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lunes 17 de enero de 2011, 22:29:15
LOBO IBÉRICO -Canis lupus signatus-
Tipo de Entrada: ARTICULO | 47 Comentarios | 95615 visitas

                                                  BIOFICHA

CLASIFICACIÓN
Clase:
Mammalia. Orden: Carnívora. Familia: Canidae. Género: Canis. Especie y subespecie: Canis lupus. C.l. signatus o lobo ibérico. Llobu, otso, llop, lobo, loup, wolf, lupo, gray wolf.
BIOMETRIA
Peso:
45–35 kg, machos, y 35–25 hembras. Longitud: 140–100 cm. Altura en cruz: 90–70 cm. Cola: 50–35 cm (en la hembra parámetros inferiores en 20 %).
Dentición: I 3/3, C 1/1, P 4/4, M 2/3 = 42 piezas. Librea: Parda grisácea a parda rojiza. Dos mudas –verano e invierno-.

ECOLOGÍA
Principal depredador de ungulados del Hemisferio Norte –Canis lupus-. Influye en la selección natural de las especies junto al control y saneamiento de sus poblaciones. Ataca y devora a otros cánidos que solapan su territorio como zorros y perros asilvestrados, así como, ocasionalmente,  a animales domésticos –lobadas– y carroña.
Hábitat: De gran adaptabilidad, puede ocupar prácticamente todos los ecosistemas de la Península, desde el nivel del mar hasta la alta y media montaña.
Alimentación: Cazador social y carnívoro generalista de amplio espectro trófico. Único superpredador terrestre de un incalculable valor ecológico.

Distribución: Presente en España y Portugal con dos poblaciones diferenciadas por el río Duero: la norteña estable -mejor comunidad Castilla y León-; la sureña inestable. Tendencia de expansión hacia el Este y presencia anecdótica en Catalunya (lobos foráneos).
BIOLOGÍA
Madurez sexual:
20-24 meses, hembras, y 3 años, machos; monógamos. Celo: enero-marzo. Cromosomas: 78. Gestación: 63 días. Parto: anual, mayo; rango abril-junio. Camada: 5 cachorros (rango 1-11, correspondiendo los datos inferiores a lobas primerizas). Lobezno: neonato hasta 3 meses; fórmula dentaria: 2 (I 3/3, C 1/1, P 2/2, M 1/1)= 28 dientes de leche. Lobato: 3-18 meses, correspondiendo el dato superior a lobo adulto. Esperanza de vida: 15 años, rango 8-15.
ETOLOGIA
Social y jerárquico se agrupa en manadas familiares regidas por una pareja dominante y reproductora. Interactúa por medio de gestos, posturas, olores y vocalizaciones, estructurando un lenguaje de alto nivel de comunicación. Ritmo circardiano crepuscular, en gran medida, determinado por la actitud del hombre, con el cual mantiene una relación histórica de amor-odio.

            

In memoriam

      A Félix Rodríguez de la Fuente, Hijo Predilecto de Gaia; Maestro en el aula de los espacios libres y Macho Alfa de la Gran Manada. Y a todos aquellos naturalistas que desbrozaron la senda hacia Mater Natura para que nosotros caminemos por ella. Mi admiración, gratitud y cariño.
                                                     Javier Pastor –Lupus-

                             


Origen

     El linaje del lobo forja una historia de evolución y taxones extinguidos. De vida que se nutre de otras vidas sujetas al reinado de la cadena trófica, elegidos como reyes de la predación por mandato de Mater Natura (escala filogenética: descendiente del Miacis –pequeño carnívoro, tipo gineta de hábitos arborícolas, antecesor de los caniformes modernos-, nace la saga evolutiva con el Cynodictis en Eurasia -Eoceno superior y Oligoceno–, para extinguirse y emerger el taxón Pseudocynodictis, más evolucionado, en Norteamérica –Oligoceno-. La secuencia troncal continúa con el Hesperocyon y Cynodesmus –Mioceno inferior, depredación en el suelo-, Daphaenus y Tomarctus –Mioceno medio y superior– y, finalmente, Canis lepophagus –Norteamérica, Mioceno superior y Plioceno-; protocánidos que originan el surgimiento de la subfamilia Caninae y el género Canis).
     El primer ancestro del género Canis, Canis etruscus, habitó América hace 10 millones de años (el registro fósil en Eurasia más antiguo del género Canis data de 3,4 m.a., descubierto en los depósitos chinos de la Cuenca del Yushe –Formación Mazegu-), para dispersarse a través de Beringia hacia Eurasia –3,5 m.a.-. Durante el Pleistoceno campeaban por el Viejo Mundo los taxones Canis etruscus (un tipo de coyote primitivo con dataciones de fósiles de 1,3 m.a. –yacimientos de Venta Micena, Orce, Granada– y de 1,1 m.a. –Cueva Victoria, Murcia-), Canis falconeri (perro salvaje ancestro del licaón africano con depósitos osíferos en China –2,5 m.a.– y Tanzania –1, 9 m.a.-) y Canis arnensis (cánido chacaloide  registrado en yacimientos de Senéze, Francia, y Tasso, Italia, con una antigüedad de 2-1,7 m.a.). Procedentes del este asiático regulaban el equilibrio ecológico en la Era de las glaciaciones, cuando el hielo cubría una cuarta parte de la Tierra y éste, con sus gélidas fauces, depredaba sobre todas las criaturas. Estos cánidos compartían hábitat con los primeros homínidos europeos, iniciando una tempestuosa historia de admiración/odio; para surgir la línea evolutiva más reciente, Canis mosbachensis (lobo pleistocénico de menor envergadura y mayor carnivoridad que su descendiente contemporáneo, Canis lupus). A finales del Pleistoceno medio y en el Pleistoceno superior, dominaba la forma Canis lupus mosbachensis (registros fósiles de Torralba y Ambrona, Soria, con una antigüedad de 0,4 m.a.) y llegar, tras sobrevivir a las glaciaciones, al lobo moderno, Canis lupus (900.000/600.000 a.C.; las duras condiciones ambientales causaron la extinción de numerosas especies, cebándose en los mamíferos. La relativa altitud baja de la Península Ibérica la transformó en un paraíso donde germinaba la vida. Al otro lado del estrecho de Gibraltar, el Sáhara constituía un oasis gigantesco; un vergel de agua y ríos donde la exuberancia vegetal y animal mostraban un paisaje opuesto al actual –quimérico a ojos del hombre moderno-), y al primer lobo ibérico, Canis lupus signatus (yacimientos peninsulares de Atapuerca, Burgos, y Ambrona, Soria; datados entre 400 y 200.000 años de antigüedad), próximo al periodo interglacial Holsteinian  (segundo periodo interglacial donde las temperaturas ambientales –por encima de los Oº C– favorecieron la diversificación de presas; al mismo tiempo que mantuvieron la extensión estacional del manto nivoso, idóneo para las cualidades venatorias del lobo).

