” caracterizada por un fenómeno determinante: la migración.
     Cuando, ajeno al tema, surge el concepto “alimoche”, inconscientemente, evoco el recuerdo vívido de aquel inicial encuentro: Un ejemplar, en vuelo alto, sobrevolaba los bellos páramos de la Bardena navarra; rumbo al sur, hasta diluirse en la línea del horizonte. Aún me quedé un buen rato con la mirada clavada en la lejanía, como una estatua bíblica de sal, petrificado por la fuerza hipnótica que ejercía un ser divino sobre un extasiado humano. No pensaba en nada, lo sentía todo… Si pudiera compartir, con algo más que palabras, esa experiencia casi mística, la felicidad sería completa.
     Por la fecha –cercana a mi cumpleaños, a  mediados de septiembre-, el alimoche partía hacia África. Si en mí, la emotiva y reveladora visión, forjó una impronta indeleble; en el alimoche, la migración marca carácter.       
      Neophron p. percnopterus se manifiesta, mayoritariamente, como subespecie migratoria estival e invernante en África; retornando a la península para realizar el ciclo reproductor (Donázar, 1993). Sedentaria insular en las Islas Baleares (Muntaner et al., 1984; Ramos, 1994; Escandell, 1997), y en el archipiélago canario (Cramp y Simmons, 1980; Del Hoyo et al., 1994; Donázar et al., 2000), con la subespecie endémica, N.p. majorensis.; observándose algún episodio esporádico de individuos invernantes en dormideros comunales del sur peninsular (p.ej., Doñana o Cáceres, donde las condiciones medioambientales propician la permanencia. Fuera de los núcleos meridionales, observaciones en Navarra o Burgos).

   


     El carácter migratorio nace de la necesidad biológica de captar alimento (especialidades del alimoche: micromamíferos, invertebrados, reptiles…; pequeñas presas y carcasas de presencia estacional, ajenas al rigor climático); junto a su menor tamaño (morfología, metabolismo y competencia en desventaja a los buitres mayores) y querencia de hábitats termófilos y áridos (Houston, 1985; Ceballos y Donázar, 1989; Donázar, 1993). Estrategia de supervivencia usual en aves (el charrán ártico –Sterna paradisaea- recorre, anualmente, de norte a sur más de 70.000 km, desde el Círculo Polar Ártico hasta la Antártida) que lo convierte, al esquivar la precariedad invernal, en el único buitre europeo, rigurosamente migratorio.
     Rasgo hereditario e instintivo, un mecanismo innato que se despierta en el pollo volandero con la migración posnatal hacia las tierras africanas (Donázar y Ceballos, 1989).
     Antes que el joven alimoche inicie su primera aventura; sus padres, licenciados de la tutela, emprenden su particular migración, llamada posnupcial –posterior a la reproducción- o paso otoñal, en alusión a la estacionalidad. En la segunda quincena de septiembre (rango: últimos de agosto a principios de octubre), la mayoría de individuos engrosan el flujo migratorio; los ejemplares inmaduros siempre más tarde, en días o en un par de semanas. Cuantitativamente es la más numerosa al agrupar a inmaduros y adultos.

     


     No se hermanan en grandes bandadas o dibujan formaciones deslumbrantes como otras aves de paso, desapercibidos y silenciosos, sobrevuelan la península, rumbo al mediodía, para embocarse en las tierras de Cádiz.  Provincia estratégica y corredor migratorio de primer orden a nivel europeo (junto al Bósforo y Dardanelos –Turquía-, y de menor importancia, islas mediterráneas –p.ej., Córcega, Sicilia o Creta-), no sólo por ser la mejor encrucijada migratoria occidental, sino por la climatología y orografía. El cuello de botella se enfila en los pasillos aéreos de Tarifa y del Estrecho de Gibraltar. Áreas de paso obligatorio que han de preservarse de alteraciones. Minarlas de aerogeneradores y torretas, electrificarlas y erizarlas de estructuras metálicas causarán una elevada mortandad en la avifauna migratoria, que podría ser dramática en las especies más vulnerables, como acontece con el alimoche.
     Salvar casi 15 km de mar abierto, sin térmicas ni posaderos, selecciona a los más fuertes. La calidez de África acoge al buitre viajero, para sentirse como un exhausto navegante –cuando no naufrago- al  atracar en buen puerto. El mar de arena y roca, Sáhara –mayor ecosistema desértico del mundo-, alfombrado de calcinadas dunas, formará la última etapa del gran viaje. Más allá de la ventosa costa, de las tierras áridas, de las inmensas fauces del desierto…; más allá de todo esfuerzo, al sur del Sáhara, el Sahel surge  como un espejismo de parada y fonda (Cramp y Simmons, 1980; Elósegui, 1989; Donázar, 1997, 2004; Meyburg et al., 2004; García-Ripollés et al., 2010; Agudo et al., 2010). Los inmaduros como huéspedes de larga estancia; los adultos de vacaciones invernales. De octubre a febrero, los individuos adultos campearán por las extensas tierras transaharianas  con el cronómetro biológico en descuento, condicionado por el instinto reproductor. La permanencia en los cuarteles de invierno de los ejemplares inmaduros sobrepasa la temporal estacionalidad, para llegar a varias anualidades (Mundy et al., 1992; Meyburg et al., 2004) y alcanzar la madurez sexual -5 años- ; hecho que le estimulará a desandar la ruta migratoria, sobrevolar Iberia y retornar al área natal –querencia filopátrica- para reproducirse (Perennou et al., 1987).

     


     A últimos de febrero o principios de marzo, la llamada reproductora resuena en las poblaciones adultas, reclamo de horas de luz y de hormonas. La migración latitudinal se invierte, de sur a norte, en busca de un horizonte aún lejano: Europa. Algo más tarde, los inmaduros “casaderos” se unirán a la ruta aérea (Donázar y Ceballos, 1989). Se inicia la segunda migración anual, denominada prenupcial –anterior a la reproducción- o paso primaveral (rango: finales de febrero-principios de junio, Bergier, 1987; marzo mayor trasiego), desde las áreas invernales hasta los territorios de cría (Brown y Amadon, 1968; Campell y Lack, 1985; Perennou et al., 1987; Widensaul, 1996).
     Si bien de menor participación –ejemplares potencialmente reproductores-, cualitativamente de gran relevancia al ser el germen que dé vida a nuevas generaciones.

     


     El viaje de regreso, no por conocido deja de ser menos peligroso. Si la orografía permanece estática –a ojos de los mortales- , la climatología mudable favorece o entorpece la singladura. Vientos meridionales de cola, presión atmosférica propicia y sol generoso, como padre de las térmicas, impulsarán una óptima travesía. Neophron, fiel al patrón de ave planeadora, se introduce en las espirales ascendentes de una corriente térmica por medio de aleteos –mayor consumo energético-, hasta alcanzar una altura óptima donde planear –mínimo consumo energético- a velocidad de crucero. Sucesivamente se apoyará en las columnas térmicas ascendentes y descendentes, para recorrer grandes distancias con el menor coste energético posible. El navegador de a bordo viene de serie diseñado por el gran ingeniero universal, Mater Natura. El alimoche ni presume ni carece de las aptitudes orientativas de las aves migratorias (memorización, orientaciones solar, celeste, estelar o magnética) siendo la memoria visual un ancla arraigada en su conducta cognitiva (aptitud desarrollada en múltiples ocasiones: alimentación, campeo, territorialidad, etc.), para elaborar un mapa mental de la correcta ruta migratoria. Tras centenares de miles de aleteos -el último en frenada- se posa en algún roquedo ibérico; no escogido al azar, sino guiado por los latidos de su pequeño corazón: ¡ha vuelto a casa!
     Si en la migración, la compañía de otros congéneres aporta ventajas a modo de plus de supervivencia. Los dormideros comunales se truecan en clubes sociales, puntos de información tan interesantes como vitales, máxime si se trata de llevarse algo al buche. Si resulta harto difícil degustar un par de carcasas semanales; ya no hablemos de compartirlas, menos con el buitre menor –alimoche-, relegado en la carroñada que, a su vez, manifiesta dominancia sobre sus congéneres inmaduros. Éstos, mendigos tróficos, encuentran en los dormideros comunales, “hogares de acogida”, tanto en lo concerniente a satisfacer al estómago como en las relaciones sociales intraespecíficas (Ceballos y Donázar, 1990; Fernández, 1990; Donázar et al., 1996), hasta el punto de avecindar sus poblaciones en las áreas de cría y arraigar el carácter filopátrico (Donázar 2004, 2006; Grande, 2006). Y socializar con los individuos de igual estatus y, por el contrario, segregarse de los adultos reproductores (Bennettes y MacClelland, 1991; Donázar, 1993; Brown, 1997).

   


     Imaginemos una gran carroñada donde la abundancia dé para todos durante varios días. Un cercano árbol de amplio ramaje sirve de posadero y torre de observación (Ceballos y Donázar, 1990; Tella, 1991; si bien pueden asentarse sobre roca), nace el dormidero temporal que, si se aúnan varias características, como la proximidad de muladares y vertederos (Ceballos y Donázar, 1990), puede afianzarse como dormidero comunal y albergar a varios centenares de individuos con una mayoría de ejemplares adultos no reproductores, minoría de inmaduros y una presencia testimonial de pollos volantones (Cramp y Simmons, 1980; Donázar et al., 1996). Situación más factible en áreas de alta densidad poblacional, donde la captación de alimento prima sobre la territorialidad y reproducción (Donázar et al., 1996). Se relega el carácter territorial en virtud de una moderada sociabilidad –gregarismo- donde la multitud forma escudo defensivo y fuente de información para captar alimento (Zahavi, 1973; Houston, 1974; Rabenold,1987).

      


     Y es que el hambre moldea el carácter: al tonto le agudiza el ingenio, al tímido le despierta la osadía; al salvaje león le hace pasar por el aro, en bochornosa doma circense… En el alimoche, le quita y le añade en aras de una supervivencia marcada a fuego en su genoma. Hierro rusiente que estigmatiza –y a la vez incentiva- a todos los hijos de Mater Natura, incluidos los humanos. ¿Os acordáis de la manzana paradisíaca de nuestros bíblicos padres, y sus consecuencias? Ahí empezó una historia y aquí termina ésta…

         


     ©Texto y poema de Lupus, Javier Pastor. Fotografías de los autores reseñados. Prohibida la reproducción de los contenidos de este artículo sin autorización escrita previa e indicación de origen.

Mi agradecimiento y admiración a los fotógrafos de la naturaleza:

Nicole Bouglouan: http://www.oiseaux-birds.com/
Juan Pablo Fuentes:http://naturjuampa.blogspot.com.es/
José Almagro Menéndez:http://www.fotonatura.org/galerias/14925/
Oriol Alamany:http://www.alamany.com   y   http://blog.alamany.com
Sergio Sáez López:http://www.flickr.com/photos/yuky_monti/

                           


 


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lunes 17 de enero de 2011, 22:29:15
LOBO IBÉRICO -Canis lupus signatus-
Tipo de Entrada: ARTICULO | 53 Comentarios

                                                  BIOFICHA

CLASIFICACIÓN
Clase:
Mammalia. Orden: Carnívora. Familia: Canidae. Género: Canis. Especie y subespecie: Canis lupus. C.l. signatus o lobo ibérico. Llobu, otso, llop, lobo, loup, wolf, lupo, gray wolf.
BIOMETRIA
Peso:
45–35 kg, machos, y 35–25 hembras. Longitud: 140–100 cm. Altura en cruz: 90–70 cm. Cola: 50–35 cm (en la hembra parámetros inferiores en 20 %).
Dentición: I 3/3, C 1/1, P 4/4, M 2/3 = 42 piezas. Librea: Parda grisácea a parda rojiza. Dos mudas –verano e invierno-.

ECOLOGÍA
Principal depredador de ungulados del Hemisferio Norte –Canis lupus-. Influye en la selección natural de las especies junto al control y saneamiento de sus poblaciones. Ataca y devora a otros cánidos que solapan su territorio como zorros y perros asilvestrados, así como, ocasionalmente,  a animales domésticos –lobadas– y carroña.
Hábitat: De gran adaptabilidad, puede ocupar prácticamente todos los ecosistemas de la Península, desde el nivel del mar hasta la alta y media montaña.
Alimentación: Cazador social y carnívoro generalista de amplio espectro trófico. Único superpredador terrestre de un incalculable valor ecológico.

Distribución: Presente en España y Portugal con dos poblaciones diferenciadas por el río Duero: la norteña estable -mejor comunidad Castilla y León-; la sureña inestable. Tendencia de expansión hacia el Este y presencia anecdótica en Catalunya (lobos foráneos).
BIOLOGÍA
Madurez sexual:
20-24 meses, hembras, y 3 años, machos; monógamos. Celo: enero-marzo. Cromosomas: 78. Gestación: 63 días. Parto: anual, mayo; rango abril-junio. Camada: 5 cachorros (rango 1-11, correspondiendo los datos inferiores a lobas primerizas). Lobezno: neonato hasta 3 meses; fórmula dentaria: 2 (I 3/3, C 1/1, P 2/2, M 1/1)= 28 dientes de leche. Lobato: 3-18 meses, correspondiendo el dato superior a lobo adulto. Esperanza de vida: 15 años, rango 8-15.
ETOLOGIA
Social y jerárquico se agrupa en manadas familiares regidas por una pareja dominante y reproductora. Interactúa por medio de gestos, posturas, olores y vocalizaciones, estructurando un lenguaje de alto nivel de comunicación. Ritmo circardiano crepuscular, en gran medida, determinado por la actitud del hombre, con el cual mantiene una relación histórica de amor-odio.

            

In memoriam

      A Félix Rodríguez de la Fuente, Hijo Predilecto de Gaia; Maestro en el aula de los espacios libres y Macho Alfa de la Gran Manada. Y a todos aquellos naturalistas que desbrozaron la senda hacia Mater Natura para que nosotros caminemos por ella. Mi admiración, gratitud y cariño.
                                                     Javier Pastor –Lupus-

                             


Origen

     El linaje del lobo forja una historia de evolución y taxones extinguidos. De vida que se nutre de otras vidas sujetas al reinado de la cadena trófica, elegidos como reyes de la predación por mandato de Mater Natura (escala filogenética: descendiente del Miacis –pequeño carnívoro, tipo gineta de hábitos arborícolas, antecesor de los caniformes modernos-, nace la saga evolutiva con el Cynodictis en Eurasia -Eoceno superior y Oligoceno–, para extinguirse y emerger el taxón Pseudocynodictis, más evolucionado, en Norteamérica –Oligoceno-. La secuencia troncal continúa con el Hesperocyon y Cynodesmus –Mioceno inferior, depredación en el suelo-, Daphaenus y Tomarctus –Mioceno medio y superior– y, finalmente, Canis lepophagus –Norteamérica, Mioceno superior y Plioceno-; protocánidos que originan el surgimiento de la subfamilia Caninae y el género Canis).
     El primer ancestro del género Canis, Canis etruscus, habitó América hace 10 millones de años (el registro fósil en Eurasia más antiguo del género Canis data de 3,4 m.a., descubierto en los depósitos chinos de la Cuenca del Yushe –Formación Mazegu-), para dispersarse a través de Beringia hacia Eurasia –3,5 m.a.-. Durante el Pleistoceno campeaban por el Viejo Mundo los taxones Canis etruscus (un tipo de coyote primitivo con dataciones de fósiles de 1,3 m.a. –yacimientos de Venta Micena, Orce, Granada– y de 1,1 m.a. –Cueva Victoria, Murcia-), Canis falconeri (perro salvaje ancestro del licaón africano con depósitos osíferos en China –2,5 m.a.– y Tanzania –1, 9 m.a.-) y Canis arnensis (cánido chacaloide  registrado en yacimientos de Senéze, Francia, y Tasso, Italia, con una antigüedad de 2-1,7 m.a.). Procedentes del este asiático regulaban el equilibrio ecológico en la Era de las glaciaciones, cuando el hielo cubría una cuarta parte de la Tierra y éste, con sus gélidas fauces, depredaba sobre todas las criaturas. Estos cánidos compartían hábitat con los primeros homínidos europeos, iniciando una tempestuosa historia de admiración/odio; para surgir la línea evolutiva más reciente, Canis mosbachensis (lobo pleistocénico de menor envergadura y mayor carnivoridad que su descendiente contemporáneo, Canis lupus). A finales del Pleistoceno medio y en el Pleistoceno superior, dominaba la forma Canis lupus mosbachensis (registros fósiles de Torralba y Ambrona, Soria, con una antigüedad de 0,4 m.a.) y llegar, tras sobrevivir a las glaciaciones, al lobo moderno, Canis lupus (900.000/600.000 a.C.; las duras condiciones ambientales causaron la extinción de numerosas especies, cebándose en los mamíferos. La relativa altitud baja de la Península Ibérica la transformó en un paraíso donde germinaba la vida. Al otro lado del estrecho de Gibraltar, el Sáhara constituía un oasis gigantesco; un vergel de agua y ríos donde la exuberancia vegetal y animal mostraban un paisaje opuesto al actual –quimérico a ojos del hombre moderno-), y al primer lobo ibérico, Canis lupus signatus (yacimientos peninsulares de Atapuerca, Burgos, y Ambrona, Soria; datados entre 400 y 200.000 años de antigüedad), próximo al periodo interglacial Holsteinian  (segundo periodo interglacial donde las temperaturas ambientales –por encima de los Oº C– favorecieron la diversificación de presas; al mismo tiempo que mantuvieron la extensión estacional del manto nivoso, idóneo para las cualidades venatorias del lobo).

                      

       El éxito evolutivo de la especie tuvo su recompensa al encumbrar a Canis lupus (Linneo 1758) como uno de los depredadores de cúspide de la cadena trófica en cada uno de los hábitats colonizados de la región holártica. Ocupa ecosistemas tan extremos como el boreal (p. ej.: subespecies Canis lupus orión, C.l. arctos y C.l. albus) donde las nieves perpetuas facilitan la caza de grandes herbívoros –p. ej.: caribú o alce-; hasta los ecosistemas áridos y desérticos  (p. ej.: Canis lupus pallipes, C.l. arabs y C.l. baileyi) donde las yermas dunas, la tierra calcinada y la escasez de alimento ponen a prueba su supervivencia (el lobo etíope –Canis simensis-, pariente cercano de Canis lupus, es el cánido salvaje menos viable del mundo, apenas sobreviven varias centenas –inferior a 500 ejemplares– en las montañas de Etiopía, diezmado por la destrucción del hábitat, hibridación y persecución del hombre; por desgracia, amenazas extrapolables a nivel mundial). Pero es en latitudes más templadas, en donde los bosques, las montañas y los espacios abiertos de poca presión antropógena componen el hábitat preferido del lobo. Tras sobrevivir al histórico biocidio global, acentuado en el s. XX (resiste, e incluso se expande, gracias a su ductilidad y al aumento de la tolerancia humana –menor o nula si afectan a intereses económicos– donde disponga de alimento, preferiblemente de origen salvaje, y la mortalidad a manos del hombre no supere el índice reproductivo), la gran adaptabilidad del lobo y una aceptable tasa de renovación mantienen una población mundial que no supera los 300.000 ejemplares, distribuidos en cerca de 50 países con numerosas subespecies. La taxonomía discrepa en el número: 15 (Nowak y Federoff 1996), o bien 32 (Mech 1974) diferenciados , a grandes rasgos , en el tamaño –mayor en latitudes septentrionales, lobos de Alaska y rusos; y menor, meridionales, lobo árabe- y en el color –blancos en ecotopos árticos y rojizos en los áridos- formando cuatro grupos, de norte a sur:
     Los lobos blancos ocupan los ecosistemas boreales con varias razas, p.ej., Canis lupus orion, C.l. albus y, como emblema, C. l. arctos o lobo ártico, merodeador de la banquisa de espléndida librea blanca.

                    

      Lobos grises -denominación genérica del lobo común, Canis lupus, en América- en los territorios del sur del Círculo Polar, de pelaje más oscuro, incluso melánico, y mayor envergadura, 60–80 kg, bien representados en las subespecies C.l. lycaon, C.l. occidentalis o C.l. communis o lobo ruso, depredadores de ungulados tan majestuosos como alces y caribúes en los ecosistemas subárticos de taiga y tundra. Los lobos pardos colonizan gran variedad de los ecosistemas euroasiáticos, algunos de ellos tan opuestos como los biotopos siberianos o esteparios (Siberia cuenta con la mayor población lobuna de Eurasia, donde sobrevive a temperaturas ambientales de –50º C), y los de características mediterráneas. Presentan un tamaño medio y pelambre de matices grisáceos con razas tan significativas como C.l. campestris o lobo estepario, C.l. italicus, o los extremos geográficos del Oeste, C.l. signatus o lobo ibérico, y Este, C.l. hodophilax y C.l. hattai extintos  lobos japoneses –año 1905-. Todos ellos abanderados por el popular y mítico Canis lupus lupus o lobo común euroasiático. Los lobos más sureños y de menor envergadura, 15–35 kg, corresponden a los lobos rojos (subespecies de Canis lupus; no confundir con el lobo rojo, Canis rufus, cánido americano de taxonomía discutible – especie independiente o híbrido entre lobo y coyote-) de pelaje corto en tonos cobrizos, silueta delgada y estilizada, grandes orejas y patas largas, adaptaciones morfológicas que disipan el calor de los biotopos áridos que ocupa,  mostrando un aspecto chacaloide; representados por C.l. baileyi en América y C.l. pallipes en Asia, uno de los padres biológicos del perro, C.l. familiaris.

     

     Esta diversificación global de razas y de biotopos presentan características muy dispares que en el lobo ibérico y en Iberia muestran puntos en común: A pequeña escala, nuestra Península aglutina el abanico de ecosistemas holárticos. Los biotopos de alta, media y baja montaña, boscosos, esteparios o de zonas áridas han sido o son ocupados por el lobo ibérico, que presenta –y representa en un grado menor– adaptaciones físicas y etológicas al biotopo que depreda. Las grandes manadas de lobos norteños (12–25 miembros) y sus espectaculares presas -wapitis, caribúes o alces- se truecan en una manada más familiar (3–12 miembros), y en presas de inferior porte -ciervos, corzos o jabalíes–. El mayor tamaño y pelaje oscuro de los lobos grises se reflejan en los lobos “norteños” de la Iberia Septentrional con un leve aumento de tamaño y oscurecimiento de librea respecto a sus paisanos sureños. Los gradientes de temperatura ambiental que soporta el lobo se radicalizan en zonas árticas, -50º C, y zonas áridas, 50º C. Las oscilaciones térmicas peninsulares (alta montaña –Pirineos, Picos de Europa o Sierra Nevada– en oposición a las zonas áridas y desérticas), menos bruscas, azotan y ponen a prueba a Signatus que responde con similares estrategias para adaptarse. El lobo ibérico manifiesta unas características afines –si bien menos marcadas– y patrones semejantes a cada uno de sus parientes de raza que habitan los diferentes ecosistemas. Descubrir la biología del lobo ibérico, explorar su mundo y su entorno, cada rincón de la ecología del máximo superpredador ibérico terrestre; no sólo supone una ventana abierta al lobo global, Canis lupus, sino razones para amarlo y protegerlo. Conozcamos a Canis lupus signatus (Ángel Cabrera 1907) o lobo ibérico…

Distribución

     La población lobuna ibérica, si bien compone la segunda comunidad de Europa en importancia después del cinturón de naciones del Este (matriz, la Federación Rusa; en segundo lugar, aunque muy distanciada, Rumanía); apenas cuenta con 2.000/2.500 ejemplares (población fluctuante en función de los partos: máximo en la etapa postparto, a mediados de otoño, y mínima en la etapa preparto, a principios de primavera; siendo más plausible el dato inferior, por debajo de las cifras optimistas, muchas veces mediatizadas por el ambiente antilobo. En este sentido aún se añade más confusión a la guerra de cifras, donde las aportaciones científicas –más doctas y, presumiblemente imparciales– están sujetas a unos presupuestos gubernamentales mínimos, unos estudios de campo dilatados por décadas y de metodología cuestionable en algunos muestreos –la mejor, el radiomarcaje masivo, obviamente caro– y presionados ideológicamente por el ambiente prolobo –mea culpa-. En todo caso, sin tomar las cifras al pie de la letra, sí marca una tendencia incuestionable a valorar por todos), agrupados en ±300 manadas en España; y 300/450 lobos (primavera–otoño) hermanados en 67/70 alcateias –manadas– en Portugal. Ofrece una densidad de 1,5–2 lobos/100 km² (Blanco et al. 1990), similar a la europea, 1–3 lobos/100 km² (Boitani 1999), y más uniforme que la norteamericana, 0,3–4,3 lobos/100 km².
     El río Duero vertebra las poblaciones lobunas: Al norte, la comunidad lobera de ambas naciones goza no sólo de las mayores poblaciones, sino de una cultura lupina más pura y arraigada, tanto en el carácter idiosincrático de la subespecie como en su relación con el hombre. Al sur, la rarificación y la pérdida de valores lobunos se convierte en una espada de Damocles de final incierto, que agudiza la gravedad en la población más sureña, la andaluza.

            

     Pese a la regresión escandalosa de algunas zonas, Iberia ostenta el orgullo de albergar a la mejor población europea occidental, merced a una orografía óptima, abundancia de animales salvajes (la expansión del corzo atrae como un imán al lobo) y domésticos (carroña y esporádicas lobadas –ataques a reses-). Junto a un despoblamiento rural y, consecuentemente, su naturalización; el cambio de modelo pastoril y de mentalidad ciudadana –más conservacionista y documentada– y una información científica y divulgativa (p.ej.: Félix Rodríguez de la Fuente, Carlos Sanz García, Ramón Grande del Brío, etc.). Una vez más el hombre determina su existencia –bien de tendencia prolobo o contra él–. Aunque parezca contradictorio el lobo ibérico no precisa de ambientes salvajes para coexistir, de hecho puede vivir cerca del humano –aunque no lo percibamos, ocasionalmente y como herencia ancestral, visita nuestros basureros, granjas, incluso pueblos; como lo corrobora la humanizada Galicia, 2ª comunidad en importancia lobuna-; el problema radica en la presión antropogénica sobre el indómito cánido. Se adapta a los distintos tipos de clima (oceánico, mediterráneo y de montaña) colonizando sus respectivos biotopos siempre que presenten manchas vegetales para cobijarse, en especial en el ciclo reproductor; acceso a fuentes de agua y cazaderos con presas que rentabilicen el gasto energético de la persecución –p.ej.: un cérvido compensa una acción venatoria conjunta, un lagomorfo no-. Si bien los hábitats peninsulares de preferencia corresponden a las zonas montañosas medias, abruptas y boscosas –caducifolios, pinares y mixtos-. Campea por las mesetas castellanas, al amparo de cultivos de cereales y girasoles, en busca de algún disperso rodal –generalmente de vegetación de ribera y, en menor cuantía, pinares– y presas menores, curtiéndose a la intemperie  de páramos y campo abierto y fomentar la leyenda del lobo estepario.

    

      O ventea el aroma a salitre, al socaire de los acantilados rocosos y arenales costeros de Galicia –Costa da Morte-, Asturias y Cantabria, para ascender hasta la desnudez de la roca y las gélidas nieves, rozando las cumbres de los macizos ibéricos (el último lobo oscense fue avistado al oeste de Monte Perdido en el año 1930). Pero donde el lobo ibérico se asienta mejor y lo percibe como el territorio de sus antepasados, es en el ecosistema mediterráneo, donde la encina –árbol ibérico por derecho– teja su hogar por encima de otras especies, para alfombrarlo de jarales –llamados, en algunas zonas, hierbas loberas-, genistas, cantuesos, lentiscos o brezales y sentir el olor de su hogar.
     Éste se concentra en el sector noroccidental de la Península y, en la actualidad, con una tendencia expansionista hacia el Este. León ostenta el orgullo de originar el mayor número de lobos por provincia (±70 manadas, y zonas a destacar: Riaño, El Bierzo o Babia) y Zamora mantiene la más alta densidad, 5–7 lobos/100 km² y la población más genuina (epicentro en la Reserva Regional de Caza de la Sierra de la Culebra, 67.340 has. acotadas desde el año 1973, mal año y peor década del biocidio de la subespecie); ambas provincias, joyas del reino ibérico y matrices de la nación lobuna. Haciendo honor a ellas, Castilla y León, constituye la comunidad autónoma  lobera por excelencia, con una población 1.000/1.500 ejemplares agrupados en ±180 manadas; siendo especie protegida al Sur del Duero (Directiva de Hábitats 92/43/CEE, anexos II y III, especie prioritaria), y cinegética al Norte del Duero (Ley de Caza 4/1996, 12 de julio, Decreto 83/1998). Tras el rastro de León y Zamora (±55 manadas, y zonas a destacar: Sierra de la Culebra, La Carballeda, Aliste y Sanabria), y por orden de importancia: Burgos y Palencia, que, junto a León, exhiben una densidad considerable, 3–4,2 lobos/100 km²; más relevante si comparamos los datos con la primera población europea –Federación Rusa y países colindantes-, cuya densidad casi duplica, 2,2–5 lobos/100 km². O la baja densidad de las llanuras cerealistas, 0,4–0,6 lobos/100 km² (Blanco et al. 1990); porcentaje curioso, donde los ecotopos ubicados en una u otra orilla del determinante río Duero condicionan su existencia (hasta hace unos años frontera natural para la expansión de la subespecie). En Salamanca las diferencias entre norte y sur se acucian; agravándose aún más con la presión humana antilobo, inducida por un modelo ganadero extensivo afectado por la merma de animales silvestres y la abundancia de ataques de perros cimarrones, injustamente siempre atribuibles al lobo, cuya inestable población mengua pese al trasvase de lobos zamoranos y, en menor media, lusos (eliminado el núcleo reproductor de la sierra de Gata). Por el contrario, en Valladolid, el modelo agrícola ayuda a la difusión sureña al recolonizar estas zonas, donde es visible entre los tradicionales campos de cereal, o los más actuales de girasol y maizales; para expandirse hacia Ávila (3/5 manadas ubicadas en las sierras de Ávila y de Malagón y en Campo Azálvaro) y Segovia (línea Coca, Cantalejo y Riaza); ambas provincias umbral lobuno hacia la comunidad de Madrid (Sistema Central –Chapinería, Guadarrama y Somosierra-). Y continuar la recolonización hacia el Este, a través de Soria, como punta de lanza (exterminado a finales del s. XX en la década de los 60 –Picos de Urbión– y asentamientos desde las décadas 80 y 90; cuenta con manadas estables en Duruelo, Montenegro de Cameros, Urbión y La Hinojosa).

           

     Galicia –segunda comunidad en patrimonio lobero– presenta un territorio muy humanizado, con el mayor grado peninsular de antropogenización, donde el lobo demuestra unas dotes adaptativas tan peculiares que ha impregnado en el inconsciente colectivo del pueblo gallego. Esta impronta lobuna se manifiesta por toda Galicia: leyendas (p.ej.: la creencia entre el campesinado de ahuyentarlos con el sonido de la gaita o el chirriar de las ruedas de los carros. Los “arresponsadores” y la religión; amén de la miríada de narraciones, cuentos, dichos y fábulas nacidos del imaginario popular, entroncado con la cultura celta, y embellecidos con “a lingua galega”), zoomorfismo (el caso más grave de licantropía en  España –enfermedad psiquiátrica identificativa con el cánido salvaje- aconteció en los bosques galaicos, entre los años 1846 y 1852, a manos del demente Manuel Blanco Romasanta –“lobishome” natural de Regueiro, Ourense-, que asesinó y devoró, al menos, a  9 paisanos), mitos (Pereeiros de lobos: humanos que conviven con lobos en manada, ejerciendo de líderes y  de animal), folklore (peliqueiros del carnaval de Laza , Ourense.) y toponimia (Lobios y Lobeira en Ourense; Matalobos en Pontevedra; islas Lobeira grande y chica, El Lobeiro, Lobelos y Serra da Loba en A Coruña, ésta compartida con Lugo: Serrón do Lobo 702 m, o Loboso). Si el lobo castellanoleonés exhibe una medalla a la cantidad y a la calidad –con el pedigrí encamado en Zamora-; el lobo galaico ahonda en el alma de sus paisanos humanos, hasta adquirir rango de patrimonio cultural y etnográfico: “Nuestro lobo, animal de sangre y espíritu gallegos/o noso lobo, animal de sangue e espírito galegos”. Un número difícilmente superior a los 1.000 ejemplares, hermanados en 65/75 grupos reproductores –gal. mandas; de baja cría–,  campean por el humanizado territorio en una densidad, 1,7-2,4 lobos/100 Km², que abarca desde altitudes marítimas en la Costa da Morte, hasta las cotas montanas de las serranías interiores. Desaparecido de gran parte del litoral costero, del norte de A Coruña y suroeste pontevedrés; se afianza en Ourense y Lugo con feudos tan loberos como Serra do Laboreiro, do San Mamede, do Xurès o Parque Natural o Invernadeiro, en la primera provincia; y  Os Ancares o Serra do Meira, en la segunda, para extenderse por toda la comunidad al abrigo de serranías, montes y bosques (p.ej.: Serra do Suido, do Faro, do Loba, do Courel o Montes do Testeiro).
     La antropogenización del medio condiciona la disponibilidad trófica abocándola hacia el consumo mayoritario de animales domésticos (alto porcentaje en estado de carroña y, menor, de pastoreo, semintensivo y libre -mostrenco, p.ej., el famoso poni galego-) y medio, basado en la predación de ungulados silvestres (prioritariamente corzo y, en disminución, jabalí), junto a presas menores (lagomorfos). Los daños colaterales de la enfermedad de las vacas locas –EEB, año 2002– que eliminaron un recurso fácil y abundante, la baja o media densidad de corzos y la precariedad de conejos lo abocan a la desnutrición, a la merma reproductiva y a un bajo índice de productividad, junto al aumento de lobadas (principalmente en mayo –partos del ganado vacuno y equino– y en octubre –iniciación de los lobatos en la cacería-)  y, desgraciadamente, a la respuesta represiva de los sectores afectados. Un futuro incierto, gris, que puede ennegrecer o aclararse a voluntad del pueblo gallego y de sus representantes políticos (especie cinegética, anexo IV del Reglamento de la Ley de Caza 4/1997, 25 de junio, Decreto 284/2001. Xunta de Galicia, Decreto 297/2008, 30 de diciembre, Plan de Gestión), esperemos que no cierren puertas y abran ventanas.

