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viernes 25 de diciembre de 2009, 07:02:11
BUITRE LEONADO - AVIFAUNA IV -
Tipo de Entrada: ARTICULO | 6 Comentarios | 86917 visitas


Clase: Aves
Orden: Falconiformes
Familia: Accipitridae
Género y especie: Gyps fulvus, buitre leonado o común, sai – arre, voltor comú, griffon vulture, vautour fauve, grifo, grifone , gänsegeier.
Hábitat: Rupícola de espacios abiertos
Alimentación: Necrófaga
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   El calor es opresivo, el sol desdibuja una informe bola ennegrecida, eclipsada por nubes ingentes de miríadas de insectos que, sin apenas espacio, pululan en enjambres de mórbidas plagas. En los campos, la muerte florece en una lúgubre primavera de rígidas flores esqueléticas, amortajadas de colores acartonados y sanguinolentos. Huesos putrefactos, carne agusanada, cadáveres hinchados como odres corrompidos. Sobre la tierra, la carnaza se esparce hasta el horizonte, apestada por la obscenidad de la podredumbre; en una anarquía infecta, bajo un paisaje nauseabundo. La mueca distorsionada de la muerte campa a sus anchas; ríe satisfecha de sí misma, enloquecida por la barbarie de la escena. El mirar se hastía; los sentidos se embrutecen; cada bocanada de aire se transforma en un acto heroico que elude la asfixia. El hedor estrangula la garganta; se espesa, rezuma fluidos mortuorios para formar charcas pestilentes de miasmas y pútridas aguas.
   Nada es como antes: la Tierra se exhuma en una fosa común abierta a cielo raso. Putrefacción, enfermedad, pestilencia... ¿ A dónde fueron los Saneadores Necrófagos ? ¿ Sueño o realidad futurible ? El que esta tétrica panorámica pertenezca al horror de una pesadilla, o pueda cobrar forma de aciaga premonición, depende – en gran parte – de la mano del hombre. Si nos arrogamos como Jueces de la Creación, dueños y siervos de nuestras acciones, abramos el puño para extender la mano; equilibremos la balanza, para valorar al buitre leonado  en su justa medida. Miremos hacia su interior; volemos juntos,  con las alas de la empatía, hasta el origen, donde el hombre y el ángel necrófago nacieron del vientre de Madre Natura. Leamos parte de su historia para conocerlo ... 

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   La leyenda nace más allá de todo recuerdo;  donde el fósil pétreo forma palabra y los milenios impregnan la pátina de las Eras. En el laberinto del tiempo donde éste transcurre sin importancia, para dársela a la vida que evoluciona, o se extingue, o que, insondablemente, nunca sabremos de su posible existencia. Una extraña criatura de cola ósea y pico dentado bate torpemente sus incipientes alas; se impulsa, salta al vacío y ... ¡ vuela ! La levedad de las plumas suavizan su carácter reptiliano: Archaeopteryx lithographica, la primera ave que concibe Madre Natura.  Entre las primigenias nubes del Neógeno,  una figura emplumada y gigantesca dibuja círculos sobre la carroña de un mastodonte. Su sombra pertenece a la mayor ave voladora que haya existido sobre la faz de la Tierra, hija evolutiva de los extintos dinosaurios: Argentinavis magnificiens,  colosal rapaz de 8 m de envergadura que, irremisiblemente, va a difuminarse entre los nubarrones tormentosos del Mioceno.

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    A su estela, surge el rey de la dinastía de los Necrófagos, Teratornis merriami, la primera gran rapaz, de 4 m de distancia alar, que los ojos humanos asocian con el ritual de la muerte. En la otra orilla del océano, en el Viejo Mundo, la saga Gypaetine entrona al hoy extinto Gyps melitensis.
Heredero de este linaje de necrófagos euroasiáticos planea Gyps fulvus, buitre común o leonado; príncipe carroñero que extiende sus alas desde Iberia hasta India, meciéndose en las cálidas corrientes térmicas de influencia mediterránea.
   La Península Ibérica alberga la Gran Colonia – 85 % de la población mundial y 95 % de la europea -, merced a su generosidad como biotopo ( p. ej.: geología caliza, clima, disponibilidad secular de alimentos – pastoreo y fauna – o relieve ); para nominarse como subespecie, Gyps fulvus fulvus, con una población que no supera las 24.500 parejas – en retroceso por hambruna, a raíz de las normas preventivas contra la enfermedad de las vacas locas, EEB o encefalopatía espongiforme bovina; y la crisis alimentaria que, desde el año 2002, padece la familia necrófaga - ubicadas en  1.000 colonias, con un  nº.   poblacional: Portugal, limitada en el oeste por la barrera oceánica, cuenta con 31 colonias – p. ej.: Castelo Branco -  y menos de 300 parejas, concentradas en la línea fronteriza oriental. En el territorio español destacan 3 provincias: Navarra – 1ª provincia y 4ª comunidad autónoma -, 11,5 % de la población ibérica; Burgos, 10,7 %; y Huesca, 9,8 %. Y, como colonias emblemáticas: Hoces del Riaza, 400 parejas – la mayor buitrera del planeta -, y río Duratón, 272, en Segovia; o Foz de Burgui, 275, y Foz de Arbayún, 230, en Navarra. Para extender el patrimonio buitrero – ausente como nidificante en Galicia, costa sureste e islas – por las distintas comunidades autónomas: Aragón, 26 %, parejas distribuidas en 207 colonias -  Peñas Albas y Salto del Roldán –, especialmente en Huesca y Teruel.  Castilla y León, 24 %, 187 buitreras tan importantes como Hoces del Riaza o Duratón, a orillas de sus respectivas cuencas hidrográficas; o la prolijidad de la cuenca del río Carrión, Burgos. Andalucía, 12, 5 %, 147 colonias – Peñón de Zaframagón o Aciscar -; la mayoría en Cádiz y la ausencia en Huelva y en la costa este. Navarra, 11,5 %, 64 colonias, con dominio en las sierras prepirenaicas y la corona del reino, foces de Burgui y de Arbayún, en el extremo oriental.  En menor porcentaje – inferior al 10 %  y por orden de importancia-  se distribuyen por: Castilla La Mancha, Extremadura, La Rioja, Cantabria, País Vasco, Catalunya, Madrid, País Valencia, Asturias y Murcia

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 Si de los buitres ibéricos, el alimoche peca de migrador africano; y el buitre negro junto al quebrantón se redimen como sedentarios. El buitre común vuela entre estas dos tendencias opuestas: En la sedentaria, los adultos - responsables progenitores de su único hijo - precisan un hogar estable donde criarlo. Y, en la estación migratoria,  actúan en el teatro Colonial - sin moverse del escenario - como rapaces sedentarias, felices enamorados y excelentes padres, interpretando el papel de sus vidas; al representar, año tras año, la obra del ciclo reproductor. El gusanillo del nomadeo lo suplen con pequeñas escapadas de carácter estacional ( herencia atávica,  raíz del hábito de escoltar a las extintas manadas de ungulados en tiempos pretéritos  y al pastoreo de la cabaña ganadera ) en busca de alimento, para planear en los cielos invernales sobre llanuras, mesetas y monte bajo; y ascender de cota al compás de la temperatura; y, a la luz de los rayos primaverales y del verano, pastorear las montañas – costumbre más extendida en el norte peninsular-.
   La tendencia migradora la protagoniza el hijo. El paso de volantón a joven independiente lo celebra con unas largas vacaciones bajo el sol septentrional de África, a merced de las ascendentes térmicas del Sahara. Al rebufo  de los tibios aires otoñales, los inmaduros arrumban hacia el sur o suroeste; planean, desde sus natales colonias, hasta el embudo del Estrecho de Gibraltar. Obstáculo difícil, pero no insalvable para aves planeadoras. Al no formarse, en la superficie marina, ni vientos ascendentes de ladera ni corrientes térmicas; los buitres – alumnos aventajados en aerodinámica y climatología – aguardan el empuje de los vientos de cola ( malo, este; bueno, oeste; y óptimo, noroeste ) y, a caballo de ellos, cambiar de continente. La climatología adversa ( lluvias continuadas, niebla baja, cambio o cese del viento ... ) puede truncar el viaje y ahogar para siempre su vida – 20 / 35 años - ; convirtiéndose el Estrecho de Gibraltar en el punto negro de las migraciones otoñales y primaverales – en sentido inverso, al menos para parte de ellos – del buitre leonado.

