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Thursday 13 de March de 2008, 16:02:04
PUNTA DE LAS OLAS - ORDESA III -
Tipo de Entrada: RELATO | 3934 visitas

Y es que la monta√Īa es mujer de piedra, de fuerte car√°cter y maestra de pruebas duras; que pone el list√≥n muy alto - ¬° dicen que en la cima ! ‚Äď a los amantes que la cortejan. M√°s que nada para distinguir el aut√©ntico cari√Īo y fastidiar al guapito equipado a la √ļltima que, vestido como un perfecto maniqu√≠, no siente de verdad dentro del coraz√≥n, el amor a tan exigente dama.


.... Y es que la monta√Īa es mujer de piedra, de fuerte car√°cter y maestra de pruebas duras; que pone el list√≥n muy alto - ¬° dicen que en la cima ! ‚Äď a los amantes que la cortejan. M√°s que nada para distinguir el aut√©ntico cari√Īo y fastidiar al guapito equipado a la √ļltima que, vestido como un perfecto maniqu√≠, no siente de verdad dentro del coraz√≥n, el amor a tan exigente dama.


     T√©nuemente lloviznaba; hartas ya de tanto derroche, las gotas ca√≠an en avara presencia. Mas, como si s√≥lo nosotros fu√©ramos el objeto de su deseo, √ļnicamente llov√≠a sobre nuestras cabezas. All√° donde pis√°bamos, nos acompa√Īaban la lluvia y el charco ...; era tan notorio, que empez√°bamos a esquivar las miradas de recelo y dud√°bamos entre montar la tienda o una piscina.
     Los macarrones herv√≠an con el fuego de las ardientes ojeadas de los secos campistas que, a pocos metros, observaban estupefactos c√≥mo sufr√≠amos la √ļnica gotera de Ordesa.  Bajo el techo anaranjado de la tienda devoramos la pasta, enrojecida por el tomate y la verg√ľenza de sentirnos gafes. Hecho, a√ļn m√°s patente, al t√©rmino de la gl√ļcida cena, cuando saqu√© los potes a la intemperie para ser fregados por Madre Natura. Y √©sta, cabreada por tanto machismo, decidi√≥ no derramar ni una sola l√°grima m√°s por tan desconsiderados hijos. Rotas mis esperanzas de no pegar un palo al agua, sal√≠ para terminar la faena. El cielo nuboso oscurec√≠a el atardecer. Tripu me acompa√Ī√≥, herniado al portear un vaso, camino de los aseos.
- ¬Ņ No hueles un tufo a gafe ? ‚Äď le pregunt√© .
- ¬° Calla y no nombres esa maldita palabra ... que te pueden o√≠r ! ‚Äď replic√≥ Tripu.
- ¬° Venga ya ... S√≠ ..., voy a gritar ! ¬° O mejor: publicarlo en internet, en un portal de monta√Īa! ¬Ņ Crees que soy tonto ?
     Al regresar, sin la contaminaci√≥n lum√≠nica del refugio, pudimos contemplar c√≥mo las tiendas, a modo de farolillos de colores, luc√≠an originales candilejas en verde, naranja, azul y granate. Voces, risas y alg√ļn gemido que otro daban a G√≥riz el ambiente festivo de una verbena.
     Al descorrer la cremallera de la entrada; o√≠mos a Xabi, hundido en el saco, resoplar, con la fuerza de un bisonte, ronquidos que no pod√≠an salir de la garganta de un ser humano.
- ¬° Menuda nochecita nos aguarda ! ¬Ņ Por qu√© no naci√≥ mudo o nosotros sordos  ? ‚Äď espet√©, mientras nos mir√°bamos para carcajearnos y recular, de la osera de una bestia cavern√≠cola, en busca de los ruidos, infinitamente m√°s placenteros, de la noche de G√≥riz.
     Una tienda igl√ļ, iluminada de verde fosforito, sucumb√≠a como jugosa manzana en nuestra boca. Como dos adanes bajo la luz  atrayente del √°rbol del conocimiento nos acercamos, al ver a Eva asomarse y sonre√≠rnos. Entramos; Tripu como Ad√°n y yo, como gusano; pues, por las miradas veintea√Īeras, percib√≠ que, a sus ojos, parecer√≠a Matusal√©n. O No√©, por eso de estar entre aguas la mitad del d√≠a. El castigo b√≠blico, con la plaga de la autoestima a nivel de las botas, fue menos hiriente que el codazo de Tripu; que, como buen compa√Īero ..., me dej√≥ s√≥lo. √Čl ascendi√≥ al para√≠so y yo regres√© al infierno; ahora acompa√Īado por la crisis de los cuarenta y tantos.