               

      El Principado de Asturias agrupa a la tercera comunidad lobuna ibérica, e inicia –a nivel estatal- el goteo de parejas reproductoras, ±38 asturianas, originando una población no superior a los 250 cánidos. Si antaño ocupaba la totalidad del Principado (constancia desde  el s. XV del cargo de “Alcalde de Montería” –Oviedo- , quien capitaneaba batidas exterminadoras contra el lobo astur, obligando por ley a la ciudadanía a participar en las matanzas. Hecho histórico extendido en el tiempo por toda la geografía española), se ha recluido en la mitad central y meridional de Asturias, trasladando sus núcleos de cría a reductos tan emblemáticos como los Parques Nacionales de Somiedo, de Covadonga y de Picos de Europa, y las Reservas de Muniellos y Degaña; gozando de mayor estabilidad en  la zona occidental. El LLobu asturianu ha mejorado respecto a décadas anteriores y su existencia - preocupante e incierta en las poblaciones de las  comunidades autonómicas orientales norteñas que la prosiguen– se encuentra normalizada. Mantiene un Plan de Gestión bajo la tutela de especie protegida, un orgullo para los asturianos que valoran la idiosincrasia de un llobu capaz de asomarse al mar Cantábrico (avistamientos muy anecdóticos en la costa occidental) y rebasar el límite boscoso para ascender a la alta montaña –cota 2.400 m-.
     Casi exterminado en los años 70 del s. XX, el lobo cántabro resurge de la quema en la siguiente década, con una presencia continua en la zona occidental , propiciada por las migraciones vecinales –Asturias, León y Palencia-, y apoyado por el trasvase burgalés del extremo oriental. Una reducida agrupación familiar, 5/7 núcleos reproductores, que apenas rozan el medio centenar de individuos relegados a las zonas más montaraces por la fuerte hostigación del hombre que impide la dispersión, el asentamiento de nuevos grupos, e incluso el campeo hacia las zonas humanizadas (oposición ganadera, en especial, en el Norte y del sector ovino. Y la menos comprensible acción cinegética, donde las batidas al jabalí se cobran la muerte del lobo a manos del cazador y por el propio guarderío –Reserva Regional de Caza de Saja y zonas de Caza Controlada de Valderredible y Valdeprado del Río–), convirtiéndose las tierras del sur -Valderredible, Valdeolea, Valdeprado del Rio-, junto a los extremos territoriales de Liébana y Peña Sagra –occidental–, y valle de La Soba –oriental-, en el reducto lobero a proteger, aunque sólo sea por dar una oportunidad a un gestor natural con siglos de experiencia. Máxime cuando su conservación no está garantizada a largo plazo y precise del trasvase de lobos castellanoleoneses al perecer muchos de los ejemplares locales; y, legalmente, esté catalogado como especie cinegética. Se le mediatiza con titulares sangrientos de lobadas y se ocultan sus acciones venatorias al regular, como depredador de cúspide, el equilibrio ecológico de los distintos biotopos cántabros en donde interactúa (p.ej.: barrera zoológica contra zorros y perros asilvestrados, éstos, responsables en la sombra de muchas lobadas. Y control trófico de las poblaciones de ungulados salvajes, donde el astuto jabalí encabeza el monto de los daños agrícolas). Injusticia no autóctona, ni siquiera nacional; cruza fronteras y siglos de historia para enquistarse, por desgracia,  en la leyenda negra del patrimonio de la humanidad.

              

     Otsoa, el lobo vasco, desapareció de su territorio a mediados del s. XX; 1950, en la zona de Montes de Ordunte, 1958 en Álava y 1967 en Vizcaya fecharon las últimas ejecuciones, hostigados por la ideología del régimen gobernante que ensalzaba al cazador (la reiterante imagen de monterías con Francisco Franco, escopeta en mano, acompañado por su cúpula gubernamental. De hecho, Consejos de Ministros y decisiones políticas se acordaban al olor de la pólvora. En los mentideros de la época se recomendaba, a quien quisiera medrar, hacer gala de devoción franquista y pasión de cazador), y negaba o prohibía cualquier mínimo atisbo de racionalidad ecológica (por el contrario, fomentaba lo opuesto, sirva de ejemplo las Juntas de Extinción de Alimañas, auténticos juicios sumarísimos contra el lobo y “otros competidores del cazador”) y la persecución ganadera (curiosamente determinados pueblos –p.ej., Ataun- celebran la fiesta invernal del “Otsabilko”, donde los vecinos ofrecen alimentos para aplacar las razias del lobo). En la actualidad su presencia es regulada a través de la Orden Foral de Vedas en Álava y Vizcaya, siendo especie cazable con autorización –esperas y recechos-. Hoy en día, el lobo ha recolonizado parte de su nación gracias al flujo dispersante de lobos castellanos (burgaleses norteños de los valles de Mena y de Losa) y cántabros (sureños del valle de La Soba). A esta migración tradicional, se añade la posibilidad de fluctuaciones de lobos riojanos, procedentes del Sistema Ibérico. El extremo occidental de la Comunidad del País Vasco agrupa la zona de cría, 4/5 manadas, y un número fluctuante de 25/35 individuos. Álava sostiene la mayor población distribuida en los territorios del valle de Valderejo, Valdegovia y las serranías de Salvada y Guibijo. El macizo del Gorbea como puente orográfico los une a los territorios vizcaínos de la Comarca de Encartaciones, valle de Karrantza y Montes de Ordunte. A pesar de la fuerte presión ganadera (pastoreo extensivo y en semilibertad  de ovejas latxas), la población lobuna sigue a través de corredores naturales (cordales de montaña y bosques) la tendencia peninsular de expansión Oeste–Este, fruto de los movimientos dispersivos de los subadultos, junto a la expansión del corzo, la presa habitual. En 1996 se divisa en el Parque Natural de Aralar (muga Guipúzcoa–Navarra). A corriente de este río dispersivo, en la Comunidad Foral de Navarra, tras décadas de extinción, se producen avistamientos: 1990, Petilla de Aragón –jurídicamente Navarra-, y en 1996  campeos en Sierra de Urbasa y en Lerín. Presumiblemente, en sendas provincias, lobos provenientes del Sistema Ibérico.

         

     La Sierra de la Demanda ha constituido la resistencia numantina a la erradicación del lobo riojano (en el s. XIX ocupaba todas las serranías, adentrándose hasta el Valle del Ebro, para casi extinguirse en la década de 1960), para, a partir de 1987, recolonizar –flujo castellano, principalmente burgalés- los antiguos territorios y avistarse en Siete Villas, Ezcaray e Iregua. La densidad es muy baja, al igual que los núcleos reproductores, 3/4, recluidos en las serranías de la Demanda, Urbión, Las Hornazas y Cebollera, con una población inferior a la cuarentena, aunque con una tendencia dispersiva hacia el Este. Incomprensiblemente sufre la condena a muerte de una situación legal poco acertada al considerarlo especie cinegética (Ley de Caza 9/1998, 2 de julio). La Rioja, encrucijada de caminos y puerta de recolonización, merecería una atención especial, ya que la existencia del lobo riojano va más allá de la fobia o aprecio autonómicos, influyendo en la población estatal del lobo ibérico, patrimonio de todos los españoles.
     Aragón carece de grupos reproductores y, oficialmente, se le cataloga como especie extinguida. Una desgracia aún mayor en una tierra no sólo pródiga en fauna y flora, sino representativa de especies únicas. La influencia fronteriza de las provincias loberas y la tendencia nacional de dispersión hacia el Este, han propiciado avistamientos y, desgraciadamente,  recogida de cadáveres esporádicos en las tres provincias; dándose probabilidades de una reintroducción natural en las serranías turolenses, al menos de campeos de ejemplares divagantes –erradicado de Montes Universales en 1910 y de la sierra de Albarracín en 1945-.
     Esta migración Oeste–Este, naciente en la cuna castellanoleonesa, bien podría culminar en el extremo oriental peninsular, pero la barrera humana, con su egocentrismo y prepotencia de especie suprema, es más impenetrable y alta que los muros de roca de los Pirineos. Catalunya y el llop se han reencontrado en el Parque Natural del Cadí–Moixeró (avistamiento inicial en la periferia, Saldes,  y confirmación oficial, 2004, de rastros y excrementos lobunos en el interior. Análisis de muestras: Josa i Tuixen 2000, Lérida; Saldes 2002, 2004 y 2005 junto a Gosol 2004, ambas en Barcelona y Alp 2005, Girona) tras más de medio siglo de separación (los últimos lobos se abatieron en Tarragona, en los bosques de lo Port –Horta de Sant Joan, 1924, 1929 y 1935-). Desde la  Alta Cerdayna, en el macizo de Madres –norte del Canigó-,  el lobo cruzó la frontera en 1999 para dejarse ver en P.N. del Cadí–Moixeró y en las comarcas de la Cerdanya, l ´Alt Urgell, l ´Alt Ripollès, el Berdegà y el Solsonès. La población ronda la docena, sin constancia de grupo reproductor. No pertenece a la subespecie ibérica, sino a la italiana, Canis lupus italicus, demostrando una querencia particular por las tierras del Prepirineo catalán (Altobello 1921. Originarios de los Abruzzos, Italia, en la década de 1990 expandieron oleadas hacia los Alpes italianos y suizos en dirección norte; Alpes franceses y Lyon, noroeste; y Alpes marítimos, este, en el P.Nac. de Mercantou, 1992, para avistarse en 1998 en el macizo de Madres. Lobos itinerantes de inferior calidad biológica –menor diversidad genética-  y ecológica).

                    

      La población lobuna en Castilla–La Mancha es muy fluctuante y dispersa; encontrándose rasgos de ella –de menos a más- en Cuenca; en las tierras meridionales de Ciudad Real donde campean lobos dispersantes desplazados de Sierra Morena; y en el norte de Guadalajara, donde el flujo castellanoleonés se ve recompensado con varias manadas asentadas (serranía y Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara donde, curiosamente, se localiza el Pico Lobo). Desde el punto de vista zoológico, esta comunidad adquiere una importancia clave al tener la opción de convertirse en puente natural entre las dos subpoblaciones ibéricas: la norteña y la andaluza; salvando de la extinción a ésta, al aportar la mejora genética gracias al trasvase de nuevos ejemplares. Así lo contempla su estatus legal, como especie protegida (Decreto 33/1998).
     En Extremadura, pese a estar protegido desde 1985,  los aullidos de bienvenida a nuevas camadas se han silenciado –antigua cuna,  sierra de San Pedro-. No existen evidencias de grupos reproductores (Rico et al. 1997; Moreira 1998), aunque se han apreciado campeos ocasionales de individuos en dispersión en sierra de Gata y valle de Ambroz. Pequeña llama guarecida de los vientos de la extinción por manos vecinas, y el sueño, quimérico o posible, de una recolonización natural.
     Entre dos aguas nada el lobo andaluz: la corriente esperanzadora de nueva sangre que revitalice la precariedad de los clanes y la profundidad oscura de la extinción. Al iniciar el s. XX, Signatus hubo de abandonar los hábitats costeros para replegarse hacia el interior en una regresión continua (en el s. XIV se documentó el avistamiento y campeo de lobos dentro de las ciudades de Sevilla y Granada; por el contrario, , en el año 1585, los duques de Media Sidonia –Cádiz- promulgaron ordenanzas a favor del exterminio del lobo andaluz. Ausente de Sierra Nevada en 1910; sierra de Cazorla y Segura, década de los 20, y seguir la tendencia negativa hasta recluirse en Sierra Morena, década de los 50). Actualmente, a pesar de la cobertura legal de especie protegida (Decreto 4/1986), la población peninsular más sureña  se considera en categoría de Peligro Crítico (Muñoz–Cobo y Blanco 2001) y sólo abarca a las provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla. La baja densidad y su aislamiento poblacional reducen al mínimo el intercambio genético, empobreciendo al lobo andaluz (p.ej.: malformaciones físicas, ceguera y disposición a patologías infecciosas), que apenas cuenta con 40/60 ejemplares agrupados en 6/10 manadas. Además, la desculturización de los clanes propicia la hibridación canina, en especial, en los ejemplares jóvenes, menguando aún más si cabe la viabilidad de la especie. Sierra Morena se trueca en el último  feudo y el Parque Natural de Sierra Andújar en la torre del homenaje (joya peninsular en ecología y diversidad biológica con interesantes endemismos botánicos, y fauna emblemática: águila imperial, buitre negro, lince, meloncillo, etc. Junto a los dos superpredadores ibéricos: el lobo y el águila real –la mayor densidad peninsular-; curiosamente, una de las zonas de mayor diversidad biológica de Europa está regida por estos dos superpredadores, reyes de la cadena trófica y garantes de diversificación y de salud ecológica, hasta hace un par de décadas exterminados por su etiqueta de “perjudiciales para el campo; alimañas”). A la cabeza, Jaén, como baluarte oriental donde se ubican las mejores subpoblaciones (incluyendo como zona  a Ciudad Real; Fuencaliente a Despeñaperros, serranías de Madrona y San Andrés o Cazorla). La otra subpoblación, Córdoba –aislada y de viabilidad dudosa-, da fe de presencia lobuna en los parques y sierras de Hornachuelos, de los Santos o de Cardeña y Montoro. El núcleo occidental, Sevilla –de futuro casi extinto–, cuenta con una tímida huella en el Parque Natural de Sierra Norte de Sevilla y, en el recuerdo, campeos por tierras onubenses (el último lobo del P. Nac. de Doñana se abatió en 1952).

              

     En el s. XIX el lobo campeaba por toda la geografía portuguesa. Tras sufrir el impacto del  oleaje mundial de exterminio y persecución del s. XX –el biocidio luso se intensificó en las décadas de los 40 y 70-, se replegó a la zona norte fronteriza y declararlo especie protegida (Ley de Protección del Lobo Ibérico 90/1988, Decreto 139/1990). La mengua en la biomasa de ungulados salvajes lo aboca hacia presas pequeñas y una dependencia trófica del hombre –carroña y animales domésticos-. Reúne a una población no superior a 300/450 ejemplares (fluctuación primavera–otoño),  agrupados en 65/70 alcateias –manadas-, ubicadas en dos subpoblaciones separadas por el río Douro: los mejores clanes campean en la orilla septentrional, en las montañas de los distritos de Viana do Castelo, Braga y parte de Vila Real y Braganza; y zonas loberas del Parque Nac. da Peneda–Gerés, o los P.N. da Montesinhos y da Alvão. Por el contrario, la subpoblación de la orilla meridional sufre graves problemas de conservación; distribuida en los distritos de Viseu y Guarda, al cobijo de las sierras da Estrela y da Malcata.

Descripción

     Si en el horizonte la silueta del lobo y de un perro grande pudieran confundirse; en distancias cortas, tan sólo la mirada del cánido salvaje marca notables diferencias. Profunda, firme y dominante; de ambarinos ojos oblicuos, fruto de la tensión de los poderosos músculos maseteros, y de pupila redonda. De visión binocular y tridimensional, muy frontalizados,  con un campo visual de 250º (humano 180º). Óptima en condiciones de luz tenue, crepuscular, gracias al “tapetum lucidum” (tejido de células reflectantes localizado tras la mácula que refleja la luz de vuelta a la retina, amplificando la absorción lumínica; dándole –ante un foco de luz– un aspecto fantasmagórico de brillo verdiazul) y la abundancia de bastones ( células fotorreceptoras periféricas muy sensibles en niveles de penumbra y al movimiento; visión estocópica) en detrimento de los conos (células fotorreceptoras centrales que detectan el color y garantizan la agudeza visual; visión fotocópica). A diferencia del hombre –tricromático– percibe un mundo atenuado de tonos suaves, uniformado con distintas gamas de grises y los colores azul–violeta y amarillo (visión dicromática); donde la agudeza visual se sacrifica en pro de la detección del movimiento –en cierta forma cortos de vista, de ahí la importancia de remarcar las facciones con distintas tonalidades-. 

     Buen oído, respecto al humano, ya que cuadriplica la precisión y la distancia auditivas. Capta sonidos de altísima frecuencia –60.000 Hz-, inaudibles o ultrasónicos para nosotros. La movilidad de las triangulares orejas de color pardo perfiladas en negro, cortas y erguidas, junto a la orientabilidad de la cabeza, le ayudan hasta conseguir proezas de escuchar el rumor de un cercano ratón o el aullido de un compañero alejado 6-10 km. Pero sin duda el sentido estrella lo forma el olfato, no sólo por sus grandes cualidades físicas, sino por la importancia del olor en la cultura lupina. Su trufa negra –nariz– capta los aromas del ambiente (el lobo no rastrea –oler a ras de suelo– como otros cánidos, sino que ventea, huele el aire) merced a una vasta red mucosa de pliegues cuajados de miríadas de células olfativas –superior a 200 millones– que analizan los mensajes olorosos; acción potenciada por la permanente humedad de la trufa (área olfativa de 200 cm² frente a 10 cm² del humano). Importante centro de información para solventar las actividades ecológicas (caza: detecta el olor de una presa a varios kilómetros), biológicas (reproducción: percibe la receptividad y el estro de la hembra), etológicas (pautas olorosas en las relaciones, reconocimiento individual, etc.). 

     Cabeza poderosa de perfil nasal cóncavo con músculos faciales que potencian la gestualidad, tan importante en las relaciones sociales; potentes músculos maseteros y temporales -articulan las mandíbulas- insertados en la cresta sagital que, junto a la musculatura del cuello, le posibilitan zarandear y arrastrar presas mayores que él. Cerebro de 150-170 cm³, superior al perro –en función de razas-, al menos en 30 cm³. Hocico alargado y recto, flanqueado por pelos sensitivos –vibrisas– que se extienden hasta las mejillas, de color blanquecino, llamadas bigoteras, que le permite sentir e informarse por medio del tacto.
     Fauces de un depredador, como lo demuestra su fórmula dentaria: 2 (I 3/3, C 1/1, P 4/4, M 2/3) = 42 piezas dentarias. En la mandíbula superior por hemiarcada: 3 incisivos, 1 canino o colmillo, 4 premolares y 2 molares (en el transcurso evolutivo desapareció el molar tercero). En la mandíbula inferior por hemiarcada: 3 I, 1 C, 4 P y 3 M. Las piezas dentarias más eficientes se denominan muelas carniceras, compuestas por el último premolar superior, P4, y el primer molar inferior, M1. De aspecto imponente, grandes, fortísimas y bilobuladas; de altas cúspides y bordes cortantes, maestras en trocear, desgarrar la carnaza y triturar los huesos. Al frente 6 incisivos lobulados, ligeramente curvados hacia adentro que aumentan de tamaño hacia los laterales, sujetan y desgarran la piel y la musculatura. Esquinados 2 caninos de 6 cm de longitud, pronunciados  y de corona puntiaguda. Al cerrar la boca, los caninos inferiores se acoplan en los huecos cercanos a los caninos superiores en un cierre perfecto; armas letales diseñadas para aferrar a la presa, perforar los músculos y dar muerte. En el lado central de la arcada, 8 premolares, la cantidad suple su menor calidad mecánica basada en la masticación –excepto la carnicera superior, P4-. En el extremo, 4-6 molares que muelen, cortan y trituran. Las puntas de los superiores se acoplan en los inferiores creando un efecto tijera que optimiza el corte; los bordes cortantes presentan una superficie plana que trituran los huesos. El primer molar, M1, de la mandíbula inferior forma parte de las muelas carniceras. Eficiente dentadura de carnívoro cazador que ejerce una fuerza mandibular sobre su presa de 1.500 N y/o 153,06 kg/cm² (Wroe, McHenry & Thomason, 2004) , y de 1.500 psi (sistema americano, parámetros a la baja en el caso del lobo ibérico, ya que los datos pertenecen a estudios sobre el lobo gris, cánido más corpulento); capaz de triturar huesos, no soltar la presa o arrastrar cuerpos que triplican al propio, al mismo tiempo que transportar un huevo sin cascarlo. Alfombra esta mordaza carnicera, una lengua musculosa de amplia superficie para potenciar la evaporación de la saliva y termorregularse (sistema refrigerante de los cánidos a través de las vías respiratorias ya que carecen casi de glándulas sudoríparas -excepción de las almohadillas plantares–; al evaporase la saliva, se refresca y disipa el calor) y fuerte que le permite ingerir rápidamente la carnaza (devoran muy rápido, a veces, con tarascadas compulsivas, entre otras cosas por la competencia intraespecífica).

  

      Cuello robusto y musculoso, capaz de arrastrar presas de superior tamaño, y zarandear a medianas y pequeñas; de pelaje más velloso y aparente, susceptible de erizarse a voluntad propia, que, en el macho, amaga cierto cariz leonino. Pecho esbelto que protege un corazón grande y unos desarrollados pulmones, acordes a sus actividades; con una disposición más baja del diafragma que mejora la respiración y, por ende, la carrera de resistencia. A ello ayudan sus patas firmes y vigorosas, ligeramente más largas las extremidades anteriores, y musculosas las posteriores, grandes en comparación con el resto del cuerpo, que alcanzan una velocidad punta de 65 km/h, una velocidad de crucero de 40-45 km/h y velocidad sostenida de 13–10 km/h (denominado “trote lobero”, característica marcha, constante e infatigable); nadar (ríos tan caudalosos y anchos como el Duero, persecución de anátidas, pesca en aguas someras, baños, etc.; no tienen miedo al agua y se impulsan con sus patas); ejercitar saltos de hasta 5 m, equilibrios y habilidades imprescindibles en las cacerías; y unos campeos de 25/45 km, con caminatas extremas de hasta 100 km en una jornada. Los talones, muy elevados, le permiten aumentar la longitud de zancada, 60–70 cm. En el frontal de las patas delanteras muestra una franja vertical negra “signatus–señalado” que nomina y distingue a la subespecie ibérica. Grupa ligeramente hundida.

                   

      Pies digitígrados de planta ancha –caminan sobre la punta de sus dedos-, con 5 dedos en el pie delantero o mano (el 5º vestigial –pulgar-, más elevado, no se marca en la huella) definen una impronta –huella-  de 10 x 8,5 cm y 1 cm de uña. En el pie trasero, 4 dedos, graba una impronta menor, 9,5 x 7 cm. Almohadillas anchas de tejido muy vascularizado, perfiladas de vello erecto y tupido que no sólo le aíslan de terrenos gélidos, sino que actúan como minúsculas raquetas que distribuyen la carga del peso (presión sobre el terreno de 90-120 g/cm²); hecho crucial en las persecuciones de ungulados sobre superficies nevadas (al hundirse más las presas por una presión alta sobre el terreno, 350-1.250 g/cm² media de ungulados, ralentizan la fuga y se agotan antes; además los lobos usan la huella del predecesor y se turnan en el esfuerzo). Se ubican unas glándulas interdigitales que exudan esencias que impregnan la huella con su olor personal, balizando las rutas de campeo (uno de los sistemas de orientación); más duradera en los ejemplares adultos (mayor volumen y olor más permanente) y volátil en los individuos jóvenes.  Garras con uñas romas y negras, 1 cm, no retráctiles y, por lo tanto, desgastables con el uso (locomoción y escarbar –madriguera, ocultar alimento y rascaduras en el marcaje-). El rastro dibuja una tendencia rectilínea y simétrica que refleja el equilibrio y la ligereza lobunos al desplazarse,  y marca una impronta alargada de 4 dedos y uñas, con la almohadilla central atriangulada; de nitidez variable en función del tipo de sustrato, difícil de distinguir de otros cánidos (comparativamente al zorro: doble de grande, almohadillas más juntas, estilizadas, y uñas muy marcadas; al perro: muy similar, algo más estilizada, de almohadillas y uñas más conspicuas y grandes, junto a unos dedos centrales más distanciados).

 

     Gran estómago, muy elástico, diseñado para contener generosas cantidades; así como una voluminosa vejiga de excelente capacidad dilatadora, regulada por fuertes esfínteres, idónea para el reiterante marcaje territorial y mensajes olfativos. Peso raramente superior a 50 kg, rango 30–45 kg, en el macho; y a 40 kg, rango 25–35 kg, en la hembra; apreciándose una disminución del 20% en los parámetros globales de ésta (grosso modo, de menor alzada y corpulencia junto con una imagen menos notoria de la melena y de la silla de montar). Longitud de 100–140 cm; altura en cruz, 70–90 cm. Cola larga y muy pilosa, 35–50 cm,  de pelos rígidos, duros y negros (eumelanina) en la punta y dorso; impregnados de efluvios olorosos por la acción de la glándula precaudal.
     Dentro del patrón cromático de los lobos pardos –al cual pertenece– Canis lupus signatus presenta un manto de tonalidades pardo grisáceas (mayor porcentaje de eumelanina, pigmento oscuro que capta mejor la radiación solar, imprescindible en zonas montañosas o septentrionales) a pardo cobriza (abundancia de feomelanina, pigmentación canela rojiza, común en zonas meridionales, más cálidas), con un aclarado blanquecino en vientre, belfos y papada y un oscurecimiento en cuello, cola y en el lomo, a la altura de la cruz, donde perfila una mancha llamada “silla de montar” que, junto a las franjas negras del frontal de las patas delanteras y la punta y la cara exterior de la cola, designan la particularidad ibérica: “signatus”. La pelambre se compone de dos capas: externa o jarra, e interna o borra. La primera forma una cobertura de pelos largos –13 a 17 cm-, rígidos y gruesos, de cualidades eréctiles en la nuca, omoplatos y dorso. Coloreados de blanco hueso en la base y pardo y negro hacia las puntas. Recubiertos de una película untuosa –sebo– que lo protege de la intemperie y escuda de la lluvia y del viento (minimiza la deshidratación y las pérdidas de calor; de propiedades hidrófugas, incluso en la nieve, que no llega a fundirse al contacto, hecho que le posibilita el encame sobre superficies nevadas). Abrigo protector y escaparate visual que potencia, con sus diferentes tonalidades y matices, la expresividad y posturas (lenguaje corporal). Esta tupida capa externa empieza a espesarse con la otoñada, hasta adquirir su esplendor en invierno (octubre–abril). La segunda capa se denomina borra. Presenta una textura ondulada y flexible, lanosa y densa, de 6-7 cm de largo en color grisáceo y puntas pardas; constituye la ropa térmica más cercana a la piel, y, por lo tanto, suave y de mayores cualidades caloríficas, ya que se entrelazan atrapando una cámara de aire caliente. La muda se realiza en primavera, desechando el pelaje invernal al restregarse en rocas, hierbajos, matas y arbustos. Tras el esquileo su porte difiere tanto, que el mismo lobo asemeja dos individuos antagónicos: el exuberante invernal, majestuoso y lozano; y el raquítico estival, enjuto y empequeñecido. Las dos mudas anuales: pelo de verano y pelo de invierno le permiten adaptarse mejor a las estaciones. De un vistazo se aprecia cómo los tonos de la librea se oscurecen en el dorso y en individuos de poblaciones norteñas, para aclararse en la zona ventral y en las poblaciones meridionales. Así como la aparición de pelos encanecidos y brillos plateados en los ejemplares viejos (o lobo pelicano).

Cultura y sociedad lupinas, territorialidad

Una vez avistado al lobo ibérico por fuera, conozcámoslo por dentro. Si en los carnívoros la soledad y el individualismo se truecan en ley de supervivencia; en los cánidos la norma comienza a presentar excepciones para distinguirse con el lobo (extremos familiares: el licaón o lobo pintado de la sabanas africanas –Lycaon pictus– gregario y cazador social; y el solitario zorro –Vulpes vulpes-). La socialización, las relaciones intraespecíficas, la manada, el territorio…; amalgaman la idiosincrasia lupina que nace, como todas las culturas, de una patria, la nación lobuna, y ésta se manifiesta de dos formas: una espacial y física, el territorio. La otra, nuclear y psíquica, la manada.

 

      Más familiar que grupal se compone de la pareja dominante-reproductora-líder, núcleo y eje del grupo familiar; los cachorros de la última camada –neonatos de la primavera– y, a veces, algún lobo subordinado (los lobos norteños se unen en amplias manadas –12/25 miembros; Ballard y Larsen, 1987–; es decir, su mínimo de miembros correspondería al máximo de individuos en una manada ibérica. Imponen una jerarquía más rígida, por orden de relevancia: pareja dominante/reproductora o alfa, y lobo beta –segundo de a bordo, mano derecha, y, ocasionalmente, con derechos reproductores– en la cúspide social; lobo gama, subordinado del anterior, y, en el extremo inferior, el lobo omega, paria sumiso y despreciado por todo el clan). Un colectivo que, raramente, supera la docena de miembros (en hábitats estables; al desnaturalizarse, esta composición se disgrega, reduciéndose a los reproductores y una exigua camada. Rango: 3/12 miembros), y donde la exclusividad reproductiva es acaparada por la pareja dominante. Los cachorros, temporalmente infecundos, no presentan amenaza al estatus líder/reproductor, y gozan de cierta permisibilidad jerárquica. Los lobos de edades superiores, en especial aquellos que alcanzan la madurez sexual (dos años, edad fértil en la hembra, tres en los machos) manifiestan unos conflictos y características etológicas que los definen, acercan y alejan de las manadas y siempre las dinamizan. Digamos que más que una etiqueta (lobo flotante, dispersante, divagante…) forma un estado (expulsado, en dispersión, solitario…) susceptible de cambiar (p.ej., un lobo expulsado, errante sobre el filo de la navaja, puede integrarse en una nueva jauría y ocupar el estatus de líder, en un cambio radical). Conozcamos a los diferentes miembros de la sociedad lupina (Ramón Grande del Brío):
     Lobos flotantes, también denominados transeúntes, errantes o solitarios. Lobos maduros sexualmente típicos de las poblaciones saturadas, copándolas hasta en un tercio. Hambrientos y castrados jerárquicamente se exilian o son expulsados de la manada natal. Esta segregación –en principio poco social– impide la proliferación de camadas y, con ello, una hambruna general al esquilmar los cazaderos; erradica los focos de tensión y disemina los genes. Merodean durante el día por biotopos degradados y cazaderos exiguos, desechados por otros lobos, evitando incidentes con éstos –crepusculares-. En continua dispersión, temerosos de toparse con hombres y lobos territoriales (el porcentaje mayor de mortandad en Norteamérica por efecto de los encontronazos con otros lobos; en Iberia radica en la acción del hombre –directa e indirecta: atropellos, escopetazos, venenos, etc.-) y casi siempre con hambre (visualmente: en invierno su vientre alto, vacío de sustancia lo dice todo; en verano, el pelaje menos denso muestra el costillar. Si difícil resulta avistarlo, casi imposible con la panza curvada), ya que, sin el cooperativismo de un grupo, las piezas mayores están vedadas a sus fauces y ha de resignarse a la caza menor.  A la deriva en busca del Dorado: un trozo de tierra, una pequeña manada o una vacante a sustituir, ser aceptado aunque suponga jugar a la ruleta rusa con la muerte. En caso de lograrlo puede llegar a ocupar el rango de líder con derechos reproductores y minimizar la endogamia (problema importante en la subpoblación de Sierra Morena). Aunque lo usual es acarrear heridas o morir en el intento, ya que, si ser lobo es una profesión de riesgo, el lobo flotante riza el rizo y protagoniza una baja tasa de supervivencia (hostilidad y ataques de congéneres, persecución del hombre, accidentalidad –atropellos, ahogamientos, etc.-). En definitiva: una vida errática de campeo por la periferia de los territorios, víctimas de la hostilidad, reos de la hambruna, siempre marginales y con un sueño en mente: una manada.

