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martes 20 de marzo de 2012, 14:30:00
ALIMOCHE -AVIFAUNA V-
Tipo de Entrada: ARTICULO | 8 Comentarios | 51553 visitas

                           BIOFICHA

CLASIFICACIÓN
Clase: Aves. Orden: Falconiformes. Familia: Accipitridae. Género: Neophron. Especies y subespecies de ámbito nacional: Neophron percnopterus; N.p. pernopterus y N.p. majorensis. Alimoche común, egyptian vulture, percnoptère d´Egypte, britango, capovaccaio, schmutzgeier, sai zuri, aufrany, moixeta voltonero, zapiqueira, aligüerda, voitre branco, guirre, voleta, moñiguero…
BIOMETRIA
Peso:
1.600-2.400 g. Longitud: 59-70 cm. Pico: 3,1-3,4 cm. Envergadura alar: 150-170 cm. Ala plegada: 46-53 cm. Carga alar: 0,60 g/cm². Patrón de plumaje blanquinegro con cola romboide.
ECOLOGIA
Sanitario ecológico. Ejerce una labor de higiene del entorno natural y de reciclaje energético al eliminar las carroñas. En las carcasas de gran porte, como señalizador de la carroñada y consumidor de porciones pequeñas y relegadas; siendo especialista en las de porte medio o bajo.
Hábitat: Especie ubicua, ocupa los biotopos rupícolas de origen fluvial, montañoso o litoral con preferencia por los hábitats áridos y deforestados.
Distribución: Presente en España: 1.452-1.556 parejas reproductoras de carácter migratorio, y residentes en las islas de Baleares y  de Canarias –subespecie endémica-. En Portugal: 90 parejas reproductoras. A nivel mundial, marca una tendencia regresiva; siendo Iberia el mejor feudo del Paleártico occidental.
Alimentación: Necrófago de oficio que diversifica la dieta desde un amplio abanico trófico.
Amenazas: Veneno, electrocución y colisión, disminución de alimentos, alteraciones del hábitat y molestias en la época de cría.

BIOLOGIA REPRODUCTIVA
Sin dimorfismo sexual aparente, ligeramente mayor la hembra. Monógamos, observándose cierto grado de poliandria. Territorial moderado de tendencia filopátrica.
Nidos: 1-4, usual el par. Plataforma nidal: 80-150 cm de diámetro por 25 cm de espesor. Cubeta de empolle: 40 cm de diámetro por 4-5 cm de espesor. Puesta: 1-3, usual el par. Huevo blanco sucio moteado de manchas pardas rojizas. Dimensión: 66 x 50,4 mm. Peso: 75-97 g/unidad. Incubación compartida: 42 días. Nidícola, neonato de plumón blanco y tendencia al cainismo. Volantón e inmaduro con  patrón de plumaje oscuro que clarea progresivamente cada año. Productividad: 0,65 pollo/pareja, tasa de vuelo: 1,12 pollos volados/nido; y éxito reproductor: 0,88 pollo/pareja. Madurez sexual: 5 años. Esperanza de vida: 35-40 años en cautividad.
ETOLOGIA
Especie de carácter migratorio  –excepto en los núcleos de distribución insular- y ritmo circadiano de hábitos diurnos. De querencias termófilas; monógamo con ligera tendencia sexual a la poliandria. De moderado gregarismo y territorialidad con tendencia filopátrica. Temperamento subordinado en las grandes carroñadas, y dominante con los carroñeros oportunistas menores.

         

 

     Sirva de información complementaria, en aspectos generales, los artículos precedentes del buitre leonado http://lupus.madteam.net/articulos/2009-12/buitre-leonado--avifauna-iv/

 y del quebrantahuesos http://lupus.madteam.net/articulos/2007-08/quebrantahuesos---avifauna-alpina---i/


     África, cuna de la Humanidad, anualmente irradia el éxodo migratorio del buitre viajero, Neophron percnopterus (Linnaeus, 1758). Único buitre europeo de carácter migratorio que, si bien estrella fugaz de los cielos africanos (5 meses en los cuarteles de invernada: de octubre a febrero); puede proclamarse con orgullo: “ibérico”, pues, estacionalmente, conviven con nosotros los individuos más nómadas (7 meses: marzo a septiembre, Del Hoyo et al., 1994), para dar lugar al nacimiento y a la crianza en los roquedos españoles. No sólo reivindico con justicia su pertenencia a nuestro patrimonio natural, sino que animo a efectuar todos los esfuerzos posibles para preservar una especie en declive poblacional, apenas diversificada en tres subespecies y única en su género. Situación preocupante como lo subraya su última recatalogación de “Vulnerable” (Blanco y González, 1992) a la actual, “En Peligro”; tanto a nivel mundial (población inferior a 40.000 ejemplares), europeo y nacional (Donázar, 2004), siendo “En Peligro Crítico” en las Islas Canarias (Madroño et al., 2004), patria de la tercera subespecie aceptada.