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   Su morfología y peculiar gusto gastronómico van parejos el uno y el otro, hermanados con la funcionalidad y la adaptación. Como herencia rapaz, sus ojos castaños en oro, disponen de una buena visión capaz de divisar una carroña a 2.000 m de distancia. O identificar, en el aire, las ondulaciones de las corrientes térmicas ( carreteras aéreas de navegación, donde los leonados se convierten en auténticos maestros ); poseen  dos fóveas, una de percepción lateral, monocular e independiente y la otra, central, de visión binocular. Su pico es curvado, de corto gancho distal – ineficaz en apuñalamientos y apto para desgarrar -; afilado y robusto, 5 – 6 cm, de color hueso con extremos en gris oscuro. Estuche de cirujano que saja la piel, abre la brecha necesaria por donde penetrar el cráneo alargado y estrecho – facilita la entrada -. Éste es de  altura ligeramente mayor que el de su cuchillo de carnicero, a modo de empuñadura – sin técnica de caza ni enemigos, ¿ quién precisa cerebro para defenderse o atacar ? -. Guarda una lengua acanalada que utiliza a modo de pistón, útil para tragar la pitanza lo más rápido posible hacia el esófago.

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   En la cabeza – aparentemente desnuda de plumas -  asoma un plumón corto y poco espeso de color blanco cremoso ( material idóneo: reducido para disminuir los inconvenientes de hurgar en el cadáver, poco propicio a la colonización de bacterias nocivas y. de ubicarse, expuestas a la letal radiación solar; pero de gran calidad térmica al aislarle del exterior ) que se prolonga por el largo y musculoso cuello, 50 / 60 cm ( adaptación trófica para extraer trozos de alimento del interior de la carcasa ); inapreciable en vuelo, al embozarlo entre la gorguera y el plumaje, y minimizar las pérdidas de calor que, en altura, pueden ser considerables. No sólo desempeña funciones anatómicas o alimentarias sino etológicas; va más allá – tanto que, a veces, sucumbe asfixiado en el laberinto cárnico, trabado en el ocasional cepo del costillaje – al expresar, con sus posturas, diferentes actitudes sociales ( agresividad, dominancia, celo, jerarquía, relevos, etc. ). En su base presenta un collarín emplumado, tan característico, que bautiza a la especie: buitre común, más conocido como “ leonado ” por su excelente melena de plumas, a imagen de la espectacular peluca leonina y el color pardo áureo de la librea. Este ramillete plumoso – llamado gorguera, gorla o collareta -  presenta,  en los adultos, un color blanquecino para  oscurecerse, en distintos matices térreos, en los ejemplares inmaduros ( clave para diferenciar las distintas edades: joven, inmaduro, subadulto ). Bolsa de la compra y despensa de alimentos, su buche, generoso y expansible, le permite guardar reservas y, sobre todo, transportar – en época de cría – la pitanza que alimentará al pollo.

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   Si el color del plumaje – al denominarse buitre leonado – no debería plantear dudas; los diferentes matices de pardo examinan la agudeza visual del naturalista y entretienen su larga espera en busca de una correcta identificación. La edad ( jóvenes de primer año, segundo ...; inmaduros, subadultos; adultos y, en éstos, madurez o vejez ) o el estado de muda, aportan sutiles tonalidades con un patrón común: librea en pardo oscuro, para aclararse en las plumas del dorso, rémiges secundarias, zona anterior de las alas, pecho y vientre; éstos últimos, a veces, con matices rojizos. Y ennegrecerse en las rémiges primarias, saturadas de eumelanina ( pigmento protector que endurece las plumas contra la climatología y las reyertas en las carroñadas), con los extremos digitales muy separados. Poderosa envergadura alar, 225 – 290 cm, y ala plegada, 63 – 76 cm ( sexaje por la longitud alar, ligeramente mayor en la hembra -; tan sólo superada por su pariente ibérico, buitre negro – Aegypius monachus -, la mayor ave europea ). Plumaje críptico, común y poco vistoso que optimiza la captación solar y mimetiza su postura en la buitrera ( a ojo de montañero, sería más fácil buscar las blancas deyecciones  que tiñen las paredes, para, a continuación, localizar al dueño de las mismas ), que tiende a palidecer y aclararse con la edad. Tanta importancia otorga el buitre a su traje de supervivencia que, diariamente, dispensa un mínimo de dos horas a su mantenimiento.

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   Para ello, utiliza dos técnicas: una personal y corta en el tiempo; la otra más duradera y colectiva. En la primera, el aseo comienza con los rayos del amanecer. El buitre esponja y ahueca el plumaje, para que la humedad, la brisa y el vivificante astro oreen cada rincón de su anatomía. Terminará con la extensión de sus alas cara al sol, para formar una cruz a barlovento. Una excelente manera de inaugurar la actividad de la jornada. Al Gyps Saneador le sirve de limpieza matutina para asearse el cuerpo, y como lavado de imagen que arranque la venda de los prejuicios en aquellos humanos que, por desconocimiento o desprecio, caminen ciegos o tuertos por la senda de Madre Natura.

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   La segunda técnica no sólo es más laboriosa y extensa, sino que se realiza en grupo. Tras la ingesta; los buitres, ensangrentados y sucios, buscan aguas someras para poder bañarse, con buena exposición al sol y al viento ( charcas, orillas fluviales, pozas y remansos de poco calado; en general, aguas de escasa profundidad ubicadas en parajes solitarios donde se sientan protegidos ).  Si introducir el pico y el cuello en las entrañas cadavéricas de un desconocido implica una generosa manera de pringarse; la batalla campal de la carroñada termina, definitivamente, por rematar la faena. El plumaje sucio, desordenado y, a veces, con parásito polizón a bordo, requiere de una higiene a conciencia. Mientras unos vigilan la zona, otros inician el ritual del baño: primero hunden la cola; mojan el ala, luego la otra; para finalizar con la inmersión de la cabeza y, con movimientos convulsivos, empaparse el dorso y el pecho; algún oportuno retoque con el pico enderezará  la pluma más aviesa. El agua se transforma en un elixir revitalizante que recompone la  maltrecha armadura emplumada tras la batalla – una buena razón de porqué las buitreras y los cursos fluviales se hermanan -. De nuevo en la orilla, a pequeños saltos – en esto sus garras romas le ayudan – se ubicará en la zona más soleada y ventosa. El tiempo corre en su contra, pues con el plumaje empapado pierde su capacidad de vuelo y la vulnerabilidad aparece, para acobardar hasta al pajarraco más grandote. Desplegará las alas en cruz, el asolamiento obsequia al guerrero con un merecido reposo; en el cual, la radiación solar ayudará a la síntesis de la vitamina D, desparasitación, termorregulación y mantenimiento del plumaje. Las tandas se suceden una tras otra. Limpios y desparasitados, el agua y algún resto de plumas yacen como silenciosos testigos.

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   La muda principal huye del aletargador frío, para desnudarse, poco a poco, en plena canícula – junio y septiembre -. Las plumas de vuelo – rémiges y rectrices – se deshojan, alternativamente, desde el interior del ala hacia los extremos digitales; sin armonía ni concierto, en un caos orquestado, para no desarbolar la capacidad volátil, ni agotar su energía.
   En los laterales del pecho leonado, entre plumillas blancas, asoman dos calvas pectorales de piel desnuda que tiñen de color sus emociones. Impulsado por sus tendencias sociales, el emotivo buitre despliega, a voluntad, dos pequeños círculos de piel coloreada: el pellejo con tonalidades azulonas manifiesta un estado apacible; por el contrario, un matiz rojo rosáceo dispara la alerta en su sistema nervioso y la excitación por hambre o dominancia en el grupo ondean , a los ojos de los necrófagos colegas, estampados en el universal color del peligro.  Auténticos semáforos conductuales que regulan el tráfico del comportamiento buitrero, al expresar cada individuo hambruna, agresividad, quietud, posición jerárquica, etc. En una especie tan poco habladora, el lenguaje visual se trueca en palabra y mensaje: el grupo ojea las distintas señales que transmite cada individuo.
   El timón de vuelo oscurece el plumaje en una negra cola corta, 27 – 33 cm, y de punta cuadrada, donde sobresalen las dos remeras centrales, más largas que sus vecinas. Aún así, de los buitres ibéricos, protagoniza la segunda menor dimensión timonera – correspondiente al pequeño alimoche -, merced a que no precisa gobernar complicados y repentinos virajes.  Su derrota navega sencilla y pausada, pero, en caso necesario,  con un buen apoyo en las corrientes térmicas débiles, y como eficaz freno de aterrizaje, esencial en los exiguos posaderos rocosos.