 

 Lobo viejo y pacto de lobos. Único adulto no reproductor que puede convivir con la pareja dominante en los territorios centrales, incluso en el hogar. Aporta equilibrio, saber y una experiencia vívida; cualidades que contribuyen al adecuado funcionamiento de la manada. Su mera presencia indica valores etológicos de gran relevancia y una buena calidad ecológica del biotopo. De hecho, cuando éstos se degradan y la jauría se compone de lobos jóvenes, suelen ser expulsados fruto de un incómodo reajuste social. En este nuevo estado (lobo flotante) vagabundea solitario o en pareja formando un curioso tandem: lobos matrero y escudero, maestro y aprendiz. Adulto y joven se unen para sobrevivir (alianza etológica que se da en otras especies –jabalí-, como bien saben los monteros experimentados al dejar, en un calvero, fuera de tiro al cochino joven y esperar la aparición del verraco añoso). El adulto/viejo/maestro es el socio inteligente, reflexivo y experimentado; el cerebro de la pareja. El subadulto/aprendiz/escudero aporta la energía y la fuerza de acción inmediata, impulsivo y vital. Uno y otro se necesitan para subsistir en un campeo libre, más allá de la seguridad de la manada. La inteligencia práctica y la pátina de los años vividos del maestro soslayan las incidencias y aleccionan al aprendiz. Éste protagoniza las acciones, da la cara, se expone (p.ej., camina por delante o come primero de una carroña –trampa-) y asimila los conocimientos del lobo viejo (captación de alimentos, rutas menos expuestas, encames protegidos, etc.). Una alianza que navega entre dos aguas: supervivencia o muerte, hambre y miedo, desarraigo y persecución. Depredadores de cazaderos de segunda, famélicos y escuálidos, protagonizan un alto índice de lobadas empujados por una hambruna sin cuartel; a menudo, hecho imputado falsamente a los lobos residentes que, de toparse con ellos, les atacarán centrando la ofensiva –sobre todo el líder– en el lobo viejo. La muerte de uno de los dos supone un revés vital para el otro, que intentará subsistir, con mayores dificultades, al naufragio como lobo flotante.
     El lobo divagante se manifiesta como un cánido independiente, ajeno a las reglas y jerarquía de la manada. Nómada de campeo libre, vagabundea a su aire y, tan sólo de vez en cuando, se acerca a los territorios periféricos de los clanes para socializar temporalmente ya que su carácter indómito le impele a viajar en solitario.

   
    

 Los lobos dispersantes asemejan a semillas “dispersadas” por vientos de emancipación que germinan en otros campos. Jóvenes lobos que alcanzan la mayoría de edad –año y medio– y abandonan la casa paterna en pos de un hogar propio; su número aumenta en relación a la menor disponibilidad trófica y mayor densidad de individuos. Forman las nuevas generaciones que exportan el modelo social familiar a las tierras colindantes para instaurarlo y propagar la cultura lobuna.

                 

      En la cúspide social de los clanes reinan los lobos alfa/dominante/líder/reproductor. Reyes absolutos de la manada, en Iberia presentan un cariz más patriarcal, ya que no sólo ejercen de caciques de la jauría, sino de progenitores de la misma, donde tíos, hermanos e hijos coexisten subordinados a su mandato. Éste presenta unas peculiares características poco comunes en otros animales sociales: el lobo demuestra igualdad de género al equiparar dos líneas jerárquicas: la del macho, de dominancia absoluta, y la de la hembra, que subyuga al resto de la manada (Schenkel, 1947). Y lo que es más curioso, el liderato no se conquista por la fuerza, tamaño, agresividad, etc.; sino por un conjunto de cualidades individuales que lo aúpan al rango superior por propios méritos: la valentía, el dominio de la caza, la iniciativa, el saber gruñir a tiempo para minimizar las peleas y cohesionar la manada, etc., hacen que el líder destaque por su valía. Las muestras de poder y escenificaciones de posturas de dominancia se exteriorizan más en el macho, mientras la agresividad física aflora con mayor perspicacia en la hembra -especialmente en el hogar y ciclo reproductor-, sobre todo contra lobas adultas, a quienes deja muy claro quién manda y quién se reproduce (éstas, junto a los cachorros, encuentran más indulgencia en el macho dominante). Este sutil comportamiento se trueca en ternura en el trato a los cachorros propios o ajenos, huérfanos que adopta e integra en su manada (hecho poco usual en la Naturaleza; una cría huérfana rápidamente muere, bien por depredación o causa natural –p.ej., inanición e hipotermia-). Colas inhiestas y gruñidos proclaman el poder y marcan las señas de identidad del rango dominante. El reinado se renueva –a la par que los genes– cada 3/7 años (inferior en grupos inestables), cuando un aspirante interno o foráneo conquista el trono.

    

El espacio vital donde nacen, viven y mueren los lobos estructura el territorio: la tierra de lobos. Su extensión, 100–300 km² (en Norteamérica, donde las manadas son mayores, cuadriplican el área), fluctúa condicionada por la disponibilidad trófica, clase de biotopo, número de miembros, cobertura vegetal, recursos hídricos, distintas estaciones o interferencias humanas; extendiéndose el área de campeo hasta 700–900 km² (excelentes caminantes de actividad crepuscular y nocturna trasiegan por infinidad de sendas, pasos de lobos y caminos humanizados –carreteras, trochas, pistas-; en busca de un campeo eficiente y de ahorro energético, soportando muy bien las condiciones meteorológicas, si bien prefieren el frío al calor). Esta plasticidad –incluso anual– presenta una parcelación más o menos definida (Ramón Grande del Brío), donde el núcleo principal, como no podría llamarse de otra forma, se denomina “hogar”.
     Compone el área de menor tamaño y máxima importancia, ya que no sólo está ocupada de manera permanente por la pareja dominante/reproductora/alfa, sino que inicia y concluye el ciclo biológico de la manada al producirse los partos –cohabitan con los cachorros del año- , y la muerte de los ejemplares viejos –únicos adultos tolerados por los líderes-; cuna y sepulcro donde la territorialidad se extrema al máximo, manifestando un marcaje más intenso y concienzudo, exclusivo de la pareja reproductora, en especial en el macho. De preferencia con abundante manto vegetal, accesibilidad al agua y surcado por múltiples sendas, enmarañado por una intrincada red vial que desorienta al intruso y oculta la lobera principal. Cualquier alteración en este espacio familiar implica una gravedad extrema. En este punto, la hembra demuestra mayor agresividad e intolerancia hacia todo individuo ajeno al selectivo círculo familiar. Mantiene el índice de mayor densidad de lobos con presencia de la pareja, la camada del año y, a veces, algún lobo viejo.
     Como manto protector lo circunda la segunda área en trascendencia: el dominio vital. Parcela de mayor extensión y menor relevancia, donde campean y socializan, a parte de la pareja,  lobos adultos y jóvenes, estos últimos en menor porcentaje. De carácter fluctuante, dándose un trasiego recurrente hacia el área periférica por parte de los ejemplares más jóvenes y, desde dicha zona, hacia el interior por individuos adultos, en un flujo generacional que revitaliza las manadas. Centro social donde las interrelaciones abundan entre los distintos miembros del clan. La agresividad y territorialidad se moderan en beneficio de un combinado de edades y estatus jerárquicos regulados por los protocolos de dominancia y sumisión. El marcaje territorial se atenúa  y participan, además de la pareja dominante, los otros lobos, aportando un cariz más grupal, de manada, donde la socialización adquiere gran relevancia (cacerías, juegos, encames, etc.)
     El área espacial más extensa y alejada del “hogar” se denomina “territorio o zona periférica”, es tierra de lobos jóvenes (1–3 años), inmaduros, y, por lo tanto, de inferior carácter lobuno más propensos a encuentros con otros lobos –positivo– y mestizaje con perros erráticos –hibridación, negativo-. De territorialidad baja, delimitada por un marcaje caótico y difuso, propio de la inmadurez de sus ejecutores, relegados del Edén (hogar y, en cierta manera, dominio vital) por mandato de la pareja líder. En la sociedad lupina, la madurez sexual se sanciona con el exilio, el arrinconamiento y, en el mejor de los casos, con la exigencia de total sumisión. La pareja alfa aleja de su feudo íntimo a todo competidor, pero sin distanciarle en demasía, ya que precisa colaboradores, y es que la unión de la manada forja un seguro de supervivencia; mientras un lobo solitario, errático, se transforma en un fantasma abocado, en muchos casos, a cavar su propia tumba. Territorio fronterizo, su calidad mengua en pro de su mayor extensión; de puertas afuera, los límites territoriales propician incidencias y peligrosidad; los lobos jóvenes sirven de policía de aduana y escudo familiar. Un presente de labor arriesgada, cuyo futuro implica el exilio, la disputa del liderato o la sumisión. 
     Más allá del hogar, el flujo de lobos, en los dos sentidos, vigoriza los grupos: hacia el exterior, la dispersión y la emigración componen nuevas manadas; mientras, a través del flujo interno, la inmigración recompone y revitaliza la propia. Este dinamismo se complementa con la plasticidad espacial donde el solapamiento de parcelas compone una vecindad de clanes independientes y comunales donde cada pareja alfa/dominante/reproductora mantiene su privacidad y hegemonía. De tal forma que -a modo de símil anatómico– el hogar ubicaría al cerebro, el dominio vital latiría como corazón y el área periférica formaría la piel.

            

      Estas tres parcelas principales del territorio lobuno pueden solaparse en la periferia con otras manadas, creando grupos patriarcales que conservan la esencia familiar; cercanos los unos a los otros (8–12 km) para que la vecindad fomente el cooperativismo en las cacerías o cubra bajas, pero a la distancia oportuna que garantice la privacidad, en especial, en el área del hogar. La gran casona lobuna puede complementarse con zonas de menor importancia: Tierra de nadie, zona neutral entre clanes conflictivos que comunica los distintos territorios periféricos de las manadas adyacentes, amortiguando la agresividad de estos grupos. Área de vacío, acotado donde no se caza aunque abunden las presas. Cocina de lobos, centro de reunión social entre los miembros adultos de los distintos clanes de la zona donde socializan a través de las interrelaciones y el alimento (hallazgo de restos de banquetes comunales). Se efectúa al final de verano en las áreas periféricas o en tierra de nadie, donde la territorialidad se relaja. Dispone de una red de sendas muy marcadas y evidentes para facilitar su emplazamiento, tan relevante, que se transmite a lo largo de generaciones. Esta ubicación no es casual, sino que se localiza en zonas de rivalidad alta, creyéndose que su existencia mitiga las tensiones y agresividad entre las distintas manadas.
     La posesión de esta territorialidad se manifiesta por medio del marcaje territorial. Lo efectúan todos los miembros de la manada, con predominio omnipresente de la pareja dominante (monopolio en el hogar). Prerrogativa de todo lobo adulto y sedentario, que incluye a los lobos jóvenes en el área periférica (los lobos flotantes y jóvenes en dispersión apenas marcan, concibiéndose, más bien, como lenguaje tímido y sutil, una forma discreta para pasar desapercibidos). Para ello emplean una serie de posturas, voz, acciones y olores que se exteriorizan de cuatro formas: oloroso, visual, mixto y auditivo. Este último, si bien de gran relevancia como lenguaje lobuno, destaca poco en la delimitación fronteriza, donde un aullido de tenor pone las cosas claras: “¡Auhhhh! Esta tierra es mía… ¡Cuidado, lobo en guardia!”. Advertencia que desea evitar conflictos. El allanamiento de morada en la sociedad lupina es un delito castigado con dureza, incluso con la pena de muerte (los lobos flotantes, estereotipos de carne de cañón, subsisten como okupas cánidos en el filo de la navaja, apátridas que malviven en permanente dispersión en busca de morada).

   

      En el otro extremo, el marcaje oloroso o químico se propaga en cantidad e intensidad gracias a la labor de varias glándulas odoríferas (p.ej.: glándulas interdigitales plantares, anales, etc.) ubicadas a lo largo de su cuerpo, con su mera presencia el lobo baliza su territorio. Al caminar, las glándulas interdigitales exudan – estimuladas al roce – sustancias olorosas que impregnan la huella. En función del ritmo de marcha, la huella plantar se potencia en la modalidad del paso -mayor temporalidad y superficie de contacto– y en el área del hogar –en general, parcelas centrales-, para difuminarse al galope y en la periferia. Este tipo de marcaje oloroso define la posesión de una forma continua, pero leve. Por el contrario, los orines, discontinuos pero de mayor tufarada, se convierten en los reyes del marcaje territorial. La pareja reproductora protagoniza las micciones (Haber 1977; Rothman y Mech 1979), en especial a cargo del macho (marcaje territorial muy intensificado en el celo, periodo estral y en la zona del hogar). Éste levanta una pata trasera sobre objetivos destacados como piedras, rocalla, tocones, matojos, árboles, etc.; incluso sobre heces de otros ejemplares (las partículas químicas, muy volátiles, se dispersan desde una altura moderada, 30-50 cm, que favorece la difusión y minimiza la acción degradable de los elementos ambientales. La orina, al ser un desecho orgánico de materia prima accesible y renovable, dosificada a voluntad,  supone un coste energético bajo, biológicamente idóneo y, desde el punto de vista etológico, de una rentabilidad máxima). Bascula la pelvis y orina pequeñas cantidades de gotas en apenas un par de segundos, para seguir su balizaje hasta otro punto relevante (postura superior, distancia media de 100 m) y continuar la secuencia. En la hembra, por sus condiciones anatómicas, la efectividad se reduce al posicionarse en cuclillas (curiosamente postura adoptada por lobos subordinados e inmaduros, y rechazada por la hembra líder en el periodo reproductivo que emula la micción del macho dominante) y orinar mayor cantidad directamente sobre el sustrato (postura inferior, distancia superior a 100 m), en un acto más cercano al desahogo fisiológico que al propio señalamiento. Este balizaje bioquímico es apoyado con abundantes impregnaciones en el entorno; los lobos se revuelcan y restriegan contra matorrales (distintas especies de Cistus y el rosal silvestre se apodan hierbas/zarzas loberas), cortezas de árboles, rocas, suelo, etc.; cualquier superficie se usa para tal fin, quedando impregnada con la esencia personal de cada individuo y el olor peculiar del clan.

                    

     El marcaje visual se une al químico: la imagen enfatiza el olor; el ademán en la micción –las posturas superior e inferior– y los excrementos forman señales visibles inequívocas para el lobo. Los excrementos se depositan sobre objetos relevantes (p.ej.: piedra o tocón solitarios) y lugares estratégicos, venteados y de paso común (viales de tránsito: cruces, pistas, cortafuegos, sendas, caminos, vías pecuarias, etc.; o carroña, como punto de interés) donde el mensaje –las heces– pueda divulgarse al mayor número posible de congéneres. Las sustancias olorosas que contienen se liberan más lentamente que en la orina, quedándose siempre como residuo visual que subraya el mensaje. Las heces (fusiformes de 15–10 cm de longitud y 4–2,5 cm de anchura, recubiertas de mucosidad de tonos oscuros, pardos o grises –en función de la ingesta previa-, y de olor desagradable, más intenso en la estación reproductora, con visibles restos de pelos y huesos), a simple vista, son difíciles de diferenciar de la de los perros asilvestrados (método por análisis genéticos, ADN mitocondrial y fecal), ya que se solapan, pero la puesta en escena típica y unas heces más frescas dan tímidos indicios de autoría lobuna (etología arraigada y costumbres más nocturnas, menor deshidratación).

                     

      Como refuerzo a los citados anteriormente, el marcaje mixto potencia a ambos. A voluntad y tras una deposición, el lobo, cerca de los excrementos,  araña el suelo con las patas posteriores (ocasionalmente en la corteza de árboles); con ello no sólo señala la zona, sino que impregna la marca con las segregaciones procedentes de las glándulas interdigitales; este acto se denomina “rascadura”. Aún potencia más el olor, sobre las heces expele secreciones de las glándulas anales (puede restregarse y estimular las glándulas sobre otros objetos o superficies). Estas acciones –rascaduras e impregnación de los excrementos– se espacian durante el año, para intensificarse de diciembre a mayo –cortejo, celo-.
     El marcaje territorial delimita las fronteras de la manada con el olor del clan; a su vez, mantiene la esencia personal de la pareja dominante con señales olorosas y visuales, más abundantes e intensas conforme nos adentramos en el hogar. Una comunicación clara y primaria: “Terreno con dueño –manada residente-; y, no molestar, habitación ocupada –hogar activo–”. Esta comunicación sencilla da paso a otra más compleja y articulada, una lengua propia: el lenguaje lobuno.
     Lenguaje olfativo donde cada manada emite un olor característico, una especie de apellido que identifica al clan. A su vez, cada lobo mantiene su aromática esencia individual. Entre los distintos miembros de la manada sería inconcebible un encuentro sin olisquearse las zonas inguinal y anal o la pelambrera. Con ello comunican su estatus (los lobos subordinados mantienen la cola plegada taponando las glándulas anales, huelen menos; rasgo, en la sociedad lobuna, de invisibilidad e irrelevancia. Los dominantes levantan la cola, huelen más al despejar las glándulas anales), estado anímico, sexual, incluso físico, donde la carga hormonal deletrea cada palabra. Impregnar el entorno y rociarse de él forma parte de la comunicación. Asimismo como revolcarse sobre determinados objetos olorosos (p.ej.: carroña, hierbas aromáticas, presa abatida o diferentes sustratos); o balizar los viales y las rutas de campeo para orientarse con efluvios olorosos (en el retorno huelen la ruta hecha o quién ha transitado por ella).  Palabras no escritas, mensajes volátiles basados en su sentido más desarrollado y funcional, idóneo para un merodeador de biorritmos crepusculares donde la visión es actriz secundaria. El lenguaje olfativo se manifiesta cotidianamente pero de una forma más tenue que en el marcaje territorial. Las emociones, mudables, varían al interactuar y precisan una emisión sencilla y pasajera. En cambio la posesión espacial y la transmisión genética se reafirman con rotundidad a través del marcaje territorial.

    

     Si el lenguaje olfativo se enraíza en la cultura lobuna, el lenguaje corporal destaca por la profusión de posturas y gestos encaminados, mayoritariamente, a definir la jerarquía y, con ello, garantizar la cohesión de la manada. Se teatraliza la conflictividad latente del grupo (los humanos, mamíferos sociales, aún no hemos superado ese escalón evolutivo) para sublimarlo en un ritual que inhibe la violencia con una buena puesta en escena -adornada con la agresividad justa- que pone a cada lobo en su sitio. Acciones sociales moduladas por determinadas pautas de comportamiento:
Acción dominante: Patas tiesas y pelo encrespado, estira el cuello para agrandarse y aparentar mayor tamaño. Alza la cola esponjada y la bambolea. Lomo horizontal. Orejas rectas y hacia adelante. Mirada fija y penetrante. Gruñe; fruncido de belfos, muestra la dentadura en plenitud; chasquea los dientes y amaga mordiscos. Puede orinar como reafirmación y gruñir.

             

Acción sumisa (Schankel, 1967): Se empequeñece para minimizarse. Cola encogida y lacia, rabo entre las piernas. Lomo con tendencia a arquearse. Agacha las orejas y lame el hocico al dominante. Mirada caída. Permanece en silencio o gimotea. Belfos cerrados y lame los del dominante. Arrastra el vientre sobre el suelo para tumbarse sobre un costado o lomo y ofrecer las partes más vulnerables –garganta, nuca y zona inguinal-. Puede orinarse encima y gimotear.
Escenifiquemos una pelea:
     Un joven lobo, harto de las penurias inherentes a su estatus de subordinado, desafía al líder; para ello basta con mirarle a los ojos directamente y/o desplegar las orejas y cola erguidas (posición de desafío). El líder se le acerca estirando el cuello, rostro contra rostro, hasta casi tocarse las trufas; nivela la cola en busca de una horizontalidad general (postura de tensión). El cánido retante imita la acción, el duelo es inevitable, no hay vuelta atrás. Amusgan las orejas y los belfos, muestran los dientes sobresaliendo los caninos; gruñen y atacan: se levantan sobre los cuartos traseros para impactar con las patas delanteras al contrario, e intentan morder en la garganta o la nuca. Las dentelladas se suceden hasta la rendición del oponente. El vencido adopta, inmediatamente, gestos de sumisión (acción sumisa). Derrotado en el suelo orinará unas pocas gotas impregnadas de temor –el miedo huele-. El dominante se inclinará para olerlas, a la vez que a los genitales, y, satisfecho, orinará a discreción para marcar y rubricar su dominancia. La violencia se canaliza para restablecer el equilibrio social; la agresividad se inhibe por medio de estos protocolos de conducta, imprescindibles en carnívoros sociales con capacidad de matar.
     Como complemento y extensión a estas dos pautas conductuales básicas, los lobos exteriorizan sus inquietudes y emociones: petición de comida (mendigueo mal visto por la manada al considerarse actuación inmadura, propia de cachorros y, por lo tanto, escenificada con gestualidad sumisa: acercamiento tímido y nervioso con meneos de cola y orejas plegadas para lamerle los belfos e inducir las arcadas. Acción necesaria en la hembra dominante que precisa de la regurgitación para alimentar a la camada). Amistad (olfateo de la pelambre, toque de hocicos y reconocimiento oloroso y lametones de la zona anogenital), y si mueve la cola y saca la lengua denota alegría. Enemistad (orejas inhiestas, belfos fruncidos que resaltan incisivos y caninos, arruga la trufa, pelo encrespado, arquea el lomo y gruñe), si posiciona la cola en horizontal el ataque es inminente. Temor (se empequeñece escondiendo las orejas hacia atrás y la cola entre las piernas; a mayor miedo, puede arquear el lomo y gimotear). Todo ello se potencia con la gestualidad del rostro y el posicionamiento de la cola. En el primero la expresividad del rostro (máxima en los primates –incluido el humano– al presentar muchos músculos faciales) se acentúa con las distintas tonalidades cromáticas (negro, blanco, pardo y matices) que enmarcan y diferencian unas partes de otras. Una mirada penetrante o huidiza, orejas inhiestas o replegadas, o belfos fruncidos o normales advierten a otros lobos del estado emocional del protagonista. En el segundo, la mayor o menor inclinación de la cola y su estado piloso –ahuecado o lacio– comunican emociones: un rabo inhiesto, hinchado y bamboleante –signo de poder y de dominancia–; horizontal –ataque inminente-,  o encogido y flácido –sumisión y miedo-. En la espesura del bosque, a la luz confusa de los claroscuros o desde puntos de referencia opuestos, visionar sólo un extremo del lobo –rostro o cola– puede ser frecuente, pero la consonancia de gestos y posturas transmite claramente el mensaje (no se concibe una expresión de orejas plegadas –sumisión– junto a una cola inhiesta –dominancia-).

       

     Sin embargo la comunicación que más nos sobrecoge a los humanos, eriza el vello de nuestra piel o despierta la admiración al escucharlo en campo abierto, apenas contiene 3 letras: ¡Auh…! El aullido, la expresión lobuna por antonomasia. Resuena con tal grandeza que impregna el ambiente, electrizándolo, para sentir –según quién lo oye-  miedo, admiración, libertad, inquietud… Marca tal carácter que, no sólo compone el himno de la nación lobuna, sino uno de los sonidos animales que más evocan la naturaleza salvaje, libre y auténtica. Voz, palabra, grito que reúne al clan entorno a actividades grupales (salutación, juegos, cacería, posesión de parcela o de presa, etc.), reivindica la territorialidad y ubica a cada miembro de la manada. De vocalización crepuscular y nocturna, más frecuente en el área periférica (excepto en las áreas centrales, durante el celo, a cargo de la pareja reproductora), se transmite hasta casi 10 km de distancia. Su estructura sonora de registro agudo y variabilidad de acordes identifica a cada ejemplar con su timbre único y, en coro, a la manada. Las variaciones en modulación y ritmo, la mayor o menor intensidad y frecuencia comunican los distintos mensajes, qué cánido los proclama, desde dónde, su estado anímico, sexo o edad. Incita a una respuesta rápida de los otros miembros que se unen y corean en una relación que forja vínculos sociales, fraguando la cohesión de la manada (los lobos solitarios, al carecer de territorio y de grupo, acostumbran a no aullar ni al reclamo; silenciosos no delatan su ubicación y pasan desapercibidos. Asimismo el aullido reclamo se utiliza por los naturalistas para ubicarlos y cuantificarlos). Más usual en el macho dominante (celo, marcaje, cacería…, mayor iniciativa al iniciar las actividades grupales), privilegio de los lobos adultos integrados en una manada que, en los lobeznos, son cortos con la finalidad de no delatarse ante un enemigo.

                    

      Más propio de cachorros son los ladridos, voces que pretenden llamar la atención de los adultos. Se considera una expresión inmadura, lenguaje de estratos bajos, usada por cachorros y lobos sumisos. En los adultos, de uso ocasional y ante una situación súbita de peligro que les produzca nerviosismo y ansiedad. De secuencia sonora moderada, corta y no repetitiva, un tímido amago de ladrido perruno (Canis lupus pallipes, subespecie india, el único lobo ladrador; curiosamente uno de los padres biológicos del perro. El ladrido es una característica canina fruto de la selección genética inducida por el hombre en la domesticación –primer animal domesticado de la historia, Oriente Medio, durante el Paleolítico-. En un depredador salvaje un lujo que desequilibra la balanza: su coste energético supera al beneficio, no obtiene rentabilidad y choca con las costumbres de un merodeador tan discreto como el lobo). El gemido indica una queja emitida por los lobos subordinados en acto de sumisión, o bien como reclamo sonoro de los cachorros para captar la atención de los adultos; en todo caso voz vergonzosa para un lobo de pro. El gañido, de tono bajo y corto, se manifiesta como un suave lamento. Los gruñidos componen las vocalizaciones más numerosas y cotidianas en la vida de los lobos, ya que, gracias a ellos, determinan el nivel de tolerancia de cada uno; barrera y advertencia sonoras que previenen de una mayor agresividad o umbral de entrada a ella. Al ser un acto de fuerza predomina en los individuos dominantes, aunque no es patrimonio exclusivo de éstos.
     Un cobrizo ocaso de otoño imita los colores del bosque, un aullido largo y poderoso silencia las mil voces de la espesura. El lobo líder llama a su clan; como un coro salvaje se unen otros aullidos menos potentes, más cercanos. De las sombras del atardecer ser perfilan unas siluetas: madre loba exhibe con orgullo a sus cinco lobatos que, excitados y juguetones, merodean inquietos alrededor de padre. A cierta distancia dos lobos adultos, subordinados, muestran gestos de salutación y sumisión al patriarca. La luz de la luna encanece la noche, el aullido ha reunido al grupo familiar.
     La actividad del lobo ibérico se manifiesta por medio de biorritmos crepusculares, acentuados por la atávica y recurrente persecución enconada del hombre –ciclo circadiano diurno, el lobo por seguridad lo invierte–; la climatología benigna peninsular, con abundancia de biotopos mediterráneos, y las características morfológicas y etológicas (visión con baja luminosidad gracias al tapetum lucidum –capa reflectiva presente en sus ojos-; excelente oído, olfato y comunicación, junto a una pelambre eficaz –aislante-) hacen del lobo un noctámbulo vocacional . El reloj biológico del lobo gusta de la noche y se activa a la luz de la luna y de las estrellas para ralentizarse con la luz solar (el gradiente luminoso incide en la estimulación del hipotálamo –cuartel general circadiano– que regula determinadas actividades biológicas –p.ej., sueño, apetito, calor-. Las fluctuaciones circadianas oscilan a  lo largo de la geografía ibérica, los microclimas y, sobre todo, la época estacional). Realizan pequeñas migraciones estacionales, en especial en verano, en pos de alimento (en sincronía con sus presas, ascienden de altitud en verano y descienden de cota en invierno; costumbre más arraigada en los lobos del Norte, que pastorean los rebaños de grandes herbívoros –p.ej., el caribú o reno americano, Rangifer tarandus, un gran migrador-) y mejorar las condiciones ambientales, para retornar, con el cambio estacional, a los antiguos territorios.

    

     Las salutaciones, olisqueo e interactuaciones amistosas predominan en el grupo. Rascarse el cuello con una de las patas traseras para quitarse las pulgas o distraerse con los juegos de los cachorros normalizan la convivencia.  Tan sólo algún esporádico gruñido con amusgamiento de belfos puede sobresaltar la velada, más como una reafirmación de rango que como un conato de pelea (el lobo feroz es un estereotipo falso, únicamente real en el imaginario humano. La sociedad lobuna no es violenta, gusta del acercamiento físico, del juego, de la mutua compañía; aunque carnívoros –animales con capacidad de matar– demuestran gran querencia a interactuar; socializan hasta extremos de no dudar en sacrificarse por la especie, en adoptar a cachorros huérfanos o en ejemplarizar la amistad, fidelidad o compañerismo, y, al mismo tiempo, mantener su carácter individual. Valores que, en cierto modo, lo asemejan a nosotros). La armonía de la manada –salvo las comunes riñas de toda convivencia– se desestabiliza con el hacinamiento –saturación de territorios– y se altera en la etapas reproductiva y de cambio de liderato. Por el contrario, la unión se fortalece en las cacerías y crianza de la camada, donde, gracias a la cooperación, alcanza el éxito biológico de la especie. El líder determina y dirige la cacería que acostumbra a realizarse en las primeras o últimas horas (Vila et al. 1995; Cortés 2001.

    

     La exposición de luz crepuscular coincide con los picos de máxima actividad del ritmo circadiano lobuno: las 4 horas siguientes a la puesta del sol y el alba), bajo la luz crepuscular -óptima a ojos de lobo-, y permitir, después del esfuerzo y la ingesta, un merecido descanso cerca de la presa abatida. Para ello, Llop no se cobija en ninguna madriguera; animal de espacios abiertos gusta de la libertad de dormitar al raso bajo el techo milenario de las estrellas (únicamente en el ciclo reproductor, la responsabilidad de madre loba dentro de la lobera y del resto de la manada en encames cercanos, fijan las zonas de reposo). “El cubil de la bestia, o meterse en la boca del lobo” son frases hechas de la literatura morbosa, tan irreales como dañinas. Signatus se acomoda sobre cualquier lecho, incluso sobre la gélida nieve (de hecho prefieren el frío al calor. En verano buscan las umbrías y orientaciones norte y nordeste. En invierno la nieve no sólo ejerce de aliada en las cacerías, sino de compañera de juegos sobre quien revolcarse y retozar); cierta cobertura vegetal y un lugar con rutas de escape que no suponga una ratonera, componen su dormitorio o encame que, fuera de la época reproductora, acostumbra a variar. Buenos conocedores del territorio recuerdan los mejores encames, que no dudan en visitar si se ubican a tiro de pata (desde los primeros pasos de lobezno fuera de la lobera, cartografía mentalmente su entorno más próximo; de lobato o subadulto, como lobo dispersante, esta cualidad le sirve de plus de supervivencia,  y como lobo residente afincado en una manada, un punto básico en las estrategias de caza).

           

      En este punto, la capacidad motora de Canis supera con creces a muchos animales de su entorno. Andarín por gusto recorre los múltiples viales de su territorio. El olor personal baliza su ruta y, a su vez gracias al olfato, se informa sobre los últimos usuarios de la vía; bien presa o congénere, los efluvios olorosos componen frases de un libro abierto y la comunicación más efectiva en un ambiente crepuscular y nocturno. Como refuerzo orientativo observa y retiene detalles relevantes de la topografía que recorre. La buena perspectiva espacial de Lupus no sólo le permite diseñar los campeos, sino memorizar lugares estratégicos útiles, como rutas de escape o de emboscada; y es que cazar y no ser cazado se trueca en una cuestión de vida o muerte. Ir uno detrás del otro, forma la marcha más segura, discreta y, sobre todo, económica de viajar por los territorios periféricos, puesto que el área del hogar es club privado. La fila india nace de la adaptación humana, fruto de la inteligencia práctica de los nativos americanos, al observar la marcha del lobo; tótem tribal, y animal que les causaba fascinación –cazaban cubriéndose con sus pieles e imitando sus estrategias-. Indio y lobo compartían territorio, alegrías o penurias, y presas comunes. Una de ellas, el bisonte –Bison bison, originario de Asia y mal llamado búfalo– campeaba en innumerable cantidad por las praderas americanas –casi 100 millones de ejemplares-, hasta la llegada del hombre blanco que, en apenas un siglo, casi lo exterminó –menos de 1000 ejemplares en el s. XIX-; el Parque Nacional de Yellowstone –primero del mundo, año 1872– fue una de las reservas donde se acuarteló. Si la matanza hacia los lobos americanos la iniciaron los primeros colonos (mal hábito y herencia europeos, en especial inglés, donde matar al lobo era deber patriótico –el rey Eduardo I ordenó, año 1281, el exterminio del lobo en Inglaterra. Se pagaban multas e impuestos con cabezas de lobos; extinguido en el s. XV-), Yellowstone firmó su inapelable sentencia de muerte. A las bandas de pistoleros habituales –colonos, ganaderos, cazadores, tramperos, etc.– se unió el ejército para dar oficialidad al biocidio de los lobos americanos. Un cambio de mentalidad, auspiciado por la imperante necesidad de cubrir el papel ecológico del lobo depredador, lo reintrodujo –año 1995– para sanear y equilibrar los biotopos del Parque. A parte de satisfacer su labor ecológica, curiosamente, conlleva un importante ingreso económico añadido de los turistas que desplazan su interés de otras especies hacia el cánido –incluidos los emblemáticos osos–. Sirva este “irme por las ramas” para que reflexionemos... Como punta de lanza, el líder o el lobo prospector-guía, ojeador de presas y cabeza de turco ante el peligro, encabezan la patrulla.