                        


     El género monotípico, Neophron sp., se ramifica en tres subespecies de menor a mayor distribución y poblaciones:
     Neophron percnopterus majorensis (Donázar et al., 2002), subespecie española y rapaz endémica canaria de carácter sedentario (Donázar et., 2000; Palacios, 2000; De Pablo, 2000). El alimoche de mayor tamaño y menor población, apenas supera la centena de ejemplares circunscritos a dos islas y unos islotes.
     En el extremo oriental, N.p. ginginianus (Latham 1790), subespecie asiática sedentaria que planea y nidifica en el subcontinente indio, Nepal e India, excluido NO (Del Hoyo et al., 1994). El buitre blanquinegro de menor tamaño (Brown y Amadon, 1968) y mayor dependencia trófica de los asentamientos humanos (despojos de animales domésticos y de basureros), donde la necrofagia coquetea con el comensalismo hacia el hombre. Hecho que ha reducido drásticamente sus poblaciones por intoxicación al ingerir carnaza tratada con el fármaco “diclofenaco”, zoosanitario antiinflamatorio que causa en las rapaces necrófagas insuficiencia renal aguda y la muerte (Oaks et al., 2004; Shultz et al., 2004). Y, como un tsunami letal, ha extendido la mortandad entre los buitres asiáticos (Green y col., 2004).
     Neophron p. percnocterus o alimoche común, la subespecie nominal más representativa y difundida, ya que sobrevuela tres continentes: Europa, África y Asia. Amigo de la insolación, tímido con la lluvia, osco con los bosques y amante pasional de la roca y los espacios abiertos. La geografía circunmediterránea optimiza estas condiciones climáticas y orográficas, junto a la disponibilidad trófica, para el bienestar  del pequeño buitre viajero (Houston, 1997); y extenderse por el norte hasta Francia y Kazajistán; sur, Namibia; oeste, Cabo Verde e Iberia (España y Portugal); y este, Kazajistán.

                      

     En los núcleos poblacionales de distribución circunmediterránea (Europa meridional, Oriente Medio y franja norteña africana –Del Hoyo et al., 1994-) continúa la tendencia regresiva mundial (Tucker y Heath, 1994) y una rarificación preocupante (Fergusson-Lees, 1964; Garzon, 1975; Donázar, 1997; Snow, 1998), no superando 5.500 parejas reproductoras; con Iberia como el mejor núcleo reproductor  del Paleártico occidental (Perea et al., 1990; Donázar, 1993, 1997; Donázar et al., 2002), aunque en declive (Del Moral, 2002; Donázar, 2005).


DISTRIBUCIÓN


     El alimoche en Portugal, llamado britango, no es una rapaz fácil de divisar;  un número inferior a 90 parejas reproductoras surcan los cielos portugueses más orientales (p.ej., distritos de Bragança –principal- y Castelo Branco),  en la línea fronteriza; nidificando en los cantiles y murallas rocosas ribereños de los río Duoro y Águeda, como principales núcleos, y de los ríos Tejo, Erges, Sabor y Côa; al amparo conservacionista de los espacios naturales protegidos por ley (p.ej. Parque Natural do Duoro Internacional, o Tejo Internacional).
En España prefiere la franja norteña, desde la Cornisa Cantábrica hasta los Pirineos,  donde las provincias de Huesca, Navarra o Burgos ostentan los núcleos poblacionales más numerosos; junto al Sistema Central (Cáceres, matriz buitrera de primer orden), Sistema Ibérico y Depresión del Ebro. Y la singularidad de cobijar –y mantener- rapaces necrófagas en islas (Baleares –N.p.percnopterus, manifestándose como sedentaria- y Canarias -N.p.majorensis-).

           