     Xabi orquestaba arias y d√ļos con la moribunda tormenta: el resplandor del rayo; las vibraciones sonoras a trav√©s de la esterilla y unas orejas ensangrentadas por el pu√Īal de los ruidos; no acolchaban la mejor almohada para conciliar el sue√Īo. La noche de Ordesa  m√°s que oscense troc√≥ en toledana; pues el acero del insomnio lacer√≥ mis neuronas, mancas y cojas, a causa del accidentado d√≠a.
     El alba me pill√≥ dormido, quiz√° de puro agotaniento; mientras Xabi, radiante, y Tripu, ojeroso,  preparaban el desayuno.
- ¬° Despierta Javier, duermes m√°s que las marmotas ! ‚Äď dijo Xabi.
- ¬Ņ Quieres leche ? ‚Äď pregunt√≥ Tripu.
- ¬° No, deja, que ..., aunque mala, tengo varios litros ! ‚Äď contest√©, algo agriado, al desperezarme.
- ¬° Tienes un aspecto horroroso! ‚Äď exclam√≥ Xabi, preocupado al mirarme.
- ¬° Gracias, yo tambi√©n te quiero! ¬° He dormido mal !
- ¬Ņ La tormenta ?
- ¬° Tus ronquidos ..., Marylin Maison !
- ¬° A ver, un respeto al m√°s joven y guapo ! ¬° Adem√°s, no ronco!¬Ņ Verdad Tripu ? ‚Äď inquiri√≥ al compa√Īero . √Čste, con cara angelical, le contest√≥ con toda la pachorra del mundo:
- No he o√≠do nada.
      Me call√© por no cometer un infanticidio mental, en un caso, y una justa ejecuci√≥n en el otro ... Cosas que tiene la camader√≠a y la hermandad de la monta√Īa: en una situaci√≥n peligrosa, dos desconocidos arriesgan sus vidas por salvar las nuestras; para luego, con las prisas, apenas darles las gracias. Por otro lado, quieres fusilar a dos amigos por cinco pedos mal tirados que, a m√≠ mismo se me hubieran ca√≠do.
     En las primeras horas, el refugio se transformaba en una virtual estaci√≥n de ferrocarril donde los pasajeros part√≠an en grupos; formaban tal griter√≠o que al observarlos, con la perspectiva del amante de la Naturaleza, me imaginaba a una bandada de chovas en disputa con un par de √°guilas. Tal era el barullo que, el hecho de no levantarse del saco, implicaba ser una momia o bien, un dormil√≥n sordo. La locomotora hacia el Perdido ya hab√≠a arrancado; multitud de viajeros traqueteaban ruidosos. Al pasar cerca, not√°bamos un sutil aire de suficiencia por no incorporarnos a los vagones; etiquet√°ndonos de indolentes vagos. Escoria de los monta√Īeros; m√°s afines  a turistas y, si la pereza descalzase las botas para atarse unas chanclas , en pecaminosos domingueros.
     Desmontamos la tienda para arriar la bandera de la tardanza y subir al furg√≥n de cola; tan s√≥lo un segundo, pues nuestra v√≠a, balizada en  rojo y blanco, rumbeaba hacia A√Īisclo. La br√ļjula indicaba SE. Las miradas, un horizonte ondulado por las lomas de Sierra Custodia; dominadas por un c√≠clope azul, sin mancha nubosa, cuyo √ļnico ojo radiaba generosidad. M√°s que una ascensi√≥n parec√≠a un agradable paseo, entre terrazas verdes y ocres campas. B√°lsamo calmante para nuestras magulladuras.
     El collado Superior de G√≥riz se fragmentaba en un cruce de caminos: a la derecha, Fuen Blanca y su sorprendente barranco mec√≠an la ni√Īez del r√≠o Bell√≥s. Por el este, A√Īisclo nos indicaba, en blanco y rojo, su rumbo; para ofrecernos una ladera pedregosa como puerta de entrada. Cruzamos un arroyo aguado por una escu√°lida cascada. Si en el valle las gotas discurr√≠an en bul√≠mica presencia, aqu√≠ escaseaban con anor√©xica taca√Īer√≠a; pues, como alimento, dimanaban en sangre vital, encarnando parte importante de la esencia de Ordesa.
- ¬° Parad, voy a sacar una foto ! ‚Äď orden√≥ Xabi.
- ¬° Pero si es una meada de gato ...; ni para lavarse la cara ! ‚Äď repliqu√©.