    

       El ritmo moderado y constante del trote lobero junto al conocimiento del medio optimizan la singladura, para recorrer largas distancias a un coste energético mínimo. Las batidas territoriales y de caza en defensa de la patria chica y del estómago, o el mero placer de vagabundear suman considerables distancias en el podómetro natural del Llobu. Si bien se han constatado records de 100 km, lo usual no supera la mitad, siendo más cotidiano kilometrajes medios, 20–45 km, regidos por la necesidad (p.ej., estado flotante, dispersión, ciclo biológico, recursos tróficos, patrullaje territorial, etc.). Existen dos necesidades básicas en el grupo: Una física y primaria, cazar, omitida en su faceta ecológica y trascendental de regulador de la pirámide trófica; y exagerada y mediatizada en los ataques a intereses económicos de los humanos, las lobadas. La otra, psicológica y evolucionada, los juegos, ya que a través de ellos las interactuaciones y la comunicación alcanzan máximas cotas. Si una pelea pone a cada lobo en su sitio, o un fruncido de belfos acompañado de gruñidos delimita la tolerancia individual; los juegos disipan tensiones, relajan el ambiente y unen al grupo. El protocolo jerárquico y las formas rígidas se distienden en beneficio de la socialización; un combate simulado, saltos, carreras, mordiscos tenues o una imitación de cópula, son parodias que afianzan los lazos familiares y aleccionan a los cachorros, núcleo central de estas acciones lúdicas. En contra de lo presumible, la caza no absorbe ni obsesiona al grupo, que prefiere disfrutar de las actividades lúdicas, o, simplemente, “tocarse las trufas” al socaire de un encame. Hecho admirable y de relevancia evolutiva –sin adentrarnos en el laberinto conductual de la etología– donde un animal relega una actividad primaria, domina sus instintos básicos, en pro del “animal evolucionado”. Dicho de otra forma, el lobo sanguinario nos enseña una parte de su “corazoncito”.

               

Alimentación y ecología trófica

     Un corazoncito que ha de llenar la panza; en ésto, otra vez el lobo feroz rompe la leyenda negra, si no para disfrazarse de inofensivo cordero –al cual, en determinadas circunstancias hinca el colmillo-, tampoco de malvada bestia. Más bien de un depredador –ya hablamos de matar-, carnívoro –aquí ya empieza la sangre– que se busca la vida. Y, en esta actividad, sin comerlo ni beberlo -por orden directa de Mater Natura-, causa un pequeño perjuicio económico (comparativamente ridículo a otras causas que inciden en la cabaña ganadera: enfermedades, accidentes, fluctuaciones del mercado…; e indemnizable) y una gran labor ecológica en los ecosistemas que ocupa (inmensa, escasamente mediatizada y de un valor impagable).
     La caza reúne al clan. Si abatir a un alce require –y compensa– los esfuerzos colectivos de una gran manada (lobos del Norte); atrapar a un lagarto o ratón del desierto (lobos del Sur; Gasperetti et al. 1986) acarrea una acción individual de poca chicha, donde uno se lo guisa y se lo come (de gran valor adaptativo dadas las duras condiciones  ambientales y tróficas). El lobo ibérico, cazador social, aglutina estas facetas de sus parientes. Por un lado se organiza en manadas, planifica y orquesta estrategias venatorias para predar a los grandes y medianos ungulados ibéricos. Por otro, se busca la vida, va por libre cuando la presa apenas tapa el hueco de su boca. El cooperativismo se intensifica en la estación invernal, idónea para las artes cinegéticas de Otso, y en el ciclo reproductivo, donde la alimentación de los cachorros asegura el éxito biológico de la manada. Solo o en grupo, Signatus caza de todo –generalista-. Carnívoro por naturaleza (Mech 1970), omnívoro por adaptación, carroñero por oportunismo y ocasional herbívoro; no es de extrañar que con semejante apetito se convierta en el depredador universal más unido a la historia del hombre. Su metabolismo basal precisa, por jornada, una ingesta cárnica de 2000/2500 g (6% de su peso; Fuller 1989), con mayor presencia grasa en la hembra reproductora (un bajo índice de lípidos dificulta el ciclo reproductor); aunque puede darse atracones que la quintupliquen o ayunar durante varias semanas sin demostrar agotamiento. Un estómago voluminoso y elástico para los días de abundancia; y su predisposición al ahorro energético para las jornadas de penuria.  La versatilidad y adaptabilidad tróficas alcanzan extremos tan curiosos como venar a un ciervo (Cervus elaphus hispanicus, mole de 200 kg que cornea y cocea; captura en cooperación); o a un moscardón a tiro de boca –individualismo–. 

      Especie de amplio nicho trófico no desdeña bocado por grande, mediano o pequeño que sea:
     Recentales de grandes ungulados silvestres y domésticos –potro y ternero, principalmente-. Cérvidos, con una querencia especial hacia el corzo (la pieza más acorde al tamaño del lobo y que ha colaborado en su expansión hacia el Este peninsular. Fuera del estereotipo dulzón de los cérvidos, tipo Bambi,  causan graves daños al bosque, mordisquean ramaje, plantones y descortezan árboles; sólo Signatus depreda cérvidos); bóvidos, en especies tan montaraces e inabordables como la cabra montés o el rebeco; astutos y causantes de daños a intereses humanos como los jabalíes y perros asilvestrados, y, en menor medida, a zorros; mustélidos, desde la diminuta comadreja al gran tejón; lagomorfos o micromamíferos de variedades tan extremas como la vulgar rata o la pequeña e hiperactiva musaraña. Aves de todos los colores, sabores y tamaños: gallináceas, colúmbidos, córvidos, pequeñas paseriformes o majestuosas rapaces. Puesto a degustar minúsculos tentempiés, no rechaza la amplia gama de invertebrados (coleópteros, ortópteros, gusanos…, a un ágil saltamontes o a un lento caracol). Los reptiles no se escapan a sus fauces, que se cierran inmisericordes ante la inofensiva rana o la ponzoñosa víbora. Toda proteína que corretee, vuele, repte, o, simplemente, se asome por los biotopos de tierra de lobos, deberá espabilarse para no formar parte de su dieta.

                  

     De las carnes más o menos apetecibles y salvajes, pasamos a las viandas putrefactas y prohibidas: la carroña, los desperdicios y el ganado. La primera llena la olla del oportunismo más ortodoxo, donde la fortuna de toparse con un cadáver se alía con el cánido (existe una relación “extraña” entre córvidos y lobos. Se ha observado a los primeros localizar manadas para pastorearlas en busca de las migajas de las cacerías, pero guardando las distancias para no ser guarnición ni postre. A su vez, los lobos solitarios –casi siempre hambrientos– observan con gran interés a los córvidos como potencial bocado o señalizador de carroña). Esta suerte, en muchos casos,  abre su mano a quien más lo necesita, el lobo joven, ya que el carácter menos sedentario y una predisposición a pasar hambre provocada por su rango inferior, le otorgan mayores áreas de campeo y de osadía con aires de desesperación para acercarse a lugares humanizados –estercoleros, granjas, basureros-. Precisamente en estas zonas de influencia antropogénica, el índice de aprovechamiento de carroñas aumenta, siendo más “carroñero” un lobo gallego que uno zamorano. Sea cual fuere su origen y condición, no duda en hincarle el diente a un plato gratuito, siempre y cuando la carne no esté muy pasada, para ingerir los trozos más blandos y dejar los queratinosos (pezuñas, cuernos, pelo, lana, plumas), ya que ni su sistema digestivo ni inmunológico gozan de las características especiales de los animales necrófagos. Sin ser carroñero explota un recurso fácil –accesible, recurrente e inesperado– y, a su vez, tributa de sus acciones cinegéticas carcasas y presas devoradas en parte al ciclo necrófago (recibe y aporta, beneficiándose especies tan valiosas y escasas como el oso pardo, águila real e imperial o el quebrantahuesos). La acción visual de ingerir carroña ha confundido a muchos observadores ocasionales a lo largo de la historia que han malinterpretado las secuencias y contribuido a fomentar falsedades y a la leyenda negra:
1º- Devorador de humanos: En las guerras, pestes, hambrunas, catástrofes naturales, etc., donde los cadáveres no se enterraban, exponiéndose al raso en campo abierto, los lobos se aprovechaban ingiriéndolos. De ahí sólo hubo un paso a criminalizarlo (chivo expiatorio, sin poder ni voz, a quien culpabilizar…). El lobo no ataca al hombre, huye o se esconde; siempre lo esquiva.
2º- Caníbal: Diferenciar una carroña de perro o lobo puede ser dificultoso, máxime si su aspecto deformado por la putrefacción lo agrava. Un lobo puede matar a otro –infrecuente-, pero nunca con fines alimenticios (los más usuales, territorialidad y rango); sí depreda sobre otros cánidos, en la Península a zorros y perros. Si un cachorro nace muerto, la loba lo devorará por mero instinto de supervivencia (asimilación de energía y salubridad).

      

     Falsas creencias que opacan la imagen del lobo, animal depredador que gusta de alimentarse de presas vivas sin desdeñar un plato puesto en bandeja, aunque sea maloliente, deforme, lleno de moscas …; o “restos de basura”. Merodear en torno a basureros, no por esporádico deja de ser real; faceta que denigra al lobo salvaje y cazador hasta travestirlo en una parodia de cánido comensal del hombre, donde el vertedero suburbano se trueca en pútrido cazadero, y la presa abatida en desperdicio orgánico. Actuaciones degradantes protagonizadas, en muchos casos, por lobos solitarios -¡qué duro es el exilio de la manada!- en territorios donde se solapan núcleos humanos como en Galicia y Portugal. El nicho ecológico del lobo se desvirtúa para anular su labor ecológica –o, en el mejor de los casos, minimizar- y subsistir como un mero consumidor de energía; triste condición para un cánido de alcurnia. La proximidad de actividades humanas, la mayor dificultad de predar en solitario y la escasez de biomasa salvaje potencian esta perversión alimentaria. Afortunadamente, una querencia trófica que no es la norma sino la excepción, para bienestar de los ecosistemas ibéricos
     El ganado es el talón de Aquiles del lobo y una prueba por superar en la mentalidad del hombre del s. XXI. Crea polémica, debates, prejuicios y perjuicios, carga escopetas y busca sangre. En un ataque al ganado –lobada– todos perdemos, pero siempre existe un claro perdedor como especie, el lobo (la vida de la presa doméstica, aunque no la viabilidad del grupo; el ganadero, si bien recibe indemnización; al exterminar al único superpredador terrestre, anulando su función ecológica, los ecosistemas se empobrecen y desequilibran en un eslabón fundamental; el derecho a conocerlo de las generaciones humanas por nacer; el derecho ético, filosófico, de toda vida a existir …; todos perdemos). En esta cuestión, la leyenda negra hace sangre para cebarse con saña. Los animales domésticos no son otra cosa que presas naturales domesticadas con el instinto defensivo “aborregado” y dormido (el más evidente y próximo corresponde al cerdo –si bien en el lobo componen restos poco frecuentes encontrados en muestreos de análisis estomacales y de heces; suelen corresponder a carroña de granjas– cuyo ancestro, el jabalí –Sus scrofa–, tanto adultos como jabatos forman parte habitual de la dieta lobuna. Bos taurus primigenius o uro, ancestro de vacas y terneros; el muflón asiático –Ovis orientalis– padre salvaje de la oveja o la cabra bezoar –Capra aegagrus aegagrus– madre salvaje de la cabra; éstos últimos domesticados en los primeros asentamientos de Oriente Medio); interactuando, muchas veces, en su medio ancestral (ganado montaraz, llamado mostrenco, que nace y pace en libertad; p.ej., poni gallego o faca galega y caballo vasco o pottoka); la confusión entre lo “sin dueño/permitido” y lo “privado/prohibido” se impone por mera ley natural.

       

      Las lobadas no son tan numerosas, ni causan tantas víctimas, ni siquiera el lobo ostenta la exclusividad predatoria. La zona geográfica más castigada corresponde al área cantábrica que sufre las ¾ partes de las lobadas nacionales con tan sólo 1/5 parte de la población lobuna ibérica. Curiosamente sector donde la actividad pecuaria se explota en sistemas extensivos y de pastoreo montaraz (las pérdidas en rebaños de montaña son diez veces superiores que en llanura), donde el pastor y los perros guardianes, a pie de rebaño, han pasado a la historia (o al borde de la extinción; los primeros en vitrinas de museos etnográficos, y los segundos casi extintos en programas de recuperación, paradójicamente, gracias al lobo). Cantabria es la zona más vulnerable, y en menor medida la orilla sureña del Duero, tras la recolonización al vadear la frontera natural; y la expansión hacia el Este. Ambas, nuevas zonas donde, por un lado, el ganadero no implanta medidas preventivas usuales en zonas pastoriles de tradición lobuna; y por otro, la mayor presencia de lobos jóvenes, más propensos a extensos campeos y a efectuar correrías. Digamos que se juntan el hambre con las ganas de comer, sirviéndose las reses en bandeja de plata. A corto plazo, los daños aumentan en tierra recolonizada, para estabilizarse a medio plazo y normalizarse a largo, siendo la media de 7,6 cabezas por lobada; por el contrario, en zonas lobunas históricas –p.ej., Sierra de la Culebra, Zamora– el rango desciende ostensiblemente, de 1 a 3 reses muertas, heridas o extraviadas por lobada; donde las manadas estables, los recursos tróficos salvajes y la prevención minimizan las escaramuzas y las pérdidas (acostumbra a ser una res perdida o enferma alejada del rebaño). Los lobos que campean fuera de la organización de la manada acostumbran a ser los autores. El hambre, la incapacidad para capturar ungulados silvestres de gran o medio porte y el carácter (excepto lobos viejos; inexpertos, inmaduros y de poco control de la agresividad) y la rentabilidad energética de la escaramuza (Meriggi et al. 1996), los encaminan a pastorear rebaños en solitario o en pareja cuando las circunstancias son propicias. 

 

     La noche se alía, un rebaño desprotegido abre las puertas a matar más de lo necesario (ataques en menor media al alba, y, ocasionalmente diurnos, cuando disminuye el riesgo, jornadas de escasa visibilidad –niebla, lluvia y cobertura vegetal- e improbable presencia humana). ¿Por qué? En esto tampoco el lobo posee la exclusividad; aparte del humano (depredador que mata por placer, dinero…; responsable directo de la extinción de multitud de especies…), lo ejecutan otros carnívoros –p.ej., otros cánidos y mustélidos-. Existen varias teorías: Una estrategia de supervivencia; conducta adquirida en el Cuaternario –Edad de hielo- cuando los grandes rebaños de ungulados efectuaban enormes migraciones –disponibilidad estacional- y las hostiles condiciones climáticas no garantizaban la cacería. Ante una jornada propicia, mataban más presas de las necesarias para almacenarlas sobre el hielo o cubiertas en la nieve (actual costumbre de enterrar restos alimentarios para los momentos de hambruna), conservados por el frío,  y que sirvieran de despensa contra la escasez. En el transcurso de la historia se alternaron periodos gélidos e interglaciares, carestía y abundancia, donde esta estrategia de supervivencia aseguraba la viabilidad de las manadas, afianzándose el comportamiento en el inconsciente colectivo de la especie. Otra alude a la inercia de la cacería, influenciada por la riada de adrenalina que espolea al máximo la agresividad necesaria para abatir a una presa. En el medio salvaje la agresividad se libera con la muerte –y defensa a ultranza de la víctima- e, inmediatamente, la ingesta del único animal abatido (la respuesta defensiva del grupo atacado deja a su suerte al elegido –débil, recental, viejo, enfermo, con taras-).

  

      Los animales domésticos tienen alterado este comportamiento de sus ancestros, por el contrario, se agrupan –a veces ayudados por las instalaciones que los cobijan; de hecho es un comportamiento inducido por la estabulación de siglos, que, también, efectúan en espacios abiertos- y “aborregados” no presentan batalla. Al carecer o apenas manifestar capacidades de fuga y defensa - presentes en sus ancestros- confunden al lobo tras dar muerte a la primera, no puede inhibir la agresividad venatoria y desorientado y enardecido buscará otra presa. La última se basa en el instinto del lobo de atacar al animal que huye y darle muerte; es decir, el movimiento desencadena el ataque y la dentellada letal; la presa inmóvil será devorada. En un rebaño doméstico, tras la caza de la primera res, el movimiento del resto es continuo e histérico, no existe detención; el lobo responde al movimiento con una conducta natural e instintiva (ni perversa ni aberrante), dando caza “a lo que se menea” en la falsa creencia de abatir a una única (quedarse quieto, “muerto de miedo”, es una estrategia defensiva ya que muchos depredadores carecen de la agudeza visual necesaria para detectarlos, a no ser que se muevan).
      Los animales domésticos más depredados son, en orden de cantidad: ovinos (por su abundancia, nula capacidad defensiva y tamaño similar al lobo); caprinos (disminuye la abundancia y aumenta la capacidad defensiva); equino y vacuno, principalmente potros y terneros, más difíciles de cazar por su tamaño y respuesta defensiva del grupo –coces, cornadas y acordonar a los recentales-.
      La solución más coherente no es el veneno, cepo o escopetazo; sino la prevención, y, una vez tomada, las indemnizaciones (más rápidas, justas y menos burocratizadas). Proteger a la cabaña ganadera en recintos cerrados y de cierta altura – en especial a la noche-, cercados eléctricos, barbacanas (líneas de banderolas o trapos en serie, poco distantes entre sí,  a una altura superior al metro, 1,5-2,5 m. El lobo no la traspasa por temor; usándose como barrera para cazarlos –aún en la actualidad, p.ej., Federación Rusa-), balizas luminosas, repelentes sonoros y, sobre todo, vigilancia, tanto del pastor -oficio casi extinto, sustituido por el ganadero- como de los perros (históricamente las diferentes variedades del mastín español, raza seleccionada para luchar contra el lobo y ladrones; en la pujanza ovina de la Edad Media –La Mesta, rey Alfonso X el Sabio- se hicieron leyes para protegerlo –s. XIII, obligatorio que comiese antes que los pastores y la misma cantidad de pan que éstos; o duras penas a quien los robase o no devolviera-. Hoy en día, por desgracia, en declive al borde del olvido y, gracias a las lobadas, en programas de recuperación) que han de llevar defensas (carlancas, collares armados con pinchos para proteger el cuello, objetivo principal del ataque de los lobos). Estas medidas disuasorias, arraigadas en las áreas loberas tradicionales, se han de prever en las zonas susceptibles de recolonización para minimizar los daños.

            

     Una vez efectuada la lobada viene la autoría y, si históricamente no existe duda de quién es el malo de la película, observaciones, testimonios, muestreos y datos científicos, nos indican que un alto porcentaje de ataques los realizan “perros asilvestrados”; entendiéndose por tales a aquellos que no tienen dueño y viven en estado salvaje con tendencia al gregarismo. Un estudio concienzudo de investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD), adscrita al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), sobre el análisis fecal de 136 muestras (estudios moleculares del ADN, siendo 31 excrementos de lobos, 53 de perros y el resto degradado o de zorro; años 2003/04 en un sector ganadero castigado, Burgos y Álava) revelan restos orgánicos ovinos en un 32% en heces de perro (de alimentación natural, ya que se encontraron residuos de origen salvaje y doméstico, entendiéndose su autonomía y no dependencia del hombre) frente a un irrisorio 3,3% de lobo. En los daños a la ganadería –y fauna cinegética: perdices, codornices, lagomorfos, etc.-, a los perros asilvestrados se unen los perros errantes (con dueño pero de campeo sin control) y, en general, todo perro que, de forma permanente o temporal, campee por los territorios (abandonados, extraviados, perros pastores, etc.). España, a nivel europeo, encabeza en primer lugar el abandono de animales de compañía, en concreto más de 110.000 canes al año (datos del 2008 de CEPA, Coordinadora Estatal de Protección Animal). La peligrosidad no sólo radica en los daños al ganado, sino que, al contrario que el lobo, conoce la inseguridad del hombre, no le teme y puede atacarle. Y, al usurpar el nicho ecológico de Signatus, degradarlo (un mero comensal del hombre con ínfulas de depredador que ni conoce el oficio ni está capacitado para ello), junto al problema de la hibridación. En Italia se estima que por cada lobo/km² existe un rango de 150-310 perros de campeo libre y 24-82 asilvestrados (Boitani 1983). En Reino Unido, donde el lobo fue exterminado por mandato real (fechas del biocidio: Inglaterra 1486, Escocia 1680 e Irlanda 1770), las pérdidas de cabezas de ganado ovino anuales, a fauces de los perros asilvestrados, rondan los 35.000/40.000 ejemplares –ovejas y corderos-. Determinar la firma de quién ha matado a una res no es sencillo ni económico (indicios en el cadáver de la muela carnicera superior que, si sobrepasa la longitud de los tubérculos, se atribuye al lobo;  profundidad de la dentellada y, sobre todo, análisis del ADN salivar; es decir, material y personal muy cualificados); lo sencillo es seguir la tradición: ¡La culpa es del lobo!

    

     Estas tres facetas –carroña, desperdicios y lobadas- acostumbran a tener a protagonistas reincidentes: lobos jóvenes, solitarios y perros asilvestrados. Unos por inmadurez e inexperiencia, y los otros comensales del hombre, desvirtúan los valores de la depredación, enquistan un conflicto naciente en el Neolítico que carga tintas, pólvora, titulares y derrama sangre; usurpan el nicho ecológico del auténtico lobo ibérico, que, a la postre, paga con su vida los platos rotos que han degustado otros. Signatus prefiere depredar animales salvajes y, siempre que puede, en compañía de sus congéneres; cazador social de condición tan arraigada que, a la menor oportunidad y con la mayor intencionalidad, monteará en grupo en pos de sus presas naturales, libres del yugo doméstico.
      Un potente aullido rompe la noche, en reclamo, un coro de aullidos se sincronizan; el líder convoca la cacería y la manada acude a la cita. Las salutaciones, olisqueos y ademanes de sumisión hermanan al grupo; la excitación no puede reprimirse y da pie a la partida. Bien el líder –protagonista principal- o el lobo prospector –guía expuesto- encabezan la razia. La fila india y el trote lobero –señas de identidad lobunas- determinan los primeros compases de la marcha. Imprimen una velocidad constante, 13–10 km/h, de sentido rectilíneo al posicionar las pisadas sobre la misma línea central. El pie posterior -más pequeño- se superpone en la huella de la mano delantera –mayor-, ahorra energía y gana eficacia, en especial, sobre sustratos embarrados por la lluvia o nevados (la nieve se alía con Otso; mientras la presa se hunde –normalmente calzan pezuñas, estrechas-, él –suela plantar ancha- reparte mejor el peso y se agota menos); si las nevadas fueran muy profundas se desplazaría a saltos. Por otro lado, su pelaje invernal le aísla del medio. La presa se delata en un fondo monocolor y, sobre todo, el organismo de un herbívoro se resiente al no encontrar o dificultar, en superficie, la materia vegetal básica para la ingesta, faena que le expone durante mayor tiempo; acusa debilidad y menor respuesta defensiva. Prospecta la ruta y alrededores en busca de un objetivo. La vista apenas entra en juego (visión de poca agudeza visual, adaptada al movimiento); el oído se afina (buena audición: pabellones orientables y sonidos de altísima frecuencia –60.000 Hz-); pero el sentido estrella es el olfato. Huele el aire, ventea, en busca de un rastro (al contrario que su pariente, el zorro –agacha la cabeza para oler al nivel del sustrato-, el lobo prospecta con la cabeza en alto). Capta las partículas olorosas que desprenden sus presas (huellas, excrementos, pelos, marcaje territorial, incluso las ventosidades, abundantes en la alimentación vegetariana; acostumbra a darse continuos lengüetazos en la trufa con el fin de humedecerla y potenciar la captación). Una vez descubierta, el hostigamiento es constante, sin tregua. La iniciativa cae del lado de los perseguidores que, a relevos, imponen su “marcha lobera”; la presa siempre tendrá a un lobo tras su pista, hasta que un error o el lógico agotamiento pongan fin a la carrera. Signatus, sin ser especialista en ningún terreno, se desenvuelve bien en todos (tierra, roca, nieve, agua, hielo, barro…) y realiza saltos, galopa o vadea aguas, para retornar a su marcha característica, el trote lobero. Por añadidura, el conocimiento del territorio –mentalmente visualiza el mapa territorial- y su inteligencia, optimizan la persecución hasta cobrar su recompensa.

            

     Para conseguirlo utiliza diferentes técnicas de caza que se adaptan a las circunstancias reinantes en cada situación. El poso residual, las características cinegéticas lobunas básicas, se repiten: inteligencia, constancia y acoso –físico y psicológico-. El lobo carece de la fuerza, velocidad o destreza de otros carnívoros –y, a su vez, al de algunas de sus víctimas-, pero a pertinaz y cansino no hay quien le gane; junto a un cerebro que no sólo aprovecha las situaciones, sino que ingenia cómo explotarlas en beneficio propio y del grupo y rentabilizar su buen conocimiento de la ecología y querencias de sus presas. Bien en pareja, o en grupos pequeños o mayores, la caza comunitaria adquiere una gran importancia y planificación.
     La técnica de la emboscada usa dos características lobunas: la memoria espacial y la inteligencia, donde Signatus, mentalmente, visualiza cada punto orográfico relevante a sus intereses (terreno karstificado, despeñaderos, barrancos, ríos, etc.); se convierte en una arma más para abatir a la presa. Emboscarse en pasos naturales o bebederos a la espera de sorprender; pavonearse con aires de matón –acoso psicológico-, para asustar y provocar que las presas se delaten por sí mismas (el ojo del lobo  detecta el movimiento; en cambio, un animal estático puede no entrar en su campo de visión) o se encaminen, sutilmente pastoreado por el cánido salvaje, hacia la trampa. La sofisticación estratégica se plasma a la hora de emboscar a los conejos (lagomorfo básico en la cadena trófica de multitud de depredadores, y pieza clave en el bioma mediterráneo. Escaso en ciertas zonas y plaga en otras, pero, históricamente, omnipresente en la Península Ibérica hasta el punto de originar el nombre de España: de etimología fenicia, “I-Shepan-im, o costa de conejos”, Hispania). El trampeo del conejo precisa de la colaboración de varios lobos que patrullan la zona, se dejan ver para espantar a los lagomorfos que, aterrados, irán derechos a refugiarse en las conejeras donde les aguardan, con las fauces abiertas, el resto de la manada. Orquestan inteligencia (planificación y conocimiento de las querencias y costumbres de sus presas –los conejos, ante cualquier señal de peligro, se refugian en el vivar-) y memoria espacial –ubica las distintas madrigueras-.

    

      Las batidas, método idóneo para manadas exiguas o parejas. Baten el terreno divididos en dos –pareja o grupo-; marchan al trote lobero, adelantándose uno al otro y entrecruzándose; siempre en paralelo, donde uno, en funciones de batidor, espanta a la caza para embocarla al receptor -lobo a la espera atento a la jugada-, y, sucesivamente, intercambiar los roles.
 Sólo o en pareja –al quite-, al acecho de pequeños o medianos animales salvajes, y, ocasionalmente, domésticos; buscará vigilante el rebaño desprotegido y a la res rezagada, herida, o enferma que se separe del grupo. En presas salvajes con instintos defensivos y rápida respuesta de fuga, extrema la cautela al máximo. Se aproxima sigilosamente, viento en contra –de cara o sotavento-; el olor de su cercana presa le excita, erizándose la pelambrera del cuello, flexiona las patas para minimizar la silueta. Olfato, vista y oído; trufa, ojos y orejas apuntan como un arco tensado, dispuesto a disparar la flecha hacia el objetivo. Cada centímetro que gana será crucial, pues, excelente corredor de fondo, desmerece en las carreras cortas. Rematará la faena con un acelerón -65 km/h- o salto –5 m- hasta impactar y morder a la víctima.

     

     La técnica venatoria que más aglutina a la manada y cobra piezas mayores –cérvidos en general y corzo en particular-, denominada de acoso y agotamiento, se desarrolla en la periferia territorial, minimizando de interferencias el área del hogar. Los cazaderos de grandes y medianos herbívoros acostumbran a ubicarse en terreno abierto, en el exterior de las áreas centrales –hogar y dominio vital-, donde la menor cobertura vegetal y su mayor extensión propician la persecución y el acoso cinegéticos.
     Una vez detectada la presa comienza la acción potenciada por las maratonianas condiciones físicas de Canis y la sincronía del grupo (no existiría una coordinación tan eficiente sin un lenguaje establecido); gracias a la comunicación gestual y a la discreción de unos leves gruñidos, aderezados con castañeo de dientes (ni aúllan ni ladran). Hostigar a la carrera, sin tregua, se convierte en la consigna a seguir, incluso durante horas. La velocidad del lobo se modula y adapta al tipo de terreno; saltar -5 m-, vadear, el galope final -65 km/h- y el recurrente trote lobero (10-13 km/h) se alteran para conseguir siempre que un miembro del grupo se sitúe a tiro de boca de los cuartos traseros de la presa. La presión psicológica, el cansancio y el pavor del acosado, entorpecido por una orografía que, casi siempre, favorece a los intereses del lobo –memoria espacial e inteligencia aplicada-, desencadenan un error, traspiés o puro agotamiento. La persecución finaliza, pero no el acoso; la manada rodea a la víctima, cierra el círculo de la muerte… ¡sin escapatoria! El cooperativismo permite que un animal de peso medio –inferior a 50 kg- derribe y mate a otro de peso muy superior (un ciervo adulto lo cuadriplica); e incluso, en grupos exiguos, romper la territorialidad para que los miembros de las distintas manadas colaboren en las cacerías. El líder –o los lobos dominantes- dirigen los ataques más directos y arriesgados con la finalidad de extenuarla y derribarla (sin contar los punzantes colmillos –jabalí- o cornamentas, las pezuñas y coces hieren o matan, sobrevivir a una herida no es fácil –infecciones, desnutrición, competencia-). Los amagos de ataque, envites y tarascadas al aire, mezclados con los reales, marean a la presa. Las dentelladas más profundas y certeras se centran en las regiones ventral e inguinal, con la intención de afectar a órganos vitales y romper vasos sanguíneos; provocar hemorragias que le obliguen a doblar las patas y caer. Rematarla es prerrogativa del líder que, atenazará el hocico y las fosas nasales –asfixia-, o dará un terminal mordisco en la garganta o nuca (la muerte en animales grandes, por su potencial peligrosidad, acostumbra a ser debida a hemorragias, se debilitan poco a poco -p.ej., jabalí y ciervo-. En los de tamaño medio –p.ej., oveja y corzo- basta con un fuerte mordisco en el cuello –nuca o garganta, tráquea o cervicales-. De tamaño pequeño, un mordisco en función de su capacidad defensiva, lomo o riñonada, o, simplemente, al azar). Las endorfinas segregadas en el torrente sanguíneo dulcifican la muerte de la víctima (los ejercicios de resistencia –correr- son el detonante que inician la secuencia; secretan estas sustancias –aumentan cuanto mayor sea el estrés- que atemperan los impulsos nerviosos transmisores del dolor y actúan a nivel cerebral produciendo experiencias subjetivas de bienestar –puede contemplar cómo es devorada, sintiendo menos angustia, miedo o dolor, como si no fuera protagonista y viera una escena ajena-. Un analgésico natural con efectos parecidos a los opiáceos –morfina, codeína-, pero sin crear dependencia), que, enajenada por el cansancio y la hemorragia, no percibe su final. A veces, sin esperar a que muera, el lobo líder comienza a devorarla (los licaones –lycaon pictus- o lobos pintados, parientes africanos, matan a sus presas destripándolas, mueren eventradas).