     En España el último censo (SEO/LifeBird, censo III 2008, de magnífica prospección, exhaustivo, metódico y de gran participación; cualidades que, sin menoscabar otros censos, inclina a deducir una merma o, cuando menos, redistribución en las poblaciones) nos aportan 1.452-1.556 parejas reproductoras con una densidad de 0,3 parejas/km² y un declive poblacional en los últimos lustros (periodo 1990-2000) del 25% (Del Moral y Martí, 2002; Donázar, 2004. SEO/LifeBird, censo II 2000 se dataron 1.320-1.475 parejas seguras a nivel nacional –Del Moral y Martí, 2002- en 1.270 territorios ocupados, y 1.853 parejas seguras en Europa); distribuidas de mayor a menor cuantía por comunidades autonómicas:
Castilla y León:
     La comunidad autónoma más generosa en número de núcleos de cría y reproductores con 380 parejas seguras, y, ligeramente, con una tendencia alcista. La mayor concentración territorial se ubica en la franja sur de la Cornisa Cantábrica correspondiente a las zonas norteñas provinciales de León, Palencia y Burgos; siendo esta última, líder comunitario con 96 parejas seguras, conteniendo su núcleo principal en la línea geográfica de Peña Amaya hasta los montes Obarenes, y, cuantitativamente, una de las punteras provincias españolas. En el otro extremo, Ávila, que tan sólo cobija a una pareja segura en el sur de la Sierra de Gredos. Mención especial se merece Segovia que, si bien alberga 29 parejas seguras, se concentran, mayoritariamente, en los parques naturales de las hoces de los ríos Duratón y Riaza, joyas de la cultura vultúrica europea y matrices buitreras de gran densidad poblacional (Fernández, 1994).
Aragón:
     Coloniza toda la comunidad, con mayor densidad en las áreas del Pirineo y valle del Ebro. Huesca –junto a Cáceres- se puede enorgullecer al encumbrarse como la provincia española que hospeda al mayor número de parejas seguras, 133. Zaragoza -88 parejas seguras-  y Teruel -33- complementan la población, en lugares tan destacables, respectivamente, como la Depresión del Ebro y los cañones de los ríos turolenses Martín y Guadalope.
      Nidifica en todo el territorio, en especial, en las serranías prepirenaicas (Sierra de Guara) y del Pirineo occidental (Echo, Panticosa, Ordesa…), junto a Los Monegros (tesoro europeo de los ecosistemas esteparios); contabilizándose 260 parejas seguras que marcan una territorialidad en leve alza.
     No obstante se produce gran mortalidad por el uso irracional e ilegal de cebos envenenados destinados a las poblaciones depredadoras (Tella et al., 2000) que causan estragos entre el gremio necrófago, en general, y en el desdichado “voleta” en particular, merced a su afinidad por los pequeños bocados (ataúd fabricado por sus asesinos). La mortandad por causas no naturales, si a nivel general se trueca en dramática, pasa a ser catastrófica en núcleos de cría de gran raigambre vultúrica como Los Monegros, valle del Ebro o La Bardena aragonesa; con una mengua territorial del 70% (Grande, 2006).
Extremadura:
     El núcleo principal de crianza se ubica en los roquedos fluviales de las riberas del río Tajo y sus afluentes tributarios (Tiétar, Alagón, etc.), con Monfragüe como joya de la corona y uno de los paraísos orníticos de Europa. Cáceres aglutina casi el 80% del área reproductora con 131 parejas seguras, y duplica -0,79 parejas/100 km²- la densidad demográfica de la comunidad -0,42 parejas/100 km²-; formando con 143 parejas estimadas la provincia española de mayor relevancia. En Badajoz anidan 36 parejas seguras concentradas en los sectores noroccidental y central, con una tendencia poblacional estabilizada, mientras en Cáceres aumenta, marcando a nivel comunitario un sesgo positivo (167 parejas seguras).

     


Castilla y La Mancha:
     De propensión poblacional positiva, 151 parejas seguras, los mejores territorios de crianza se asientan en el Alto Tajo y las serranías de Cuenca y de Sigüenza. Destacan las provincias de Guadalajara -94 parejas seguras- y de Cuenca -42-; mientras que Albacete sólo dispone de dos parejas reproductoras y ninguna o dudosa en Toledo.
Navarra:
     Censadas 127-130 parejas seguras (Olga Ceballos et al., 2000; Lekuona, 2007; Cortés et al., 2009) distribuidas por todo el territorio (densidad 1,53 parejas/100km²), aunque con menor constancia en los valles cantábricos del NO (densidad, 0,74 parejas/100km²) por su elevada pluviosidad y neblinas (cerca del pueblo navarro de Goizueta –estación meteorológica de Artikutza- se han registrado picos superiores a 3.000 l/m² y media anual de 2.654 l/m²; correspondiendo a la más alta de la península). Por el contrario, Navarra oriental aporta cualitativa y cuantitativamente los mejores biotopos para la subespecie con tres sectores diferenciados entre sí:
     En el NE encuadrado en el prepirineo y Pirineo occidental; barrancos, murallas rocosas (Peñas de Itxusi, Belagoa y Larra, etc.) y, sobre todo, foces/hoces (Burgui, Mintxate, etc.) con una densidad de 2,81 parejas/100km².
     La Zona Media abarca la franja oeste-este (Améscoas-sierras de Leyre, Illón y San Miguel) en la mitad geográfica de Navarra; la climatología y orografía se suavizan (en realidad actúa como zona biogeográfica de transición entre el norte y el sur), para acoger a una considerable población (densidad 1,52 parejas/100km²).
     En el tercer sector navarro, el sur, el alimoche puebla los cortados fluviales de los ríos de la Ribera navarra (densidad pequeña, 0,57 parejas/100km²) próximos a los asentamientos humanos, junto a uno de los enclaves naturales áridos más sorprendente y mágico, las Bardenas Reales, en el SE. Parque Natural y Reserva de la Biosfera por sus bonanzas naturales y privativas de ecosistemas esteparios, idónea para la ecología del alimoche: Clima mediterráneo continental; de pluviosidad inferior a 500 mm (promedio anual 300 mm); descarnado de vegetación arbórea (rodales aislados de pino carrasco, coscoja o juníperos); abundante cabaña ganadera (principalmente ovina; curiosamente y por desgracia, con ínfulas de anacronismo debido a ser un cuartel de invernada de trashumancia) y fauna salvaje (conejo, presas pequeñas, etc.); circunvalado por asentamientos humanos (muladares, granjas y basureros); roquedos en donde fundar núcleos de cría (de litología arcillosa y estratificación de conglomerados y caliza en cota inferior a 655 m); poca alteración del hábitat (usos agropecuarios, base militar y zona prohibida, turismo y ocio, etc.). En definitiva, un oasis ecológico para el linaje del alimoche. Por desgracia, este orgullo zoológico de los navarros que ha certificado una de las densidades mayores de Europa (6,12 parejas/100km², cuadriplicando la media comunitaria) padece una regresión en su área de cría superior al 50% (José Antonio Donázar et al., 2008), descendiendo de los 56 territorios (década de los 90, s. XX) a la actual, 26 territorios. Triste deriva motivada por los males comunes a las especies necrófagas y pésima mano del hombre, desafortunadamente, patrón mortal de tintes globales: venenos, dependencia trófica de muladares y del conejo, intromisión y alteración del hábitat… El anterior censo contabilizó 159 reproductores (Ceballos et al., 2000; Fernández y Ceballos, 2002), ahora no superamos 130 parejas. Tendencia poblacional negativa, hoja ensangrentada de guadaña; letal para el alimoche, injusta e irónica para D. José Antonio Donázar Sancho (junto a otros navarros, como cabeza más conocida públicamente: paisano, naturalista, biólogo…; una de las autoridades de primer orden –y defensor a ultranza- sobre rapaces necrófagas) y preocupante para el pueblo navarro.