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   Otra adaptación funcional, en este caso a sus gustos gastronómicos, lo forman sus tarsos grises, 10 – 12, 5 cm; tren de aterrizaje más propio de un pesado boeing que de un caza de combate, ya que, el buitre leonado, no es guerrero depredador ni podría serlo ( otra cuestión plantearían los puntuales episodios de ataques al ganado enfermo, parturiento o herido; reales, no cabe la desconfianza, intensificados en primavera – partos -; fruto, en general, de la irracional hambruna – daño colateral a raíz de la EEB -, y, en particular, de la imperiosa necesidad de las cebas. Sin extenderme: el leonado si no ingiere carroña se extingue porque no dispone de armas ni de cualidades para predar; y el pollo si ingiere menos calorías fallece de inanición, ya que no ralentiza su crecimiento como en las nidadas de otras aves ). Sus garras de largos dedos y uñas poco arqueadas, se ejercitan como pies en tierra y apoyo equilibrante en la pose de la cópula; sin ninguna capacidad prensil, ni opción hiriente. Si las observáramos aisladas del cuerpo, pensaríamos más bien en las patas de una gallinácea grandota, antes que en las garras de una rapaz.
   Desde la estética humana existen dos posturas del buitre que arrancan un grito de admiración. Una de ellas, común y cotidiana; al ver su inconfundible silueta planear pausadamente en el cielo, con una parsimonia mayestática. Y, seguro de sí mismo, exhibirse con el deleite narcisista que otorga el poder de ser observado por todos. La otra, más difícil de observar. En las distancias cortas, ésta última, nos acerca mucho al necrófago ibérico: En tierra, tras la lluvia, el rocío matutino o la sesión de baño; su silueta se estira; se agranda y ahueca el plumaje al compás de la sorpresa en  nuestros ojos; extiende las alas, para erguirse sobre sus tarsos con el cuello altivo. Forma una cruz de 7 – 11 kg de peso; de altura no inferior al metro, 100 – 120 cm, y brazos de casi 3 m. Se asolea para secarse y, en la mayor superficie posible, sentir el tacto del sol y del viento. Al contraluz, su imagen evoca escenas cinematográficas y, si la imaginación se rumia en el alma, la película adquiere estatuilla de Oscar. A plena luz, simplemente, fascina.
   Ojear su perfil recortado en el cielo, no por común, deja de maravillar: Grandes alas rectangulares con extremos digitales muy marcados, en fuerte contraste entre la negritud de éstos y el tono parduzco de aquéllas. La cabeza recogida, enfundado el cuello en el plumaje, invisible, y los tarsos hacia atrás, en línea aerodinámica, para cerrar la silueta con una breve cola oscura, ligeramente arqueada.

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   La corpulencia de una gran ave suspendida en el aire; su planeo pausado, casi estático, en espirales ascendentes que lo empequeñecen a la vista, para engrandecerlo de admiración. Una cruz emplumada  en la lejanía, y otra, muchas más ...; un enjambre de alas infinitas; una horda de jinetes del aire que cabalgan entre las nubes; un etéreo camposanto de lápidas insepultas, livianas y móviles, que reciclan la muerte. Buitre y Parca, espiritualidad y ley natural.  Desde que el hombre asoció al buitre con la presencia de Tánatos , sublimó la escena, para enraizarla en la religiosidad de múltiples culturas, y vestir la androfagia con ropajes de inmortalidad.  Las Torres del Silencio – dokhmas -, sarcófagos a cielo abierto, donde los parsis – etnia indopersa – depositan a sus muertos para que manen como gotas de energía en el manantial de Madre Natura, y sus almas, limpias,  gocen de la luz de Zoroastro. O el bronco sonido de las luengas trompetas tibetanas, música y reclamo de los monjes budistas que llaman, a golpe de pulmón, al ángel necrófago para que ingiera el cuerpo del difunto y así libere su alma.
   En Iberia, solamente los guerreros celtíberos caídos en batalla ( la incineración se consideraba común y de inferior rango social ), poseían el honor de que sus almas galopasen a lomos de leonados hacia el cielo eterno, donde gozarían del Paraíso – tras la previa ingesta –  . Sai arre, nombre en euskera del alado, nomina lugares y montañas donde el pueblo de Euskal Herria ritualizaba la muerte de sus hijos, bajo la sombra litúrgica del Ángel Necrófago ( Saioa, nombre femenino euskaldun y montaña navarra. Etimología vasca: Sai = buitre + ohea = cama ). Rituales y ceremonias funerarias entroncadas en la espiritualidad del hombre que, a lo largo de la historia, han sido emuladas por diferentes culturas de la geografía del buitre leonado.

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 Alas estáticas, henchidas de parsimonia, planean con la quietud que otorga el poder del vuelo a vela. Gyps, el patriarca de las térmicas, se corona como soberano del reino de los planeadores. ¿ Cómo una rapaz tan grande puede ser maestra en el arte del vuelo a vela ? Por las adaptaciones al mismo y una morfología peculiar que intenta hacerlo más ligero que el aire: Aunque porta un potente cuerpo - ¿ os acordáis ? 7 – 11 kg -, cuenta con la presencia de sacos aéreos ubicados en el abdomen y en los huesos, que le confieren una baja densidad. Unas anchas alas rectangulares que componen un único plano semirrígido con las primarias combadas hacia arriba – a causa de la presión del aire -, divergentes, que consiguen minimizar las turbulencias. Junto a la mayor carga alar, 0 ,77 g / cm2  - cantidad de masa a soportar por unidad de superficie de ala-, de los buitres ibéricos. Una buena visión que le permite focalizar las ondulaciones del mapa aerotérmico. Estas cualidades se complementan con un notable conocimiento de su entorno; en especial, aplicado desde la perspectiva aerológica  ( meteorología, radiación solar ...; propiedades físicas del aire en la atmósfera libre ): los vientos favorables en las distintas cotas; las zonas de mayor insolación y la hora solar; las condiciones atmosféricas y, sobre todo, las corrientes de aire: convergentes, de ladera y térmicas. En estas últimas, el patriarca del clan, instaura cátedra cum laude. Las térmicas se forman en superficies recalentadas; donde el aire tórrido se dilata, disminuye su densidad y, como consecuencia, asciende por el centro, mientras el flujo negativo desciende por los extremos. Se forma un cilindro de corrientes ascendentes que pueden alcanzar una altura y anchura considerables, 4.000 x 1000 m.  El leonado se posiciona en la columna central, como rey en trono; ciclea  con pausados aleteos que dibujan largas espirales, sin salirse jamás de la calidez de su frontera ( más allá de la térmica, el buitre precisaría batir las alas – vuelo batido -, con lo cual, en breve, se agotaría ). Toma altura, sin esfuerzo, en un vuelo de remonte basado en un planeo que describe órbitas concéntricas, aprovechándose del poder elevador de la corriente hasta la altura deseada; para descolgarse lentamente – vuelo tendido -  y recorrer distancias hacia el nacimiento de otra térmica, y proseguir la secuencia – en forma de dientes de sierra -. Palpa, con sus dedos emplumados, el rostro del cielo; con la curiosidad de un niño y el tacto de un invidente.