 

     En este punto se quiebra la unión y armonía del grupo, ya que los gruñidos y fruncido de belfos certifican el derecho del macho dominante a comer primero. La hembra dominante aguarda a que el líder se sacie, o que una actitud explícita de éste le permita ingerir la trabajosa captura (por medio de la gestualidad, el líder decide quién come y en qué orden; pudiendo relegar, como castigo, a un miembro al último puesto. Éste no sólo sufrirá las penurias del rango más bajo –lobo omega, en contraposición al lobo alfa o líder-, sino desnutrición. Asimismo los lobos subordinados han de gesticular posturas de sumisión que tranquilicen al líder y éste, sin temor a competencia, les permita devorar la presa. Por el contrario, la pareja reproductora controla la carnaza que garantiza una óptima ingesta, imprescindible en la reproducción, crianza y las obligaciones del liderato; estrategia de supervivencia que prioriza la continuidad de la especie. Administrar con éxito no es fácil, pues los líderes –en especial el macho- han de equilibrar la distribución del reparto para que no pequen de escasas y, debilitados, no consigan abatir presas; o excesivas y, sobrealimentados y fuertes, se conviertan en candidatos firmes al liderato; además, una panza a medias, siempre trota más rápido, sobre todo, si en la meta se sirve algo para llenarla). Si algún osado lobo intentara saltarse el protocolo, la respuesta del líder sería rápida y agresiva, para someterlo y reafirmar su poder (a menor capturas mayor conflictividad). Una vez saciada la élite de la jerarquía –y siempre con el permiso del macho dominante- acostumbran a meter los hocicos los cachorros de la última camada –rango inferior-, antes que los lobos jóvenes o adultos –rango medio-, invirtiendo el protocolo jerárquico en pos de apuntalar el futuro biológico de la manada. Y es que si la rentabilidad energética al capturar herbívoros de proporciones considerables compensa a todo el grupo, no siempre es posible y se prioriza la alimentación de los progenitores y coordinadores del grupo, para dejar paso al futuro biológico –cachorros- y, si sobra, al resto de la manada (Mech et al.1999). La competencia y espera de turno en la pitanza provoca que los lobos devoren con mucha ansiedad y rapidez, tragándose los trozos casi enteros, hecho que, a veces, les induce un acceso de vómito inicial. En esto también la jerarquía se impone; las vísceras más blandas, digeribles y nutritivas: hígado, corazón y pulmón, junto a la carnaza más selecta, son delicatesen de alta alcurnia, reservada a los reyes de la manada. El estómago –si no es una presa pequeña- se sacude para vaciar el contenido e ingerir las paredes estomacales (David Mech).

     

     Ahítos, con más hueso que carnaza en el cadáver, dormitan o descansan en las cercanías por si apeteciera repetir, pero no acostumbran a dejar la carcasa limpia; contribuyendo a la alimentación de especies necrófagas. Sí efectúan, en torno al cadáver, dos hechos curiosos: Se restriegan en él, incluso orinan; creyéndose que dejan un mensaje oloroso de posesión y, a su vez, al impregnarse con el olor de la presa, disimulan el aroma a depredador. De forma individual pueden enterrar restos del cadáver como pequeño almacén de reserva (cuando no son observados escarban un pequeño hoyo con las manos, entierran el trozo –la carne con hueso y pelo se conserva mejor-, para taparlo con movimientos del hocico. Gracias a la buena memoria espacial del cánido, regresará al lugar cuando el hambre y la falta de recursos lo aconsejen). Hecho más frecuente en los lobos de bajo rango que, menos acostumbrados a comer a diario, guardan las migajas de una buena cacería para que sean manjar de una mala jornada. Estrategia de supervivencia –y costumbre de los cánidos- que ayuda al miembro más desnutrido a sobrevivir, más común en periodos de hambruna y en ejemplares de estatus inferior.

       

     De las cacerías y carnes, Signatus pasa a degustar un menú curioso y menos conocido. Pesca un barbo o carpa que dibuje su silueta en aguas someras. O a la huidiza trucha, que, aislada en un charco residual tras una riada, juegue al despiste hasta sucumbir de un zarpazo (ciprínidos, salmónidos o cangrejos son capturados sin caña ni cebo). Paladea el menú vegetariano: fibrosos vegetales como gramíneas, hasta los duros granos; para disfrutar recolectando frutos silvestres (aunque no digiere la celulosa le encantan los azúcares de las frutas de cada estación: arándanos, escaramujos, avellanas, bellotas, endrinas, hayucos, fresas o castañas); o frutas prohibidas del huerto del humano –uvas e higos en especial- que maduran al alcance de su hocico. En esta línea, se automedica; usa ciertas plantas de efectos purgantes y depurativos –p.ej., Urtica dioca u ortiga verde-, e ingiere sustancias mineralizantes.
     Cualquier ente orgánico que imaginéis, seguro que lo ha catado el lobo. Y esta faceta le da un valor ecológico añadido: al diversificar las presas, no peligra la viabilidad de las especies depredadas; al contrario, suprime de la línea genética al ejemplar enfermo o tarado, saneando las poblaciones (p.ej., los ejemplares enfermos de queratoconjuntivitis y sarna diezman los rebaños de cabra montés y rebecos). Signatus, no por ecológico sino por etología, depredará la presa más abundante (mitigador de plagas y regulador de especies) y fácil de abatir (regla de oro del depredador: capturar el máximo de energía con el mínimo esfuerzo). Asciende hasta la cima de la depredación para encumbrarse como “superpredador”, único terrestre en nuestros lares, al controlar y dar muerte a la fauna carnívora que ejerce su mortal oficio, convirtiéndose en el gran regulador ecológico de la Península Ibérica. Los biotopos donde interactúa se benefician de mayor cota de biodiversidad, calidad genética y salud ecológica; sin él, el desequilibrio es inminente y se inicia el declive biológico del sistema… ¡Sin el lobo todos perdemos! O casi todos, ya que al abandonar su nicho ecológico –o, por desgracia, ser eliminado a la fuerza- es usurpado por otros cánidos: zorros y perros asilvestrados.

 

Ciclo reproductivo

El ciclo reproductivo del lobo ibérico se despierta al relente del invierno (monoestral –celo una vez al año- desde finales de enero hasta marzo; variable en semanas influenciado por la latitud –Galicia, más tardanza; o Sierra Nevada-, climatología, edad –las lobas maduras son más precoces- y recursos tróficos). Las hembras obtienen la madurez sexual en el segundo invierno de sus vidas (rango del primer estro, 20-24 meses), los machos a los tres años. La bioquímica de la reproducción caldea las gélidas jornadas y el ambiente de la manada. La hembra dominante, sutilmente, lleva la iniciativa estimulada por el aumento de hormonas sexuales. Los estrógenos impregnan su orina y proclaman dos mensajes: uno de disponibilidad sexual que despierta la libido en la línea patriarcal, y el otro incide en la línea de matriarcal, inhibiendo cualquier comportamiento reproductor. La testosterona en el macho líder espolea la agresividad, el marcaje territorial y un acercamiento más estrecho hacia la hembra dominante. En ambos, el olor, las actitudes y la gestualidad más intensos incrementan la jerarquía, aumenta la agresividad que puede desencadenar algunos pequeños enfrentamientos (poco probables, sobre todo en manadas pequeñas –más familiares-. La hembra dominante –protagonista principal en el ciclo reproductor-, amén de su tendencia monógama, otorga sus favores al lobo más capacitado, aquél que garantice la viabilidad de la camada, rol que identifica al macho dominante). Y, simultáneamente, producen estrés que elevan los niveles de cortisol en las dos líneas de lobos subordinados, inhibiendo cualquier comportamiento sexual –castración psicológica-. La intensidad hormonal dilata las zonas genitales; en el macho se agrandan los testículos, al igual que la vulva de la hembra, de aspecto enrojecido.

                 

     Los cambios físicos y de conducta anuncian los juegos prenupciales. La pareja se distancia de la agresividad demostrada a sus congéneres, para exhibir sensualidad, ternura y una dedicación plena del uno hacia el otro (etapa en la cual el macho disminuye la dominancia sobre la hembra). En la distancia, la cola enhiesta de ambos, recuerda a la manada quiénes mandan; en la cercanía, facilita la difusión de los mensajes olorosos, aromas de amor que unirán a los amantes. Las carreras, saltos y quiebros en pos del otro se suceden para detenerse y dedicarse arrumacos: rozarse con el hocico y las patas; lametones y olfateos más centrados en la zona anogenital; suaves mordiscos que pinzan la piel; obsequiarse mutuamente trozos de carnaza, lengüetearse los hocicos, apoyar la cabeza en el otro; o emular una cópula a la inversa, hembra sobre macho (falsas cópulas: se realizan a lo largo del año por adultos y cachorros, entre ambos sexos o del mismo). Caricias y sensaciones basadas en el tacto y el olfato.
     El clímax del cortejo provoca el estro –ovulación, periodo receptivo durante varias semanas-, en el cual la hembra, dispuesta al acoplamiento, presenta flujo vaginal sanguinolento, vulva turgente y pezones agrandados. Los continuos olisqueos del macho aún lo encelan más, hasta culminar en reiteradas cópulas (de eyaculación lenta y múltiple). Otsoa-eme ladea la cola y el macho la monta sobre su grupa para penetrarla (sin necesidad de erección, gracias al hueso peneano o báculo –os penis-; pene de componentes muscular, cavernoso y óseo), y efectuar movimientos pélvicos al uso –acometida-, durante menos de un minuto, eyaculará por primera vez (fracción uretral, líquido claro sin espermatozoides como mero lubricante).

        

      La hembra mordisqueará con mimo a su pareja; se echará en el suelo para voltearse, simultáneamente el macho descabalgará, y opondrá sus cuartos traseros, gracias a la dilatación del bulbo del glande (bulbus glandis, tejido eréctil por comprensión venosa en la base del pene) que se bloquea con las contracciones del esfínter vulvar. En los primeros instantes se producirá la segunda eyaculación (fracción espermática, líquido lechoso y abundante en espermatozoides), y, hacia el final del acoplamiento, la última eyaculación (fracción prostática, líquido claro de escasa carga espermática); anclados el uno al otro durante diez a treinta minutos (cerrojo copulatorio llamado abotonamiento, estrategia de seguridad para protegerse; de hecho, pueden ser atacados por algún miembro envalentonado ante la breve vulnerabilidad de los amantes). La relajación del glande y esfínter vulvar desunirán los cuerpos –desabotonamiento-; una nueva generación se encamina (nº. de cromosomas: 78 “Wayne, 1987; Graphodatsky, 2001”, al igual que otros cánidos como el coyote, el perro –hibridación en ambos-, y el dingo –no se solapa con el lobo-. Zorro, 34, y humanos, 46). La pareja es monógama y única procreadora (la hembra dominante puede copular, ocasionalmente, con el lobo beta; o producirse otras camadas dentro de un mismo clan. Hechos más usuales en manadas de lobos del Norte. Contrariamente, Lupa – hembra de tendencia monógama, fiel y monoestral-, se considera sinónimo de prostituta, en la cultura romana,  vocablo, en la actualidad, muy vulgar y en desuso).

     

      La gestación dura casi dos meses, 63 días, en los cuales Otso-eme sigue de consorte al frente del clan y participa en las cacerías y banquetes, en los cuales, busca con mayor interés los trozos óseos –calcificarse- y grasos –lípidos imprescindibles en el ciclo reproductor-. Otra vez la bioquímica entra en juego: la carga de hormonas sexuales decae a favor de la prolactina (llamada hormona de la maternidad porque estimula el crecimiento mamario, favorece la lactancia e induce conductas maternales), no sólo en la loba gestante sino, con menor intensidad, en toda la manada; gracias a ello no sólo aumenta el sentimiento maternal de todos, sino que finaliza una etapa tensa y agresiva –celo y cópula-; después de la tormenta viene la calma. El vientre cada vez más voluminoso, las tetas y pezones agrandados con secreción de leche, junto a una disminución del pelaje ventral, anuncian el preparto (la progesterona –hormona de la gestación- ayuda a la implantación de los embriones y prepara el útero, valores bajos causan abortos).
     Lupa no es muy exigente a la hora de encontrar un lecho –llamados loberas-, ubicado siempre en el área del hogar; sólo necesita una condición: que proporcione seguridad a su camada. Para ello le basta agrandar las madrigueras de tejones, zorros o conejos; escarbar un pequeño hoyo o aprovechar cualquier oquedad natural; un cubículo pequeño a resguardo de la intemperie con drenaje para que no se encharque y buena orientación –Sur-, ya que la hipotermia será la primera amenaza letal en la vida de los cachorros. Un paritorio protegido y camuflado por la vegetación de la zona (lechos usuales: herbazales, retamas, helechales, campos de cereal –girasol y centeno por sus cualidades cobertoras-, brezales o vegetación de ribera) con accesibilidad a fuentes de agua –producción de leche-. Dentro del área del hogar, la loba ubica otras loberas secundarias –a veces meros agujeros- que utiliza como habitación provisional para salvaguardar parte de la camada (seguridad e higiene, cuando proliferan los excrementos y ectoparásitos). Al menor indicio de peligrosidad, la loba coge uno a uno a los lobeznos (neonatos hasta los tres meses de edad) para reubicarlos transportándolos en la boca, que sujeta por la piel de la nuca (mudanza y estrategia más propensa en zonas humanizadas; históricamente el expolio de loberas ha sido el pan nuestro de cada día para exhibirlos por los pueblos, cobrar recompensas y matarlos. Alguno de ellos, sobrevivían al amparo y cuidado del hombre, llamados “lobos troquelados” o impronta; es decir, aquellos que, desde las primeras horas del nacimiento –anterior a dos semanas, “Zimen 1987”-, han sido segregados de su madre y el referente familiar es el humano, al cual se le considera miembro del clan, generalmente con rango de líder). La loba se revuelca en la paridera para impregnar con su olor el lecho, y que así, nada más nacer, sus cachorros perciban e identifiquen su esencia (balizaje oloroso que les conducirán a la salvación, el calor y los pezones de la madre, hipotermia y desnutrición, dos muecas de la muerte en los primeros estadios). El total aislamiento, la falta de apetito y cambios fisiológicos (vulva hinchada –estrógenos en sangre y caída de progesterona-; hipotermia transitoria –descenso 1ºC-; expulsión del tapón mucoso con emisión del flujo mucoso que ha mantenido sellado el cuello del útero) concluyen con el preparto y anuncian las distintas fases del parto (dilatación, expulsión fetal y placentaria) que se inicia con el encajamiento del cachorro en la pelvis, la ruptura de la primera bolsa de aguas, la aparición de la segunda bolsa –amniótica- en la vulva y la expulsión del cachorro y, posterior, de la placenta; la loba rasgará con los dientes el envoltorio placentario, cortará el cordón umbilical, para comerse todos los restos (al igual que si el feto naciere muerto; hecho que se ha malinterpretado como canibalismo), e, inmediatamente, lamerle y limpiarle la mucosidad y estimular las funciones excretora y cardiorrespiratoria, centrándose en el tórax y la zona anogenital. Cada nuevo Llovín nace a intervalos de 10-30 minutos, en un parto de varias horas (últimos de abril-primeros de junio, siendo mayo el mes más usual).

     

      Las camadas ibéricas presentan un valor medio de 5 neonatos, rango 1-11, inferior en lobas primíparas, 1-4; además la experiencia y compenetración de los progenitores afianzan el mayor éxito en la crianza. Buena tasa de renovación que iguala o recupera la mortandad inicial (50% en la etapa de lobeznos), para descender a 1/3 en los estadios de lobato y dispersión (la sangría de la especie no tiene un origen biológico sino antropogénico, la hemorragia de la caza y, sobre todo, del furtivismo –cepos, pólvora, lazos, veneno…-). Nacen con los párpados y pabellones auditivos cerrados (de ahí la forma laxa de la orejas, inusual en un lobo), ciegos y sordos, para abrirlos a los 11-15 días y mostrar unos hermosos ojos azulados (mudables al color ambarino familiar; visión inicial borrosa y deficiente de mejoría progresiva) envueltos en una bolita negra, 400-500 g, de aterciopelada pelusilla, llamada lanugo (finísimo vello corporal protector ante la ausencia de grasa subcutánea, común en fetos y neonatos). Buscan el pezón –y competirán por las ubres más generosas, jerarquía innata-, para hacer la primera toma, el calostro (primera leche materna especialmente nutritiva y que activa el escudo inmunológico del lobezno contra las enfermedades, algunas tan letales como las víricas – p.ej., parvovirus y moquillo-). Las tomas se espaciarán entre junio y julio (5-7 semanas) en cantidades progresivas que oscilarán entre 50 y 150 g, con continuos lametones maternos.

    

     En la primera semana el tacto se convierte en el referente afectivo. Al calor del cuerpo materno, acurrucados en el regazo (termotactismo), dormitan casi todo el tiempo. Madre loba, guardiana de sus lobeznos, impide la entrada al cubil inviolable; ni siquiera al progenitor, que acostumbra a merodear por los alrededores y abastecer de carnaza a la recluida consorte (menos dominante con su pareja, prioriza el abastecimiento, incluso, en malas jornadas venatorias, a costa de vaciar su panza y quedarse sin catar bocado –Mech et al. 1999-). La indefensión de los desvalidos lobeznos (ciegos, sordos e incapaces de andar); el gran sentido materno y de clan, junto a una obsesión por la seguridad de su progenie, mantienen siempre en alerta a la loba. La quietud se apacigua al sentir el olor a cachorro, los latidos de sus corazones y los tenues sonidos que salen de sus diminutas fauces. La ternura hace presa en la dama cazadora, la devora con un placer indescriptible. La Naturaleza insufla un soplo cálido de amor maternal, tan agudo en Lupa que desconcierta del todo al humano. El corazoncito de Madre loba late fuera del tiempo y del espacio, allá donde el alma encuentra un santuario (etimología del latín animal=soplo vital o ánima, sinónimo de alma).
     En la segunda semana, 10-14 días, ven y oyen, para cruzar el umbral de la lobera en la tercera semana. La cegadora luz diurna y padre/señor de la manada, junto a los otros miembros, dan la bienvenida a la nueva generación con todo tipo de interactuaciones afectivas (etapa propensa a ritmos circadianos diurnos). Empiezan a conocer olores nuevos, a explorar el perímetro del cubil y a interactuar con el grupo; en especial, entre ellos, para manifestar la jerarquía y la predisposición a ganarse un rango. La observación de la conducta de los adultos espolea el proceso de aprendizaje que se inicia por simple mimetismo; los lobeznos imitan las acciones de los mayores aunque desconozcan el porqué, remedan los actos y ya descubrirán qué sucede con cada actuación.
     Pasado el mes, 5-7 semanas, empieza un destete progresivo, alternado con pequeñas ingestas de carnaza regurgitada, para engullir trozos sólidos a partir de la octava semana. El destete coincide con la aparición de los dientes de leche, primero los colmillos superiores para concluir con 28 piezas y desarrollar la dentadura definitiva -42 piezas- a partir del cuarto mes, 4-6 meses.

    

     Más seguros de sí mismos y menos dependientes de Madre loba, cada vez se alejan más de la lobera; pero siempre vigilados, procurando cobijarse bajo techo de cobertura vegetal, pues el principal peligro viene del aire, depredados por la reina del cielo, águila real, y, en menor media, otras águilas y el búho real. Tímidamente, Llobatu, emite los primeros aullidos, generalmente cuando se siente protegido por el grupo (vulnerabilidad, el aullido delata la posición), para dejar las vocalizaciones más inmaduras (gañidos, gemidos y, sobre todo, ladridos) como expresiones ocasionales. No así los juegos que, en sincronía a la edad, aumentan en número y calidad. La mayor fortaleza, madurez y horas de vigilia modifican la diversión en teatro de la vida y los juegos de Lobiños adquieren rango de lecciones prácticas de cómo ser un buen lobo; perfeccionan las conductas que, ya de adultos, les permitirán realizar con éxito las pautas del cortejo nupcial, estrategias cinegéticas o los protocolos de dominancia/sumisión. Persecuciones, asaltos, gestos y posturas forman parte de la escenificación que, medio en serio medio en broma, efectúan a la menor ocasión. Emular a los adultos y los juegos “a ser mayores”, remedan los comportamientos que han de seguir en la sociedad lobuna. A través de estas actividades lúdicas, no sólo aprenden conductas y protocolos; sino que socializan y definen el carácter individual que les otorgará un rango dentro de la manada. El llopet apocado o indeciso pondrá más interés en ejercitar a la perfección las pautas de un lobo sumiso, y así evitar más de un mordisco innecesario, sufrido en las propias carnes por no inhibir a tiempo la agresividad del dominante; en esta edad el error es perdonable o no acarrea daños mayores, y la lección aprendida puede salvarle la piel. Al jugar no sólo moldean la anatomía, sino que se instruyen de la forma más amena. Conforme crecen, los juegos toman un cariz más agresivo y menos lúdico, donde los rifirrafes entre hermanos enervan a los adultos, cada vez más severos y menos paternalistas. Tras el regreso de una partida de caza, buscan a los adultos para lamerles el hocico con reiterados lengüetazos, inducir el vómito y saborear la comida regurgitada. A su vez, aprenden a comer solos trozos enteros traídos a posta; o el obsequio de una presa herida (manejable a su tamaño e inofensiva; p.ej., micromamíferos) donde sumarán al concepto de “aprendo a comer”, la lección “aprendo a matar”.

     

      El cambio oficial de lobezno (≤ 3 meses) a lobato (≥ 3 meses) acarrea una sustancial transformación: Alargamiento de patas; caída del suave pelaje negro para vestir una tosca librea pardusca, parecida a la familiar pero más uniforme; y unas grandes orejas. Una caricatura cómica y escuálida de sus padres. El inicio del estado de lobato se une a las primeras cacerías y conocimiento del entorno como meros observadores, o, actores secundarios en el caso de lances de poco riesgo. Aprenderán el arte cinegético, la coordinación y la observancia del medio, para participar cada vez más y mostrar, cada uno de ellos, las características que perfilarán su rango.
     Los privilegios de lobezno quedan atrás, y el presente como Lobiegu (subadulto mayor de 3 meses hasta la edad adulta, año y medio), día a día, se hace más duro. La comida no viene a la boca y si algún Lobiño osase lamer el hocico de un adulto, recibiría un fuerte gruñido y el desprecio del grupo –incluidos sus hermanos-. Ocupan el estatus inferior, últimos en hincar el colmillo a la olla de carne y los primeros en recibir gruñidos y gestos de dominancia. El duro entrenamiento, el sueldo mínimo y la escasa comida, fraguan el descontento y los sueños de fuga, llamado “dispersión”; la forma lobuna de exportar los genes y el “estilo lupino” a otros territorios.

        

     Las carencias inherentes a rangos inferiores, junto a la estresante etapa reproductora de la pareja dominante, alejan a los lobos jóvenes de los territorios centrales (hogar, como club privado del liderato, y domino vital, parcela compartida y de trasiego hacia el exterior) en dirección al área periférica, donde la inexperiencia e inmadurez es más llevadera compartida con sus congéneres coetáneos. Esta parcela se convierte en el muelle de partida –y de regreso, ya que, a veces, acostumbran a realizar vagabundeos esporádicos- hacia la emigración y el abandono del clan paterno. Y es que a poco que reflexionen (inmaduros sí, pero no tontos) las alternativas escasean: Desafiar al lobo dominante (todopoderoso líder, en muchos casos, el padre), asumir la subordinación “in saecula saeculorum”; o emigrar con el objetivo prioritario de reproducirse (Rothman y Mech 1979; Fritts y Mech 1981; Messier 1985; Mech 1987; Gese y Mech 1991; Mech et al. 1998).  Aunque la dispersión puede iniciarse sin cumplir el año, acostumbran a emigrar a los dos años (1-3 años); más los machos que las hembras (menor intolerancia en los núcleos familiares y mejor aceptación en otras manadas) y en mayor cantidad en las poblaciones saturadas y de hábitat deteriorados (se dispersan hasta 1/3). Estrategia que, en lo positivo, coloniza territorios, evita la endogamia y regula las poblaciones. En lo negativo, se convierte en una prueba de fuego en la vida de un joven lobo, dura y peligrosa, que, apenas cumplida la mayoría de edad, ha de enfrentarse a este descomunal reto. Si la esperanza de vida de Signatus ronda los 15 años (usual, 5-8 años), las dos etapas críticas en su vida: la primera, de neonato a lobezno, y la segunda, la diáspora de la dispersión; criban la madurez y tamizan, con malla extrafina, la vejez. Si observar, en libertad,  a un lobo en las tierras castellanoleonesas no es tarea fácil y deseo de un naciente turismo ecológico; divisar a un lobo plateado por la pátina de muchas estaciones, una ardua labor de difícil éxito. De visión más común –entre otras cosas por la sincronía de ritmos circadianos entre los humanos y el joven cánido- al divisarlo en la lejanía, la súbita aparición en un calvero o el raudo cruce de una pista; un grato e inusual encuentro para el hombre. En el horizonte la ilusión de formar una nueva manada circundante al clan paterno, bien solapada o distante 30-100 km (una vez ocupado un nuevo territorio, la pareja perfila la zona externa –área periférica-, para explorar y escoger más meticulosamente las áreas centrales, en especial el área del hogar); o socializar en un nuevo grupo, ocupar la vacante de un miembro muerto –incluso con estatus reproductor-. O agachar las orejas, encoger el rabo entre las piernas y regresar a casa… O morir en el intento.

     

Mitología. Pasado, presente y futuro.

La muerte y el lobo, en la mitología universal, han ido de la mano desde el primer encuentro entre un homínido y el cánido salvaje. Unas veces como verdugos, otras como víctimas; en muchos casos como comensales o ladrones del botín de las cacerías, intercambiándose los roles al son de las circunstancias. Homo observaba las estrategias lupinas de caza para emularlas (el lobo, al ser el depredador más extendido del Hemisferio Norte, ha constituido el modelo genérico de las sociedades cazadoras; p.ej., cooperación y aprovechar la orografía, condiciones climáticas, migraciones, encontronazos fortuitos, etc.; depredar a la especie más vulnerable, numerosa, rentable energéticamente, etc.). Lupus, cada vez más, se acercaba a los grupos humanos (circunstancia que facilitó la domesticación –primer animal-, mudando su estatus al vasallaje). Estos contactos –positivos y negativos- propiciaron una relación ambivalente, reflejada, bien como arquetipo maléfico o icono digno de admirar, en el espejo de las distintas culturas y mitologías del hombre antiguo:
     En Egipto,  si Anubis era el dios de los difuntos (dios de las momificaciones y guardián de las necrópolis; representado como hombre con cabeza de cánido); “Upuaut, o abridor de caminos” encarnaba al dios lobo guía de los muertos y al solsticio de invierno. Dirigía las procesiones religiosas, civiles y militares; ya que representaba al anunciador de dioses y reyes, invocado por el ejército para que “abriese los caminos” y protegiera a la soldadesca. Osiris (puntal de la mitología egipcia y divinidad, entre otras atribuciones, de la resurrección, agricultura y fertilidad) se transformó en un lobo del desierto para auxiliar a Isis y Horus –respectivamente, esposa/hermana e hijo- contra su infernal hermano Seth/Tifón (deidad maléfica, equiparable a Shiva o Saturno/Cronos). Macedo, como hijo/general mitológico de Osiris, se lanzaba al combate –con gran arrojo, ímpetu y desenfreno- envuelto en una piel de lobo.
     En las culturas asiáticas encarnaba al mito chino del lobo celestial, identificativo con la estrella más brillante del firmamento, Sirius –constelación Canis Mayor-, guardián del Palacio de Tenuidad Púrpura -Osa Mayor-, divina morada de Shangdi o Señor de Arriba  y hacedor del universo chino. “ El lobo azul o celestial”, padre mitológico que engendró al primer mongol, Batacaciqan, y al linaje de Gengis Khan (Temujin, 1167-1227); los mongoles, orgullosos, se denominan “hijos del lobo azul”. Al igual que la leyenda del origen del pueblo turco, descendiente de la unión de una mujer loba, Asena, con el único superviviente de una matanza masiva del clan turco –türk, Turquía-; un niño al cual cuidó, para convivir y engendrar con él, al primer imperio nómada turco, ”Gök Türks, o turcos celestes”. Leyenda recurrente –con matices adaptados a la particular idiosincrasia de cada tribu/etnia- en la geografía global del lobo, y, mayoritariamente, en Asia Central y en pueblos nómadas, como animal fundador de etnias, dinastías o ciudades (p.ej.,  Lycópolis -Assiut, Egipto- o Mileto -Miletos, hijo del dios Apolo amamantado por una loba y fundador de la ciudad, Asia Menor-).

            
     

      Animal totémico del Imperio romano, emblema de las legiones, de Roma y de su poder (conocidísima leyenda de Rómulo y Remo salvados por una loba, que, a su vez, se replica, como mito fundacional, en otras culturas). La acuñación de las primeras monedas romanas troquelas (palabra de doble sentido en la sociedad lobuna) con la efigie lupina. Símbolo de la divinidad de Marte, dios lobo de la guerra y padre de Rómulo y Remo –y, por extensión, de los romanos; recurrente paternidad lobuna de pueblos-, impregnaba, física y síquicamente, a las legiones: Distintos miembros del ejército llevaban atributos lupinos, desde el aquilifer, el portador del águila imperial de cada legión, hasta los velites, soldados de baja condición de infantería ligera armados con una jabalina (se cubrían con un gorro y piel del cánido), pasando por el signifer, portador de las insignias de cada manípulo –unidad militar de dos centurias-; al igual que el cornicer (suboficial mensajero, a imagen del corneta actual). Revestidos de piel entera de lobo –a veces de oso- cubriéndoles la cabeza, la espalda y anudada al pecho por las patas. Divisar lobos o águilas se interpretaba como signo de buen augurio (significativamente, los dos superpredadores de la cadena trófica), el mejor estimulante para las tropas y el pueblo, hasta el punto de influir en cuestiones militares y políticas. Por el contario, para los etruscos, el lobo adquiría un carácter infernal, relacionado con los muertos a través del dios Aita (equivalente divino a Plutón/Hades), señor del inframundo recubierto con una capa de lobo. Otro pueblo de la órbita italiana, los hirpinos (voz sabina, hirpus=lupus=lobo), etnia samnita absorbida por los romanos, sacralizaban y ostentaban, como animal totémico, al lobo.
     Zeus, rey de los dioses del Olimpo y patriarca griego de la Humanidad, bajo su apelativo “Lykaios”  representaba el mito lobuno y éste al animal sagrado de Arcadia. Los griegos, temerosos del poder de la Naturaleza, invocaban el favor del dios Lykaios inmolándole víctimas que propiciaran su intercesión. En el monte Liceo (Lykaios, lobo) en Arcadia –Peloponeso-, cada nueve años,  se celebraban sacrificios votivos al dios lobo, mezclándose la carne de los animales con restos humanos que se devoraban en un festín comunal; quien comiese parte humana se transformaría en lobo, para recobrar su anterior aspecto si no volvía a catarla durante nueve años (Platón, la República, s. IV a.C.: “quien ha probado las entrañas humanas con las de otras víctimas necesariamente se convierte en lobo”). Canibalismo ritual, preludio del mito de la trasformación del hombre en lobo, que tomó cuerpo con el rey antropófago de Arcadia y padre legendario de la licantropía, Licaón. Grosso modo, narra la leyenda: Zeus, inquieto por los rumores de antropofagia y aberraciones cometidas en la corte del rey arcadio Lycaon, acude disfrazado a un banquete real. El rey sospecha  de él y maquina el engaño de mezclar carne humana –según versiones: de su hijo Níctimo, extranjero, esclavo…- y de animal. Zeus, enfurecido, se descubre y arremete con cólera divina contra ellos (diferentes versiones en función del autor Pausanias, Ovidio, Apolodoro o Platón: diluvio Deucalión, fulminados por un rayo, convertidos en lobos, etc.). Surge el mito de la licantropía que se alimenta de la literatura (p.ej., Virgilio, Plinio el Viejo, Herodoto o Petronio, por citar algunos autores de la Antigüedad), leyendas locales y de la enfermedad mental. Zeus transforma a su amante/seducida Leto en loba, que da a luz a Artemisa (símbolo lunar) y Apolo (símbolo solar, de luz; también apelado, con doble sentido –Lyke, luz-,  “Licógenes”, o nacido de loba), noche y día alumbrados por una loba (dualidad recurrente). Apolo y su relación lupina no terminan en sus orígenes. Por un lado emula a su padre, transformándose en lobo para seducir a la ninfa Cirene; y, por el otro, bajo su advocación de Apolo Licio/Licógenes (lobo) es el cánido salvaje quien se consagra al dios (p.ej., fundación de Delfos –ciudad y Oráculo del dios- por aullidos de lobos; o la acuñación de monedas con las efigies de ambos). De la luz descendemos a la oscuridad del inframundo guiados por el lobo (visión mortuoria común en múltiples culturas): Hades –dios de los muertos e infierno- se cubría la cabeza con una piel lupina; Hécate, diosa de la brujería y los encantamientos, en una de sus formas, se manifestaba como loba; y Mormólice (Mormor –miedo, murmullo- y lykos –lobo-) o loba Mormo ¬-genio infernal del inframundo griego y nodriza de Aqueronte (barquero que transportaba difuntos)-, cuyo nombre era invocado para aterrorizar a los niños. Asimismo, las visiones fantasmagóricas de difuntos cubiertos con una piel lobuna (Pausanias IV). La unión mitológica griega con el lobo se extiende y ramifica en un laberinto de interrelaciones, versiones múltiples y ambigüedad, donde dioses, héroes y hombres, de una forma u otra, se impregnan de él. Sirva de ejemplo, para desengrasar el ágape, una historia de espías: En la Guerra de Troya, Dolón, guerrero disfrazado con una piel de lobo, sale de la ciudad para espiar el campamento de los aqueos (espoleado por la promesa sustanciosa de Héctor de recompensarle con botín de guerra -caballos y carruaje de Aquiles-). La misma idea –pero sin recompensa- que idean los enemigos de Troya, Diómedes y Odiseo/Ulises; quienes lo capturan y, tras presenciar la ignominiosa y cobarde reacción del torpe espía troyano, lo decapitan.