     


Catalunya:
     De tendencia recolonizadora y, por lo tanto, positiva -66 parejas seguras-. Nidifica en las cuatro provincias, siendo de menor cuantía en Gerona -3 parejas seguras- y Tarragona -2 parejas seguras-; esta última recolonizada después de ser exterminada por el veneno (Muntaner et al., 1981; Marco y García, 1981; Alamany et al., 1984). Lérida como matriz territorial con una ocupación casi del 80% y 52 parejas seguras en los cantiles rocosos prepirenaicos de Pallars Jussà -17 parejas-, Noguera, Alt Urgell o Solsonès.
Asturias:
     Zapiqueira, apodo del alimoche astur, representa a su terruño con 55 parejas seguras que denotan un ligero incremento poblacional, con una densidad media de 1,47 parejas/km². Nidifican en las paredes verticales de la Cordillera Cantábrica y las sierras prelitorales (p. ej., Sueve y Cuera), raramente en acantilados a pie de mar; una querencia reproductora por el oriente asturiano, curiosamente, fuera de parajes regulados por legislación proteccionista (63,64%), a excepción del eje Babia-Somiedo o el Parque Nacional Picos de Europa.
Cantabria:
     El alimoche cántabro –aligüerda- nidifica en todo el territorio -46 parejas seguras-, desde los acantilados marinos hasta los roquedos de media montaña -1.200 m-. Sin una preferencia acusada, los farallones salitrosos de la costa dan paso a los cortados ribereños de los ríos Agüera, Ansón y Miera, y de los valles occidentales de Liébana, Saja o Nansa. Sobresalen los espacios protegidos del Parque Nacional Picos de Europa  o Sierra del Cordel.
Islas Baleares:
     Neophron p. percnopterus relega su vocación migratoria para adquirir oficio sedentario y pasar la invernada en las bellas Illes Balears (Muntaner et al., 1984; Ramos, 1994; Escandell, 1997), nominarse como arpellot o moixeta voltonera y emparejarse de por vida -46 parejas seguras y 51 estimadas-. Después de un acusado declive demográfico en la década 1990-2000 del s. XX, se puede constatar cierta estabilidad poblacional. En la isla de Menorca se establece el 98% de la subespecie, con inclinación por el sector occidental donde, mayoritariamente, nidifican en los roquedos del interior. En la isla de Mallorca se extinguió en la década 70 del s. XX, probablemente por envenenamiento (Viada y Rebassa, 1994), para renacer de sus cenizas y recolonizar, desde el año 2005, un acantilado norteño del Parque Natural de la Península de Llevant.

   