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      La elegancia del vuelo a vela elige a Gyps fulvus como rey de las térmicas y maestro de las corrientes convergentes y de ladera. Ésta nace del choque de los flujos de aire contra el irregular relieve, muchas veces de tendencia vertical. Mientras las convergentes producen un pasillo al chocar dos masas de aire de sentido opuesto. La insolación y el relieve abrupto constituyen los pilares de las corrientes de aire, y éstas el germen del vuelo a vela. Gracias a esta económica técnica de navegación puede recorrer una extensa área de campeo ( 50 / 80 km lineales en Pirineos, donde es usual el trasiego fronterizo; para aumentar el área – superar los 100 km desde la colonia – al disminuir la disponibilidad alimentaria ). Y alcanzar 60 / 70 km/hora; o 35 / 45 km/h en velocidad de crucero, con un leve gasto energético de 0, 040 g de grasa corporal por kilómetro recorrido ( el vuelo de aleteo o batido derrocha mucha energía, consume 1,20 g/km; el colibrí precisa consumir más de su propio peso en alimento – néctar, azúcares -, para no devorarse así mismo ). O permitirse el derroche de descender a 165 km/h  en las caídas en picado.
   En el alba y en el ocaso, por su austera aerología, menudean los vuelos de planeadores. Sin embargo, ornitólogos, naturalistas y gentes del entorno buitrero han podido observar, incrédulos y admirados, cómo entre los claroscuros del sol, ocasionalmente las plumas de los leonados rozaban la línea del horizonte. No sé si como acto de protesta contra la biología ortodoxa ( sí, la de la venda oficial en los ojos; esa que no sale de los despachos, funciona por decreto y trueca la bota de monte por el calcetín de ejecutivo ); o como ventana de investigación a la etología de campo.

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   Sentados, a pie de un cantil, observemos cómo navega el buque insignia de la Armada de los planeadores: Desde la percha dominante en la colonia o en  cualquiera de las atalayas de un ocasional dormidero ( en sendos casos con preferencia de roca caliza y terreno cercano proclive a la formación de corrientes ascendentes ); la paciencia – y no la pereza -  otorga rango de espera hasta que las buenas condiciones aerológicas ( viento favorable o radiación solar ) impulsen al planeador leonado. Se arroja al vacío sin apenas batir las alas, a la captura de una corriente ascendente que lo eleve sin esfuerzo. Los rayos solares caldean la atmósfera, forman burbujas de aire tórrido que engruesan el chorro cálido. El planeador se posiciona para describir largas y sucesivas espirales que lo remontan – sin sobrepasarlas, ya que, fuera de ellas, precisaría ciclear – en un magistral vuelo a vela, hasta la cota preferida ( avistamientos de buitres en altura cercana a los 8.000 m ), normalmente inferior a 1.000 m, si bien gusta superarla varias veces al día -  1.500 / 3.500 m -.  A velocidad de crucero, las alas navegan en un pausado ejercicio planeador que enlazará con una diagonal descendente hacia una nueva térmica – vuelo de planeo - y así encadenar, con distintas técnicas, un económico y efectivo viaje . De esta manera recorre grandes distancias, al combinar el aprovechamiento de las corrientes ascendentes con el vuelo de transición que las une.
   La quietud del planeo contrasta con la incesante oscilación lateral de su cabeza, que, ojo avizor, atisba la orografía despejada de arbolado en busca de carnaza. Nos adentramos en los dominios de la rapaz carroñera por antonomasia, donde estos vuelos de rastreo, con la finalidad de llenar el buche, ocupan el 55 / 65% de la jornada solar ( mayor en invierno – disminución de horas de luz y de carroñas -, menor en verano ). En esta cuestión, el gregarismo del buitre optimiza la detección del alimento; campear en grupo para que “ muchos ojos ” oteen la zona. Cuando aparecen las adecuadas condiciones aerológicas  propicias para el inicio de los planeos; la colonia se dispersa hacia la rosa de los vientos; inspeccionan el territorio, distanciados unos de otros por un par de centenares de metros, sin perder el contacto visual. La visión entra en escena, jamás el olfato ( en las aves este sentido es imperceptible, con escasos ejemplos que rompen la regla como ciertas aves marinas – albatros o fragatas – o el austral kiwi. Tan sólo, en el Nuevo Mundo, los catártidos , auras del género Cathartes – p. ej.: Aura selvática – detectan la carroña, en medio de la espesura vegetal, a través de las emanaciones fétidas – amoniaco, sulfuro de hidrógeno o mercaptanos -. Curiosamente, la sabiduría popular – en este caso errónea – ha atribuido a nuestro ibérico leonado esta cualidad olfativa; usándose el término “ ventear, oler ”  cuando acudían a limpiar una carcasa).

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   Gyps fulvus avizora su particular área de campeo en busca de un animal inerte que, falto de actividad o con signos de rigor mortis, pudiera incluirse en el menú del día ( necrófago con preferencia de carcasas mayores; si bien abarca desde grandes ungulados hasta pequeñas carroñas, con una dependencia secular de animales domésticos, en función de la cabaña ganadera dominante en cada área. Y , en un porcentaje mínimo, de la caza mayor – cérvidos, jabalí, rebeco, cabra montés, etc . -, usualmente, por el extravío de piezas heridas. La disponibilidad alimentaria ajusta las poblaciones que, una vez más a raíz de la EEB, caen en picado ).  En la mayoría de los casos, los avistamientos se producen gracias a la intervención de la avanzadilla necrófaga: pequeños carroñeros – córvidos y milanos – y medianos – alimoches, águilas, zorros, etc. -. Los primeros en detectar un cadáver acostumbran a ser los córvidos; gracias a su cantidad, variabilidad de biotopos y costumbre de campear cerca del suelo. Las populares y omnipresentes urracas, junto a los inteligentes cuervos pululan alrededor de la carcasas; manifiestan saltos y graznidos donde el ruido, los brillos iridiscentes del plumaje y el contraste bicolor entre el blanco y el negro, impactan en los ojos de un ciego y claman en los oídos de un sordo. La mezcolanza de sonidos y destellos se expande como una onda alrededor  del cadáver, para alertar al resto de comensales. Desde el  aire, milanos, águilas y alimoches aterrizan para posicionarse. Por tierra la infantería necrófaga, comandada por el zorro, marca el paso a una variedad de oportunistas. Un funeral atípico donde plañideras y enlutados asistentes graznan, chillan, brincan y corretean alrededor del difunto. No movidos por el dolor, sino por la pena de no encontrar un orificio que abra el duro pellejo, a través del cual hincarle el diente. Frontera anatómica que exige un salvoconducto – pico y fuerza -  expedido por los necrófagos superiores: buitre negro – la mayor rapaz europea, tesoro ornítico localizable en el sudeste peninsular, con una población inferior a 1.900 parejas – y el común leonado. El batiburrillo de formas y colores atrae la atención de los observadores buitres.

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   El planeo en círculos se masifica, un enjambre de plumas dibuja en el cielo una gigantesca “rueda”( memorización y señalamiento del lugar ). Cuanto más tiempo giren, más individuos se incorporarán a la mesa y menor parte de pitanza satisfarán sus estómagos. La prudencia o el temor – escójase según criterio personal – planean en la rueda necrófaga, hasta que el hambre les echa un pulso y, como siempre, vence -  no existe mejor estímulo que un buche vacío -. El descenso de uno de ellos desencadena, como caídas fichas de dominó, la imitación del resto ( refuerzo social ). Rompen la rueda giratoria para picar en una diagonal descendente; señales visuales que anuncian: “ servicio de comedor abierto, sírvase según apetito ”.

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 Esta acción se contagia, para propagarse como un virus por todo el grupo. Al acercarse al lugar de la carroñada encogen las alas, despliegan los tarsos y aterrizan, para formar un perímetro alrededor del cadáver. Raramente se abalanzan sobre él. El tempo decide la jerarquía, y ésta no entiende otro lenguaje que no sea la hambruna. En este punto se rompe el gregarismo de los leonados, la Hermandad del Santo Planeo, y cada cual va a lo suyo. Digamos que les va al pelo – en este caso a la pluma – el dicho: “ juntos pero no revueltos ”. La camadería, compadreo y buen rollo se nublan en tormenta de rayos y truenos, para cargarse el ambiente hasta electrizar la atmósfera y estallar en chispazos de voraz apetito.

