viernes 2 de marzo de 2007, 00:00:00
RELATO
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LA MAGIA DE AÑISCLO
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LA MAGIA DE AÑISCLO
Añisclo amanecía lentamente, sin prisas. Los primeros trinos del mirlo y del petirrojo se unían al continuo murmullo de la corriente del río Bellós , manco y cojo a causa de una otoñada parca en aguas.
El andar cansino, triste y perezoso; impropio de tres andarines, hechos y derechos, con ínfulas de montañeros y es que la rodilla, los músculos y los huesos no entienden de vivac bajo las estrellas, ni de amaneceres escarchados; ni comprenden que un joven otoño quiera vestirse con las gélidas y ajadas ropas de un precoz invierno. Bosquetes y saltos de agua pasaban por nuestros ojos sin pena ni gloria, tanta belleza menoscabada por la mirada bovina de tres carámbanos con botas, mal amigo es el frío y peor compañía el hambre, hablan, discuten, dan mordiscos al estómago hasta que el cuerpo ordena:
- ¡ A desayunar toca ¡
Y uno, que es de manos pequeñas, carnes justas y buen apetito, pone cara de chico obediente y come. Ya, con otro ánimo, el paso se trueca ligero, alegre, casi raudo, se enseñorea de zancada larga y poderosa.
- ¡ Javier, quieres dejar de hacer el tonto, no dar tirones y caminar como todos ¡
Y uno, que es aprendiz de montañero, notable atolondrado y maestro en meter la pata, pone cara de niño regañado y obedece. Así, entre cuatro voces, tres montañeros con la panza satisfecha, peregrinaban en busca de las bendiciones de San Añisclo, patrón de almas nómadas.
Tras un pequeño recodo, arremansado en una poza, el río Bellós exudaba finísimas volutas de vaho; de su cristalina superficie emanaban etéreas canas, algodonosas y danzarinas, al compás de una mágica ensoñación, rota de repente, por el súbito aleteo de un mirlo acuático.
- ¡ Jodido bicho, vaya susto ¡ - exclamó el compañero en tono socarrón.
Extasiado, con la boca abierta, mudo por la sorpresa y poseído por el embrujo del lugar, pensé que el río Bellós tenía personalidad propia y plasmaba en imágenes sus sentimientos: quizá fue alegre y juguetón en las corrientes e impulsivo y travieso en los saltos de agua, para ahora reflejar un rostro más sereno y maduro, hechizando con su aura de misterio aquella espléndida visión ... ¿ Cómo se mostraría más adelante ?
La senda se adentraba entre dos hileras de arbustos esqueléticos, raídos por el hacha sacrílega de un sendero trillado. Jirones deshilachados de luz grisácea amortajaban el paraje, trenzaban, con hilos de sombras, una telaraña de melancolía. Demasiadas huellas en tan corto trayecto habían agostado su antigua hermosura y su rostro de claroscuro nos observaba con la desgana de una ilusión marchita. Añisclo mudaba de piel y sus ojos lagrimeaban gotas de belleza que irisaban la luz de un esplendor de antaño. Oprimidos por tan lúgubre mirada, decidimos abandonar sus mermados encantos y encaminarnos, fuera de ruta y por terreno desconocido, hacia el atractivo regazo de doña Pardina , faja enriscada en los costillares de Añisclo. Atravesamos un sotobosque erizado de ruscos, madreselvas y ganchudas zarzas que dificultaban la ruta hacia su hermano mayor. Una tenue neblina lo envolvía, la luz se tamizaba entre hebras de algodón que, a nuestro paso, se deshilaban en etéreos dedos que rozaron nuestros cuerpos; sentí en el rostro su caricia sutil y me gustó. Al girar la cabeza percibí como detrás de nosotros volvían a unirse para formar una densa muralla, neblina opaca, que, siendo la misma, era ya distinta. Delante el bosque se agrandó, la luz, ahora clara, generosa y rotunda, iluminaba su cara más hermosa: Miríadas de hojas refulgían al ritmo de la brisa, con diferentes tonalidades verdes, emulaban el vaivén de las olas en un mar esmeralda. Arces y serbales pincelaban, con trazos sanguíneos, la leñosa espesura, ocre y dorada. A nuestro paso, enjambres de resecas hojas revoloteaban alrededor de los pies; oíamos sus toscos zumbidos que, como tambor de galeras, acompasaban la marcha con chirriantes latigazos en los oídos. En un calvero, el sol cenital insinuaba la hora de la pitanza; nos sentamos, encima de unas piedras tapizadas de musgos, para malcomer unos bocadillos de plomo y fruta despachurrada, maltrechas viandas que apagaron nuestro ánimo; mal horno es la mochila y peor leña, la inapetencia, fraguan la duda y cuecen el desaliento.