País Vasco:
     Putre xuri o sai zuria, el alimoche de los roquedos euskaldunes, nidifica por todo el territorio (Álvarez y Ugarte, 2006); en mayor densidad en el sector oriental y, concretamente, en la comarca de Encantaciones y en las sierras de Salvada y Árcena. Estimadas 48 parejas, censándose 45 como seguras, afincadas 19 en la principal provincia buitrera, Vizcaya.
Islas Canarias:
     Nuestro paraíso natural más meridional y occidental (región macaronésica) está representado por la subespecie endémica N.p. majorensis (Donázar et al., 2002; Kretzmann et al., 2003). Buitre de carácter sedentario (Cramp y Simmons, 1980; Del Hoyo et al., 1994; Donázar et al., 2000) transita entre las islas orientales más septentrionales del archipiélago en pequeñas migraciones de tipo estacional, intensificadas en el ciclo reproductor. Taxón de rasgos morfológicos y genéticos diferenciados del resto de subespecies (Donázar et al., 2002); de superior tamaño (biometría mayor en: 18,4% peso; longitud alar, 3,9% y caudal, 8,4%; tarsos, pico, etc.); carga alar y adaptación a los vientos alisios; junto a una distinción genética (haplotipos del ADN mitocondrial). Aunque ya habitaba la zona antes de la llegada del humano (Rando y López, 1996; Jaume et al., 2003); colonizó el archipiélago merced al asentamiento de tribus norteafricanas -posiblemente bereberes- que introdujeron ganado doméstico (cabras –Cabrera, 1996, 2001-; de hecho Plinio el Viejo –s. I a.C.- nominó a la isla de Fuerteventura como Capraria), carroñas predecibles y periódico recurso alimentario (Agudo et al., 2010). Al gran pájaro blanquinegro que devoraba la carne de los animales muertos para elevar al cielo a sus espíritus, lo llamaron “guirre”, nombre de hondo calado en la cultura guanche (Palacios et al., 2002).
     Señor del nicho ecológico de los necrófagos –única ave insular estrictamente carroñera- campeaba dueña de toda la geografía canaria, numeroso y extendido (Meade-Waldo, 1893; Lack y Southerm, 1949; Bannerman, 1963; Martín, 1987); para ir rarificándose en el s. XX y entrar en el corredor de la muerte, catalogada “En Peligro Crítico” (Madroño et al., 2004; Donázar, 2004) y “En Peligro de Extinción” (Catálogo Canario de Especies Amenazadas). Antaño, posible ubicación en El Hierro y La Palma (Martín, 1987; Delgado, 1993); extinta en Gomera –año 1955-, y en Gran Canaria y Tenerife (Martín, 1985; Delgado et al., 1998) como reproductora en la década de los 80 del anterior siglo, si bien, a día de hoy, campea algún esporádico ejemplar divagante (Siverio et al., 2004).
     En la actualidad, 42 parejas seguras, se distribuyen el área de crianza limitada a las islas orientales de Fuerteventura (municipalidades de Antigua y Betancuria), Lanzarote y el pequeño archipiélago de Chinijo; mayoritariamente en la primera, 38 parejas seguras,  mientras en el resto existe constancia de 4 parejas seguras (Díez et al., 2008); en resumen: una exigua población inferior a 130 ejemplares (Donázar et al., 2002). Las causas globales –comunes a las otras subespecies- radican en la alteración e intromisión del hábitat, principalmente, colisión y electrocución (Donázar et al., 2002; Gangoso y Palacios, 2002) a raíz de la arriesgada costumbre del guirre de utilizar torretas y postes eléctricos como posaderos y perchas, maximilizando las muertes por causas no naturales (Palacios, 2002); y, en menor medida, las molestias en las áreas de cría y, como consecuencia, un bajo índice reproductor (Sergio et al., 2004), inferiores al peninsular (se mantiene la tasa de vuelo, 1,12; y disminuye la productividad y éxito reproductor con 0,45, frente a los peninsulares respectivos, 0,65 y 0,88). Reducción y eliminación de muladares (importante para la población subadulta emancipada y en las cebas del pollo). Envenenamiento (Laura Gangoso y Ana Trujillano, 2004), como en el caso del plumbismo (Donázar et al., 2002) a causa de la ingesta accidental de plomo incrustado en las carnazas de origen cinegético; toxicidad adquirida a través de la medicación de carcasas domésticas, y cebos envenenados. Las causas exclusivas residen en la pérdida de variabilidad genética por endogamia (Donázar et al., 2002: Kretzman et al., 2003) y sus negativas consecuencias (alta incidencia de enfermedades genéticas, menor fertilidad, fuerte mortandad natal, anomalías en el crecimiento…) e inferior sistema inmunológico (Gangoso et al., 2009).
     Dramática situación, pero no irreversible, máxime tratándose del único necrófago insular de oficio; joyas endémica y taxonómica de incuestionable valía zoológica, eslabón de cúspide en la red trófica y tesoro ornítico insulares. Una pieza clave en el patrimonio natural canario –y por extensión, España, Iberia y Europa- a conservar; no en la sala de un museo, sino en los cielos del archipiélago canario, así esas bellas islas serán aún más hermosas.

      