                      

       El éxito evolutivo de la especie tuvo su recompensa al encumbrar a Canis lupus (Linneo 1758) como uno de los depredadores de cúspide de la cadena trófica en cada uno de los hábitats colonizados de la región holártica. Ocupa ecosistemas tan extremos como el boreal (p. ej.: subespecies Canis lupus orión, C.l. arctos y C.l. albus) donde las nieves perpetuas facilitan la caza de grandes herbívoros –p. ej.: caribú o alce-; hasta los ecosistemas áridos y desérticos  (p. ej.: Canis lupus pallipes, C.l. arabs y C.l. baileyi) donde las yermas dunas, la tierra calcinada y la escasez de alimento ponen a prueba su supervivencia (el lobo etíope –Canis simensis-, pariente cercano de Canis lupus, es el cánido salvaje menos viable del mundo, apenas sobreviven varias centenas –inferior a 500 ejemplares– en las montañas de Etiopía, diezmado por la destrucción del hábitat, hibridación y persecución del hombre; por desgracia, amenazas extrapolables a nivel mundial). Pero es en latitudes más templadas, en donde los bosques, las montañas y los espacios abiertos de poca presión antropógena componen el hábitat preferido del lobo. Tras sobrevivir al histórico biocidio global, acentuado en el s. XX (resiste, e incluso se expande, gracias a su ductilidad y al aumento de la tolerancia humana –menor o nula si afectan a intereses económicos– donde disponga de alimento, preferiblemente de origen salvaje, y la mortalidad a manos del hombre no supere el índice reproductivo), la gran adaptabilidad del lobo y una aceptable tasa de renovación mantienen una población mundial que no supera los 300.000 ejemplares, distribuidos en cerca de 50 países con numerosas subespecies. La taxonomía discrepa en el número: 15 (Nowak y Federoff 1996), o bien 32 (Mech 1974) diferenciados , a grandes rasgos , en el tamaño –mayor en latitudes septentrionales, lobos de Alaska y rusos; y menor, meridionales, lobo árabe- y en el color –blancos en ecotopos árticos y rojizos en los áridos- formando cuatro grupos, de norte a sur:
     Los lobos blancos ocupan los ecosistemas boreales con varias razas, p.ej., Canis lupus orion, C.l. albus y, como emblema, C. l. arctos o lobo ártico, merodeador de la banquisa de espléndida librea blanca.

                    

      Lobos grises -denominación genérica del lobo común, Canis lupus, en América- en los territorios del sur del Círculo Polar, de pelaje más oscuro, incluso melánico, y mayor envergadura, 60–80 kg, bien representados en las subespecies C.l. lycaon, C.l. occidentalis o C.l. communis o lobo ruso, depredadores de ungulados tan majestuosos como alces y caribúes en los ecosistemas subárticos de taiga y tundra. Los lobos pardos colonizan gran variedad de los ecosistemas euroasiáticos, algunos de ellos tan opuestos como los biotopos siberianos o esteparios (Siberia cuenta con la mayor población lobuna de Eurasia, donde sobrevive a temperaturas ambientales de –50º C), y los de características mediterráneas. Presentan un tamaño medio y pelambre de matices grisáceos con razas tan significativas como C.l. campestris o lobo estepario, C.l. italicus, o los extremos geográficos del Oeste, C.l. signatus o lobo ibérico, y Este, C.l. hodophilax y C.l. hattai extintos  lobos japoneses –año 1905-. Todos ellos abanderados por el popular y mítico Canis lupus lupus o lobo común euroasiático. Los lobos más sureños y de menor envergadura, 15–35 kg, corresponden a los lobos rojos (subespecies de Canis lupus; no confundir con el lobo rojo, Canis rufus, cánido americano de taxonomía discutible – especie independiente o híbrido entre lobo y coyote-) de pelaje corto en tonos cobrizos, silueta delgada y estilizada, grandes orejas y patas largas, adaptaciones morfológicas que disipan el calor de los biotopos áridos que ocupa,  mostrando un aspecto chacaloide; representados por C.l. baileyi en América y C.l. pallipes en Asia, uno de los padres biológicos del perro, C.l. familiaris.

     

     Esta diversificación global de razas y de biotopos presentan características muy dispares que en el lobo ibérico y en Iberia muestran puntos en común: A pequeña escala, nuestra Península aglutina el abanico de ecosistemas holárticos. Los biotopos de alta, media y baja montaña, boscosos, esteparios o de zonas áridas han sido o son ocupados por el lobo ibérico, que presenta –y representa en un grado menor– adaptaciones físicas y etológicas al biotopo que depreda. Las grandes manadas de lobos norteños (12–25 miembros) y sus espectaculares presas -wapitis, caribúes o alces- se truecan en una manada más familiar (3–12 miembros), y en presas de inferior porte -ciervos, corzos o jabalíes–. El mayor tamaño y pelaje oscuro de los lobos grises se reflejan en los lobos “norteños” de la Iberia Septentrional con un leve aumento de tamaño y oscurecimiento de librea respecto a sus paisanos sureños. Los gradientes de temperatura ambiental que soporta el lobo se radicalizan en zonas árticas, -50º C, y zonas áridas, 50º C. Las oscilaciones térmicas peninsulares (alta montaña –Pirineos, Picos de Europa o Sierra Nevada– en oposición a las zonas áridas y desérticas), menos bruscas, azotan y ponen a prueba a Signatus que responde con similares estrategias para adaptarse. El lobo ibérico manifiesta unas características afines –si bien menos marcadas– y patrones semejantes a cada uno de sus parientes de raza que habitan los diferentes ecosistemas. Descubrir la biología del lobo ibérico, explorar su mundo y su entorno, cada rincón de la ecología del máximo superpredador ibérico terrestre; no sólo supone una ventana abierta al lobo global, Canis lupus, sino razones para amarlo y protegerlo. Conozcamos a Canis lupus signatus (Ángel Cabrera 1907) o lobo ibérico…