     El Morr√≥n de Arrablo impon√≠a su silueta de pir√°mide truncada sobre un desierto de piedra; la verticalidad de sus paredes, aparentemente inexpugnables, contrastaba con la rugosa caliza. La roca cuarteada mostraba un peque√Īo lapiaz, a√ļn imberbe en el tiempo, de peque√Īas grietas y oquedades; que, a pie del GR ‚Äď 11, alfombraba la ruta. La panor√°mica, a vista de p√°jaro, nos elevaba por encima de los 2.500 m sobre el ca√Ī√≥n de A√Īisclo:  La Suca, como se√Īora de compa√Ī√≠a de las cimas m√°s encumbradas; pr√≥xima, pero al mismo tiempo segregada de los aristocr√°ticos tresmiles por plebeyos metros de altura. Junto a sus hermanas peque√Īas, las Tres Mar√≠as, solitarias solteronas sin m√°s acompa√Īamiento que el balido de alguna perdida cabra o el pausado planeo de los buitres. El ca√Ī√≥n, encajonado entre abruptos farallones, difuminaba luces y contornos. Del pozo oscuro de la sombra, perlaba el r√≠o Bell√≥s, como joya plateada. Sensa techaba las altas planicies en verde y pardo. Y al fondo, donde la vista se emborrona por los a√Īos de lectura, Sestrales con sus suaves l√≠neas perfiladas en el horizonte, falsa m√°scara de su √°spero rostro.
- ¬° Es impresionante !- exclam√≥ admirado Xabi.
- ¬° Pues ... c√≥mo dice la t√≥pica frase: ‚Äú  la belleza est√° en el interior  ‚ÄĚ ¬° A√ļn estamos a tiempo ! ‚Äď respond√≠.
- ¬° Mejor otro d√≠a, que hoy quiero hacer cumbre !- afirm√≥ Tripu.
     La senda ganaba altura enfilada entre muros; troc√°base en indecisa fajeta que no sab√≠a acanalarse en las paredes verticales; mas, como sendero, se arrimaba al borde en busca de a√©reas vistas. Siempre a  nuestro lado la infranqueable muralla, como una compa√Īera m√°s del grupo, nos recordaba su car√°cter inaccesible para los b√≠pedos humanos. Mas, como buenos monta√Īeros, √©ramos tenaces y conocedores de alguna rese√Īa donde se comentaban los pasos: bien por una chimenea de III ¬ļ o por una c√≥moda canal. No vision√°bamos ning√ļn corte en la pared, si bien no us√°bamos los cinco sentidos.
- ¬° Mirad, un cartel: a Mosc√ļ 85 m ! ‚Äď ironiz√≥ Xabi.
- ! Y a Pek√≠n  media hora ...; es m√°s larga que la muralla china !- afirm√©, ya que llev√°bamos bastante rato a su par.
- ¬° C√≥mo encuentre la chimenea, atajamos !- asegur√≥ Tripu.
- ¬° Deja que le he tomado cari√Īo a este sendero !- exclam√© poco entusiasmado para  trepar un III ¬ļ .
       El contrafuerte rocoso se esquinaba hacia la izquierda. Por el contrario, el GR ‚Äď 11 descend√≠a ligeramente hacia la  derecha. Tras caminar juntos parte del trayecto, sus huellas diverg√≠an en busca de otras rutas: el GR-11, como hermosa senda, tranquila y humanizada, al encuentro de la comodidad del valle. Incierto, sin prever el rumbo, el norte entreabr√≠a  una puerta de roca a quienes osaran pisar el umbral de la aventura. Un moj√≥n, a modo de encrucijada, divid√≠a el com√ļn itinerario; como hijos de la piedra, decidimos ascender por el cascajo hacia la visible ruptura de la pared. C√≥modos y sin necesidad de agarres, escalonamos una corta canal; hermana peque√Īa y accesible que, con su sencillo encanto, anulaba a la otra.
     Arriba un hito nos introduc√≠a en el borde superior de la muralla que, en sentido inverso, desandaba el √ļltimo tramo. Alg√ļn cairn punteaba la rocosa ladera que, como olas fundidas en caliza, se suced√≠an con la cadencia de un mar de piedra, quiz√° para dar nombre a la cercana Punta.
     El sol, casi en su cenit, blanqueaba un marcado sendero. El polvo de √©ste te√Ī√≠a de p√°lida p√°tina las botas, como si hubi√©ramos andado cinco siglos en arduo peregrinaje. Nuestro santuario no sacralizaba altar alguno, pues, como n√≥madas de los espacios sin fronteras, la libertad rezaba oraciones al viento.
     Una loma pedregosa pavoneaba su altura. Sin percibirlo, asemejaba la cara, rugosa y ajada, de una antigua diva que, a base de  cosm√©ticos y ung√ľentos, pintaba su autorretrato con la quimera de enmascararse el rostro. Al igual, la caliza, cuarteada por la intemperie, quer√≠a enriscarse en glamurosa cresta que condujera, a trav√©s de pasos acrob√°ticos, a la cumbre; mas torpe en el intento, tan s√≥lo lograba ser un camino de cabras con aires de cresta ancha.