Andalucía:
     33 parejas seguras componen la población nidificante andaluza, repartidas en menos de treinta y dos territorios; en fase de regresión, 15%, sin presencia reproductora en las provincias de Huelva, Almería y, desde el último censo, en Granada, excepto avistamientos en etapa reproductora (abundante hace unas décadas a mediados del s. XX. López Seoane, 1961; Sánchez García, 1985). En general, sobresale como zona biogeográfica reseñable, el Sistema Bético occidental. A nivel local, las sierras gaditanas y malagueñas occidentales; junto –en menor medida- al Parque  Natural jienense de Cazorla, Segura y Las Villas (Sistema Prebético). Cádiz, 19 parejas seguras, se mantiene como matriz buitrera (Sierra Norte de Cádiz, Parque Natural Sierra de Grazalema, Campo de Gibraltar…), si bien ha mermado un 40% en una década (Benítez et al., 2004). Y parajes emblemáticos los Parques Naturales Los Alcornocales y Sierra de Grazalema. Por el contrario, Tarifa -principal ruta de migración erizada de aerogeneradores-, se convierte, tristemente, en el punto negro. La alteración del hábitat no es el peor enemigo del buitre viajero andaluz, sino el envenenamiento sistemático de la subespecie (Donázar  et al., 2003; Donázar 1993, 1997; Perea et al., 1991); junto a una reducción demográfica del 15% (parámetros a principios de la década –primer  dato-, y al año 2009 –segundo dato-: productividad, 0,74-0,53; tasa de vuelo, 1,30-1,13; éxito reproductor, 57,10-46,80%). Esta inercia negativa ha topado con la concienciación del pueblo andaluz, asociaciones y entidades conservacionistas, junto al compromiso de acción de los gestores políticos, activándose protocolos: Puntuales paradas de maquinaria e, incluso en zonas de alto riesgo, la eliminación de los molinos de viento metálicos más letales. Patrullas caninas adiestradas para detectar tóxicos-cebos envenenados (Cuoto et al., 2005), y mayor presencia del guarderío público y privado. Acciones imprescindibles dada la alta gravedad: “En Peligro de Extinción” (Catálogo Andaluz de Especies Amenazadas, aprobado por Ley 8/2003).
La Rioja:
     Como daño colateral de la fuerte regresión sufrida en la Depresión del Ebro, presentan un ligero descenso, tanto territorial como demográfico. 18 parejas seguras, dispersas por toda la comunidad, manifiestan una preferencia reproductora por los roquedos de los cursos fluviales tributarios del río Ebro.
País Valencià:
     Balance demográfico positivo con 14 parejas seguras. Milopa, el alimoche levantino se ausenta de Alicante; en cambio Castellón -13 parejas seguras-, monopoliza los núcleos reproductores que encuentran en las comarcas de Els Ports, Tinença de Benifassà y Alto Maestrazgo las mejores condiciones ecológicas para la viabilidad de la subespecie, hasta el punto de recolonizar – una pareja segura-  el NO de la provincia de Valencia (García-Ripollés et al., 2007).
Galicia:
     Ourense puede enorgullecerse de ser la puerta de entrada a la recolonización del voitre branco en tierras gallegas (Blanco, 2009; Xende y Rodríguez, 2009; y otros). Censadas 2 parejas seguras que campean por el NE provincial (cuenca del río Sil, Parque Natural Serra Enciña da Lastra).
     Neophron percnopterus pernocterus falta en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, junto a las CC. AA. de Murcia y Madrid, donde se extinguió como reproductor (Bajo Jarama) en la década 80-90 del s. XX (Ortega et al., 2006: Del Moral y Martí, 2002; Díez et al., 1994; Perea et al., 2006); localizándose esporádicos avistamientos, que, estacionalmente, se intensifican al ser paso de ruta migratoria (De la Fuente et al., 2004, 2005).


HÁBITAT


     Especie ubicua, migratoria –excepto en los núcleos de distribución insular-. De querencias termófilas (Ceballos y Donázar, 1989; Donázar, 1993), preferencia por los hábitats áridos y deforestados (Houston, 1985) y, acorde al patrón de vuelo de las aves planeadoras, de ritmo circadiano de hábitos diurnos. Ocupa los biotopos rupícolas de origen fluvial, montañoso o litoral en donde las hoces, farallones y acantilados, oquedades y grietas rocosas forman la cuna de su estirpe; sin menospreciar llanuras, páramos o zonas áridas de escasa cobertura vegetal y roca en donde anidar; y, en sus ojeos de prospección alimentaria, la periferia de asentamientos humanos (el buitre más “humanizado”); dándose las densidades más altas en los lugares de litología favorable a nidificar y climatología poco húmeda (Donázar y Ceballos, 1989). Área de campeo, aunque muy diversificada, reducida; estableciéndose una relación entre la menor envergadura de las cuatro especies vultúricas ibéricas y la exigua área de campeo (Newton, 1979); raramente superior a 20 km, condicionada por el estado del individuo (volantón, subadulto, inmaduro, adulto reproductor) e inferior a la del resto de buitres ibéricos (rango 25-70 km. Köning, 1974; Elósegui y Elósegui, 1977).

         


     Dentro del área, distinguirlo de otras aves en vuelo no requiere mayores conocimientos; sino observación y agudeza visual –o, en su defecto, unos prismáticos-. La silueta más estilizada que la de los buitres, la cola en cuña y su plumaje blanquinegro,  únicamente limitan las confusiones, primeramente, a quebrantahuesos (en inmaduros de las dos especies: mayor cuerpo y cola, y distinta tonalidad oscura) y águila calzada –Hieratus pennatus- en fase clara (cola abanico y menor tamaño). Y, en segundo plano, con el águila real –como inmaduro; cola abanico y superior envergadura- y la cigüeña común (Ciconia ciconia; sólo coincide el patrón cromático destacando mucho la largura de patas y de cuello-cabeza. Curiosamente, al alimoche se le ha llamado en algunas zonas, cigüeña de montaña). A ojo de naturalista, inconfundible: Destacan la cabeza afilada por el pico y, en el extremo opuesto, la cola cuneiforme. Largas rémiges de contornos rectos, más estilizadas hacia los extremos distales que se separan y arquean hacia arriba, para optimizar el vuelo a vela. Negro azabache en contraste con el blanco del cuerpo inferior y de la cola –más corta que la anchura de las alas-; timón romboide que culebrea entre las suaves olas de las corrientes térmicas y el impetuoso oleaje de vientos de ladera. Rasgos morfológicos que, junto a la pequeña carga alar (0,60 g/cm²), no le otorgan la medalla de oro en el vuelo a vela o en los quiebros acrobáticos de zonas abruptas; pero sí pódium en sendas especialidades. El alimoche se adapta mejor a las corrientes térmicas ascendentes (campeón, el buitre leonado) menos intensas y a las corrientes térmicas de ladera (campeón, el quebrantahuesos), comunes en zonas de orografía rocosa (montañas, barrancos, hoces, valles, etc.). Sin ser experto, domina estas técnicas (Pennycuick, 1972; Donázar et al., 1993, 2002). No precisa para despegar de perchas altas, como otros buitres, incluso puede descender en picado; ni espera al recalentamiento solar del aire. Mientras el buitre leonado aguarda ocioso la formación del flujo ascendente, el alimoche patrulla la zona.