Distribución

     La población lobuna ibérica, si bien compone la segunda comunidad de Europa en importancia después del cinturón de naciones del Este (matriz, la Federación Rusa; en segundo lugar, aunque muy distanciada, Rumanía); apenas cuenta con 2.000/2.500 ejemplares (población fluctuante en función de los partos: máximo en la etapa postparto, a mediados de otoño, y mínima en la etapa preparto, a principios de primavera; siendo más plausible el dato inferior, por debajo de las cifras optimistas, muchas veces mediatizadas por el ambiente antilobo. En este sentido aún se añade más confusión a la guerra de cifras, donde las aportaciones científicas –más doctas y, presumiblemente imparciales– están sujetas a unos presupuestos gubernamentales mínimos, unos estudios de campo dilatados por décadas y de metodología cuestionable en algunos muestreos –la mejor, el radiomarcaje masivo, obviamente caro– y presionados ideológicamente por el ambiente prolobo –mea culpa-. En todo caso, sin tomar las cifras al pie de la letra, sí marca una tendencia incuestionable a valorar por todos), agrupados en ±300 manadas en España; y 300/450 lobos (primavera–otoño) hermanados en 67/70 alcateias –manadas– en Portugal. Ofrece una densidad de 1,5–2 lobos/100 km² (Blanco et al. 1990), similar a la europea, 1–3 lobos/100 km² (Boitani 1999), y más uniforme que la norteamericana, 0,3–4,3 lobos/100 km².
     El río Duero vertebra las poblaciones lobunas: Al norte, la comunidad lobera de ambas naciones goza no sólo de las mayores poblaciones, sino de una cultura lupina más pura y arraigada, tanto en el carácter idiosincrático de la subespecie como en su relación con el hombre. Al sur, la rarificación y la pérdida de valores lobunos se convierte en una espada de Damocles de final incierto, que agudiza la gravedad en la población más sureña, la andaluza.

            

     Pese a la regresión escandalosa de algunas zonas, Iberia ostenta el orgullo de albergar a la mejor población europea occidental, merced a una orografía óptima, abundancia de animales salvajes (la expansión del corzo atrae como un imán al lobo) y domésticos (carroña y esporádicas lobadas –ataques a reses-). Junto a un despoblamiento rural y, consecuentemente, su naturalización; el cambio de modelo pastoril y de mentalidad ciudadana –más conservacionista y documentada– y una información científica y divulgativa (p.ej.: Félix Rodríguez de la Fuente, Carlos Sanz García, Ramón Grande del Brío, etc.). Una vez más el hombre determina su existencia –bien de tendencia prolobo o contra él–. Aunque parezca contradictorio el lobo ibérico no precisa de ambientes salvajes para coexistir, de hecho puede vivir cerca del humano –aunque no lo percibamos, ocasionalmente y como herencia ancestral, visita nuestros basureros, granjas, incluso pueblos; como lo corrobora la humanizada Galicia, 2ª comunidad en importancia lobuna-; el problema radica en la presión antropogénica sobre el indómito cánido. Se adapta a los distintos tipos de clima (oceánico, mediterráneo y de montaña) colonizando sus respectivos biotopos siempre que presenten manchas vegetales para cobijarse, en especial en el ciclo reproductor; acceso a fuentes de agua y cazaderos con presas que rentabilicen el gasto energético de la persecución –p.ej.: un cérvido compensa una acción venatoria conjunta, un lagomorfo no-. Si bien los hábitats peninsulares de preferencia corresponden a las zonas montañosas medias, abruptas y boscosas –caducifolios, pinares y mixtos-. Campea por las mesetas castellanas, al amparo de cultivos de cereales y girasoles, en busca de algún disperso rodal –generalmente de vegetación de ribera y, en menor cuantía, pinares– y presas menores, curtiéndose a la intemperie  de páramos y campo abierto y fomentar la leyenda del lobo estepario.

    

      O ventea el aroma a salitre, al socaire de los acantilados rocosos y arenales costeros de Galicia –Costa da Morte-, Asturias y Cantabria, para ascender hasta la desnudez de la roca y las gélidas nieves, rozando las cumbres de los macizos ibéricos (el último lobo oscense fue avistado al oeste de Monte Perdido en el año 1930). Pero donde el lobo ibérico se asienta mejor y lo percibe como el territorio de sus antepasados, es en el ecosistema mediterráneo, donde la encina –árbol ibérico por derecho– teja su hogar por encima de otras especies, para alfombrarlo de jarales –llamados, en algunas zonas, hierbas loberas-, genistas, cantuesos, lentiscos o brezales y sentir el olor de su hogar.
     Éste se concentra en el sector noroccidental de la Península y, en la actualidad, con una tendencia expansionista hacia el Este. León ostenta el orgullo de originar el mayor número de lobos por provincia (±70 manadas, y zonas a destacar: Riaño, El Bierzo o Babia) y Zamora mantiene la más alta densidad, 5–7 lobos/100 km² y la población más genuina (epicentro en la Reserva Regional de Caza de la Sierra de la Culebra, 67.340 has. acotadas desde el año 1973, mal año y peor década del biocidio de la subespecie); ambas provincias, joyas del reino ibérico y matrices de la nación lobuna. Haciendo honor a ellas, Castilla y León, constituye la comunidad autónoma  lobera por excelencia, con una población 1.000/1.500 ejemplares agrupados en ±180 manadas; siendo especie protegida al Sur del Duero (Directiva de Hábitats 92/43/CEE, anexos II y III, especie prioritaria), y cinegética al Norte del Duero (Ley de Caza 4/1996, 12 de julio, Decreto 83/1998). Tras el rastro de León y Zamora (±55 manadas, y zonas a destacar: Sierra de la Culebra, La Carballeda, Aliste y Sanabria), y por orden de importancia: Burgos y Palencia, que, junto a León, exhiben una densidad considerable, 3–4,2 lobos/100 km²; más relevante si comparamos los datos con la primera población europea –Federación Rusa y países colindantes-, cuya densidad casi duplica, 2,2–5 lobos/100 km². O la baja densidad de las llanuras cerealistas, 0,4–0,6 lobos/100 km² (Blanco et al. 1990); porcentaje curioso, donde los ecotopos ubicados en una u otra orilla del determinante río Duero condicionan su existencia (hasta hace unos años frontera natural para la expansión de la subespecie). En Salamanca las diferencias entre norte y sur se acucian; agravándose aún más con la presión humana antilobo, inducida por un modelo ganadero extensivo afectado por la merma de animales silvestres y la abundancia de ataques de perros cimarrones, injustamente siempre atribuibles al lobo, cuya inestable población mengua pese al trasvase de lobos zamoranos y, en menor media, lusos (eliminado el núcleo reproductor de la sierra de Gata). Por el contrario, en Valladolid, el modelo agrícola ayuda a la difusión sureña al recolonizar estas zonas, donde es visible entre los tradicionales campos de cereal, o los más actuales de girasol y maizales; para expandirse hacia Ávila (3/5 manadas ubicadas en las sierras de Ávila y de Malagón y en Campo Azálvaro) y Segovia (línea Coca, Cantalejo y Riaza); ambas provincias umbral lobuno hacia la comunidad de Madrid (Sistema Central –Chapinería, Guadarrama y Somosierra-). Y continuar la recolonización hacia el Este, a través de Soria, como punta de lanza (exterminado a finales del s. XX en la década de los 60 –Picos de Urbión– y asentamientos desde las décadas 80 y 90; cuenta con manadas estables en Duruelo, Montenegro de Cameros, Urbión y La Hinojosa).