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    El hambre provoca agresividad al inducir reacciones fisiológicas internas ( p. ej.: inclinan la cabeza para potenciar la insalivación – primera barrera higiénica – y la producción de jugos gástricos; sus estómagos asemejan una botica de alquimia donde los componentes químicos de sus jugos neutralizan enfermedades letales y propias de la putrefacción ). Y externas, donde un pajarraco feote y macabro – o, según se interprete, de beldad sumergida y hábitos góticos – cruza al lado oscuro – aún más – y de rapaz tímida y apocada se transforma en buitre dominante.

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   Su reciente status jerárquico no lo impone la robustez, el sexo, la edad o alguna medalla social, sino la inquisición de las tripas herejes, vacías de alimento y llenas de retorcijones. Desafía al resto de comensales con un rictus de extrema agresividad: Se le erizan las plumas de la gorguera; levanta un tarso con la garra amenazante; arquea las alas y estira el cuello, rígido como una lanza, hacia los contrincantes más cercanos. De la pose belicosa pasa al acto de guerra: Escupe salivazos, brinca y golpea con las alas, mientras despacha picotazos y arremete con los dedos engarrados.

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   La pelea barriobajera – más teatro que real – despeja el campo de batalla, para aislar al guerrero victorioso ( por observaciones efectuadas,  acostumbra a dominar el buitre negro – escaso y limitado por la ubicación geográfica – sobre el común; y, entre éstos, la supremacía de los adultos - experiencia y envergadura - .) con su botín de guerra, mientras los vencidos observan – sin probar bocado – cómo don Agresivo Del Buche Vacío, líder de la reyerta, va a cambiar de apellidos y, en breve, hasta de nombre.

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   Ojea el cadáver en busca del camino fácil: Ojos y lengua – delicatessen cadavéricas rapiñadas frecuentemente por la avanzadilla de necrófagos menores -, axilas, zona genital y demás orificios naturales, mamas o heridas abiertas ocupan sus prioridades. Puesto a sudar, tira de pico y acuchilla el vientre para premiarse con una comilona de vísceras – toda la casquería imaginable – y musculatura blanda. Su capacidad de deglutir es asombrosa, ya que, conocedor de su efímero reinado, intuye que un buche lleno dulcifica el carácter más hosco. A su alrededor,  la comparsa de buitres se inquieta; algún cabecilla famélico sobresaldrá con ánimo de arrebatar la corona al reyezuelo de turno.

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    El platillo de la balanza gastronómica se inclinará siempre en el lado del más combativo; la corona real es ostentada por los miembros más hambrientos. Si el volumen de la cena lo permite, los relevos en la dominancia se suceden, hasta que el número de carroñeros aumenta tan desmesuradamente – agota el espacio-  que impide las peleas e inhibe el ritual jerárquico.  El grupo se abalanza sobre el cadáver, para formar un batiburrillo de plumas desordenadas donde la alternancia gastronómica releva al buche casi saciado por el pico famélico. La supremacía de la élite dominante sucumbe derrocada por la vulgar hambruna plebeya; en una lucha de clases donde la masa buitrera devora el cadáver con una prontitud asombrosa. Las apetencias de los comensales se distribuyen la pitanza: los buitres negros, minoritarios y jerárquicos, acaparan las partes más duras y externas de la carcasa, con poca querencia a hurgar a fondo con el pico y concentrarse más en la periferia. Los leonados, las más blandas e internas; ambos, relajándose la actitud en función del tamaño del plato. Los alimoches sisan minúsculos pedazos y los quebrantahuesos fragmentan la osamenta. Una cadena de optimización de  la energía, donde el aprovechamiento trófico de los buitres ibéricos adquiere rango de sumo saber, una vez más guiados de la mano maestra de Madre Natura. Alrededor del círculo de los necrófagos superiores, los necrófagos inferiores pululan avispados para meter cuchara en la olla común del caos buitrero y rapiñar cualquier trozo perdido capaz de saciar sus pequeños estómagos. Pobre recompensa para los verdaderos descubridores de la carroña, eficaces ojeadores que han de conformarse, injustamente,  con tan exigua golosina.

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       Mientras estos últimos, bien por su variedad trófica que no precisa exclusividad alimenticia o por su reducido volumen estomacal,  se conforman con mínimos tentempiés. Los buitres comunes presentan límites tan distanciados, como recompensas a base de atracones bulímicos ( comilonas del 10 / 15%  de su peso corporal de una sentada ). O ayunar durante varias semanas sin mermar su salud, glotones en la abundancia y ascetas en la carestía. Extremos quizás adquiridos a raíz de sus hábitos carroñeros; recursos alimentarios tan inexorables en la Naturaleza, como imprevisibles en el tiempo.  Raramente se nutre todos los días; varias carroñadas se espacian a lo largo de la semana, con unas consumiciones – 100 g de carne = 140 kcal -  que superan su metabolismo basal, 540 Kcal/día, para cubrir sus necesidades energéticas diarias, 775 Kcal. Para ello precisa ingerir 470 / 630 g que, anualmente, pueden alcanzar hasta los 190 kg de carne pútrida, gratuitamente erradicada del medio natural ( acción imposible para las compañías de recogida de reses muertas que cubren este servicio con excelentes ganancias; por el contrario aportan contaminación, costes económicos, ecológicos y temporales ... ).

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   El acto de la carroñada presenta un denominador común: la sabiduría  de Madre Natura ( quizá desde un punto de vista humano sea repulsivo, macabro e incluso violento; en cambio, brilla como un diamante a la luz de Madre Natura. Si empatizamos, en el fondo, todos nos nutrimos de cadáveres: el filete del cuerpo animal – obviamente en mejor estado -, o la menestra del ente vegetal ). Por un lado la eficacia energética – regla de oro buitrera – al diseñar una rapaz tan grande y de extenso campeo que adquiera ese grado vital con tan impredecible aportación alimenticia. Y, lo que es más importante, que gracias a esta actividad trófica; el menospreciado buitre se convierte en actor ecológico, sanitario y reciclador al minimizar los estados de putrefacción, limitar la proliferación de insectos o romper el ciclo biológico de parásitos, evitar la contaminación visual - ¿ os imagináis el campo como un cementerio a cielo abierto ? – y de acuíferos, junto a la expansión de epidemias.  E incorporar un residuo – la carcasa – al ciclo de la energía, revertir el último estado de la materia animal en la cadena trófica y potenciar la vitalidad de la Tierra; la muerte transmutarla en vida. Además, seamos sinceros, delante de un plato pútrido, lleno de moscas y gusanos; con sabor a enfermedades y regusto mortífero, maloliente y de peor catadura. ¿ Quién osa hincarle el diente ? Por mucho que quisiera presumir de afectos ecológicos, no me alcanza tanto el cariño como para sentarme, ni siquiera, a la mesa. ¿ Y vosotros ? Aunque sólo sea por su labor: mi gratitud y admiración hacia este héroe necrófago que hunde el pico en el problema de todos, para solucionarlo sin esperar ninguna recompensa.
    Tras la comilona requiere, como mínimo, una hora para realizar la digestión. Los más astutos y veteranos intentarán ubicarse en el mejor terreno propicio al despegue,  ya que esta maniobra se convierte en una odisea para tan rollizo pajarraco.

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   La pitanza se trueca en un peso adicional que dificulta tomar vuelo – puede regurgitar para echar lastre -. El leonado, vulnerable en tierra, rompe su regla de oro – economizar energía -, para superar la crisis a golpe de costosos cicleos de alas y brincos, basado en un torpe correteo impulsado por un violento batir de alas. Y es que para muchos adultos en el rol de padres, más que una comida, portan el futuro de la colonia, en forma de biberón para sus hijos.
Los padres no presentan dimorfismo sexual; distinguir el género del individuo resulta un ejercicio de adivinación. En la etapa reproductora, y más patente en el cortejo, la iniciativa y la actividad más acusada de la hembra, delata el sexo. En cuestiones de amor y de familia, Gyps fulvus, presume de monógamo, buen compañero de plataforma nidal y excelente padre. En el lado sombrío, la mediocridad de sus vuelos nupciales oscurecen el cielo amoroso, para darle un toque de amante simplón, y convertirse, hasta cierto punto, en la oveja negra del rebaño de las aves rapaces. El ciclo reproductor es amplio -  desde últimos de noviembre hasta abril -; como buena rapaz desoye el dicho: “ aquí te pillo, aquí te mato ”, para tomarse su tiempo, formar una familia e iniciar la seducción. Si como amante continúa la tónica volátil de las aves con breves cópulas; como novio galanteador se esfuerza en mejorar. Y si no alcanza el virtuosismo de las bellísimas danzas nupciales del águila real; estiliza sus aéreos pasos de baile.