  

     En la cultura nórdica los lobos se elevan de las gélidas tierras para transportar sobre sus espaldas a las Valquirias. Las magas guerreras sobrenaturales elegían en cada batalla al combatiente muerto más valeroso y, a lomos de caballo lupino, lo trasladaban hasta el Valhalla (fortaleza idílica en oposición a Helheim, el reino tenebroso) presidido por Odin, el dios supremo nórdico. Odin regía los banquetes escoltado por dos lobos, Geri y Fleki, que alimentaba, junto a los Einherjer o “muertos heroicos”, a la espera de la gran batalla, Ragnarök, donde se enfrentarían al poder destructor de Fenrir, bestia apocalíptica predestinada, un lobo que provocará la caída de los dioses al devorar a Odín, la tierra y el cielo -la destrucción del mundo- aún a costa de su vida a manos de uno de los hijo de Odín, Vidhar, dios de la venganza. Vidhar y su hermano Vali, tras la catarsis del crepúsculo de los dioses, instaurarán un nuevo mundo representado por las fuerzas inmortales y la luz de un orden renacido.
     Asimismo, diversas culturas guerreras (p.ej., galos, íberos, romanos, celtas, iranios, germanos, tracios, anglosajones, etc.; en general el lobo constituía  el tótem de las élites guerreras indoeuropeas. El revestimiento con pieles o atributos lobunos se usaban para atemorizar al enemigo e interiorizar una metamorfosis con el animal) y prototipos humanos del valor, la resistencia, la fortaleza (Bhimá, personaje épico del Mahabharata –epopeya mitológica de la India- hijo del dios Vayu. Símbolo de la fuerza bruta y del coraje. De gran corpulencia, fuerza y apetito; apelado por ello Vrikodara: Vrika/lobo y udara/panza, o “el del estómago de lobo”; demostraba una voracidad sin cuartel, pero, a pesar de ello,  tan ágil y fuerte como el cánido; igualmente, despertaba una dualidad de sentimientos: amor/odio, admiración/temor) y energía belicosa se investían con una piel/cabeza de lobo para interiorizar y exhibir esas cualidades: iniciaciones y fratrias guerreras (hititas, germanos, iranios, griegos, latinos, celtas …, cultura guerrera indoeuropea: luchar contra un lobo, matarlo y devorarlo como liturgia; o los ritos iniciáticos donde el joven guerrero se metamorfoseaba, mágicamente –e inducido por drogas-, en lobo), héroes (Macedón, epónimo de Macedonia, se adornaba, cabeza incluida, con una piel completa de lobo; al igual que el mítico Hércules, lobo/león), mensajeros, o sociedades y órdenes guerreras (para equilibrar la balanza positivo/negativo, sirva el ejemplo de los “berserkir y ulfhednir –piel de lobo-”: feroces vikingos –una variante los nacionaliza germanos; en todo caso hijos guerreros del dios Odin-  que asolaban las poblaciones en razias –a imagen de lobadas- revestidos con la piel/cabeza y espíritu de un lobo. Entraban en éxtasis y mataban sin piedad; formaron las fuerzas de choque de ejércitos y guardia de corps de reyes escandinavos. Al morir escenificaban el tradicional ritual vikingo, incinerados sobre el barco –drakkar- mientras navegaban sobre las aguas en dirección al Valhalla. Los escasos veteranos eran objeto del imaginario popular en la creencia de su transformación al oscurecer –en especial en noches de plenilunio- en hombres lobo. Su mera presencia o recuerdo –identificativo con la destrucción, salvajismo, muerte y adornos/atributos de lobo; bajo una aureola pagana- inducía una identificación –alentada por los eclesiásticos- con el Maligno/Satán/lobo). En tiempos más recientes, los húsares –tropa de élite de  la caballería ligera- portaban sobre su hombro izquierdo una pelliza de piel de lobo.
     La cultura judeocristiana demoniza al lobo, a quien hay que exterminar. Desde el púlpito o el trono, Lupus se convierte en el enemigo número uno de la Cristiandad (Diego Gelmírez, unió estas dos facetas en su lucha contra el lobo en la Península Ibérica; primer arzobispo de Santiago de Compostela y representante del rey Alfonso VI de León y Castilla, obligaba, año 1113, a cazar al lobo todos los sábados, bajo pena de una oveja o salario). Carlomagno, caudillo político-guerrero y emperador cristiano, representa esta alianza iglesia-estado en su feroz lucha contra  Loup, instaurando, año 813, la veda abierta del lobo; e iniciar un real y devoto ejemplo para todo buen gobernante cristiano (p.ej., el rey francés Francisco I en 1520 premiaba a los loberos –louvetiers- su labor de verdugos; en 1882 se promulgó una ley nacional para exterminarlos, hasta la consumación del biocidio, años 1934-1939. Recolonización natural de ejemplares itálicos, año 1992, en las montañas de Mercatour). Una lucha sin cuartel para un lobo con varias cabezas: Devorador de animales: domésticos, ya que el ganado pertenecía a la cúspide social, nobleza y clero; y salvajes (en regresión por las actividades humanas, abocándolo a las lobadas; además se convertía en competidor de los propietarios de los bosques –cúpula social-, al predar en sus cazaderos). Devorador de hombres: la mortandad colectiva por epidemias, hambrunas, guerras o catástrofes naturales podían dejar los cadáveres al raso y ser,  sin mediar predación a boca de lobo, una carnaza más; por otro lado, la costumbre humana de dormitar con animales –calor, protección, estatus social bajo- pudiera propiciar incidencias en lobadas; hechos reales aprovechados para culpabilizar al lobo de todo crimen o desaparecido sin reo, en una sociedad predispuesta a creerlo y sublimarlo a través de leyendas, cuentos y narraciones (si el amo, el sacerdote y tu madre te inculcan la maldad del lobo, ¿cómo no vas a odiarlo?). Depredador de almas al ser la bestia infernal que devora corderos y ovejas (en su doble acepción: Agnus Dei  o Cordero de Dios, Buen Pastor y rebaño de la Iglesia para los cristianos; conmemoración de la salida de Egipto para los judíos), símbolo de la redención del hombre, gracias al sacrificio de Jesucristo. Las referencias bíblicas abundan en negativo y escasean en positivo; sirva de ejemplo: “Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos”. Lucas 10: 2-12; o “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros como lobos rapaces”. Hechos 20: 29-30. Y honrosas excepciones de San Francisco de Asís (icono cristiano de hermandad hombre-naturaleza) e Isaías, 11: 1-10, “Habitará el lobo con el cordero y el leopardo se acostará junto al cabrito”. La expansión del cristianismo asoció, bien directamente o por medio del sincretismo religioso, al lobo con la cosmogonía pagana para ser mensajero de muerte (símbolo del inframundo y asociado a las hordas de guerreros/paganos con atributos de lobo que mataban y saqueaban; p.ej., vikingos y germanos), oscuridad (p.ej., el lobo que transportaba a las Valquirias se trocó en caballo satánico de brujas y herejes) y pecado (adaptación de ritos de fecundidad que la Iglesia sincretizó en símbolo carnal, de lujuria y concupiscencia; p.ej., fiestas/ceremonias Lupercales o lupa=prostituta, como hembra lujuriosa, promiscua, etc.). El hombre que estaba fuera de esta sociedad, ajeno a la ley humana y divina, se identificaba con el lobo errante, oculto, dañino y siempre perseguido: herejes, confesiones no cristianas, encausados por la Inquisición,  ladrones, exiliados, fugitivos o proscritos.

      

     En las culturas de cazadores-nómadas, el lobo se ennoblece; resurge, como ave fénix, del Infierno cristiano para ascender a la cúpula celeste de la cosmogonía anímica. Espíritu del chaman (schaman, voz tungu: scha/saber. Hechicero sanador que se comunica con los espíritus) que, investido de atributos lupinos –máscaras y pieles-  y transmutado en él, viaja a través del mundo espiritual con el propósito de curar, adivinar o “saber/scha”, para el bien del hombre o del clan (comunidades laponas, tunguses  e indios de la costa americana del Noroeste). En los hombres y mujeres de ciertas naciones indias, el lobo protagoniza leyendas, tótems, arte, mitos y valores humanos; su imagen, gestos, aullidos y carácter se escenifican en danzas y ceremonias rituales donde guerreros, cazadores, iniciados y chamanes se impregnan del espíritu del lobo: Kwakiutl, nootka  y makah –pueblos indios de las naciones de la Costa del Noroeste- escenificaban ritos de iniciación; danzaban “como lobos” –ceremonia Klookwana- delante de su animal lupino totémico, para hacer regresar a sus hijos iniciados, arrebatados por espíritus de lobos. Una leyenda shoshone –tribus del Oeste- identifica al lobo –hermano mayor- con la inmortalidad, en oposición al coyote –hermano menor-, que introduce la muerte en el mundo. En los Tlingit –amerindios de la Costa Noroeste-, la organización tribal se dividía en dos grupos básicos que reflejaban la fundación del clan: Cuervos o Yeíl y águilas/lobos o Chaak/Gooch (otra vez la conjunción superpredador terrestre y aéreo) que no podían unirse entre sí y formaban matrimonios cruzados. Padre fundador de los mohicanos –amerindios del Norte-, cuyo nombre significa “lobos” y de clanes: Uno de los grupos pawne –tribus de las Praderas- se denomina Skidi o lobo; los Munsi o lobos, clan de los delaware –amerindios del Norte-, al igual que uno de los clanes cherokees. Para los indios zuñi o Ashiwi –Nuevo Méjico- es animal sagrado y deidad cazadora, Iunawiko, guardián del punto cardinal Este. Grandes jefes tribales se enorgullecían de llamarse “lobo”: Lobo feroz, solitario o Piel de lobo y Pluma… (Pies negros); Lobo negro –Arapahoe- y Lobo gris –Omaha-. La comunión del amerindio con Mater Natura, en general, y con el lobo, en particular, se rotulan con uno de sus mandamientos religiosos: “Trata la Tierra y a todo lo que hay en ella con respeto”. Y la leyenda más hermosa del pueblo inuit –indígenas de las regiones árticas- y joya de la ecología:
     En un mundo primigenio, Hombre y Mujer vivían en soledad. Ella rogó compañía al dios del cielo, Kaïla, que, tras escucharla, le indicó que abriese un agujero en el hielo para capturar a todas las criaturas. Uno a uno, la Tierra se pobló de hermosos animales hasta llegar al último y más especial: el caribú, fuente de vida para el pueblo inuit. El gran reno ofreció alimento, vestido y utensilios a la pareja, que, gracias a ello, engendraron muchos hijos.
     Generación tras generación, cazaban a los mejores individuos, a los más fuertes y sanos, disminuyendo, alarmantemente, su número, al mismo tiempo que crecían los ejemplares viejos, débiles y enfermos. Llegó el hambre, y Kaïla, olvidando la ignorancia y codicia de los humanos, ordenó a la Mujer que pescase de nuevo en el agujero. Apareció Amarok, el Gran Lobo Solitario, que diseminó a los lobos por las Tierras del Norte para que cazasen al animal enfermo y débil, y respetasen al sano y fuerte como padre de infinidad de rebaños. El pueblo inuit prosperó, al igual que las manadas de lobos y los rebaños de caribúes. Kaïla estableció un orden, en perfecto equilibrio, que, sin ningún humano lo quebranta, alejará la hambruna de la Tierra. ¿Existe mejor lección de ecología?
     La impronta del lobo en la Península Ibérica ha navegado al vaivén histórico de las diferentes culturas que nos han impregnado. Surge en la Prehistoria ibérica, en las paredes rocosas de cuevas donde el hombre primitivo plasma su espíritu mágico-cazador con la presencia del lobo junto a otros animales, como lo atestiguan las pinturas rupestres de la Sierra de Francia, en los abrigos naturales que jalonan el río Batuecas, Salamanca; Barranco de Valltorta, Tirig –Castellón-; Cueva de los Arcos, Jaén; o la importantísima Tajo de las Figuras, Benelup (vocablo árabe andalusí, Ben a lup o hijo de lobo) en Cádiz, joya del arte sureño. Y en inhumaciones infantiles, en la Cova de Can Maurí (comarca de Bregadá, Barcelona), en donde, junto al cráneo de un niño, se descubrió un diente de lobo, cuyo significado se interpreta como amuleto protector (los íberos realizaban la cremación con los adultos e inhumaban, bajo el suelo del hogar, a los infantes). En la idiosincrasia de los pueblos íberos –y, posteriormente, celtíberos- el lobo inspira al artista, al guerrero; y se adentra en una espiritualidad iniciática y de ultratumba. 

 

      Símbolo guerrero del valor, la fuerza y el coraje en su forma externa, esculpido en escudos (en el umbo que porta Minerva en la muralla de Tarragona; o en el de la caetra de Osuna), falcatas (espada íbera con grabados lupinos, p.ej., dientes de lobo) y pectorales (Elche). Y en la psique del guerrero, que, ritualmente, se transformaba en una fiera invencible, como lo atestiguan los hallazgos arqueológicos de la Alcudia (Elche, Alicante; torso de guerrero en caliza arenisca –s. V a.C.- con coraza y peto circular que representa la cabeza de un lobo en su doble función de protector espiritual y amenaza terrorífica) y la escultura de Osuna (Sevilla), donde un guerrero se protege con una caetra (escudo íbero) representada, en el centro –umbo-, con la cabeza lupina. Se irradia un carácter inmortal e invencible al portador, a la vez que identifica a una élite específica; muchas veces aristocrática, como la imagen de un guerrero a pie, junto a su caballo –animal de élite- que se enfrenta a las abismales fauces de un lobo (cerámica íbera de San Miguel de Liria, Valencia). La fidelidad del guerrero (lobo) al grupo (manada) y, en concreto, al guerrero líder o caudillo (lobo alfa) se extrema con la “devotio”, la consagración celtíbera de carácter religioso-bélico al caudillaje, y los “solidurios” (lealtad superlativa hasta la muerte; concepto de origen íbero –posteriormente adaptado por los romanos y universalizado - que derivó en “solidaridad”, uno de los valores humanos más representativos –quizá como reivindicación de patente- de las “solidarias” gentes de la Península Ibérica); guerreros cubiertos con pieles de lobos (u otros animales sagrados –p.ej. oso o león-. La piel de lobo es la marca representativa de las cofradías guerreras indoeuropeas comandadas por un líder terrenal y divino), proclamando su identificación y pertenencia a una divinidad guerrera-funeraria con apelaciones distintas pero afines en la esencia, llámese por los vetones Vaelicus,  Sucellus por los celtas o el dios lusitano Endovelicus. El lobo ibérico se sacraliza  como complemento de estos dioses de la guerra y del más allá. Vaelicus (celta vetón “uailo-uael/lobo”) aparece representado en las aras votivas del santuario prerromano más importante de Iberia, Portoboloso (Candeleda, Ávila); caso similar del lusitano dios Endovelicus, invocado en numerosas inscripciones en el santuario/yacimiento de Saô Miguel da Mota (Évora, Alentejo). O, el más conocido dios celta Sucellus, recubierto con piel de lobo y armado de maza en su advocación guerrera. Piel de lobo “divinizada” en los heraldos hispanos, como signo de palabra veraz y misión diplomática (Apiano “ Guerras contras íberos y celtíberos” II, 48; año 152 a.C., los nergobrigenses –Andalucía-, cercados por las tropas romanas del cónsul Claudio Marcelo mandan a parlamentar a un heraldo dignificado con la piel de lobo); y en la estela de Zurita (Piélagos, Cantabria; s. III-II a.C.), donde este lábaro cántabro escenifica la simbología guerra-más allá en la forma de un guerrero vestido con piel o máscara de lobo. La efigie del lobo no sólo representa al guerrero o al dios, sino al pueblo y a ciudades como atestiguan las acuñaciones de las cecas de Iltirta (Lérida), s. III a.C., Ilduro (Mataró, Catalunya) e Ilteraka-Iliturgis (Oretania, Andalucía). O muestras artísticas de gran belleza plástica como la cabeza de lobo íbero de terracota numantina (s. II-I a.C., Museo arqueológico de Madrid) y el expresivo busto de piedra caliza, “cabeza de lobo”, mediados del s. IV a.C., de El Pajarillo (Huelma, Jaén).
     El lobo ibérico en la muerte y en los ritos de iniciación escenifica la liturgia funeraria y ejerce de maestro iniciador; esculpido desde el siglo V a.C. en Porcuna (Jaén) y en la soberbia cabeza de El Pajarillo (Huelma, Jaén), s. IV a.C. Acoge el alma del fallecido, lo protege y, a veces, lo representa (en los celtas, asume el papel de psicopompo –ser que guía a los muertos a su morada eterna- y, por extensión, de lo oculto, ignoto y de la noche). Custodia la estancia del difunto más cercana al mundo de los vivos, defendiéndolo de cualquier intromisión; manifestado en el arte funerario ibérico, donde –por poner unos ejemplos significativos y de la misma provincia- la piel lupina, a modo de manto protector, cubre el sarcófago de Illiturgi (Andújar, Jaén). O la arca funeraria de Villargordo (Cortijo de la Chica) datada entre los siglos V y III a.C., cuya tapa muestra el rostro de un lobo que, con manos humanas, acoge al difunto. El lobo “engulle” al fallecido hacia su interior, para alojarlo en su seno (más allá); o –en su faceta de maestro en rituales de iniciación- “devorar” al iniciado, matar al ser antiguo y “vomitar” al nuevo ser, renacido. El arte ibérico expresa esta faceta dual (muertes física e iniciática) en múltiples obras: cabezas en bronce que rematan cuatro lanzas de un carro fúnebre (s. IV-III a.C.) hallado en el Cortijo de Máquiz (Mengíbar, Jaén). Vasija de La Alcudia (Elche, Alicante), donde un joven, con su mano agarra –y domina- por la lengua a un lobo; el valor del iniciado supera la prueba del maestro –lobo-. Las páteras de Tivissa (Tarragona) y de Perotitos (Santisteban del Puerto, Jaén), s. II-I a.C., donde –en este último- las fauces del lobo emergen/sumergen al iniciado/difunto/sacerdotisa en otra realidad espiritual. Una dimensión religiosa de la muerte y los rituales de iniciación que son escenificados por una sacerdotisa/diosa/chamana de lobos; como hacen suponer los hallazgos de cerámica ibérica y diente de lobo perforado en la Cueva-santuario de la Nariz (Salchite, Moratalla, Murcia), donde, en un fragmento de un vaso/urna –mediados del s. II a.C.-, la presencia del lobo es manifiesta y asociada a una sacerdotisa/diosa/chamana que danza sobre un brasero, cuyas manos –abiertas y acogedoras- asemejan cabezas lupinas (quizá toda ella esté embutida en piel de lobo), oficiando una ceremonia iniciática, seguramente como advocación de las deidades ctónicas Artemis/Hécate, en la faceta de “Lykeia o diosa de lobos”; ya que el cánido salvaje es animal telúrico, del interior de la tierra (asociado a cuevas, simas, montañas, bosques y, curiosamente, al elemento más vital de la creación: el agua) y del inframundo como animal funerario que facilita el tránsito de la dimensión terrenal al ámbito oculto/no terrenal. En este sentido, un lobo con las fauces abiertas acompaña a la diosa mater Astarté; en uno de los mosaicos primigenios –cantos rodados-  más importantes de la Península ibérica (necrópolis ibérica de Cerro Gil –s. V a.C.-, Iniesta, Cuenca). Dea Mater de la cosmogonía mediterránea –influencia fenicia y griega-, en las advocaciones de Astarté, Tanit, Artemis y Hécate.

     

     Como legado cultural hemos heredado infinidad de evocaciones lobunas, cuya raíz -en las lenguas ubicadas, históricamente, en la Península Ibérica- significan “lobo”. La toponimia lobuna es abrumadora y generosa; miremos desde cualquier rincón peninsular y el lobo nos recordará su impronta: Poblaciones numerosas como Lérida (voz íbera, “ciudad del lobo”, y las posteriores Ilerda –latín-, Larida -árabe- y Lleida -catalán-), o poco pobladas como Lobeznos y Villalobos (Zamora) y Lobeira (Ourense); junto a otras de relevancia religiosa, Guadalupe (e hidrónimo; una de las acepciones etimológicas procedería del híbrido árabe-andalusí y latín: “Wád al-lúp, o río de lobos”). Oquedades (Sima del lobo –Sierra Nevada- y Cueva del lobo –Cantabria-), recursos hídricos (p.ej., río –y cañón-  Lobos, Soria y Burgos. La asociación lobo-agua es recurrente y muy antigua, en especial, si mana de las entrañas de la tierra, al ser animal ctónico/telúrico), montañas (pico del Lobo, Guadalajara y Segovia), islas (Lobeira, La Coruña)… La presencia se extiende y nomina hasta los más insignificantes relieves (charcas naturales, manantiales, prados, barrancos, peñascos, collados, vaguadas…) y se enriquece con los distintos idiomas y dialectos peninsulares. Sirva de ejemplo -por su mayor dificultad lingüística y reivindicación a la existencia del lobo en Navarra-; abanderado por la voz vasca “otso” o lobo: pueblos navarros como Ochagavía, Ochovi, Osa –Otsa-, Osacáin (también apellido, lobito/lobezno), Osácar, Osavide (a su vez, vocablo que significa “camino/bide de lobos/otsa” y se repite a lo largo de la geografía euskalduna), Otsango Auzoa (Lesaka); picos de Otsogorrigaina (montaña alta del lobo rojo), Otsogorria, Otsogorritxipia;  Otsoportillo (sima, portillo); Otsabe (desfiladero, puerto), Otsondo (puerto de montaña); Otsola (campas, praderas de montaña)… Nombres propios: Ensalzado en el vocablo germano “Wolf-wulf” o lobo, identificativo con “guerrero” y presente en los nombres de Adolfo (lobo/guerrero noble; variantes Ataúlfo y Adulfo-Fito), Raúl –consejero-, Rodolfo –glorioso- o Wolfgang. Lykaios (voz griega, “de un lobo”); Lupa –Lupus-; Conan (gaélico, lobo). Apellidos: desde los más conocidos y populares como López (hijo de Lope=Lupus; con variantes –p.ej. Lopetegui, Lopeña o Lópiz-) y Ochoa (voz vasca “Otso-a”, o el lobo); hasta los menos usuales como Lupañez, Lupiani,  Lupo, Lupe, Lupa y Lupi (variantes de la voz latina Lupus).
     Condenar al exterminio al padre de este legado, matar a la matrona Lupa que ha amamantado este acervo cultural; formaría un horrible parricidio, echaría piedras sobre tejado propio, esquilmaría la herencia de nuestros hijos… Nos obligaría a seguir como borregos la estela de sangre y odio que algunos de nuestros antepasados trazaron.

             

     Cazar era privilegio de los poderosos, reservado a la cúspide social (emperadores, reyes, nobleza, élite política…; pavonearse ataviado con la parafernalia venatoria al uso y exhibir trofeos ha sido hecho común) que, merced a la inquina al cánido, popularizaron esta actividad hasta arraigarla culturalmente (a parte del instinto depredador del hombre, la caza manifiesta unas connotaciones de poder individual y social. Por si no fuera poco, desde la antigüedad se promulgaron leyes que exigían o premiaban dar muerte a Signatus; como parte de los textos de la Ley de Solón, uno de los siete sabios de Grecia, 638-558 a.C., que gratificaba con cinco dracmas y una dracma, respectivamente,  por lobo y lobezno muertos. Carlomagno, el gran emperador del Alto Medioevo, creó para el exterminio, “le corps des lupari” o cazadores de lobos, año 813). Iniciamos la matanza en la protohistoria de la humanidad, cuando el cazador/presa homínido, siempre hambriento, huía o acosaba a Signatus en busca de la supervivencia. En el Paleolítico, el hombre cazador/nómada lo admiraba, para emularlo como referente depredador. En el Neolítico, sedentario y pastor, mudó de intereses y sentimientos para maldecirlo y matarlo. Conforme aumentaba la población mundial humana, disminuían los lobos. La expansión del hombre (tala de bosques, depredación de fauna como recurso –alimento, ropaje, artesanía, industria, etc.- y desnaturalización de hábitats, junto a la institucionalización del exterminio con la bendición religiosa –Wolf como icono del mal-) cercaron la supervivencia hasta reducirlo, con el poder letal de las armas de fuego, a residuales poblaciones, en una orgía de sangre y muerte. La puntilla la asesta el imaginario popular, que hinca sus fauces en el lobo para inculparlo de las penurias y maldades que acechan a la Humanidad, como si los lobos, desbocados e inmisericordes, fueran los caballos del Apocalipsis. 
     Iberia no ha sido la excepción; a las leyes exterminadoras, balas, veneno, cepos y lazos, se han unido el ingenio y la arquitectura rurales en auténticas “trampas artísticas” que toman forma de cárcel y matadero: Los cousos –lobeznas-, pozos subterráneos o un simple agujero erizados de estacas de madera, a modo de lanzas, camuflados con un ramaje o cobertura vegetal del entorno. Los cortellos –corral de lobos, caleyos, curros-, muro circular o elipsoidal de piedra cohesionada sin argamasa -a imagen de un corral-, techado con unas lajas en visera, con la intencionalidad de permitir saltar al interior, pero no a la inversa, ya que utilizaban a su favor la inclinación de una ladera. En el centro se ataba un animal vivo “de poca valía”, enfermo, viejo, cabra o perro, a veces, se rociaban los muros con orines y excrementos de ganado. Y los más sofisticados “callejos” o chorcos (fojos en Galicia y Portugal), muros de piedra –también se usaba madera- de considerable extensión –a veces, centenares de metros- que, como un embudo, convergían para embocar a los cánidos hacia la sepultura de un foso, asustados por el ruido de la batida de los lugareños.

                 

     O la figura del alimañero (fuera del contexto histórico y subjetivamente, personaje siniestro) que disfrutaba –pueblo a pueblo- de los honores y honorarios de la carnicería, bien sobre los adultos o el pillaje de cachorros. Figura anacrónica que, con otras connotaciones, ha sido reemplazada por el furtivo. Pistolero repulsivo que se trueca en una mutación deleznable de los instintos más primarios; biocida de la especie y terrorista medioambiental que, no sólo ejecuta a un ser vivo sino que al eliminar al superpredador, desequilibra los ecosistemas. Personajillo, tan vil y despreciable, que se ampara en la sombra y el anonimato, fuera de la ley, de la sociedad y de un colectivo –los cazadores- que lo repudian y condenan. A fecha de hoy, el furtivismo en sus sádicas modalidades (pólvora, cepo, lazo, veneno o expolio de camadas) forma un cáncer responsable de la mayor mortalidad, 70-80%, que diezma las poblaciones (sirva de ejemplo la extinción del cánido, a causa de la caza y del veneno, en Pirineos y Extremadura).

       

     No es la única herida: las infraestructuras (carreteras, canales, vías de ferrocarril…) que humanizan el paisaje, siegan vidas –atropellos y ahogamientos-, alteran el hábitat (alambradas, vías de comunicación, deforestación…), parchean territorios (intromisión gravísima en las áreas centrales –hogar y dominio vital-) y aíslan poblaciones. Hibridación con perros asilvestrados que conlleva la bastardía genética y la pérdida de identidad lobuna. Aculturación que aleja al lobo garante de unos valores ecológicos incuestionables, para acercarlo a una parodia de sí mismo, más cercano a un simple comensal del hombre. Por último, la fortaleza física de Signatus no es inmune a las enfermedades: endoparasitismo, infestado al devorar carnaza contaminada –p.ej., Toxocara canis, mortandad en lobeznos, y Trichuris vulpes-; y exoparásitos (garrapatas, piojos, pulgas, ácaros); zoonosis (p.ej., hidatidosis y triquinelosis); junto a enfermedades bacterianas y víricas (p.ej., leptospirosis o tifus, hidrafobia o rabia), o los letales y conocidísimos, moquillo y parvovirosis.
     A pesar de ello, Signatus sobrevive e incluso goza de territorios tan arraigados en su linaje que forman parte indisoluble de su querencia y de nuestro patrimonio natural. La existencia del lobo ibérico no presenta la precariedad de otras especies, pero tampoco invita a la “euforia”; la aceptable tasa de renovación, la adaptabilidad y las características ecológicas de Lupus  se contrarrestan con la atroz siega de la mortífera guadaña, asida -¡cómo no!- por la mano del hombre (las señales de perros asilvestrados –huellas, lobadas anónimas, excrementos-, falsamente atribuibles al lobo, junto al nomadeo de ejemplares, dan errores de número; además los perjuicios históricos y la difusión mediática –normalmente negativa- magnifican la cantidad y agrandan las poblaciones). El grado de tolerancia, la coexistencia del mundo rural con el lobo, y la acción ecológica del principal carnívoro de nuestros ecosistemas, han de superponerse a los enfrentamientos, intereses y prejuicios de los sectores anti/pro lobo, en busca de una colaboración en gestionar las poblaciones de cánidos salvajes.

  

     En un Hemisferio Norte desnaturalizado, la importancia de conservar la biodiversidad, salud y equilibrio ecológicos de los ecosistemas toma carácter de obligatoriedad urgente. Los carnívoros realizan estas funciones, per se, como piezas cruciales en el engranaje vital de Mater Natura. El lobo las cumple a la perfección y asciende a la cúspide de la venación al controlar todas las especies, incluido al club selecto de los depredadores. Una labor única, natural, que no precisa de recursos económicos ni de expertos científicos; únicamente la paga ocasional de un par de cabezas de ganado y la empatía del humano (reflexionemos e ironicemos sobre nuestra propia capacidad destructiva: El hombre es lobo del hombre, no hombre; “lupus est homo homini, nom homo”, acto II, escena IV,  Asinaria o la comedia del asno, del autor latino Tito Marcio Plauto). Observemos la pobreza ecológica de las zonas donde el lobo ha sido exterminado, y, por el contrario, admiremos las áreas donde habita. No existe mejor gestor, sirva de ejemplo la reintroducción de Wolf en Yellowstone: Tras el derroche económico para erradicarlo por temor a su interrelación negativa con las especies de herbívoros (bisonte, alce, wapití…), surge la constancia del vacío ecológico y la necesidad imperiosa de reintroducir al depredador de cúspide para remediarlo. Después de tres lustros (1995-2010), los resultados rozan la euforia: saneamiento y regulación de las poblaciones de herbívoros y, con ello, calidad genética y descenso de la presión sobre la comunidad vegetal; junto a interactuaciones con otros carnívoros (principalmente, osos y coyotes; en los primeros, mínimas y con escasas incidencias. La depredación sobre los segundos ha bajado, significativamente, sus densidades, aliviando un problema del Parque y sus alrededores).
     La misión depredadora del lobo es concluyente en el ciclo vital de Mater Natura. El humano pragmático –sin  plantearnos otros postulados- no ha de cuestionarse “sí o no” a la existencia o recolonización, sino buscar un acertado modelo de gestión del depredador de cúspide más importante del Hemisferio Norte.
Iberia cuenta con la mayor población lobuna de Europa occidental –y, a corto plazo, estable-; orgullo y fortuna al escuchar en nuestras tierras aullidos salvajes, un himno de libertad a defender por el hombre moderno. Dejemos que la leyenda siga viva y, en algunos, en nuestros corazones…

 

 

La herencia genética del lobo, el perro –Canis lupus familiaris-

     El lobo y el perro no congenian bien; para el primero supone un símbolo de bastardía, una cadena de esclavitud impuesta por el hombre a sus ancestros que, en la actualidad, lo acosa en las batidas de cazadores e inculpa de las falsas lobadas realizadas, en parte, por fauces de perros asilvestrados. Por si fuera poco, la hibridación diluye la cultura lupina e infecta la salud genética de los cánidos salvajes. En el imaginario humano protagoniza, ineludiblemente, al malvado de la historia. Los segundos forman parte del menú del superpredador, representan a la perfección el arquetipo cachorro-ternura, y escenifican al chico bueno y al héroe.
     Mal que les pese a uno y al otro, existe entre ellos un vínculo de sangre, ya que la genética otorga la paternidad del perro al lobo –agriotipo-, tutelado como subespecie –Canis lupus familiaris-. Si las características morfológicas (dental –Olsen, 1977-; hocico –Lawrence, 1967- y craneal, Clutton-Brock, 1976; Wayne, 1986)) y etológicas (comportamiento: Banks, 1967; Scott, 1968; Fox, 1971; Hall y Sharp, 1978) afines entre ellos, les encaminaban al parentesco; la genética los une en un 99,8% (análisis ADN mitocondrial, vía materna; Morey, 1996). La variedad de razas y localizaciones de yacimientos presuponen una domesticación plural, apuntalada con continuas hibridaciones, que tuvo su inicio en Asia (un estudio genético muy reciente apunta a China) y en fecha muy superior a los 100.000 años. La zooarqueología, menos imaginativa y más estricta, data el fósil más antiguo en 31.680 BP/AP (años antes del presente; escala de tiempo adecuada a la datación por radiocarbono que parte del año 1950, es decir, X años antes de 1950), Cueva Goyet (Bélgica), un cráneo perruno asociado a la cultura Auñariense. Los hallazgos en el tiempo y en el espacio recorren la geografía del lobo en busca del perro prehistórico: En el Mesolítico, los restos osíferos de la Tumba de Oberkassel, 14.000-12.000 AP (Bon, Alemania), donde hombre –pareja-  y perro –mandíbula- compartían lecho; yacimiento de Elissevich, 13.905 AP (SW Federación Rusa); Mezin y Mezhirich (Ucrania, cultura Magdaleniense); Cueva Palegwara, 12.000 AP (lago Zeribar, Irán, cultura Zarzian); Cueva del Jaguar, 10.370 AP (Idaho, Estados Unidos); yacimientos mesolíticos de Star Carr, 9.500 AP (Yorkshire, Gran Bretaña), Bedburg-Königshoven (Colonia, Alemania. Cráneo casi completo, huesos postcraneales y dientes) y Saint-Thibaud-de-Couz, 9.000 AP (Saboya, Francia); yacimientos neolíticos de la cuenca del río Amarillo, complejos de Cishan y Henan, 9.000 AP (China); Châteauneuf-les-Maretigues, Pont d´Ambon y Téviec; cementerios del Mesolítico tardío (respectivamente: Costa Azul, Dordogne y Bretaña, Francia); Skateholm (Scania, Suecia: enterramientos de hombres y perros de finales del Mesolítico, 5.250-3.700 AP) y tumbas de Svaerdborg (Storstrom, Dinamarca); Teufelsbrücke, Oelknitz y Kniegrotte (pertenecientes a la cultura Magdaleniense de Turingia, Alemania)… La lista de yacimientos con depósitos perrunos se extiende y aumenta al disminuir la cronología de las dataciones, y confundirse en la niebla en el yacimiento de la cultura mesolítica de Erralla (Magdaleniense cantábrico, Cestona, Guipuzcoa ), con los restos de cánidos (sin clarificar, categóricamente, si son de Canis lupus, Cuon o perro doméstico) que, si fueran de perro, adelantaría la domesticación en la Península Ibérica –y en el resto- a 16.000 AP. Sin embargo el yacimiento más esclarecedor sobre la domesticación canina se ubica en Oriente Próximo, en Palestina, dentro de los asentamientos humanos natufienses, Ain Mallaha, 12.000 AP (Israel), con el enterramiento de una mujer que toca  con la mano a un cachorro de perro (esqueleto completo y en buen estado, posiblemente fruto de un ritual funerario); escenificando la unión afectiva entre el humano y el perro (Davis et. Valla, 1978).