           

     Galicia –segunda comunidad en patrimonio lobero– presenta un territorio muy humanizado, con el mayor grado peninsular de antropogenización, donde el lobo demuestra unas dotes adaptativas tan peculiares que ha impregnado en el inconsciente colectivo del pueblo gallego. Esta impronta lobuna se manifiesta por toda Galicia: leyendas (p.ej.: la creencia entre el campesinado de ahuyentarlos con el sonido de la gaita o el chirriar de las ruedas de los carros. Los “arresponsadores” y la religión; amén de la miríada de narraciones, cuentos, dichos y fábulas nacidos del imaginario popular, entroncado con la cultura celta, y embellecidos con “a lingua galega”), zoomorfismo (el caso más grave de licantropía en  España –enfermedad psiquiátrica identificativa con el cánido salvaje- aconteció en los bosques galaicos, entre los años 1846 y 1852, a manos del demente Manuel Blanco Romasanta –“lobishome” natural de Regueiro, Ourense-, que asesinó y devoró, al menos, a  9 paisanos), mitos (Pereeiros de lobos: humanos que conviven con lobos en manada, ejerciendo de líderes y  de animal), folklore (peliqueiros del carnaval de Laza , Ourense.) y toponimia (Lobios y Lobeira en Ourense; Matalobos en Pontevedra; islas Lobeira grande y chica, El Lobeiro, Lobelos y Serra da Loba en A Coruña, ésta compartida con Lugo: Serrón do Lobo 702 m, o Loboso). Si el lobo castellanoleonés exhibe una medalla a la cantidad y a la calidad –con el pedigrí encamado en Zamora-; el lobo galaico ahonda en el alma de sus paisanos humanos, hasta adquirir rango de patrimonio cultural y etnográfico: “Nuestro lobo, animal de sangre y espíritu gallegos/o noso lobo, animal de sangue e espírito galegos”. Un número difícilmente superior a los 1.000 ejemplares, hermanados en 65/75 grupos reproductores –gal. mandas; de baja cría–,  campean por el humanizado territorio en una densidad, 1,7-2,4 lobos/100 Km², que abarca desde altitudes marítimas en la Costa da Morte, hasta las cotas montanas de las serranías interiores. Desaparecido de gran parte del litoral costero, del norte de A Coruña y suroeste pontevedrés; se afianza en Ourense y Lugo con feudos tan loberos como Serra do Laboreiro, do San Mamede, do Xurès o Parque Natural o Invernadeiro, en la primera provincia; y  Os Ancares o Serra do Meira, en la segunda, para extenderse por toda la comunidad al abrigo de serranías, montes y bosques (p.ej.: Serra do Suido, do Faro, do Loba, do Courel o Montes do Testeiro).
     La antropogenización del medio condiciona la disponibilidad trófica abocándola hacia el consumo mayoritario de animales domésticos (alto porcentaje en estado de carroña y, menor, de pastoreo, semintensivo y libre -mostrenco, p.ej., el famoso poni galego-) y medio, basado en la predación de ungulados silvestres (prioritariamente corzo y, en disminución, jabalí), junto a presas menores (lagomorfos). Los daños colaterales de la enfermedad de las vacas locas –EEB, año 2002– que eliminaron un recurso fácil y abundante, la baja o media densidad de corzos y la precariedad de conejos lo abocan a la desnutrición, a la merma reproductiva y a un bajo índice de productividad, junto al aumento de lobadas (principalmente en mayo –partos del ganado vacuno y equino– y en octubre –iniciación de los lobatos en la cacería-)  y, desgraciadamente, a la respuesta represiva de los sectores afectados. Un futuro incierto, gris, que puede ennegrecer o aclararse a voluntad del pueblo gallego y de sus representantes políticos (especie cinegética, anexo IV del Reglamento de la Ley de Caza 4/1997, 25 de junio, Decreto 284/2001. Xunta de Galicia, Decreto 297/2008, 30 de diciembre, Plan de Gestión), esperemos que no cierren puertas y abran ventanas.

               

      El Principado de Asturias agrupa a la tercera comunidad lobuna ibérica, e inicia –a nivel estatal- el goteo de parejas reproductoras, ±38 asturianas, originando una población no superior a los 250 cánidos. Si antaño ocupaba la totalidad del Principado (constancia desde  el s. XV del cargo de “Alcalde de Montería” –Oviedo- , quien capitaneaba batidas exterminadoras contra el lobo astur, obligando por ley a la ciudadanía a participar en las matanzas. Hecho histórico extendido en el tiempo por toda la geografía española), se ha recluido en la mitad central y meridional de Asturias, trasladando sus núcleos de cría a reductos tan emblemáticos como los Parques Nacionales de Somiedo, de Covadonga y de Picos de Europa, y las Reservas de Muniellos y Degaña; gozando de mayor estabilidad en  la zona occidental. El LLobu asturianu ha mejorado respecto a décadas anteriores y su existencia - preocupante e incierta en las poblaciones de las  comunidades autonómicas orientales norteñas que la prosiguen– se encuentra normalizada. Mantiene un Plan de Gestión bajo la tutela de especie protegida, un orgullo para los asturianos que valoran la idiosincrasia de un llobu capaz de asomarse al mar Cantábrico (avistamientos muy anecdóticos en la costa occidental) y rebasar el límite boscoso para ascender a la alta montaña –cota 2.400 m-.
     Casi exterminado en los años 70 del s. XX, el lobo cántabro resurge de la quema en la siguiente década, con una presencia continua en la zona occidental , propiciada por las migraciones vecinales –Asturias, León y Palencia-, y apoyado por el trasvase burgalés del extremo oriental. Una reducida agrupación familiar, 5/7 núcleos reproductores, que apenas rozan el medio centenar de individuos relegados a las zonas más montaraces por la fuerte hostigación del hombre que impide la dispersión, el asentamiento de nuevos grupos, e incluso el campeo hacia las zonas humanizadas (oposición ganadera, en especial, en el Norte y del sector ovino. Y la menos comprensible acción cinegética, donde las batidas al jabalí se cobran la muerte del lobo a manos del cazador y por el propio guarderío –Reserva Regional de Caza de Saja y zonas de Caza Controlada de Valderredible y Valdeprado del Río–), convirtiéndose las tierras del sur -Valderredible, Valdeolea, Valdeprado del Rio-, junto a los extremos territoriales de Liébana y Peña Sagra –occidental–, y valle de La Soba –oriental-, en el reducto lobero a proteger, aunque sólo sea por dar una oportunidad a un gestor natural con siglos de experiencia. Máxime cuando su conservación no está garantizada a largo plazo y precise del trasvase de lobos castellanoleoneses al perecer muchos de los ejemplares locales; y, legalmente, esté catalogado como especie cinegética. Se le mediatiza con titulares sangrientos de lobadas y se ocultan sus acciones venatorias al regular, como depredador de cúspide, el equilibrio ecológico de los distintos biotopos cántabros en donde interactúa (p.ej.: barrera zoológica contra zorros y perros asilvestrados, éstos, responsables en la sombra de muchas lobadas. Y control trófico de las poblaciones de ungulados salvajes, donde el astuto jabalí encabeza el monto de los daños agrícolas). Injusticia no autóctona, ni siquiera nacional; cruza fronteras y siglos de historia para enquistarse, por desgracia,  en la leyenda negra del patrimonio de la humanidad.