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   La luz invernal ilumina la escena: Macho y hembra, muy juntos, planean sincronizados para elevarse en círculos que trazan espirales. El expectante novio, pegado a la silueta de la novia, retarda sus reacciones unos segundos, a la espera de la iniciativa y dominancia de ella. Los dedos emplumados de uno acarician el extremo de las alas del otro. A imitación, otras parejas de la colonia pueden planear al unísono, para iniciar vuelos nupciales; coreografía sexual en un ballet agrupado. El cielo se transforma en una pista de baile donde el cortejo alcanza rango de acto social que aúna los lazos íntimos entre la pareja, y de ésta con la colonia ( refuerzo social ). A gran altura la pareja expone su amor. Súbitamente la hembra pica en un descenso controlado; el galán desciende tras ella, aumenta la velocidad hasta posicionarse encima de ella con los tarsos y las garras extendidas, casi tocándose. Ralentizan la imagen en una difícil postura que eternizan durante segundos, para romperla y remontar el vuelo a golpe de ala.  En altura reiniciará la secuencia un par de veces. Esta danza nupcial, propia del cortejo, se ha podido visualizar, fuera del mismo, con la sorprendente novedad del cambio de pareja: inmaduros, ejemplares del mismo sexo, tándem en pequeños grupos, etc. Comportamiento etológico que pudiera interpretarse como un ritual social, acentuado en el celo. La reiteración en los pasos aburre al más bailón; como la monotonía peca de mala compañía en la pareja, describen, al unísono, círculos sobre la plataforma nupcial, para deshacer la tendencia, descender y posarse en el mismo nido o sus cercanías.

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      Los preámbulos a la cópula concluyen con un baile a pie de roca, en una danza sincronizada donde los enamorados se acercan gesticulando exagerados movimientos de cuello y cabeza. Ella inclina el dorso hacia el suelo y ladea la cola para exponer la cloaca – genitales -. Simultáneamente  el macho monta sobre su espalda, impulsado por aleteos que mantienen un precario equilibrio los segundos precisos para contactar las cloacas; algún toque suave con el pico en el cuello enternece  la transmisión genética. Las cópulas se reiteran durante el día, e incluso, perduran durante todo el ciclo reproductor – con presencia incluida del pollo -. Actividad sexual que afianzan los vínculos de pareja – fieles de por vida – por un lado. Y, por parte del macho, asegura su paternidad – estrategia de supremacía espermática – al diluir, con su propio semen, los hipotéticos espermatozoides ajenos ( la vecindad de la colonia puede producir sorprendentes entradas de cama ). Tanta actividad erótica eleva la libido en los inmaduros – jóvenes no aptos sexualmente -  que, excitados, imitan a los adultos en el cortejo, pero sin consumar el acto.

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   Durante la luna de miel, la hembra ingiere piedrecitas de caliza y huesecillos para calcificarse de cara a la formación de la cáscara y del esqueleto del embrión. El amor pasional apenas les deja tiempo para la búsqueda de nido. En esta cuestión, los buitres demuestran pocas exigencias; llevan la contraria a otras rapaces – p. ej. águila real y quebrantahuesos – y, comparativamente, su plataforma asemeja a un destartalado y pobretón cuartucho del bloque rocoso de la colonia. En la gran casa de todos, la buitrera, las repisas y pequeñas cuevas con techo protector se convierten en suite nupcial ( nidificación excepcional en la copa de árboles y en el suelo ). La querencia por cantiles calizos es notoria, 74%, con una media altitudinal de 800 m. La orientación óptima encara el Sur y las variantes Este y Oeste, evitando la exposición Norte; y que ubique, dentro de su territorio, aguas someras ( baño ).
   La territorialidad, casi nula, se limita a poco más del perímetro de la plataforma, que protegen de sus cercanos vecinos con leves ademanes defensivos. Tan sólo lanzarán algún picotazo de advertencia si algún inmaduro – los jóvenes del primer año, por inexperiencia o torpeza, pueden malograr la puesta – o depredador – córvidos – cruzan la línea. La pareja comparte la construcción de la cuna; aportarán palos – 1 / 2 cm de diámetro -, mechones de lana y pelo, retales de pieles y restos vegetales de la zona ( brezos, aullagas, hierba, paja, etc. La calidad y la variedad son importantes, ya que el pollo, literalmente, se comerá el nido ) a modo de mullido tapiz, 65 / 100 cm de diámetro y 15 / 25 cm de espesor. Si no encuentran una plataforma expropian los nidos de otras rapaces, principalmente, águilas y quebrantahuesos; o, sencillamente, roban el material al primer descuido, o por la imposición bruta de su amenazante tamaño.

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   La puesta de un único huevo (  estrategia de supervivencia del buitre, ya que, a diferencia de los pollos de otras aves, la escasez de alimento en éste no ralentizaría su crecimiento, como es común, sino que lo encamina a la inanición ), ocasionalmente dos, acontece a finales de enero, fecha variable en función de la zona peninsular. El huevo blanco, 90 / 70 mm, presenta unas motas pardo rojizas y un peso de 227 / 250 g, correspondiente al 2,5 % del peso de la hembra. La incubación y crianza se comparten; si bien se esmera más la madre, el padre da ejemplo de paternidad responsable al resto de buitres ibéricos. Si por cualquier motivo se malograra la puesta, pueden realizar una segunda entre marzo y abril. Los relevos se espacian con la finalidad de minimizar la pérdida de calor y lograr que, con climatología adversa, no descienda la temperatura del embrión de 42º C – al mismo tiempo que voltean el huevo periódicamente -; y optimizar la búsqueda de carroña.
   El cambio de rol (  clueca a localización de alimento ) se ritualiza por medio de una curiosa danza, donde los padres mueven cabeza y cuello en un alocado hip hop. La incubación dura, prácticamente, 2 meses, 52 / 58 días; el pollo romperá el cascarón a últimos de marzo o principios de abril. Una cabeza blanca, junto a un cuerpecito de color cremoso o grisáceo, recubierto de plumón poco denso y aspecto endeble, 170 g, asoman tímidamente entre el plumaje protector de uno de sus padres; principalmente, la hembra, sobre todo en el periodo de crianza de mayor vulnerabilidad y dependencia. Si en otras rapaces, el hermano mayor actúa de Caín – cainismo -, la fraternidad distorsionada, en el caso del pollo leonado, se incrimina de rigor climatológico y de escasez de alimentos. Los cuidados y atenciones de sus padres se extreman hasta tal punto que gana el doble del peso. En esta etapa crucial, mientras la madre empolla, el macho intensifica la búsqueda de carcasas (en función del carácter impredecible de la disponibilidad alimentaria, se esforzará, inicialmente, en cadáveres de ovinos y caprinos, con continuas cebas – calidad media -; para espaciarse éstas progresivamente al desarrollo del polluelo, y mejorar la calidad nutricional con carroñas de bovinos  ). De vuelta en la plataforma y con el biberón preparado regurgitará el festín, para que la hembra ingiera los trozos grandes y reserve los mejor tragables a su retoño. Si la pitanza tuviera consistencia de papilla, la vomitaría directamente del buche al pico del pollo. O, bien éste, impaciente e impulsivo, piará y picoteará hasta conseguir su deseo. Demuestra tal ansia de alimentarse ( cuestión de supervivencia, ya que de no lograrlo con la regularidad necesaria, al contrario que otras especies, moriría de inanición ) que teatraliza una puesta en escena para captar la atención e inducir el vómito nutritivo del progenitor que aterriza en la plataforma.
   El ritual comienza con la súbita aparición de uno de los padres en el nido ( en las primeras semanas acostumbra a ser el macho ). El pollito actor se deja ver con claridad para exhibir una postura laxa; abate las alas hasta tocar la plataforma; se echa sobre los tarsos para erizar las plumas escapulares y del dorso. A voluntad agita el cuerpo, notándose principalmente en la zona alar. Iza el cuello, mientras pía y acerca su pico al del adulto. Imagen que mantiene durante un par de minutos. Una vez transcurridos, inhibe la verticalidad de la cabeza y del cuello, junto al erizamiento del plumaje, para decaer el cuerpo y retroceder respecto al adulto. Tras varios aparatosos levantamientos y descensos consecutivos de cabeza y cuello, reinicia el ceremonial de los primeros pasos, para concluirlo con la regurgitación del adulto o su despegue en fuga, harto del pedigüeño comilón. Este ritual se torna recurrente no sólo en su permanencia nidal, sino hasta su total emancipación. Su glotonería alcanza cotas pantagruélicas y, mientras el hijo se sacia, el padre no cata bocado, por lo cual sufre un estado de hambruna que le espolea para la captación y lucha en las carroñadas.