  

     Diferentes hipótesis nos acercan al cambio de estatus de animal salvaje a doméstico (encabezó la lista, para secundarle la cabra, la oveja y los bóvidos); bien por acercamiento del lobo a los núcleos humanos –comensal del hombre-, asentándose los ejemplares más dóciles y propensos a reproducirse en “cautividad”. O por la captura de camadas y troquelado de los lobeznos. La multiplicidad  de razas mantendrían características más lobunas en las razas recientes –norteñas- y  descenderían, al menos, de cuatro linajes lobunos: Canis lupus lycaón, como agriotipo de razas perrunas norteñas –p.ej., samoyedo, husky o Alaska malamute-; Canis l. chanco (razas de Asia Oriental); Canis l. pallipes o lobo indio –ladrador-, cuyo descendiente, dingo o perro salvaje australiano (sureste de Asia y Australia), es considerado por algunos zoólogos como ejemplo de raza perruna primigenia; y Canis l. arabs, agriotipo que originó una gran variedad de razas –p.ej., en la Península Ibérica; podenco ibérico, galgo español y mastín del Pirineo-.
     La herencia genética del lobo, el perro, constituye la mascota por antonomasia del humano y el animal que más interactúa con él. Fidelidad, amor, ternura o cooperación son palabras que, refiriéndonos a animales, cualquier persona asociaría al cánido, pero esto originaría “otra historia de animales”…

© Texto y poemas de Lupus, Javier Pastor. Dibujos y fotografías de los autores reseñados. Prohibida la reproducción de los contenidos de este artículo sin autorización escrita previa e indicación de origen.


Mi agradecimiento y admiración a los fotógrafos y dibujantes de la Naturaleza:

Nicole Bouglouan: http://www.oiseaux-birds.com/
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viernes 25 de diciembre de 2009, 08:02:11
BUITRE LEONADO - AVIFAUNA IV -
Tipo de Entrada: ARTICULO | 6 Comentarios


Clase: Aves
Orden: Falconiformes
Familia: Accipitridae
Género y especie: Gyps fulvus, buitre leonado o común, sai – arre, voltor comú, griffon vulture, vautour fauve, grifo, grifone , gänsegeier.
Hábitat: Rupícola de espacios abiertos
Alimentación: Necrófaga
                                                                   ____________________________________

   El calor es opresivo, el sol desdibuja una informe bola ennegrecida, eclipsada por nubes ingentes de miríadas de insectos que, sin apenas espacio, pululan en enjambres de mórbidas plagas. En los campos, la muerte florece en una lúgubre primavera de rígidas flores esqueléticas, amortajadas de colores acartonados y sanguinolentos. Huesos putrefactos, carne agusanada, cadáveres hinchados como odres corrompidos. Sobre la tierra, la carnaza se esparce hasta el horizonte, apestada por la obscenidad de la podredumbre; en una anarquía infecta, bajo un paisaje nauseabundo. La mueca distorsionada de la muerte campa a sus anchas; ríe satisfecha de sí misma, enloquecida por la barbarie de la escena. El mirar se hastía; los sentidos se embrutecen; cada bocanada de aire se transforma en un acto heroico que elude la asfixia. El hedor estrangula la garganta; se espesa, rezuma fluidos mortuorios para formar charcas pestilentes de miasmas y pútridas aguas.
   Nada es como antes: la Tierra se exhuma en una fosa común abierta a cielo raso. Putrefacción, enfermedad, pestilencia... ¿ A dónde fueron los Saneadores Necrófagos ? ¿ Sueño o realidad futurible ? El que esta tétrica panorámica pertenezca al horror de una pesadilla, o pueda cobrar forma de aciaga premonición, depende – en gran parte – de la mano del hombre. Si nos arrogamos como Jueces de la Creación, dueños y siervos de nuestras acciones, abramos el puño para extender la mano; equilibremos la balanza, para valorar al buitre leonado  en su justa medida. Miremos hacia su interior; volemos juntos,  con las alas de la empatía, hasta el origen, donde el hombre y el ángel necrófago nacieron del vientre de Madre Natura. Leamos parte de su historia para conocerlo ... 

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   La leyenda nace más allá de todo recuerdo;  donde el fósil pétreo forma palabra y los milenios impregnan la pátina de las Eras. En el laberinto del tiempo donde éste transcurre sin importancia, para dársela a la vida que evoluciona, o se extingue, o que, insondablemente, nunca sabremos de su posible existencia. Una extraña criatura de cola ósea y pico dentado bate torpemente sus incipientes alas; se impulsa, salta al vacío y ... ¡ vuela ! La levedad de las plumas suavizan su carácter reptiliano: Archaeopteryx lithographica, la primera ave que concibe Madre Natura.  Entre las primigenias nubes del Neógeno,  una figura emplumada y gigantesca dibuja círculos sobre la carroña de un mastodonte. Su sombra pertenece a la mayor ave voladora que haya existido sobre la faz de la Tierra, hija evolutiva de los extintos dinosaurios: Argentinavis magnificiens,  colosal rapaz de 8 m de envergadura que, irremisiblemente, va a difuminarse entre los nubarrones tormentosos del Mioceno.

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    A su estela, surge el rey de la dinastía de los Necrófagos, Teratornis merriami, la primera gran rapaz, de 4 m de distancia alar, que los ojos humanos asocian con el ritual de la muerte. En la otra orilla del océano, en el Viejo Mundo, la saga Gypaetine entrona al hoy extinto Gyps melitensis.
Heredero de este linaje de necrófagos euroasiáticos planea Gyps fulvus, buitre común o leonado; príncipe carroñero que extiende sus alas desde Iberia hasta India, meciéndose en las cálidas corrientes térmicas de influencia mediterránea.
   La Península Ibérica alberga la Gran Colonia – 85 % de la población mundial y 95 % de la europea -, merced a su generosidad como biotopo ( p. ej.: geología caliza, clima, disponibilidad secular de alimentos – pastoreo y fauna – o relieve ); para nominarse como subespecie, Gyps fulvus fulvus, con una población que no supera las 24.500 parejas – en retroceso por hambruna, a raíz de las normas preventivas contra la enfermedad de las vacas locas, EEB o encefalopatía espongiforme bovina; y la crisis alimentaria que, desde el año 2002, padece la familia necrófaga - ubicadas en  1.000 colonias, con un  nº.   poblacional: Portugal, limitada en el oeste por la barrera oceánica, cuenta con 31 colonias – p. ej.: Castelo Branco -  y menos de 300 parejas, concentradas en la línea fronteriza oriental. En el territorio español destacan 3 provincias: Navarra – 1ª provincia y 4ª comunidad autónoma -, 11,5 % de la población ibérica; Burgos, 10,7 %; y Huesca, 9,8 %. Y, como colonias emblemáticas: Hoces del Riaza, 400 parejas – la mayor buitrera del planeta -, y río Duratón, 272, en Segovia; o Foz de Burgui, 275, y Foz de Arbayún, 230, en Navarra. Para extender el patrimonio buitrero – ausente como nidificante en Galicia, costa sureste e islas – por las distintas comunidades autónomas: Aragón, 26 %, parejas distribuidas en 207 colonias -  Peñas Albas y Salto del Roldán –, especialmente en Huesca y Teruel.  Castilla y León, 24 %, 187 buitreras tan importantes como Hoces del Riaza o Duratón, a orillas de sus respectivas cuencas hidrográficas; o la prolijidad de la cuenca del río Carrión, Burgos. Andalucía, 12, 5 %, 147 colonias – Peñón de Zaframagón o Aciscar -; la mayoría en Cádiz y la ausencia en Huelva y en la costa este. Navarra, 11,5 %, 64 colonias, con dominio en las sierras prepirenaicas y la corona del reino, foces de Burgui y de Arbayún, en el extremo oriental.  En menor porcentaje – inferior al 10 %  y por orden de importancia-  se distribuyen por: Castilla La Mancha, Extremadura, La Rioja, Cantabria, País Vasco, Catalunya, Madrid, País Valencia, Asturias y Murcia

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 Si de los buitres ibéricos, el alimoche peca de migrador africano; y el buitre negro junto al quebrantón se redimen como sedentarios. El buitre común vuela entre estas dos tendencias opuestas: En la sedentaria, los adultos - responsables progenitores de su único hijo - precisan un hogar estable donde criarlo. Y, en la estación migratoria,  actúan en el teatro Colonial - sin moverse del escenario - como rapaces sedentarias, felices enamorados y excelentes padres, interpretando el papel de sus vidas; al representar, año tras año, la obra del ciclo reproductor. El gusanillo del nomadeo lo suplen con pequeñas escapadas de carácter estacional ( herencia atávica,  raíz del hábito de escoltar a las extintas manadas de ungulados en tiempos pretéritos  y al pastoreo de la cabaña ganadera ) en busca de alimento, para planear en los cielos invernales sobre llanuras, mesetas y monte bajo; y ascender de cota al compás de la temperatura; y, a la luz de los rayos primaverales y del verano, pastorear las montañas – costumbre más extendida en el norte peninsular-.
   La tendencia migradora la protagoniza el hijo. El paso de volantón a joven independiente lo celebra con unas largas vacaciones bajo el sol septentrional de África, a merced de las ascendentes térmicas del Sahara. Al rebufo  de los tibios aires otoñales, los inmaduros arrumban hacia el sur o suroeste; planean, desde sus natales colonias, hasta el embudo del Estrecho de Gibraltar. Obstáculo difícil, pero no insalvable para aves planeadoras. Al no formarse, en la superficie marina, ni vientos ascendentes de ladera ni corrientes térmicas; los buitres – alumnos aventajados en aerodinámica y climatología – aguardan el empuje de los vientos de cola ( malo, este; bueno, oeste; y óptimo, noroeste ) y, a caballo de ellos, cambiar de continente. La climatología adversa ( lluvias continuadas, niebla baja, cambio o cese del viento ... ) puede truncar el viaje y ahogar para siempre su vida – 20 / 35 años - ; convirtiéndose el Estrecho de Gibraltar en el punto negro de las migraciones otoñales y primaverales – en sentido inverso, al menos para parte de ellos – del buitre leonado.

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   Su morfología y peculiar gusto gastronómico van parejos el uno y el otro, hermanados con la funcionalidad y la adaptación. Como herencia rapaz, sus ojos castaños en oro, disponen de una buena visión capaz de divisar una carroña a 2.000 m de distancia. O identificar, en el aire, las ondulaciones de las corrientes térmicas ( carreteras aéreas de navegación, donde los leonados se convierten en auténticos maestros ); poseen  dos fóveas, una de percepción lateral, monocular e independiente y la otra, central, de visión binocular. Su pico es curvado, de corto gancho distal – ineficaz en apuñalamientos y apto para desgarrar -; afilado y robusto, 5 – 6 cm, de color hueso con extremos en gris oscuro. Estuche de cirujano que saja la piel, abre la brecha necesaria por donde penetrar el cráneo alargado y estrecho – facilita la entrada -. Éste es de  altura ligeramente mayor que el de su cuchillo de carnicero, a modo de empuñadura – sin técnica de caza ni enemigos, ¿ quién precisa cerebro para defenderse o atacar ? -. Guarda una lengua acanalada que utiliza a modo de pistón, útil para tragar la pitanza lo más rápido posible hacia el esófago.

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   En la cabeza – aparentemente desnuda de plumas -  asoma un plumón corto y poco espeso de color blanco cremoso ( material idóneo: reducido para disminuir los inconvenientes de hurgar en el cadáver, poco propicio a la colonización de bacterias nocivas y. de ubicarse, expuestas a la letal radiación solar; pero de gran calidad térmica al aislarle del exterior ) que se prolonga por el largo y musculoso cuello, 50 / 60 cm ( adaptación trófica para extraer trozos de alimento del interior de la carcasa ); inapreciable en vuelo, al embozarlo entre la gorguera y el plumaje, y minimizar las pérdidas de calor que, en altura, pueden ser considerables. No sólo desempeña funciones anatómicas o alimentarias sino etológicas; va más allá – tanto que, a veces, sucumbe asfixiado en el laberinto cárnico, trabado en el ocasional cepo del costillaje – al expresar, con sus posturas, diferentes actitudes sociales ( agresividad, dominancia, celo, jerarquía, relevos, etc. ). En su base presenta un collarín emplumado, tan característico, que bautiza a la especie: buitre común, más conocido como “ leonado ” por su excelente melena de plumas, a imagen de la espectacular peluca leonina y el color pardo áureo de la librea. Este ramillete plumoso – llamado gorguera, gorla o collareta -  presenta,  en los adultos, un color blanquecino para  oscurecerse, en distintos matices térreos, en los ejemplares inmaduros ( clave para diferenciar las distintas edades: joven, inmaduro, subadulto ). Bolsa de la compra y despensa de alimentos, su buche, generoso y expansible, le permite guardar reservas y, sobre todo, transportar – en época de cría – la pitanza que alimentará al pollo.

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   Si el color del plumaje – al denominarse buitre leonado – no debería plantear dudas; los diferentes matices de pardo examinan la agudeza visual del naturalista y entretienen su larga espera en busca de una correcta identificación. La edad ( jóvenes de primer año, segundo ...; inmaduros, subadultos; adultos y, en éstos, madurez o vejez ) o el estado de muda, aportan sutiles tonalidades con un patrón común: librea en pardo oscuro, para aclararse en las plumas del dorso, rémiges secundarias, zona anterior de las alas, pecho y vientre; éstos últimos, a veces, con matices rojizos. Y ennegrecerse en las rémiges primarias, saturadas de eumelanina ( pigmento protector que endurece las plumas contra la climatología y las reyertas en las carroñadas), con los extremos digitales muy separados. Poderosa envergadura alar, 225 – 290 cm, y ala plegada, 63 – 76 cm ( sexaje por la longitud alar, ligeramente mayor en la hembra -; tan sólo superada por su pariente ibérico, buitre negro – Aegypius monachus -, la mayor ave europea ). Plumaje críptico, común y poco vistoso que optimiza la captación solar y mimetiza su postura en la buitrera ( a ojo de montañero, sería más fácil buscar las blancas deyecciones  que tiñen las paredes, para, a continuación, localizar al dueño de las mismas ), que tiende a palidecer y aclararse con la edad. Tanta importancia otorga el buitre a su traje de supervivencia que, diariamente, dispensa un mínimo de dos horas a su mantenimiento.

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   Para ello, utiliza dos técnicas: una personal y corta en el tiempo; la otra más duradera y colectiva. En la primera, el aseo comienza con los rayos del amanecer. El buitre esponja y ahueca el plumaje, para que la humedad, la brisa y el vivificante astro oreen cada rincón de su anatomía. Terminará con la extensión de sus alas cara al sol, para formar una cruz a barlovento. Una excelente manera de inaugurar la actividad de la jornada. Al Gyps Saneador le sirve de limpieza matutina para asearse el cuerpo, y como lavado de imagen que arranque la venda de los prejuicios en aquellos humanos que, por desconocimiento o desprecio, caminen ciegos o tuertos por la senda de Madre Natura.

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   La segunda técnica no sólo es más laboriosa y extensa, sino que se realiza en grupo. Tras la ingesta; los buitres, ensangrentados y sucios, buscan aguas someras para poder bañarse, con buena exposición al sol y al viento ( charcas, orillas fluviales, pozas y remansos de poco calado; en general, aguas de escasa profundidad ubicadas en parajes solitarios donde se sientan protegidos ).  Si introducir el pico y el cuello en las entrañas cadavéricas de un desconocido implica una generosa manera de pringarse; la batalla campal de la carroñada termina, definitivamente, por rematar la faena. El plumaje sucio, desordenado y, a veces, con parásito polizón a bordo, requiere de una higiene a conciencia. Mientras unos vigilan la zona, otros inician el ritual del baño: primero hunden la cola; mojan el ala, luego la otra; para finalizar con la inmersión de la cabeza y, con movimientos convulsivos, empaparse el dorso y el pecho; algún oportuno retoque con el pico enderezará  la pluma más aviesa. El agua se transforma en un elixir revitalizante que recompone la  maltrecha armadura emplumada tras la batalla – una buena razón de porqué las buitreras y los cursos fluviales se hermanan -. De nuevo en la orilla, a pequeños saltos – en esto sus garras romas le ayudan – se ubicará en la zona más soleada y ventosa. El tiempo corre en su contra, pues con el plumaje empapado pierde su capacidad de vuelo y la vulnerabilidad aparece, para acobardar hasta al pajarraco más grandote. Desplegará las alas en cruz, el asolamiento obsequia al guerrero con un merecido reposo; en el cual, la radiación solar ayudará a la síntesis de la vitamina D, desparasitación, termorregulación y mantenimiento del plumaje. Las tandas se suceden una tras otra. Limpios y desparasitados, el agua y algún resto de plumas yacen como silenciosos testigos.

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   La muda principal huye del aletargador frío, para desnudarse, poco a poco, en plena canícula – junio y septiembre -. Las plumas de vuelo – rémiges y rectrices – se deshojan, alternativamente, desde el interior del ala hacia los extremos digitales; sin armonía ni concierto, en un caos orquestado, para no desarbolar la capacidad volátil, ni agotar su energía.
   En los laterales del pecho leonado, entre plumillas blancas, asoman dos calvas pectorales de piel desnuda que tiñen de color sus emociones. Impulsado por sus tendencias sociales, el emotivo buitre despliega, a voluntad, dos pequeños círculos de piel coloreada: el pellejo con tonalidades azulonas manifiesta un estado apacible; por el contrario, un matiz rojo rosáceo dispara la alerta en su sistema nervioso y la excitación por hambre o dominancia en el grupo ondean , a los ojos de los necrófagos colegas, estampados en el universal color del peligro.  Auténticos semáforos conductuales que regulan el tráfico del comportamiento buitrero, al expresar cada individuo hambruna, agresividad, quietud, posición jerárquica, etc. En una especie tan poco habladora, el lenguaje visual se trueca en palabra y mensaje: el grupo ojea las distintas señales que transmite cada individuo.
   El timón de vuelo oscurece el plumaje en una negra cola corta, 27 – 33 cm, y de punta cuadrada, donde sobresalen las dos remeras centrales, más largas que sus vecinas. Aún así, de los buitres ibéricos, protagoniza la segunda menor dimensión timonera – correspondiente al pequeño alimoche -, merced a que no precisa gobernar complicados y repentinos virajes.  Su derrota navega sencilla y pausada, pero, en caso necesario,  con un buen apoyo en las corrientes térmicas débiles, y como eficaz freno de aterrizaje, esencial en los exiguos posaderos rocosos.

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   Otra adaptación funcional, en este caso a sus gustos gastronómicos, lo forman sus tarsos grises, 10 – 12, 5 cm; tren de aterrizaje más propio de un pesado boeing que de un caza de combate, ya que, el buitre leonado, no es guerrero depredador ni podría serlo ( otra cuestión plantearían los puntuales episodios de ataques al ganado enfermo, parturiento o herido; reales, no cabe la desconfianza, intensificados en primavera – partos -; fruto, en general, de la irracional hambruna – daño colateral a raíz de la EEB -, y, en particular, de la imperiosa necesidad de las cebas. Sin extenderme: el leonado si no ingiere carroña se extingue porque no dispone de armas ni de cualidades para predar; y el pollo si ingiere menos calorías fallece de inanición, ya que no ralentiza su crecimiento como en las nidadas de otras aves ). Sus garras de largos dedos y uñas poco arqueadas, se ejercitan como pies en tierra y apoyo equilibrante en la pose de la cópula; sin ninguna capacidad prensil, ni opción hiriente. Si las observáramos aisladas del cuerpo, pensaríamos más bien en las patas de una gallinácea grandota, antes que en las garras de una rapaz.
   Desde la estética humana existen dos posturas del buitre que arrancan un grito de admiración. Una de ellas, común y cotidiana; al ver su inconfundible silueta planear pausadamente en el cielo, con una parsimonia mayestática. Y, seguro de sí mismo, exhibirse con el deleite narcisista que otorga el poder de ser observado por todos. La otra, más difícil de observar. En las distancias cortas, ésta última, nos acerca mucho al necrófago ibérico: En tierra, tras la lluvia, el rocío matutino o la sesión de baño; su silueta se estira; se agranda y ahueca el plumaje al compás de la sorpresa en  nuestros ojos; extiende las alas, para erguirse sobre sus tarsos con el cuello altivo. Forma una cruz de 7 – 11 kg de peso; de altura no inferior al metro, 100 – 120 cm, y brazos de casi 3 m. Se asolea para secarse y, en la mayor superficie posible, sentir el tacto del sol y del viento. Al contraluz, su imagen evoca escenas cinematográficas y, si la imaginación se rumia en el alma, la película adquiere estatuilla de Oscar. A plena luz, simplemente, fascina.
   Ojear su perfil recortado en el cielo, no por común, deja de maravillar: Grandes alas rectangulares con extremos digitales muy marcados, en fuerte contraste entre la negritud de éstos y el tono parduzco de aquéllas. La cabeza recogida, enfundado el cuello en el plumaje, invisible, y los tarsos hacia atrás, en línea aerodinámica, para cerrar la silueta con una breve cola oscura, ligeramente arqueada.

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   La corpulencia de una gran ave suspendida en el aire; su planeo pausado, casi estático, en espirales ascendentes que lo empequeñecen a la vista, para engrandecerlo de admiración. Una cruz emplumada  en la lejanía, y otra, muchas más ...; un enjambre de alas infinitas; una horda de jinetes del aire que cabalgan entre las nubes; un etéreo camposanto de lápidas insepultas, livianas y móviles, que reciclan la muerte. Buitre y Parca, espiritualidad y ley natural.  Desde que el hombre asoció al buitre con la presencia de Tánatos , sublimó la escena, para enraizarla en la religiosidad de múltiples culturas, y vestir la androfagia con ropajes de inmortalidad.  Las Torres del Silencio – dokhmas -, sarcófagos a cielo abierto, donde los parsis – etnia indopersa – depositan a sus muertos para que manen como gotas de energía en el manantial de Madre Natura, y sus almas, limpias,  gocen de la luz de Zoroastro. O el bronco sonido de las luengas trompetas tibetanas, música y reclamo de los monjes budistas que llaman, a golpe de pulmón, al ángel necrófago para que ingiera el cuerpo del difunto y así libere su alma.
   En Iberia, solamente los guerreros celtíberos caídos en batalla ( la incineración se consideraba común y de inferior rango social ), poseían el honor de que sus almas galopasen a lomos de leonados hacia el cielo eterno, donde gozarían del Paraíso – tras la previa ingesta –  . Sai arre, nombre en euskera del alado, nomina lugares y montañas donde el pueblo de Euskal Herria ritualizaba la muerte de sus hijos, bajo la sombra litúrgica del Ángel Necrófago ( Saioa, nombre femenino euskaldun y montaña navarra. Etimología vasca: Sai = buitre + ohea = cama ). Rituales y ceremonias funerarias entroncadas en la espiritualidad del hombre que, a lo largo de la historia, han sido emuladas por diferentes culturas de la geografía del buitre leonado.

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 Alas estáticas, henchidas de parsimonia, planean con la quietud que otorga el poder del vuelo a vela. Gyps, el patriarca de las térmicas, se corona como soberano del reino de los planeadores. ¿ Cómo una rapaz tan grande puede ser maestra en el arte del vuelo a vela ? Por las adaptaciones al mismo y una morfología peculiar que intenta hacerlo más ligero que el aire: Aunque porta un potente cuerpo - ¿ os acordáis ? 7 – 11 kg -, cuenta con la presencia de sacos aéreos ubicados en el abdomen y en los huesos, que le confieren una baja densidad. Unas anchas alas rectangulares que componen un único plano semirrígido con las primarias combadas hacia arriba – a causa de la presión del aire -, divergentes, que consiguen minimizar las turbulencias. Junto a la mayor carga alar, 0 ,77 g / cm2  - cantidad de masa a soportar por unidad de superficie de ala-, de los buitres ibéricos. Una buena visión que le permite focalizar las ondulaciones del mapa aerotérmico. Estas cualidades se complementan con un notable conocimiento de su entorno; en especial, aplicado desde la perspectiva aerológica  ( meteorología, radiación solar ...; propiedades físicas del aire en la atmósfera libre ): los vientos favorables en las distintas cotas; las zonas de mayor insolación y la hora solar; las condiciones atmosféricas y, sobre todo, las corrientes de aire: convergentes, de ladera y térmicas. En estas últimas, el patriarca del clan, instaura cátedra cum laude. Las térmicas se forman en superficies recalentadas; donde el aire tórrido se dilata, disminuye su densidad y, como consecuencia, asciende por el centro, mientras el flujo negativo desciende por los extremos. Se forma un cilindro de corrientes ascendentes que pueden alcanzar una altura y anchura considerables, 4.000 x 1000 m.  El leonado se posiciona en la columna central, como rey en trono; ciclea  con pausados aleteos que dibujan largas espirales, sin salirse jamás de la calidez de su frontera ( más allá de la térmica, el buitre precisaría batir las alas – vuelo batido -, con lo cual, en breve, se agotaría ). Toma altura, sin esfuerzo, en un vuelo de remonte basado en un planeo que describe órbitas concéntricas, aprovechándose del poder elevador de la corriente hasta la altura deseada; para descolgarse lentamente – vuelo tendido -  y recorrer distancias hacia el nacimiento de otra térmica, y proseguir la secuencia – en forma de dientes de sierra -. Palpa, con sus dedos emplumados, el rostro del cielo; con la curiosidad de un niño y el tacto de un invidente.

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      La elegancia del vuelo a vela elige a Gyps fulvus como rey de las térmicas y maestro de las corrientes convergentes y de ladera. Ésta nace del choque de los flujos de aire contra el irregular relieve, muchas veces de tendencia vertical. Mientras las convergentes producen un pasillo al chocar dos masas de aire de sentido opuesto. La insolación y el relieve abrupto constituyen los pilares de las corrientes de aire, y éstas el germen del vuelo a vela. Gracias a esta económica técnica de navegación puede recorrer una extensa área de campeo ( 50 / 80 km lineales en Pirineos, donde es usual el trasiego fronterizo; para aumentar el área – superar los 100 km desde la colonia – al disminuir la disponibilidad alimentaria ). Y alcanzar 60 / 70 km/hora; o 35 / 45 km/h en velocidad de crucero, con un leve gasto energético de 0, 040 g de grasa corporal por kilómetro recorrido ( el vuelo de aleteo o batido derrocha mucha energía, consume 1,20 g/km; el colibrí precisa consumir más de su propio peso en alimento – néctar, azúcares -, para no devorarse así mismo ). O permitirse el derroche de descender a 165 km/h  en las caídas en picado.
   En el alba y en el ocaso, por su austera aerología, menudean los vuelos de planeadores. Sin embargo, ornitólogos, naturalistas y gentes del entorno buitrero han podido observar, incrédulos y admirados, cómo entre los claroscuros del sol, ocasionalmente las plumas de los leonados rozaban la línea del horizonte. No sé si como acto de protesta contra la biología ortodoxa ( sí, la de la venda oficial en los ojos; esa que no sale de los despachos, funciona por decreto y trueca la bota de monte por el calcetín de ejecutivo ); o como ventana de investigación a la etología de campo.

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   Sentados, a pie de un cantil, observemos cómo navega el buque insignia de la Armada de los planeadores: Desde la percha dominante en la colonia o en  cualquiera de las atalayas de un ocasional dormidero ( en sendos casos con preferencia de roca caliza y terreno cercano proclive a la formación de corrientes ascendentes ); la paciencia – y no la pereza -  otorga rango de espera hasta que las buenas condiciones aerológicas ( viento favorable o radiación solar ) impulsen al planeador leonado. Se arroja al vacío sin apenas batir las alas, a la captura de una corriente ascendente que lo eleve sin esfuerzo. Los rayos solares caldean la atmósfera, forman burbujas de aire tórrido que engruesan el chorro cálido. El planeador se posiciona para describir largas y sucesivas espirales que lo remontan – sin sobrepasarlas, ya que, fuera de ellas, precisaría ciclear – en un magistral vuelo a vela, hasta la cota preferida ( avistamientos de buitres en altura cercana a los 8.000 m ), normalmente inferior a 1.000 m, si bien gusta superarla varias veces al día -  1.500 / 3.500 m -.  A velocidad de crucero, las alas navegan en un pausado ejercicio planeador que enlazará con una diagonal descendente hacia una nueva térmica – vuelo de planeo - y así encadenar, con distintas técnicas, un económico y efectivo viaje . De esta manera recorre grandes distancias, al combinar el aprovechamiento de las corrientes ascendentes con el vuelo de transición que las une.
   La quietud del planeo contrasta con la incesante oscilación lateral de su cabeza, que, ojo avizor, atisba la orografía despejada de arbolado en busca de carnaza. Nos adentramos en los dominios de la rapaz carroñera por antonomasia, donde estos vuelos de rastreo, con la finalidad de llenar el buche, ocupan el 55 / 65% de la jornada solar ( mayor en invierno – disminución de horas de luz y de carroñas -, menor en verano ). En esta cuestión, el gregarismo del buitre optimiza la detección del alimento; campear en grupo para que “ muchos ojos ” oteen la zona. Cuando aparecen las adecuadas condiciones aerológicas  propicias para el inicio de los planeos; la colonia se dispersa hacia la rosa de los vientos; inspeccionan el territorio, distanciados unos de otros por un par de centenares de metros, sin perder el contacto visual. La visión entra en escena, jamás el olfato ( en las aves este sentido es imperceptible, con escasos ejemplos que rompen la regla como ciertas aves marinas – albatros o fragatas – o el austral kiwi. Tan sólo, en el Nuevo Mundo, los catártidos , auras del género Cathartes – p. ej.: Aura selvática – detectan la carroña, en medio de la espesura vegetal, a través de las emanaciones fétidas – amoniaco, sulfuro de hidrógeno o mercaptanos -. Curiosamente, la sabiduría popular – en este caso errónea – ha atribuido a nuestro ibérico leonado esta cualidad olfativa; usándose el término “ ventear, oler ”  cuando acudían a limpiar una carcasa).