           


      Despega suavemente y bate las alas con mayor frecuencia para introducirse en el flujo ascendente de una térmica. Una vez en altura disminuyen, respecto al buitre leonado, la velocidad de crucero y la eficacia energética, mientras aumentan tanto el número de cicleos como el grado de abertura de las alas, precisando más energía. A la hora de encadenar otra térmica, bien se deja llevar por el flujo descendente o puede realizar un picado; técnica que domina y desarrolla en otras actividades (p.ej., danza de la parada nupcial y avistamiento de alimento). Asimismo, aterriza y despega con mayor estilo y premura que otros buitres, merced a su inferior tamaño –proporción inversa a la masa corporal-.

  


     Si el alimoche no es un pájaro de altos vuelos, ni como eficaz planeadora ni como veloz rapaz; sus alas le impulsan a realizar el gran viaje…; pero eso son aleteos que seguiremos más adelante. Primero pongámosle cara a nuestro personaje.


MORFOLOGIA


     La impronta filogenética vultúrica hermana más al Percnopterus con el quebrantahuesos, que con su primo el buitre leonado. El menor porte, el colorido o la silueta estilizada, a simple vista, marcan diferencias; y si en vuelo, en la lejanía, lo asemejan a las rapaces majestuosas (águilas y quebrantahuesos) o a la blanquinegra cigüeña común. De cerca, cara a cara, la radiografía visual adquiere personalidad y subraya las peculiares características del Neophron.

         


     El menor buitre europeo (Díaz et al., 1996; Donázar, 1997: paradójicamente, la mayor ave autóctona en Canarias) apenas supera los dos kilos de peso (rango 1.600-2.400 g); una longitud de 59-70 cm y envergadura alar de 150-170 cm, con el ala plegada, 46-53 cm. Sin dimorfismo sexual aparente, se distingue un leve incremento en la biometría y morfología –p.ej., rectriz central más larga- de la hembra (Cramp y Simmons, 1980); regla familiar en las rapaces, a diferencia de otras aves –dimorfismo sexual inverso respecto al tamaño-, el mayor volumen de la hembra (Newton, 1979).

           


     El rasgo distintivo de la especie –y que lo aleja del estereotipo de los buitres- se visualiza por medio de su vestimenta bicolor, de un blanco sucio con pinceladas de matices cremosos, en contraste con el negro de las rémiges. Plumaje fanérico, diseñado por Mater Natura para destacar y ser, fácilmente, detectado (en oposición al plumaje críptico). Patrón de muda discontinuo, común en rapaces; en donde las plumas de vuelo –rémiges y rectrices- se sustituyen en alternancia temporal y espacial con la finalidad de perjudicar lo menos posible la capacidad motriz. Se desarrolla al final del ciclo reproductor (junio-septiembre), cuando la bonanza estacional minimiza la pérdida energética (Elósegui, 1989). Muda posnupcial que se interrumpe a causa del viaje migratorio, para reiniciarse al calor del sol africano. El inmaduro luce un plumaje oscuro que clarea anualmente, con las sucesivas mudas, hasta la edad adulta (4-5 años) y rostro gris azulado. Como es usual en las aves, el cuidado y el aseo del plumaje forman una pauta diaria de comportamiento: Baños de agua y de sol donde los dos elementos imprescindibles para la vida ayudan a limpiar de impurezas y a exterminar de parásitos el uniforme de trabajo; dicho de paso, menos sucio que el de los buitres mayores (Leconte 1987; Hidalgo et al., 1979: Houston, 1980).

   


     La cabeza del alimoche asemeja una carnavalesca máscara veneciana; le da un aire cómico, estrafalario y burlón: Pico largo (3,1-3,4 cm), amarillento; terminado en una punta ganchuda de color negruzco; comparativamente con los otros buitres ibéricos, menos robusto y más estilizado, idóneo para su oficio (el pico o ranfoteca es el hijo evolutivo de las mandíbulas reptilianas; su forma nos da una pista del tipo de alimentación del ave y fue la chispa que iluminó a Darwin en sus estudios), pero ineficaz como matarife desollador. Protegido en su base superior por la cera, en color amarillo, y escoltado en los flancos por los orificios de las narinas, ostensibles y acanalados. Rostro y buche desplumados, de piel amarillenta y arrugada, a veces con matices anaranjados; tonalidades obtenidas  por medio de la ingesta de ciertos insectos –saltamontes-, huevos y, principalmente, de excrementos de ungulados (aportan carotenoides y luteína, pigmentos orgánicos amarillos, anaranjados y rojos), pinturas de guerra en ave pacífica. Ojos parduscos con matices dominantes en anaranjado rojizo. De buena visión prospectora, hasta el punto de detectar cadáveres de reducido tamaño y presas pequeñas (anfibios, reptiles, micromamíferos, avecillas…; incluso invertebrados); y aérea (detección de corrientes térmicas, orientación migratoria, etc.). Cerca de ellos se aprecian, muy conspicuos, los oídos externos.