              

     Otsoa, el lobo vasco, desapareció de su territorio a mediados del s. XX; 1950, en la zona de Montes de Ordunte, 1958 en Álava y 1967 en Vizcaya fecharon las últimas ejecuciones, hostigados por la ideología del régimen gobernante que ensalzaba al cazador (la reiterante imagen de monterías con Francisco Franco, escopeta en mano, acompañado por su cúpula gubernamental. De hecho, Consejos de Ministros y decisiones políticas se acordaban al olor de la pólvora. En los mentideros de la época se recomendaba, a quien quisiera medrar, hacer gala de devoción franquista y pasión de cazador), y negaba o prohibía cualquier mínimo atisbo de racionalidad ecológica (por el contrario, fomentaba lo opuesto, sirva de ejemplo las Juntas de Extinción de Alimañas, auténticos juicios sumarísimos contra el lobo y “otros competidores del cazador”) y la persecución ganadera (curiosamente determinados pueblos –p.ej., Ataun- celebran la fiesta invernal del “Otsabilko”, donde los vecinos ofrecen alimentos para aplacar las razias del lobo). En la actualidad su presencia es regulada a través de la Orden Foral de Vedas en Álava y Vizcaya, siendo especie cazable con autorización –esperas y recechos-. Hoy en día, el lobo ha recolonizado parte de su nación gracias al flujo dispersante de lobos castellanos (burgaleses norteños de los valles de Mena y de Losa) y cántabros (sureños del valle de La Soba). A esta migración tradicional, se añade la posibilidad de fluctuaciones de lobos riojanos, procedentes del Sistema Ibérico. El extremo occidental de la Comunidad del País Vasco agrupa la zona de cría, 4/5 manadas, y un número fluctuante de 25/35 individuos. Álava sostiene la mayor población distribuida en los territorios del valle de Valderejo, Valdegovia y las serranías de Salvada y Guibijo. El macizo del Gorbea como puente orográfico los une a los territorios vizcaínos de la Comarca de Encartaciones, valle de Karrantza y Montes de Ordunte. A pesar de la fuerte presión ganadera (pastoreo extensivo y en semilibertad  de ovejas latxas), la población lobuna sigue a través de corredores naturales (cordales de montaña y bosques) la tendencia peninsular de expansión Oeste–Este, fruto de los movimientos dispersivos de los subadultos, junto a la expansión del corzo, la presa habitual. En 1996 se divisa en el Parque Natural de Aralar (muga Guipúzcoa–Navarra). A corriente de este río dispersivo, en la Comunidad Foral de Navarra, tras décadas de extinción, se producen avistamientos: 1990, Petilla de Aragón –jurídicamente Navarra-, y en 1996  campeos en Sierra de Urbasa y en Lerín. Presumiblemente, en sendas provincias, lobos provenientes del Sistema Ibérico.

         

     La Sierra de la Demanda ha constituido la resistencia numantina a la erradicación del lobo riojano (en el s. XIX ocupaba todas las serranías, adentrándose hasta el Valle del Ebro, para casi extinguirse en la década de 1960), para, a partir de 1987, recolonizar –flujo castellano, principalmente burgalés- los antiguos territorios y avistarse en Siete Villas, Ezcaray e Iregua. La densidad es muy baja, al igual que los núcleos reproductores, 3/4, recluidos en las serranías de la Demanda, Urbión, Las Hornazas y Cebollera, con una población inferior a la cuarentena, aunque con una tendencia dispersiva hacia el Este. Incomprensiblemente sufre la condena a muerte de una situación legal poco acertada al considerarlo especie cinegética (Ley de Caza 9/1998, 2 de julio). La Rioja, encrucijada de caminos y puerta de recolonización, merecería una atención especial, ya que la existencia del lobo riojano va más allá de la fobia o aprecio autonómicos, influyendo en la población estatal del lobo ibérico, patrimonio de todos los españoles.
     Aragón carece de grupos reproductores y, oficialmente, se le cataloga como especie extinguida. Una desgracia aún mayor en una tierra no sólo pródiga en fauna y flora, sino representativa de especies únicas. La influencia fronteriza de las provincias loberas y la tendencia nacional de dispersión hacia el Este, han propiciado avistamientos y, desgraciadamente,  recogida de cadáveres esporádicos en las tres provincias; dándose probabilidades de una reintroducción natural en las serranías turolenses, al menos de campeos de ejemplares divagantes –erradicado de Montes Universales en 1910 y de la sierra de Albarracín en 1945-.
     Esta migración Oeste–Este, naciente en la cuna castellanoleonesa, bien podría culminar en el extremo oriental peninsular, pero la barrera humana, con su egocentrismo y prepotencia de especie suprema, es más impenetrable y alta que los muros de roca de los Pirineos. Catalunya y el llop se han reencontrado en el Parque Natural del Cadí–Moixeró (avistamiento inicial en la periferia, Saldes,  y confirmación oficial, 2004, de rastros y excrementos lobunos en el interior. Análisis de muestras: Josa i Tuixen 2000, Lérida; Saldes 2002, 2004 y 2005 junto a Gosol 2004, ambas en Barcelona y Alp 2005, Girona) tras más de medio siglo de separación (los últimos lobos se abatieron en Tarragona, en los bosques de lo Port –Horta de Sant Joan, 1924, 1929 y 1935-). Desde la  Alta Cerdayna, en el macizo de Madres –norte del Canigó-,  el lobo cruzó la frontera en 1999 para dejarse ver en P.N. del Cadí–Moixeró y en las comarcas de la Cerdanya, l ´Alt Urgell, l ´Alt Ripollès, el Berdegà y el Solsonès. La población ronda la docena, sin constancia de grupo reproductor. No pertenece a la subespecie ibérica, sino a la italiana, Canis lupus italicus, demostrando una querencia particular por las tierras del Prepirineo catalán (Altobello 1921. Originarios de los Abruzzos, Italia, en la década de 1990 expandieron oleadas hacia los Alpes italianos y suizos en dirección norte; Alpes franceses y Lyon, noroeste; y Alpes marítimos, este, en el P.Nac. de Mercantou, 1992, para avistarse en 1998 en el macizo de Madres. Lobos itinerantes de inferior calidad biológica –menor diversidad genética-  y ecológica).