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   Gyps fulvus avizora su particular área de campeo en busca de un animal inerte que, falto de actividad o con signos de rigor mortis, pudiera incluirse en el menú del día ( necrófago con preferencia de carcasas mayores; si bien abarca desde grandes ungulados hasta pequeñas carroñas, con una dependencia secular de animales domésticos, en función de la cabaña ganadera dominante en cada área. Y , en un porcentaje mínimo, de la caza mayor – cérvidos, jabalí, rebeco, cabra montés, etc . -, usualmente, por el extravío de piezas heridas. La disponibilidad alimentaria ajusta las poblaciones que, una vez más a raíz de la EEB, caen en picado ).  En la mayoría de los casos, los avistamientos se producen gracias a la intervención de la avanzadilla necrófaga: pequeños carroñeros – córvidos y milanos – y medianos – alimoches, águilas, zorros, etc. -. Los primeros en detectar un cadáver acostumbran a ser los córvidos; gracias a su cantidad, variabilidad de biotopos y costumbre de campear cerca del suelo. Las populares y omnipresentes urracas, junto a los inteligentes cuervos pululan alrededor de la carcasas; manifiestan saltos y graznidos donde el ruido, los brillos iridiscentes del plumaje y el contraste bicolor entre el blanco y el negro, impactan en los ojos de un ciego y claman en los oídos de un sordo. La mezcolanza de sonidos y destellos se expande como una onda alrededor  del cadáver, para alertar al resto de comensales. Desde el  aire, milanos, águilas y alimoches aterrizan para posicionarse. Por tierra la infantería necrófaga, comandada por el zorro, marca el paso a una variedad de oportunistas. Un funeral atípico donde plañideras y enlutados asistentes graznan, chillan, brincan y corretean alrededor del difunto. No movidos por el dolor, sino por la pena de no encontrar un orificio que abra el duro pellejo, a través del cual hincarle el diente. Frontera anatómica que exige un salvoconducto – pico y fuerza -  expedido por los necrófagos superiores: buitre negro – la mayor rapaz europea, tesoro ornítico localizable en el sudeste peninsular, con una población inferior a 1.900 parejas – y el común leonado. El batiburrillo de formas y colores atrae la atención de los observadores buitres.

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   El planeo en círculos se masifica, un enjambre de plumas dibuja en el cielo una gigantesca “rueda”( memorización y señalamiento del lugar ). Cuanto más tiempo giren, más individuos se incorporarán a la mesa y menor parte de pitanza satisfarán sus estómagos. La prudencia o el temor – escójase según criterio personal – planean en la rueda necrófaga, hasta que el hambre les echa un pulso y, como siempre, vence -  no existe mejor estímulo que un buche vacío -. El descenso de uno de ellos desencadena, como caídas fichas de dominó, la imitación del resto ( refuerzo social ). Rompen la rueda giratoria para picar en una diagonal descendente; señales visuales que anuncian: “ servicio de comedor abierto, sírvase según apetito ”.

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 Esta acción se contagia, para propagarse como un virus por todo el grupo. Al acercarse al lugar de la carroñada encogen las alas, despliegan los tarsos y aterrizan, para formar un perímetro alrededor del cadáver. Raramente se abalanzan sobre él. El tempo decide la jerarquía, y ésta no entiende otro lenguaje que no sea la hambruna. En este punto se rompe el gregarismo de los leonados, la Hermandad del Santo Planeo, y cada cual va a lo suyo. Digamos que les va al pelo – en este caso a la pluma – el dicho: “ juntos pero no revueltos ”. La camadería, compadreo y buen rollo se nublan en tormenta de rayos y truenos, para cargarse el ambiente hasta electrizar la atmósfera y estallar en chispazos de voraz apetito.

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    El hambre provoca agresividad al inducir reacciones fisiológicas internas ( p. ej.: inclinan la cabeza para potenciar la insalivación – primera barrera higiénica – y la producción de jugos gástricos; sus estómagos asemejan una botica de alquimia donde los componentes químicos de sus jugos neutralizan enfermedades letales y propias de la putrefacción ). Y externas, donde un pajarraco feote y macabro – o, según se interprete, de beldad sumergida y hábitos góticos – cruza al lado oscuro – aún más – y de rapaz tímida y apocada se transforma en buitre dominante.

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   Su reciente status jerárquico no lo impone la robustez, el sexo, la edad o alguna medalla social, sino la inquisición de las tripas herejes, vacías de alimento y llenas de retorcijones. Desafía al resto de comensales con un rictus de extrema agresividad: Se le erizan las plumas de la gorguera; levanta un tarso con la garra amenazante; arquea las alas y estira el cuello, rígido como una lanza, hacia los contrincantes más cercanos. De la pose belicosa pasa al acto de guerra: Escupe salivazos, brinca y golpea con las alas, mientras despacha picotazos y arremete con los dedos engarrados.

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   La pelea barriobajera – más teatro que real – despeja el campo de batalla, para aislar al guerrero victorioso ( por observaciones efectuadas,  acostumbra a dominar el buitre negro – escaso y limitado por la ubicación geográfica – sobre el común; y, entre éstos, la supremacía de los adultos - experiencia y envergadura - .) con su botín de guerra, mientras los vencidos observan – sin probar bocado – cómo don Agresivo Del Buche Vacío, líder de la reyerta, va a cambiar de apellidos y, en breve, hasta de nombre.

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   Ojea el cadáver en busca del camino fácil: Ojos y lengua – delicatessen cadavéricas rapiñadas frecuentemente por la avanzadilla de necrófagos menores -, axilas, zona genital y demás orificios naturales, mamas o heridas abiertas ocupan sus prioridades. Puesto a sudar, tira de pico y acuchilla el vientre para premiarse con una comilona de vísceras – toda la casquería imaginable – y musculatura blanda. Su capacidad de deglutir es asombrosa, ya que, conocedor de su efímero reinado, intuye que un buche lleno dulcifica el carácter más hosco. A su alrededor,  la comparsa de buitres se inquieta; algún cabecilla famélico sobresaldrá con ánimo de arrebatar la corona al reyezuelo de turno.

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    El platillo de la balanza gastronómica se inclinará siempre en el lado del más combativo; la corona real es ostentada por los miembros más hambrientos. Si el volumen de la cena lo permite, los relevos en la dominancia se suceden, hasta que el número de carroñeros aumenta tan desmesuradamente – agota el espacio-  que impide las peleas e inhibe el ritual jerárquico.  El grupo se abalanza sobre el cadáver, para formar un batiburrillo de plumas desordenadas donde la alternancia gastronómica releva al buche casi saciado por el pico famélico. La supremacía de la élite dominante sucumbe derrocada por la vulgar hambruna plebeya; en una lucha de clases donde la masa buitrera devora el cadáver con una prontitud asombrosa. Las apetencias de los comensales se distribuyen la pitanza: los buitres negros, minoritarios y jerárquicos, acaparan las partes más duras y externas de la carcasa, con poca querencia a hurgar a fondo con el pico y concentrarse más en la periferia. Los leonados, las más blandas e internas; ambos, relajándose la actitud en función del tamaño del plato. Los alimoches sisan minúsculos pedazos y los quebrantahuesos fragmentan la osamenta. Una cadena de optimización de  la energía, donde el aprovechamiento trófico de los buitres ibéricos adquiere rango de sumo saber, una vez más guiados de la mano maestra de Madre Natura. Alrededor del círculo de los necrófagos superiores, los necrófagos inferiores pululan avispados para meter cuchara en la olla común del caos buitrero y rapiñar cualquier trozo perdido capaz de saciar sus pequeños estómagos. Pobre recompensa para los verdaderos descubridores de la carroña, eficaces ojeadores que han de conformarse, injustamente,  con tan exigua golosina.

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       Mientras estos últimos, bien por su variedad trófica que no precisa exclusividad alimenticia o por su reducido volumen estomacal,  se conforman con mínimos tentempiés. Los buitres comunes presentan límites tan distanciados, como recompensas a base de atracones bulímicos ( comilonas del 10 / 15%  de su peso corporal de una sentada ). O ayunar durante varias semanas sin mermar su salud, glotones en la abundancia y ascetas en la carestía. Extremos quizás adquiridos a raíz de sus hábitos carroñeros; recursos alimentarios tan inexorables en la Naturaleza, como imprevisibles en el tiempo.  Raramente se nutre todos los días; varias carroñadas se espacian a lo largo de la semana, con unas consumiciones – 100 g de carne = 140 kcal -  que superan su metabolismo basal, 540 Kcal/día, para cubrir sus necesidades energéticas diarias, 775 Kcal. Para ello precisa ingerir 470 / 630 g que, anualmente, pueden alcanzar hasta los 190 kg de carne pútrida, gratuitamente erradicada del medio natural ( acción imposible para las compañías de recogida de reses muertas que cubren este servicio con excelentes ganancias; por el contrario aportan contaminación, costes económicos, ecológicos y temporales ... ).

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   El acto de la carroñada presenta un denominador común: la sabiduría  de Madre Natura ( quizá desde un punto de vista humano sea repulsivo, macabro e incluso violento; en cambio, brilla como un diamante a la luz de Madre Natura. Si empatizamos, en el fondo, todos nos nutrimos de cadáveres: el filete del cuerpo animal – obviamente en mejor estado -, o la menestra del ente vegetal ). Por un lado la eficacia energética – regla de oro buitrera – al diseñar una rapaz tan grande y de extenso campeo que adquiera ese grado vital con tan impredecible aportación alimenticia. Y, lo que es más importante, que gracias a esta actividad trófica; el menospreciado buitre se convierte en actor ecológico, sanitario y reciclador al minimizar los estados de putrefacción, limitar la proliferación de insectos o romper el ciclo biológico de parásitos, evitar la contaminación visual - ¿ os imagináis el campo como un cementerio a cielo abierto ? – y de acuíferos, junto a la expansión de epidemias.  E incorporar un residuo – la carcasa – al ciclo de la energía, revertir el último estado de la materia animal en la cadena trófica y potenciar la vitalidad de la Tierra; la muerte transmutarla en vida. Además, seamos sinceros, delante de un plato pútrido, lleno de moscas y gusanos; con sabor a enfermedades y regusto mortífero, maloliente y de peor catadura. ¿ Quién osa hincarle el diente ? Por mucho que quisiera presumir de afectos ecológicos, no me alcanza tanto el cariño como para sentarme, ni siquiera, a la mesa. ¿ Y vosotros ? Aunque sólo sea por su labor: mi gratitud y admiración hacia este héroe necrófago que hunde el pico en el problema de todos, para solucionarlo sin esperar ninguna recompensa.
    Tras la comilona requiere, como mínimo, una hora para realizar la digestión. Los más astutos y veteranos intentarán ubicarse en el mejor terreno propicio al despegue,  ya que esta maniobra se convierte en una odisea para tan rollizo pajarraco.

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   La pitanza se trueca en un peso adicional que dificulta tomar vuelo – puede regurgitar para echar lastre -. El leonado, vulnerable en tierra, rompe su regla de oro – economizar energía -, para superar la crisis a golpe de costosos cicleos de alas y brincos, basado en un torpe correteo impulsado por un violento batir de alas. Y es que para muchos adultos en el rol de padres, más que una comida, portan el futuro de la colonia, en forma de biberón para sus hijos.
Los padres no presentan dimorfismo sexual; distinguir el género del individuo resulta un ejercicio de adivinación. En la etapa reproductora, y más patente en el cortejo, la iniciativa y la actividad más acusada de la hembra, delata el sexo. En cuestiones de amor y de familia, Gyps fulvus, presume de monógamo, buen compañero de plataforma nidal y excelente padre. En el lado sombrío, la mediocridad de sus vuelos nupciales oscurecen el cielo amoroso, para darle un toque de amante simplón, y convertirse, hasta cierto punto, en la oveja negra del rebaño de las aves rapaces. El ciclo reproductor es amplio -  desde últimos de noviembre hasta abril -; como buena rapaz desoye el dicho: “ aquí te pillo, aquí te mato ”, para tomarse su tiempo, formar una familia e iniciar la seducción. Si como amante continúa la tónica volátil de las aves con breves cópulas; como novio galanteador se esfuerza en mejorar. Y si no alcanza el virtuosismo de las bellísimas danzas nupciales del águila real; estiliza sus aéreos pasos de baile.

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   La luz invernal ilumina la escena: Macho y hembra, muy juntos, planean sincronizados para elevarse en círculos que trazan espirales. El expectante novio, pegado a la silueta de la novia, retarda sus reacciones unos segundos, a la espera de la iniciativa y dominancia de ella. Los dedos emplumados de uno acarician el extremo de las alas del otro. A imitación, otras parejas de la colonia pueden planear al unísono, para iniciar vuelos nupciales; coreografía sexual en un ballet agrupado. El cielo se transforma en una pista de baile donde el cortejo alcanza rango de acto social que aúna los lazos íntimos entre la pareja, y de ésta con la colonia ( refuerzo social ). A gran altura la pareja expone su amor. Súbitamente la hembra pica en un descenso controlado; el galán desciende tras ella, aumenta la velocidad hasta posicionarse encima de ella con los tarsos y las garras extendidas, casi tocándose. Ralentizan la imagen en una difícil postura que eternizan durante segundos, para romperla y remontar el vuelo a golpe de ala.  En altura reiniciará la secuencia un par de veces. Esta danza nupcial, propia del cortejo, se ha podido visualizar, fuera del mismo, con la sorprendente novedad del cambio de pareja: inmaduros, ejemplares del mismo sexo, tándem en pequeños grupos, etc. Comportamiento etológico que pudiera interpretarse como un ritual social, acentuado en el celo. La reiteración en los pasos aburre al más bailón; como la monotonía peca de mala compañía en la pareja, describen, al unísono, círculos sobre la plataforma nupcial, para deshacer la tendencia, descender y posarse en el mismo nido o sus cercanías.

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      Los preámbulos a la cópula concluyen con un baile a pie de roca, en una danza sincronizada donde los enamorados se acercan gesticulando exagerados movimientos de cuello y cabeza. Ella inclina el dorso hacia el suelo y ladea la cola para exponer la cloaca – genitales -. Simultáneamente  el macho monta sobre su espalda, impulsado por aleteos que mantienen un precario equilibrio los segundos precisos para contactar las cloacas; algún toque suave con el pico en el cuello enternece  la transmisión genética. Las cópulas se reiteran durante el día, e incluso, perduran durante todo el ciclo reproductor – con presencia incluida del pollo -. Actividad sexual que afianzan los vínculos de pareja – fieles de por vida – por un lado. Y, por parte del macho, asegura su paternidad – estrategia de supremacía espermática – al diluir, con su propio semen, los hipotéticos espermatozoides ajenos ( la vecindad de la colonia puede producir sorprendentes entradas de cama ). Tanta actividad erótica eleva la libido en los inmaduros – jóvenes no aptos sexualmente -  que, excitados, imitan a los adultos en el cortejo, pero sin consumar el acto.

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   Durante la luna de miel, la hembra ingiere piedrecitas de caliza y huesecillos para calcificarse de cara a la formación de la cáscara y del esqueleto del embrión. El amor pasional apenas les deja tiempo para la búsqueda de nido. En esta cuestión, los buitres demuestran pocas exigencias; llevan la contraria a otras rapaces – p. ej. águila real y quebrantahuesos – y, comparativamente, su plataforma asemeja a un destartalado y pobretón cuartucho del bloque rocoso de la colonia. En la gran casa de todos, la buitrera, las repisas y pequeñas cuevas con techo protector se convierten en suite nupcial ( nidificación excepcional en la copa de árboles y en el suelo ). La querencia por cantiles calizos es notoria, 74%, con una media altitudinal de 800 m. La orientación óptima encara el Sur y las variantes Este y Oeste, evitando la exposición Norte; y que ubique, dentro de su territorio, aguas someras ( baño ).
   La territorialidad, casi nula, se limita a poco más del perímetro de la plataforma, que protegen de sus cercanos vecinos con leves ademanes defensivos. Tan sólo lanzarán algún picotazo de advertencia si algún inmaduro – los jóvenes del primer año, por inexperiencia o torpeza, pueden malograr la puesta – o depredador – córvidos – cruzan la línea. La pareja comparte la construcción de la cuna; aportarán palos – 1 / 2 cm de diámetro -, mechones de lana y pelo, retales de pieles y restos vegetales de la zona ( brezos, aullagas, hierba, paja, etc. La calidad y la variedad son importantes, ya que el pollo, literalmente, se comerá el nido ) a modo de mullido tapiz, 65 / 100 cm de diámetro y 15 / 25 cm de espesor. Si no encuentran una plataforma expropian los nidos de otras rapaces, principalmente, águilas y quebrantahuesos; o, sencillamente, roban el material al primer descuido, o por la imposición bruta de su amenazante tamaño.

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   La puesta de un único huevo (  estrategia de supervivencia del buitre, ya que, a diferencia de los pollos de otras aves, la escasez de alimento en éste no ralentizaría su crecimiento, como es común, sino que lo encamina a la inanición ), ocasionalmente dos, acontece a finales de enero, fecha variable en función de la zona peninsular. El huevo blanco, 90 / 70 mm, presenta unas motas pardo rojizas y un peso de 227 / 250 g, correspondiente al 2,5 % del peso de la hembra. La incubación y crianza se comparten; si bien se esmera más la madre, el padre da ejemplo de paternidad responsable al resto de buitres ibéricos. Si por cualquier motivo se malograra la puesta, pueden realizar una segunda entre marzo y abril. Los relevos se espacian con la finalidad de minimizar la pérdida de calor y lograr que, con climatología adversa, no descienda la temperatura del embrión de 42º C – al mismo tiempo que voltean el huevo periódicamente -; y optimizar la búsqueda de carroña.
   El cambio de rol (  clueca a localización de alimento ) se ritualiza por medio de una curiosa danza, donde los padres mueven cabeza y cuello en un alocado hip hop. La incubación dura, prácticamente, 2 meses, 52 / 58 días; el pollo romperá el cascarón a últimos de marzo o principios de abril. Una cabeza blanca, junto a un cuerpecito de color cremoso o grisáceo, recubierto de plumón poco denso y aspecto endeble, 170 g, asoman tímidamente entre el plumaje protector de uno de sus padres; principalmente, la hembra, sobre todo en el periodo de crianza de mayor vulnerabilidad y dependencia. Si en otras rapaces, el hermano mayor actúa de Caín – cainismo -, la fraternidad distorsionada, en el caso del pollo leonado, se incrimina de rigor climatológico y de escasez de alimentos. Los cuidados y atenciones de sus padres se extreman hasta tal punto que gana el doble del peso. En esta etapa crucial, mientras la madre empolla, el macho intensifica la búsqueda de carcasas (en función del carácter impredecible de la disponibilidad alimentaria, se esforzará, inicialmente, en cadáveres de ovinos y caprinos, con continuas cebas – calidad media -; para espaciarse éstas progresivamente al desarrollo del polluelo, y mejorar la calidad nutricional con carroñas de bovinos  ). De vuelta en la plataforma y con el biberón preparado regurgitará el festín, para que la hembra ingiera los trozos grandes y reserve los mejor tragables a su retoño. Si la pitanza tuviera consistencia de papilla, la vomitaría directamente del buche al pico del pollo. O, bien éste, impaciente e impulsivo, piará y picoteará hasta conseguir su deseo. Demuestra tal ansia de alimentarse ( cuestión de supervivencia, ya que de no lograrlo con la regularidad necesaria, al contrario que otras especies, moriría de inanición ) que teatraliza una puesta en escena para captar la atención e inducir el vómito nutritivo del progenitor que aterriza en la plataforma.
   El ritual comienza con la súbita aparición de uno de los padres en el nido ( en las primeras semanas acostumbra a ser el macho ). El pollito actor se deja ver con claridad para exhibir una postura laxa; abate las alas hasta tocar la plataforma; se echa sobre los tarsos para erizar las plumas escapulares y del dorso. A voluntad agita el cuerpo, notándose principalmente en la zona alar. Iza el cuello, mientras pía y acerca su pico al del adulto. Imagen que mantiene durante un par de minutos. Una vez transcurridos, inhibe la verticalidad de la cabeza y del cuello, junto al erizamiento del plumaje, para decaer el cuerpo y retroceder respecto al adulto. Tras varios aparatosos levantamientos y descensos consecutivos de cabeza y cuello, reinicia el ceremonial de los primeros pasos, para concluirlo con la regurgitación del adulto o su despegue en fuga, harto del pedigüeño comilón. Este ritual se torna recurrente no sólo en su permanencia nidal, sino hasta su total emancipación. Su glotonería alcanza cotas pantagruélicas y, mientras el hijo se sacia, el padre no cata bocado, por lo cual sufre un estado de hambruna que le espolea para la captación y lucha en las carroñadas.

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       Los relevos se suceden para cuidar siempre al pollo ( p. ej., hurgar con el pico para desparasitarlo, cebas de alimento y de agua, parapetar con su cuerpo y alas para protegerlo de las inclemencias climatológicas – si el frío asesina, también matan los rayos solares en zonas de fuerte insolación -, etc. ). A la segunda semana puede erguirse sobre sus tarsos; a partir de la tercera adquiere el segundo plumón de color blanco amarillento, más largo y denso, junto al despunte de las primeras plumas de la gorguera.  Al mes asoman los cañones y los padres le otorgan más independencia; se intensifican las ausencias paternas ( baño, asoleamiento, vuelos de captación de carroñas, etc. ) y disminuyen las cebas ( usualmente al mediodía y a la tarde ). Aumentan la cantidad y calidad del alimento, 300 – 700 g, para satisfacer su voraz apetito. En esta cuestión, el pollo parece tener un agujero en el buche. Insiste pedigüeño y estimula la regurgitación con picoteos; eriza las plumas del dorso; mueve la alas al bajar la cabeza – sumisión – y pía con gritos roncos. Estrategia emocional que ablanda el corazón del buitre más duro y vacía el buche paterno. Como aderezo no es de extrañar que ingiera, a modo de guarnición, algún pequeño resto vegetal de la plataforma; por ello, los padres siguen acarreando materiales para reconstruirlo. A los 2 meses alcanza los 6 kg de peso y aparece casi emplumado. Sus estancias solitarias en el nido, las ocupa con ejercicios de musculación, principalmente alares. Esta relativa independencia puede atraer la voracidad de algún depredador hambriento que, como regalo de bienvenida y plato a degustar, recibirá del pollo una nauseabunda vomitona que espantará al osado visitante. Los escasos encuentros de la familia al completo se reducen a las cebas, cada vez más distanciadas, incluso en más de un día; la protección alar, a modo de parasol, contra la fuerza de los rayos solares y el adiestramiento en los cuidados del nuevo plumaje.

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   Conforme transcurren las semanas, la fortaleza y confianza en sí mismo van parejos a su nueva imagen,  alejada de la endeblez del polluelo y cercana al vigor del volantón. La plataforma empieza a parecerle un reducido espacio impropio de una ave de su tamaño y condición. Explora la periferia, tantea los límites de su feudo y, de paso, chequea su valor. Instinto y genética lo empujan al vuelo. El miedo al abismo lo ata a la roca. El señor de las térmicas, amo del vuelo planeador y primo de los buitres del Himalaya – Gyps himalayensis -, campeadores de los techos de la Tierra, siente temor al primer vuelo. La osadía, el poder de la sangre y la sed de aventuras rompen la imagen del pollo temeroso, para destacar, en el cielo azul, la silueta del recién estrenado volantón.  Sus primeros vuelos acontecen a los 4 meses, entre julio y agosto, al  calor de las térmicas del estío.

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    Una larga permanencia en la plataforma, de 110 a 132 días – periodo menor fuera de la cordillera pirenaica -, inducida por la exclusividad trófica de las carroñas y, por ende, de la mayor o menor frecuencia de las cebas. Esta baja tasa de crecimiento ( llamada en biología “ estrategia K ”: poca descendencia pero con alta esperanza de vida, donde consumar muchos ciclos reproductivos. En oposición a la modalidad reproductiva del tipo R: mucha descendencia, pero con pocos ciclos reproductivos – p. ej.: roedores, conejos, anfibios, etc.- ), si bien ha sido un valor seguro que ha propiciado el auge de la especie. Desde el brote de la EEB se ha devaluado a cotas escandalosas; hasta tal punto que, según observaciones de naturalistas y ornitólogos, ha hecho descender su éxito reproductor – 0,60 / 0, 80 pollo / huevo – y su productividad – 0, 55 / 0, 70 pollo / pareja –, según zonas y colonias,  a índices ruinosos. Ajeno al filo de la espada de Damocles, el volantón leonado explora los alrededores de su colonia natal; sólo o en compañía de sus padres, que aún siguen alimentándole. 

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   Si la canícula engruesa, a su favor, las corrientes térmicas; en negativo, arma tormentas que, súbitamente, empapan su plumaje, provocando un aterrizaje forzoso o un posadero inesperado; muchas veces lejos del tutelaje y abastecimiento paternos y demasiado cerca de las fauces oportunistas de un depredador avispado.  En el aire no mejora la situación; peleas y encontronazos con otras rapaces – águila real y calzada, alimoches, quebrantahuesos e incluso el pequeño halcón peregrino – y de los audaces córvidos, le incomodan e incordian con ataques de tarsos y golpes de ala. Competidores unos e incómodos vecinos otros, caldean aún más el ambiente veraniego; cruda realidad que reforzará su instinto gregario, apartándolo de otras especies emplumadas para unirlo más al propio. Durante varias semanas aprenderá de sus progenitores la vida cotidiana – en su cara y en su cruz -  de un buen buitre leonado.
   Si en vuelo, las diferencias físicas entre el joven y sus padres son inapreciables; en un posadero, cara a cara, se aprecian matices que los desmarcan: De igual tamaño y corpulencia, en el hijo su plumaje aparenta más volumen y grandiosidad; con ello mejora en equilibrio y capacidad de sustentación – imprescindibles en un patoso juvenil, inexperto y torpe -, en detrimento de la eficacia de vuelo. Asimismo colorea el pecho y el vientre en tonalidades castaño rojizas rayadas en blanco – adulto, más claro y uniforme -; de plumas lanceoladas, inicialmente, para redondearse su extremo con posterioridad. Plumaje más oscuro y contrastado que, a partir del segundo año, clarea y palidece a lo largo de las mudas postjuveniles – 3 / 4 años -. Gorguera de plumillas pardas – adulto, collareta en blanco -. El iris del ojo en castaño oscuro grisáceo – adulto, amarillo marronáceo; se agrisácea  conforme adquiere edad, hasta alcanzar el terminante tono ambarino –, y la punta del pico clara – adulto, gris oscuro -.

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   Octubre marca la disgregación de la familia. Los padres, con la mira puesta en el cercano cortejo nupcial, se desentienden del unigénito. A su vez, el inmaduro experimenta un impulso atávico al nomadeo que lo aleja del territorio de cría. La dispersión juvenil ( aumenta con la saturación de la colonia y, en el caso de los jóvenes del año, su permanencia supone un hecho excepcional ) le impele al  vagabundeo en dirección sur / suroeste hacia el embudo de Gibraltar y atravesar el mar Mediterráneo a tierras saharianas. Tras la estancia, parte de ellos regresarán al hogar natal ( desarrollan querencias de filopatría, muy marcadas en otro buitre ibérico: el quebrantahuesos ). Los movimientos errantes junto a la vida sabática – usualmente 5 años al adquirir la madurez sexual, 4 / 7 años -, fijan el ancla al encontrar un pisito en la gran comuna, la buitrera, que como biotopo óptimo precisará de roca caliza, recursos alimenticios e hídricos y una atmósfera tórrida donde fluyan las térmicas. Estas querencias ecológicas que han favorecido su expansión peninsular, para catalogar a la especie “ fuera de peligro ”; menudean en Europa – catalogación “ vulnerable ” -, donde el abuso del veneno e inferiores recursos tróficos han diezmado y minimizan las poblaciones.

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   Si alguna mente confundida, ignorante o retrógrada pudiera suponer que tirotear – cárguese la bala con la pólvora de las acciones directas e indirectas del hombre - a un buitre no sea un acto criminal sino de justicia ante un ocasional ataque al ganado, e incluso una medida necesaria para controlar poblaciones, que conserve un poco – muy poquito – de paciencia, ya que el trabajo sucio lo estamos realizando entre todos: El buitre si malcome, muere o no cría. En una especie de baja reproducción - ¿ os acordáis, estrategia K ? – la merma en las colonias y, lo que es peor, la viabilidad generacional, cuestionan su futuro; al menos, como una de las especies rupícolas reina de la avifauna ibérica. Dentro de un par de décadas, el buitre leonado puede decaer a tal mínimo poblacional que , del esplendor ibérico, naufrague bajo la marejada de una crisis ecológica. Enfermedades presentes y venideras – p. ej. EEB – precisan de medidas correctoras menos políticas y más inteligentes; ya no hablemos de ética – hoy comes para limpiar la cocina, mañana quizá, si interesa -, ni de jugar a ser Dios. Podemos hablar de economía y pensar en cuánto nos costaría la ausencia de buitres y, en especial, en que Doña Parca, la negra señora, requiere de un enterrador para no ser engullida por sí misma. Madre Natura ha parido a los necrófagos como hijos que encadenan la muerte con la vida, e impulsar el ciclo de la energía. El buitre, rey de cúspide en la pirámide trófica, cumple su papel a la perfección como agente sanitario, ecológico, reciclador ... Aún va más allá, presta su cuerpo – junto a la hiena – a la investigación médica de vanguardia, que estudia su extraordinario sistema inmunológico, barrera infranqueable contra el aliento letal de múltiples enfermedades; quizá mañana nos salve la vida.

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   Por el momento rescatemos la suya, como huésped a veces molesto y poco deseado, no está asegurada su existencia. Curiosamente, el máximo exponente de la cadena trófica, encumbrado en la punta del vértice y sin depredador conocido, sucumbe en las fauces del Homo sapiens - ¡ cómo no ! -. La intromisión del hombre, la humanización del hábitat en general y, en particular, en la zona de cría ( medidas proteccionistas de diciembre hasta agosto en la zona de nidificación  );expolio de nidos, y rotura de la cáscara del huevo y mortandad de embriones a causa de pesticidas y plaguicidas ( acumulativos en la grasa de los animales ). La caza: matar rapaces no sólo estaba bien visto, sino que premiado. En 1902 los ayuntamientos españoles recompensaban al ejecutor de cualquier “ alimaña ” – cajón de sastre donde cabían todos los animales competidores del hombre, incluido el leonado -. En 1953, las autoridades franquistas, reglamentaron el holocausto, para denominarlo, eufemísticamente, Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección de la Caza, donde se institucionalizó al alimañero y se apoyó el genocidio de especies depredadoras y carroñeras. Todo ello ha malformado al cazador y paisanos del medio rural que, históricamente, han bebido de este ponzoñoso caldo de cultivo. Con cierto paralelismo, el veneno – en sus distintas formas y más usualmente, la estricnina -, otrora ha sido depositado como letal golosina por mandato de responsables de fincas y cotos. Si bien hecho punible en la actualidad – y bomba de relojería en la cadena trófica -, conserva un club de admiradores integrado por pérfidos personajillos de variadas motivaciones, y algún que otro pobre empleado temeroso de perder su salario. Para contrarrestar este malvado hábito se precisan campañas de información, dirigidas a los grupos de riesgo ( cazadores, gestores de cotos, población rural ). Y por el otro, campañas de control a pie de campo que minimicen y denuncien estos actos delictivos. En menor escala, la guillotina indetectable de las palas de los aerogeneradores y los cables metálicos, junto a la mortal silla eléctrica de las torretas de alta tensión, que desperdigan los cadáveres como macabros trofeos de una urbanizada cacería.
   En el presente, la gran herida que desangra las colonias ibéricas mana a borbotones por una hambruna naciente en el año 2002 a causa de la EEB; y, como consecuencia, la aplicación de la normativa europea sobre el abandono de restos animales en el campo y la obligación del cierre de muladares. Las observaciones de naturalistas y ornitólogos dan la voz de alarma ante el drástico descenso en el éxito reproductor y la productividad del buitre leonado; y, por ende, de la viabilidad de las colonias.

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    ¿ Sería inteligente despilfarrar nuestro patrimonio ornítico ? Si las acciones emprendidas para “ descartar contagios ” han sido, cuando menos, desproporcionadas; matar  un pájaro a cañonazos ( la mecha encendida, con gusto y pingües beneficios, por el holding “ carroñero ” – empresas de recogida de animales muertos, productores de grasa animal y derivados, etc. - ) y cuya metralla destroza a otras rapaces, alguna de ellas con poblaciones en estado crítico.
   ¿ Sería ético exterminarlos por hambre ? Secularmente no sólo han contribuido a solucionar la eliminación de las carroñas, sino a la conservación de un modelo de vida, la ganadería extensiva, que ha esculpido el paisaje y vertebrado la Iberia rural.
   Y si descendemos de altas cotas al mundano nivel crematístico, ¿ cuánto dinero se invertía “ antes ” del anno horribilis 2002 y cuánto ahora ?

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   En el diseño de la vida, la importancia de los carroñeros es crucial al dar continuidad al ciclo de la energía en el último eslabón de la cadena trófica. El buitre leonado, por común y habitual a nuestros ojos, quizá sea el emblema de los necrófagos ... No despreciemos su imagen, ni ignoremos su gran labor ecológica. Nuestras acciones pueden determinar su futuro. No actuemos como caprichosos diocesillos, sino como inteligentes humanos; protejamos al Gyps fulvus, cuando menos por su esfuerzo durante siglos en efectuar un servicio tan imprescindible como ingrato.  Al descubrir su silueta en el cielo, mirémosle con respeto, ¡ se lo debemos !

 

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Mi agradecimiento y admiración a los fotógrafos de la naturaleza:

Nicole Bouglouan http://www.pbase.com/nicolebouglouan
Manolo Lázaro  http://www.fotonatura.org/galerias/7568/
Javier Milla http://www.javiermilla.es/Buitres/index.htm
Teo Todorov http://cocn.tarifainfo.com/spip/
José Luis Rivero -  http://www.objetivoverde.es/


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