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       Los relevos se suceden para cuidar siempre al pollo ( p. ej., hurgar con el pico para desparasitarlo, cebas de alimento y de agua, parapetar con su cuerpo y alas para protegerlo de las inclemencias climatológicas – si el frío asesina, también matan los rayos solares en zonas de fuerte insolación -, etc. ). A la segunda semana puede erguirse sobre sus tarsos; a partir de la tercera adquiere el segundo plumón de color blanco amarillento, más largo y denso, junto al despunte de las primeras plumas de la gorguera.  Al mes asoman los cañones y los padres le otorgan más independencia; se intensifican las ausencias paternas ( baño, asoleamiento, vuelos de captación de carroñas, etc. ) y disminuyen las cebas ( usualmente al mediodía y a la tarde ). Aumentan la cantidad y calidad del alimento, 300 – 700 g, para satisfacer su voraz apetito. En esta cuestión, el pollo parece tener un agujero en el buche. Insiste pedigüeño y estimula la regurgitación con picoteos; eriza las plumas del dorso; mueve la alas al bajar la cabeza – sumisión – y pía con gritos roncos. Estrategia emocional que ablanda el corazón del buitre más duro y vacía el buche paterno. Como aderezo no es de extrañar que ingiera, a modo de guarnición, algún pequeño resto vegetal de la plataforma; por ello, los padres siguen acarreando materiales para reconstruirlo. A los 2 meses alcanza los 6 kg de peso y aparece casi emplumado. Sus estancias solitarias en el nido, las ocupa con ejercicios de musculación, principalmente alares. Esta relativa independencia puede atraer la voracidad de algún depredador hambriento que, como regalo de bienvenida y plato a degustar, recibirá del pollo una nauseabunda vomitona que espantará al osado visitante. Los escasos encuentros de la familia al completo se reducen a las cebas, cada vez más distanciadas, incluso en más de un día; la protección alar, a modo de parasol, contra la fuerza de los rayos solares y el adiestramiento en los cuidados del nuevo plumaje.

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   Conforme transcurren las semanas, la fortaleza y confianza en sí mismo van parejos a su nueva imagen,  alejada de la endeblez del polluelo y cercana al vigor del volantón. La plataforma empieza a parecerle un reducido espacio impropio de una ave de su tamaño y condición. Explora la periferia, tantea los límites de su feudo y, de paso, chequea su valor. Instinto y genética lo empujan al vuelo. El miedo al abismo lo ata a la roca. El señor de las térmicas, amo del vuelo planeador y primo de los buitres del Himalaya – Gyps himalayensis -, campeadores de los techos de la Tierra, siente temor al primer vuelo. La osadía, el poder de la sangre y la sed de aventuras rompen la imagen del pollo temeroso, para destacar, en el cielo azul, la silueta del recién estrenado volantón.  Sus primeros vuelos acontecen a los 4 meses, entre julio y agosto, al  calor de las térmicas del estío.

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    Una larga permanencia en la plataforma, de 110 a 132 días – periodo menor fuera de la cordillera pirenaica -, inducida por la exclusividad trófica de las carroñas y, por ende, de la mayor o menor frecuencia de las cebas. Esta baja tasa de crecimiento ( llamada en biología “ estrategia K ”: poca descendencia pero con alta esperanza de vida, donde consumar muchos ciclos reproductivos. En oposición a la modalidad reproductiva del tipo R: mucha descendencia, pero con pocos ciclos reproductivos – p. ej.: roedores, conejos, anfibios, etc.- ), si bien ha sido un valor seguro que ha propiciado el auge de la especie. Desde el brote de la EEB se ha devaluado a cotas escandalosas; hasta tal punto que, según observaciones de naturalistas y ornitólogos, ha hecho descender su éxito reproductor – 0,60 / 0, 80 pollo / huevo – y su productividad – 0, 55 / 0, 70 pollo / pareja –, según zonas y colonias,  a índices ruinosos. Ajeno al filo de la espada de Damocles, el volantón leonado explora los alrededores de su colonia natal; sólo o en compañía de sus padres, que aún siguen alimentándole. 

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   Si la canícula engruesa, a su favor, las corrientes térmicas; en negativo, arma tormentas que, súbitamente, empapan su plumaje, provocando un aterrizaje forzoso o un posadero inesperado; muchas veces lejos del tutelaje y abastecimiento paternos y demasiado cerca de las fauces oportunistas de un depredador avispado.  En el aire no mejora la situación; peleas y encontronazos con otras rapaces – águila real y calzada, alimoches, quebrantahuesos e incluso el pequeño halcón peregrino – y de los audaces córvidos, le incomodan e incordian con ataques de tarsos y golpes de ala. Competidores unos e incómodos vecinos otros, caldean aún más el ambiente veraniego; cruda realidad que reforzará su instinto gregario, apartándolo de otras especies emplumadas para unirlo más al propio. Durante varias semanas aprenderá de sus progenitores la vida cotidiana – en su cara y en su cruz -  de un buen buitre leonado.
   Si en vuelo, las diferencias físicas entre el joven y sus padres son inapreciables; en un posadero, cara a cara, se aprecian matices que los desmarcan: De igual tamaño y corpulencia, en el hijo su plumaje aparenta más volumen y grandiosidad; con ello mejora en equilibrio y capacidad de sustentación – imprescindibles en un patoso juvenil, inexperto y torpe -, en detrimento de la eficacia de vuelo. Asimismo colorea el pecho y el vientre en tonalidades castaño rojizas rayadas en blanco – adulto, más claro y uniforme -; de plumas lanceoladas, inicialmente, para redondearse su extremo con posterioridad. Plumaje más oscuro y contrastado que, a partir del segundo año, clarea y palidece a lo largo de las mudas postjuveniles – 3 / 4 años -. Gorguera de plumillas pardas – adulto, collareta en blanco -. El iris del ojo en castaño oscuro grisáceo – adulto, amarillo marronáceo; se agrisácea  conforme adquiere edad, hasta alcanzar el terminante tono ambarino –, y la punta del pico clara – adulto, gris oscuro -.

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   Octubre marca la disgregación de la familia. Los padres, con la mira puesta en el cercano cortejo nupcial, se desentienden del unigénito. A su vez, el inmaduro experimenta un impulso atávico al nomadeo que lo aleja del territorio de cría. La dispersión juvenil ( aumenta con la saturación de la colonia y, en el caso de los jóvenes del año, su permanencia supone un hecho excepcional ) le impele al  vagabundeo en dirección sur / suroeste hacia el embudo de Gibraltar y atravesar el mar Mediterráneo a tierras saharianas. Tras la estancia, parte de ellos regresarán al hogar natal ( desarrollan querencias de filopatría, muy marcadas en otro buitre ibérico: el quebrantahuesos ). Los movimientos errantes junto a la vida sabática – usualmente 5 años al adquirir la madurez sexual, 4 / 7 años -, fijan el ancla al encontrar un pisito en la gran comuna, la buitrera, que como biotopo óptimo precisará de roca caliza, recursos alimenticios e hídricos y una atmósfera tórrida donde fluyan las térmicas. Estas querencias ecológicas que han favorecido su expansión peninsular, para catalogar a la especie “ fuera de peligro ”; menudean en Europa – catalogación “ vulnerable ” -, donde el abuso del veneno e inferiores recursos tróficos han diezmado y minimizan las poblaciones.