                    

      La población lobuna en Castilla–La Mancha es muy fluctuante y dispersa; encontrándose rasgos de ella –de menos a más- en Cuenca; en las tierras meridionales de Ciudad Real donde campean lobos dispersantes desplazados de Sierra Morena; y en el norte de Guadalajara, donde el flujo castellanoleonés se ve recompensado con varias manadas asentadas (serranía y Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara donde, curiosamente, se localiza el Pico Lobo). Desde el punto de vista zoológico, esta comunidad adquiere una importancia clave al tener la opción de convertirse en puente natural entre las dos subpoblaciones ibéricas: la norteña y la andaluza; salvando de la extinción a ésta, al aportar la mejora genética gracias al trasvase de nuevos ejemplares. Así lo contempla su estatus legal, como especie protegida (Decreto 33/1998).
     En Extremadura, pese a estar protegido desde 1985,  los aullidos de bienvenida a nuevas camadas se han silenciado –antigua cuna,  sierra de San Pedro-. No existen evidencias de grupos reproductores (Rico et al. 1997; Moreira 1998), aunque se han apreciado campeos ocasionales de individuos en dispersión en sierra de Gata y valle de Ambroz. Pequeña llama guarecida de los vientos de la extinción por manos vecinas, y el sueño, quimérico o posible, de una recolonización natural.
     Entre dos aguas nada el lobo andaluz: la corriente esperanzadora de nueva sangre que revitalice la precariedad de los clanes y la profundidad oscura de la extinción. Al iniciar el s. XX, Signatus hubo de abandonar los hábitats costeros para replegarse hacia el interior en una regresión continua (en el s. XIV se documentó el avistamiento y campeo de lobos dentro de las ciudades de Sevilla y Granada; por el contrario, , en el año 1585, los duques de Media Sidonia –Cádiz- promulgaron ordenanzas a favor del exterminio del lobo andaluz. Ausente de Sierra Nevada en 1910; sierra de Cazorla y Segura, década de los 20, y seguir la tendencia negativa hasta recluirse en Sierra Morena, década de los 50). Actualmente, a pesar de la cobertura legal de especie protegida (Decreto 4/1986), la población peninsular más sureña  se considera en categoría de Peligro Crítico (Muñoz–Cobo y Blanco 2001) y sólo abarca a las provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla. La baja densidad y su aislamiento poblacional reducen al mínimo el intercambio genético, empobreciendo al lobo andaluz (p.ej.: malformaciones físicas, ceguera y disposición a patologías infecciosas), que apenas cuenta con 40/60 ejemplares agrupados en 6/10 manadas. Además, la desculturización de los clanes propicia la hibridación canina, en especial, en los ejemplares jóvenes, menguando aún más si cabe la viabilidad de la especie. Sierra Morena se trueca en el último  feudo y el Parque Natural de Sierra Andújar en la torre del homenaje (joya peninsular en ecología y diversidad biológica con interesantes endemismos botánicos, y fauna emblemática: águila imperial, buitre negro, lince, meloncillo, etc. Junto a los dos superpredadores ibéricos: el lobo y el águila real –la mayor densidad peninsular-; curiosamente, una de las zonas de mayor diversidad biológica de Europa está regida por estos dos superpredadores, reyes de la cadena trófica y garantes de diversificación y de salud ecológica, hasta hace un par de décadas exterminados por su etiqueta de “perjudiciales para el campo; alimañas”). A la cabeza, Jaén, como baluarte oriental donde se ubican las mejores subpoblaciones (incluyendo como zona  a Ciudad Real; Fuencaliente a Despeñaperros, serranías de Madrona y San Andrés o Cazorla). La otra subpoblación, Córdoba –aislada y de viabilidad dudosa-, da fe de presencia lobuna en los parques y sierras de Hornachuelos, de los Santos o de Cardeña y Montoro. El núcleo occidental, Sevilla –de futuro casi extinto–, cuenta con una tímida huella en el Parque Natural de Sierra Norte de Sevilla y, en el recuerdo, campeos por tierras onubenses (el último lobo del P. Nac. de Doñana se abatió en 1952).

              

     En el s. XIX el lobo campeaba por toda la geografía portuguesa. Tras sufrir el impacto del  oleaje mundial de exterminio y persecución del s. XX –el biocidio luso se intensificó en las décadas de los 40 y 70-, se replegó a la zona norte fronteriza y declararlo especie protegida (Ley de Protección del Lobo Ibérico 90/1988, Decreto 139/1990). La mengua en la biomasa de ungulados salvajes lo aboca hacia presas pequeñas y una dependencia trófica del hombre –carroña y animales domésticos-. Reúne a una población no superior a 300/450 ejemplares (fluctuación primavera–otoño),  agrupados en 65/70 alcateias –manadas-, ubicadas en dos subpoblaciones separadas por el río Douro: los mejores clanes campean en la orilla septentrional, en las montañas de los distritos de Viana do Castelo, Braga y parte de Vila Real y Braganza; y zonas loberas del Parque Nac. da Peneda–Gerés, o los P.N. da Montesinhos y da Alvão. Por el contrario, la subpoblación de la orilla meridional sufre graves problemas de conservación; distribuida en los distritos de Viseu y Guarda, al cobijo de las sierras da Estrela y da Malcata.

Descripción

     Si en el horizonte la silueta del lobo y de un perro grande pudieran confundirse; en distancias cortas, tan sólo la mirada del cánido salvaje marca notables diferencias. Profunda, firme y dominante; de ambarinos ojos oblicuos, fruto de la tensión de los poderosos músculos maseteros, y de pupila redonda. De visión binocular y tridimensional, muy frontalizados,  con un campo visual de 250º (humano 180º). Óptima en condiciones de luz tenue, crepuscular, gracias al “tapetum lucidum” (tejido de células reflectantes localizado tras la mácula que refleja la luz de vuelta a la retina, amplificando la absorción lumínica; dándole –ante un foco de luz– un aspecto fantasmagórico de brillo verdiazul) y la abundancia de bastones ( células fotorreceptoras periféricas muy sensibles en niveles de penumbra y al movimiento; visión estocópica) en detrimento de los conos (células fotorreceptoras centrales que detectan el color y garantizan la agudeza visual; visión fotocópica). A diferencia del hombre –tricromático– percibe un mundo atenuado de tonos suaves, uniformado con distintas gamas de grises y los colores azul–violeta y amarillo (visión dicromática); donde la agudeza visual se sacrifica en pro de la detección del movimiento –en cierta forma cortos de vista, de ahí la importancia de remarcar las facciones con distintas tonalidades-. 