La antecima, como preludio de comedia de enga√Īo, ment√≠a a medias, pues un peque√Īo resalte precisaba apoyar las manos, m√°s que nada por no llevarlas todo el rato metidas en los bolsillos. La sorpresa nos dej√≥ boquiabiertos al ver otra boca, oscura y de p√©treos labios, junto a nosotros. En la cota de los tres mil, la sima m√°s alta de Europa abr√≠a sus agrietadas fauces; no s√© si con la intenci√≥n de devorarnos, ya que Tripu, magro; Xabi, picante y yo, correoso; como alimento apenas sazonar√≠amos el apetito de su profundo est√≥mago, capaz, con sus 451 m de albergar la totalidad de la fauna y flora pirenaicas.
     La cima de Punta de las Olas actuaba con la farsa de las apariencias. Tras el primer acto, la puesta en escena contemplaba una cumbre de una realidad com√ļn y simplona realzada con el apilamiento de piedras en un hito. Tal af√°n de quitar metros a las nubes para apropi√°rselos en c√ļspide; m√°s que nuestro aplauso, merec√≠a sacarse una foto como prueba del delito: c√°mara en temporizador; el moj√≥n en medio, como reo culpable de latrocinio; y nosotros a los lados, sonrientes y felices, para no albergar ninguna duda de qui√©n posaba como el malo de la pel√≠cula. Pasamos de actores de nuestra aventura, a espectadores de otra paralela para acabar como testigos de tan infame hurto.
     Al sentarme junto a mis compa√Īeros, ca√≠ en la cuenta de que la gorra estaba recogida dentro de la mochila y mi cabeza castigada por un sol de justicia.
-  ¬° Javier, est√°s muy rojo ! ¬Ņ Te encuentras bien ?- pregunt√≥ preocupado Xabi.
-  ¬° No s√© ..., la cabeza !- coment√©, mientras beb√≠a, despu√©s de ponerme la gorra.
- ¬° Siempre que hacemos cumbre te pasa algo ! ¬° Sufres de un precoz mal de altura ... a 3.000 m !- exclam√≥ Tripu.
- ¬° Perdone usted sr. Conquistador del Cotopaxi, rey del Chimborazo, conde de cinco miles y duque de seis miles que  a este miserable vasallo le caiga grande la corona del triunfo y su alteza tenga que caminar por plebeyas cotas ! ‚Äď respond√≠ mientras gesticulaba rid√≠culas flexiones con ademanes cortesanos.
     Mal sombrero es el pelo y peor sombrilla el cielo raso en altura; provocan que los ojos vuelen con alas de espejismo y las neuronas alucinen a la m√≠nima. Quiz√°s un amago de insolaci√≥n; la sempiterna compa√Ī√≠a de mi otro yo, excesivamente so√Īador; y una sed de observar otras realidades; convirtieron un digno tresmil en una dudosa c√ļspide. Y si fuera juzgado en los tribunales de la objetividad, caer√≠a preso por vil imaginativo, pertinaz cuentista, asesino de realidades y corruptor de castas rese√Īas.
Sin ninguna sombra a la vista que refrescase un merecido descanso, continuamos, direcci√≥n norte, hacia el aragon√©s pico A√Īisclo o el afrancesado Soum de Ramond. Su imagen gris terrosa, altiva y esquinada por pitones de piedra, insinuaba el perfil de un gigantesco ser antediluviano, petrificado en los albores de la historia. Un c√≥modo sendero llaneaba por una terraza a 3.000 m; gracias a su altura, disfrut√°bamos de la panor√°mica de tres valles: Pineta, A√Īisclo y Ordesa.
- ¬° Qu√© curioso ... !- exclam√≥ Xabi , al referirse a un vivac adosado a una gran roca.
     Un murete circundaba un solitario pe√Īasco; en su interior, un c√≥modo lecho suger√≠a la estancia.

     Acampamos y, despu√©s de cocinar arroz y sopa, comimos  a gusto, secos y sin ning√ļn dardo de aciaga suerte clavado en nuestras posaderas. La fortuna quiere y odia con voluptuosa veleidad; a veces se embelesa al contemplar una simple zarza y otras ignora la hermosura de un jard√≠n; fugaz y n√≥mada, pues apenas huele una, vuela a otra flor con la magia del hada madrina y el acero del verdugo. La noche insomne a la luz de la luna, el golpe de sol en el cuerpo y la modorra tras una agradable pitanza cerraban mis ojos.  Una somnolienta paz relaj√≥ mi cuerpo: piernas, brazos y unos p√°rpados cada vez menos abiertos dormitaban por su cuenta. El cerebro, aburrido y solitario, apag√≥ las pocas luces de la sesera para descender al s√≥tano de la subconciencia.
     Y ah√≠ perd√≠ la noci√≥n de los minutos, entre la nula voluntad de seguir despierto y el ansia de sucumbir al sopor de Morfeo.

                        Javier Pastor

 




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