- Ya es mediodía y no hemos encontrado el inicio de la faja – comentó uno -. Aunque lo hiciéramos , con las pocas horas de luz que nos quedan, sería prácticamente imposible completarla.
- ¡ Menudo día ... me lo comería entero y seguro que sabría mejor que esto ! – exclamó otro, al mismo tiempo que mostraba media barra de pan fosilizado con tropezones momificados .
- ¿ Retomamos el sendero principal y vamos hacia Font Blanca ? – sugerí , mientras escupía perdigones de la boca.
Finalizada la corta deliberación , decidimos acortar, campo a traviesa, todo lo posible para enlazar con la senda paralela al río Bellós. El bosque, cada vez menos denso, dulcificaba nuestra retirada con sus variados colores. El suelo, casi imberbe de hojas secas, presentaba un aspecto más desnudo, veteado de piedras, huérfanas de musgos. Éstas, tímidas y de tamaños diversos, campeaban, inicialmente dispersas, como rebaño sin pastor. Destacaba una gran laja hendida de grietas, arañazos gatunos hechos de hielo y agua, techada , casi en su totalidad, de líquenes anaranjados que, como llamas eternas en la hoguera de los tiempos, perpetuaban su presencia secular.
Al fondo unos bloques dificultaban la marcha, su superficie rocosa invitaba al tacto. Desde esa altura divisamos el sendero y, después de un corto destrepe, nos dirigimos hacia él para retomarlo.
El río Bellós asemejaba una cicatriz en el rostro del cañón, que perfilaba su carácter, más bronco y salvaje, en busca de una faz apacible y serena. Los hitos marcaban la continuidad del sendero que bamboleaba entre la orilla pedregosa y las paredes de San Vicenda.
Tramo a tramo, la tarde se diluía entre risas y la charla banal de tres compañeros de caminata.
- ¿ Qué os parece si vivaqueamos aquí ? – preguntó uno.
- ¡ Con tal de quitarme la mochila de la espalda – respondió el otro –sería capaz de dormir encima de un cardo !
El lugar sugería el descanso : un minúsculo puente, alguna pequeña poza y una zona herbosa donde poder dormitar a gusto. Mientras los compañeros consultaban el mapa, dejé la mochila y me encaminé hacia la entrada del barranco y ahí estaba : Font Blanca. Sin rostro, en una boca de piedra, con su lengua acuosa vertiendo mudas palabras. ¿ Querría decirme algo ? Mala esposa es la ignorancia y peor marido, el cansancio; nefasto maridaje que embrutece la mente y agota la carne, para engendrar hijos lerdos y vagos.
Pensaría en Añisclo y, sobre todo, lo sentiría dentro de mí: el tacto de piedra y niebla; su voz en boca del agua, susurrante o chillona, pero siempre sugerente; la mirada de hojas amarillas, verdes y rojas en mis ojos hechizados por su luz. Había olido una gota ínfima de su esencia pero su aroma impregnaba cada poro de mi piel. Añisclo viviría para siempre dentro de mí.
- ¡ Javier ¡ ¡ Javier ¡ - gritaron los compañeros.
El anochecer, ya cercano, nos reunió; saqué cuatro cosas de la mochila, cenamos y extendí el saco de dormir. La noche, gélida y abierta, moteaba el cielo de infinitas luminarias: Vega, Altair y Capella, engreídas y distantes, miraban con displicencia a la cenicienta Polaris, princesa viajera entronizada en su carro celeste. Alrededor Draco, serpenteaba, con las fauces abiertas, dispuesto a devorar a Hércules; mientas, la luna nueva, plena de oscura pasión, moría en los brazos de Perseo.
Los ojos, velados por una pátina de sueño, parpadeaban al son del cansancio. El frío vivificante me acariciaba el rostro; soplaba, en ligera brisa, para izar la bandera de la libertad: Bajo un cielo iluminado; a campo abierto; en el corazón de Añisclo ... me transmuté en roca, luz, agua y viento para sentirme grande y pequeño, salvaje y domesticado, hermoso y corrompido.
Gocé de la plenitud de la jornada y dormité pensando en ella, en la estrella de mi corazón.
Javier Pastor
Enviado por Pemomo el sábado 3 de marzo de 2007
Enviado por Pemomo el sábado 3 de marzo de 2007
Enviado por Fern el lunes 5 de marzo de 2007
Enviado por Fern el lunes 5 de marzo de 2007
Enviado por Annelister el lunes 5 de marzo de 2007
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Enviado por Gabi el viernes 16 de marzo de 2007
Enviado por Gabi el viernes 16 de marzo de 2007
Enviado por Gabi el viernes 16 de marzo de 2007
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