     Buen oído, respecto al humano, ya que cuadriplica la precisión y la distancia auditivas. Capta sonidos de altísima frecuencia –60.000 Hz-, inaudibles o ultrasónicos para nosotros. La movilidad de las triangulares orejas de color pardo perfiladas en negro, cortas y erguidas, junto a la orientabilidad de la cabeza, le ayudan hasta conseguir proezas de escuchar el rumor de un cercano ratón o el aullido de un compañero alejado 6-10 km. Pero sin duda el sentido estrella lo forma el olfato, no sólo por sus grandes cualidades físicas, sino por la importancia del olor en la cultura lupina. Su trufa negra –nariz– capta los aromas del ambiente (el lobo no rastrea –oler a ras de suelo– como otros cánidos, sino que ventea, huele el aire) merced a una vasta red mucosa de pliegues cuajados de miríadas de células olfativas –superior a 200 millones– que analizan los mensajes olorosos; acción potenciada por la permanente humedad de la trufa (área olfativa de 200 cm² frente a 10 cm² del humano). Importante centro de información para solventar las actividades ecológicas (caza: detecta el olor de una presa a varios kilómetros), biológicas (reproducción: percibe la receptividad y el estro de la hembra), etológicas (pautas olorosas en las relaciones, reconocimiento individual, etc.). 

     Cabeza poderosa de perfil nasal cóncavo con músculos faciales que potencian la gestualidad, tan importante en las relaciones sociales; potentes músculos maseteros y temporales -articulan las mandíbulas- insertados en la cresta sagital que, junto a la musculatura del cuello, le posibilitan zarandear y arrastrar presas mayores que él. Cerebro de 150-170 cm³, superior al perro –en función de razas-, al menos en 30 cm³. Hocico alargado y recto, flanqueado por pelos sensitivos –vibrisas– que se extienden hasta las mejillas, de color blanquecino, llamadas bigoteras, que le permite sentir e informarse por medio del tacto.
     Fauces de un depredador, como lo demuestra su fórmula dentaria: 2 (I 3/3, C 1/1, P 4/4, M 2/3) = 42 piezas dentarias. En la mandíbula superior por hemiarcada: 3 incisivos, 1 canino o colmillo, 4 premolares y 2 molares (en el transcurso evolutivo desapareció el molar tercero). En la mandíbula inferior por hemiarcada: 3 I, 1 C, 4 P y 3 M. Las piezas dentarias más eficientes se denominan muelas carniceras, compuestas por el último premolar superior, P4, y el primer molar inferior, M1. De aspecto imponente, grandes, fortísimas y bilobuladas; de altas cúspides y bordes cortantes, maestras en trocear, desgarrar la carnaza y triturar los huesos. Al frente 6 incisivos lobulados, ligeramente curvados hacia adentro que aumentan de tamaño hacia los laterales, sujetan y desgarran la piel y la musculatura. Esquinados 2 caninos de 6 cm de longitud, pronunciados  y de corona puntiaguda. Al cerrar la boca, los caninos inferiores se acoplan en los huecos cercanos a los caninos superiores en un cierre perfecto; armas letales diseñadas para aferrar a la presa, perforar los músculos y dar muerte. En el lado central de la arcada, 8 premolares, la cantidad suple su menor calidad mecánica basada en la masticación –excepto la carnicera superior, P4-. En el extremo, 4-6 molares que muelen, cortan y trituran. Las puntas de los superiores se acoplan en los inferiores creando un efecto tijera que optimiza el corte; los bordes cortantes presentan una superficie plana que trituran los huesos. El primer molar, M1, de la mandíbula inferior forma parte de las muelas carniceras. Eficiente dentadura de carnívoro cazador que ejerce una fuerza mandibular sobre su presa de 1.500 N y/o 153,06 kg/cm² (Wroe, McHenry & Thomason, 2004) , y de 1.500 psi (sistema americano, parámetros a la baja en el caso del lobo ibérico, ya que los datos pertenecen a estudios sobre el lobo gris, cánido más corpulento); capaz de triturar huesos, no soltar la presa o arrastrar cuerpos que triplican al propio, al mismo tiempo que transportar un huevo sin cascarlo. Alfombra esta mordaza carnicera, una lengua musculosa de amplia superficie para potenciar la evaporación de la saliva y termorregularse (sistema refrigerante de los cánidos a través de las vías respiratorias ya que carecen casi de glándulas sudoríparas -excepción de las almohadillas plantares–; al evaporase la saliva, se refresca y disipa el calor) y fuerte que le permite ingerir rápidamente la carnaza (devoran muy rápido, a veces, con tarascadas compulsivas, entre otras cosas por la competencia intraespecífica).

  

      Cuello robusto y musculoso, capaz de arrastrar presas de superior tamaño, y zarandear a medianas y pequeñas; de pelaje más velloso y aparente, susceptible de erizarse a voluntad propia, que, en el macho, amaga cierto cariz leonino. Pecho esbelto que protege un corazón grande y unos desarrollados pulmones, acordes a sus actividades; con una disposición más baja del diafragma que mejora la respiración y, por ende, la carrera de resistencia. A ello ayudan sus patas firmes y vigorosas, ligeramente más largas las extremidades anteriores, y musculosas las posteriores, grandes en comparación con el resto del cuerpo, que alcanzan una velocidad punta de 65 km/h, una velocidad de crucero de 40-45 km/h y velocidad sostenida de 13–10 km/h (denominado “trote lobero”, característica marcha, constante e infatigable); nadar (ríos tan caudalosos y anchos como el Duero, persecución de anátidas, pesca en aguas someras, baños, etc.; no tienen miedo al agua y se impulsan con sus patas); ejercitar saltos de hasta 5 m, equilibrios y habilidades imprescindibles en las cacerías; y unos campeos de 25/45 km, con caminatas extremas de hasta 100 km en una jornada. Los talones, muy elevados, le permiten aumentar la longitud de zancada, 60–70 cm. En el frontal de las patas delanteras muestra una franja vertical negra “signatus–señalado” que nomina y distingue a la subespecie ibérica. Grupa ligeramente hundida.