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   Si alguna mente confundida, ignorante o retrógrada pudiera suponer que tirotear – cárguese la bala con la pólvora de las acciones directas e indirectas del hombre - a un buitre no sea un acto criminal sino de justicia ante un ocasional ataque al ganado, e incluso una medida necesaria para controlar poblaciones, que conserve un poco – muy poquito – de paciencia, ya que el trabajo sucio lo estamos realizando entre todos: El buitre si malcome, muere o no cría. En una especie de baja reproducción - ¿ os acordáis, estrategia K ? – la merma en las colonias y, lo que es peor, la viabilidad generacional, cuestionan su futuro; al menos, como una de las especies rupícolas reina de la avifauna ibérica. Dentro de un par de décadas, el buitre leonado puede decaer a tal mínimo poblacional que , del esplendor ibérico, naufrague bajo la marejada de una crisis ecológica. Enfermedades presentes y venideras – p. ej. EEB – precisan de medidas correctoras menos políticas y más inteligentes; ya no hablemos de ética – hoy comes para limpiar la cocina, mañana quizá, si interesa -, ni de jugar a ser Dios. Podemos hablar de economía y pensar en cuánto nos costaría la ausencia de buitres y, en especial, en que Doña Parca, la negra señora, requiere de un enterrador para no ser engullida por sí misma. Madre Natura ha parido a los necrófagos como hijos que encadenan la muerte con la vida, e impulsar el ciclo de la energía. El buitre, rey de cúspide en la pirámide trófica, cumple su papel a la perfección como agente sanitario, ecológico, reciclador ... Aún va más allá, presta su cuerpo – junto a la hiena – a la investigación médica de vanguardia, que estudia su extraordinario sistema inmunológico, barrera infranqueable contra el aliento letal de múltiples enfermedades; quizá mañana nos salve la vida.

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   Por el momento rescatemos la suya, como huésped a veces molesto y poco deseado, no está asegurada su existencia. Curiosamente, el máximo exponente de la cadena trófica, encumbrado en la punta del vértice y sin depredador conocido, sucumbe en las fauces del Homo sapiens - ¡ cómo no ! -. La intromisión del hombre, la humanización del hábitat en general y, en particular, en la zona de cría ( medidas proteccionistas de diciembre hasta agosto en la zona de nidificación  );expolio de nidos, y rotura de la cáscara del huevo y mortandad de embriones a causa de pesticidas y plaguicidas ( acumulativos en la grasa de los animales ). La caza: matar rapaces no sólo estaba bien visto, sino que premiado. En 1902 los ayuntamientos españoles recompensaban al ejecutor de cualquier “ alimaña ” – cajón de sastre donde cabían todos los animales competidores del hombre, incluido el leonado -. En 1953, las autoridades franquistas, reglamentaron el holocausto, para denominarlo, eufemísticamente, Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección de la Caza, donde se institucionalizó al alimañero y se apoyó el genocidio de especies depredadoras y carroñeras. Todo ello ha malformado al cazador y paisanos del medio rural que, históricamente, han bebido de este ponzoñoso caldo de cultivo. Con cierto paralelismo, el veneno – en sus distintas formas y más usualmente, la estricnina -, otrora ha sido depositado como letal golosina por mandato de responsables de fincas y cotos. Si bien hecho punible en la actualidad – y bomba de relojería en la cadena trófica -, conserva un club de admiradores integrado por pérfidos personajillos de variadas motivaciones, y algún que otro pobre empleado temeroso de perder su salario. Para contrarrestar este malvado hábito se precisan campañas de información, dirigidas a los grupos de riesgo ( cazadores, gestores de cotos, población rural ). Y por el otro, campañas de control a pie de campo que minimicen y denuncien estos actos delictivos. En menor escala, la guillotina indetectable de las palas de los aerogeneradores y los cables metálicos, junto a la mortal silla eléctrica de las torretas de alta tensión, que desperdigan los cadáveres como macabros trofeos de una urbanizada cacería.
   En el presente, la gran herida que desangra las colonias ibéricas mana a borbotones por una hambruna naciente en el año 2002 a causa de la EEB; y, como consecuencia, la aplicación de la normativa europea sobre el abandono de restos animales en el campo y la obligación del cierre de muladares. Las observaciones de naturalistas y ornitólogos dan la voz de alarma ante el drástico descenso en el éxito reproductor y la productividad del buitre leonado; y, por ende, de la viabilidad de las colonias.

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    ¿ Sería inteligente despilfarrar nuestro patrimonio ornítico ? Si las acciones emprendidas para “ descartar contagios ” han sido, cuando menos, desproporcionadas; matar  un pájaro a cañonazos ( la mecha encendida, con gusto y pingües beneficios, por el holding “ carroñero ” – empresas de recogida de animales muertos, productores de grasa animal y derivados, etc. - ) y cuya metralla destroza a otras rapaces, alguna de ellas con poblaciones en estado crítico.
   ¿ Sería ético exterminarlos por hambre ? Secularmente no sólo han contribuido a solucionar la eliminación de las carroñas, sino a la conservación de un modelo de vida, la ganadería extensiva, que ha esculpido el paisaje y vertebrado la Iberia rural.
   Y si descendemos de altas cotas al mundano nivel crematístico, ¿ cuánto dinero se invertía “ antes ” del anno horribilis 2002 y cuánto ahora ?

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   En el diseño de la vida, la importancia de los carroñeros es crucial al dar continuidad al ciclo de la energía en el último eslabón de la cadena trófica. El buitre leonado, por común y habitual a nuestros ojos, quizá sea el emblema de los necrófagos ... No despreciemos su imagen, ni ignoremos su gran labor ecológica. Nuestras acciones pueden determinar su futuro. No actuemos como caprichosos diocesillos, sino como inteligentes humanos; protejamos al Gyps fulvus, cuando menos por su esfuerzo durante siglos en efectuar un servicio tan imprescindible como ingrato.  Al descubrir su silueta en el cielo, mirémosle con respeto, ¡ se lo debemos !

 

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Mi agradecimiento y admiración a los fotógrafos de la naturaleza:

Nicole Bouglouan http://www.pbase.com/nicolebouglouan
Manolo Lázaro  http://www.fotonatura.org/galerias/7568/
Javier Milla http://www.javiermilla.es/Buitres/index.htm
Teo Todorov http://cocn.tarifainfo.com/spip/
José Luis Rivero -  http://www.objetivoverde.es/


6 Comentarios
Enviado por Teo Todorov el viernes 25 de diciembre de 2009

“Impresionante trabajo, Javier, enhorabuena!Felices Fiestas Teo”
Enviado por Uturuncu el martes 29 de diciembre de 2009

“jobar, Javier, vaya libraco te has cascado...”
Enviado por Quo_aquo el martes 29 de diciembre de 2009

“weeeeeee Compañero! !!! Como siempre eres una fuente increible (de info desperdigada) de la fauna!!jajajaja. Mañana por la mañana le doy el toque a mi hijo (ya sabes, el que es fan de estos tus articulos) para que lo lea y lo aproveche como los otros!!
un abrazo y muchos recuerdos del chaval!

QUO... Con un abrazo immenso para ti. ”
Enviado por Alimoche el miércoles 3 de febrero de 2010

“Hola Javier buenisimo trabajo.Un saludo Manolo”
Enviado por Papers el domingo 2 de enero de 2011

“Lupus!!!! Pa que veas como son las cosas...el otro día estuve en el P.N. de Cabañeros, y vi unos estupendos buitres (1 día volando en círculos a lo lejos, y otro día en manada en un prado), y lo primero que me vino a la cabeza fuiste tu y tu estupendo blog!!!!

La pena de no llevar una buena cámara, así te hubiera pasado las fotos!!!!

Nada figura!!! Un saludo, y enhorabuena por este peazo de articulo!!!!!”
Enviado por Lupus el lunes 3 de enero de 2011

“Gracias por el pensamiento y la intención de las fotografías. ¡Un lujazo acabar el año en Cabañeros! Por cierto, el buitre "estrella" allí es el buitre negro, una rareza, junto al águila imperial, entre las rapaces; y otras joyas, difíciles de ver, como el lince ibérico y el meloncillo. ¡Qué envidia, Papers!”


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