                   

      Pies digitígrados de planta ancha –caminan sobre la punta de sus dedos-, con 5 dedos en el pie delantero o mano (el 5º vestigial –pulgar-, más elevado, no se marca en la huella) definen una impronta –huella-  de 10 x 8,5 cm y 1 cm de uña. En el pie trasero, 4 dedos, graba una impronta menor, 9,5 x 7 cm. Almohadillas anchas de tejido muy vascularizado, perfiladas de vello erecto y tupido que no sólo le aíslan de terrenos gélidos, sino que actúan como minúsculas raquetas que distribuyen la carga del peso (presión sobre el terreno de 90-120 g/cm²); hecho crucial en las persecuciones de ungulados sobre superficies nevadas (al hundirse más las presas por una presión alta sobre el terreno, 350-1.250 g/cm² media de ungulados, ralentizan la fuga y se agotan antes; además los lobos usan la huella del predecesor y se turnan en el esfuerzo). Se ubican unas glándulas interdigitales que exudan esencias que impregnan la huella con su olor personal, balizando las rutas de campeo (uno de los sistemas de orientación); más duradera en los ejemplares adultos (mayor volumen y olor más permanente) y volátil en los individuos jóvenes.  Garras con uñas romas y negras, 1 cm, no retráctiles y, por lo tanto, desgastables con el uso (locomoción y escarbar –madriguera, ocultar alimento y rascaduras en el marcaje-). El rastro dibuja una tendencia rectilínea y simétrica que refleja el equilibrio y la ligereza lobunos al desplazarse,  y marca una impronta alargada de 4 dedos y uñas, con la almohadilla central atriangulada; de nitidez variable en función del tipo de sustrato, difícil de distinguir de otros cánidos (comparativamente al zorro: doble de grande, almohadillas más juntas, estilizadas, y uñas muy marcadas; al perro: muy similar, algo más estilizada, de almohadillas y uñas más conspicuas y grandes, junto a unos dedos centrales más distanciados).

 

     Gran estómago, muy elástico, diseñado para contener generosas cantidades; así como una voluminosa vejiga de excelente capacidad dilatadora, regulada por fuertes esfínteres, idónea para el reiterante marcaje territorial y mensajes olfativos. Peso raramente superior a 50 kg, rango 30–45 kg, en el macho; y a 40 kg, rango 25–35 kg, en la hembra; apreciándose una disminución del 20% en los parámetros globales de ésta (grosso modo, de menor alzada y corpulencia junto con una imagen menos notoria de la melena y de la silla de montar). Longitud de 100–140 cm; altura en cruz, 70–90 cm. Cola larga y muy pilosa, 35–50 cm,  de pelos rígidos, duros y negros (eumelanina) en la punta y dorso; impregnados de efluvios olorosos por la acción de la glándula precaudal.
     Dentro del patrón cromático de los lobos pardos –al cual pertenece– Canis lupus signatus presenta un manto de tonalidades pardo grisáceas (mayor porcentaje de eumelanina, pigmento oscuro que capta mejor la radiación solar, imprescindible en zonas montañosas o septentrionales) a pardo cobriza (abundancia de feomelanina, pigmentación canela rojiza, común en zonas meridionales, más cálidas), con un aclarado blanquecino en vientre, belfos y papada y un oscurecimiento en cuello, cola y en el lomo, a la altura de la cruz, donde perfila una mancha llamada “silla de montar” que, junto a las franjas negras del frontal de las patas delanteras y la punta y la cara exterior de la cola, designan la particularidad ibérica: “signatus”. La pelambre se compone de dos capas: externa o jarra, e interna o borra. La primera forma una cobertura de pelos largos –13 a 17 cm-, rígidos y gruesos, de cualidades eréctiles en la nuca, omoplatos y dorso. Coloreados de blanco hueso en la base y pardo y negro hacia las puntas. Recubiertos de una película untuosa –sebo– que lo protege de la intemperie y escuda de la lluvia y del viento (minimiza la deshidratación y las pérdidas de calor; de propiedades hidrófugas, incluso en la nieve, que no llega a fundirse al contacto, hecho que le posibilita el encame sobre superficies nevadas). Abrigo protector y escaparate visual que potencia, con sus diferentes tonalidades y matices, la expresividad y posturas (lenguaje corporal). Esta tupida capa externa empieza a espesarse con la otoñada, hasta adquirir su esplendor en invierno (octubre–abril). La segunda capa se denomina borra. Presenta una textura ondulada y flexible, lanosa y densa, de 6-7 cm de largo en color grisáceo y puntas pardas; constituye la ropa térmica más cercana a la piel, y, por lo tanto, suave y de mayores cualidades caloríficas, ya que se entrelazan atrapando una cámara de aire caliente. La muda se realiza en primavera, desechando el pelaje invernal al restregarse en rocas, hierbajos, matas y arbustos. Tras el esquileo su porte difiere tanto, que el mismo lobo asemeja dos individuos antagónicos: el exuberante invernal, majestuoso y lozano; y el raquítico estival, enjuto y empequeñecido. Las dos mudas anuales: pelo de verano y pelo de invierno le permiten adaptarse mejor a las estaciones. De un vistazo se aprecia cómo los tonos de la librea se oscurecen en el dorso y en individuos de poblaciones norteñas, para aclararse en la zona ventral y en las poblaciones meridionales. Así como la aparición de pelos encanecidos y brillos plateados en los ejemplares viejos (o lobo pelicano).

Cultura y sociedad lupinas, territorialidad

Una vez avistado al lobo ibérico por fuera, conozcámoslo por dentro. Si en los carnívoros la soledad y el individualismo se truecan en ley de supervivencia; en los cánidos la norma comienza a presentar excepciones para distinguirse con el lobo (extremos familiares: el licaón o lobo pintado de la sabanas africanas –Lycaon pictus– gregario y cazador social; y el solitario zorro –Vulpes vulpes-). La socialización, las relaciones intraespecíficas, la manada, el territorio…; amalgaman la idiosincrasia lupina que nace, como todas las culturas, de una patria, la nación lobuna, y ésta se manifiesta de dos formas: una espacial y física, el territorio. La otra, nuclear y psíquica, la manada.

 

      Más familiar que grupal se compone de la pareja dominante-reproductora-líder, núcleo y eje del grupo familiar; los cachorros de la última camada –neonatos de la primavera– y, a veces, algún lobo subordinado (los lobos norteños se unen en amplias manadas –12/25 miembros; Ballard y Larsen, 1987–; es decir, su mínimo de miembros correspondería al máximo de individuos en una manada ibérica. Imponen una jerarquía más rígida, por orden de relevancia: pareja dominante/reproductora o alfa, y lobo beta –segundo de a bordo, mano derecha, y, ocasionalmente, con derechos reproductores– en la cúspide social; lobo gama, subordinado del anterior, y, en el extremo inferior, el lobo omega, paria sumiso y despreciado por todo el clan). Un colectivo que, raramente, supera la docena de miembros (en hábitats estables; al desnaturalizarse, esta composición se disgrega, reduciéndose a los reproductores y una exigua camada. Rango: 3/12 miembros), y donde la exclusividad reproductiva es acaparada por la pareja dominante. Los cachorros, temporalmente infecundos, no presentan amenaza al estatus líder/reproductor, y gozan de cierta permisibilidad jerárquica. Los lobos de edades superiores, en especial aquellos que alcanzan la madurez sexual (dos años, edad fértil en la hembra, tres en los machos) manifiestan unos conflictos y características etológicas que los definen, acercan y alejan de las manadas y siempre