  


      Gorguera blanquecina con matices amarillo-anaranjados; de plumas largas y de forma lanceolada en cuello y nuca, en general hirsutas, con una acentuación más exagerada en el píleo. Tarsos desplumados, 7,5–8,8 cm, de piel con variabilidad cromática  en amarillo, gris y el más común, rosáceo encarnado. Como base, garras fuertes de uñas afiladas; más aguileñas que vultúricas, capacitadas para la depredación de presas menores (Cramp y Simmons, 1980).
A bote pronto, su peculiar fachada nos llama la atención. Alejado del sobrio aspecto de los buitres mayores, o a medio camino de alcanzar la hermosura de su primo el quebrantahuesos. Sin ser feo, ni bello; marca su imagen por derecho propio. ¿Qué más dará cómo lo vemos los humanos? Él y ella, Doña Blanquita, se miran muy a menudo y mejor se quieren; tanto, que el mutuo amor que se procesan  les da alas… Vuelos de pasión, ¡empieza el espectáculo! La parada nupcial, el celo…

        


BIOLOGÍA REPRODUCTIVA


     El emparejamiento comienza en el mes de marzo, a mediados o finales en función de la latitud. Monógamos (Cramp y Simmons, 1980) por naturaleza (predisposición mayoritaria en las aves, Lack 1968; aunar esfuerzos en el ciclo reproductor compensa), comparten –en menor medida- con su primo, el quebrantahuesos, la tendencia sexual del agrupamiento en tríos o poliandria reproductiva (Perennou et al., 1987), la unión de varios machos con una hembra. Peculiaridad observada con mayor frecuencia en poblaciones saturadas de alta densidad, en donde la conquista de un territorio se trueca misión imposible; junto a otras causas de menor influencia como la merma en la disponibilidad trófica que implica mayor colaboración de los machos en las cebas y, consecuentemente, potenciar un mayor éxito reproductor (Perennou et al., 1987; Bednarz y Ligon, 1988); o  vínculos de parentesco de los machos que minimicen peleas, y alteración del hábitat. Al igual que el quebrantón (recurrente proximidad filogenética) se manifiesta territorial, aunque más veces de lo que a él le gustaría, se ve obligado a transigir, máxime cuando la plataforma nidal y el alimento entran en juego (Donázar y Ceballos, 1987).

                  


     La pareja se exhibe en vuelos territoriales, la mutua observancia les estimula y afianza como reproductores; patrullan el área de cría; labor más acentuada en el macho (Mundy et al., 1992; Widensaul, 1996). El ritual nupcial remeda al cortejo de las águilas, pero sin alcanzar la belleza e intensidad de éstas. Vuelos sincronizados que describen una cadena de etéreas olas con ascensos y descensos; incluso picados y enlace de garras, para, súbitamente, caer al vacío y remontar el vuelo (Elósegui, 1989). Posados, los picoteos afectuosos y el mutuo acicalamiento componen escenas amorosas e incitan a la cópula: Breve, inferior a 15 segundos, en donde la hembra alza la cola y ladea la cloaca para facilitar la monta del macho, que salta sobre ella con las alas desplegadas. Mientras realiza el contacto cloacal, picotea en la nuca a su amada. En la misma tónica se reiterarán e intensificarán de cara a la hora de la puesta, no sólo en el área de cría, sino en las de alimentación, e incluso, en los dormideros comunales. Previsora, la hembra aprovechará cualquier oportunidad para tragar huesecillos y piedrecillas de caliza, y asimilar el calcio imprescindible en la formación de la cáscara del huevo y del embrión (Köning, 1975; Elósegui, 1989). Estas cópulas no concluyen con la puesta e inmediata incubación, sino que se manifiestan dilatadas durante el ciclo reproductor, e incluso, esporádicamente, fuera de él; como si la pareja reivindicase la acción como un acto íntimo y social, más allá del mero hecho procreador.

                       


     En el ámbito sexual de la hembra se han observado dos cuestiones, cuando menos curiosas: Por un lado, ocasionales cópulas de la hembra con otros machos. Y la teatralización de ésta en ciertas cópulas, donde los roles de la pareja se cambian y la fémina amante emula la monta del macho; llamada “cópula revertida”, en la cual, la actriz pasiva y conquistada se transforma en dominante seductor.

                    


     Fiel al patrón de conducta de otras rapaces, los plúmeos enamorados regresan a los núcleos de cría de años anteriores (Campell y Lack, 1985; Widensaul, 1996). A diferencia de sus parientes vultúricos, se despreocupan más del lugar de crianza (Thiollay, 1969; Glutz et al., 1971) ya que, al ser los buitres más tardíos en procrear, no precisan de orientaciones exclusivas, o cavidades muy protectoras que minimicen el riesgo de hipotermia -caso del quebrantahuesos-. O de robustas copas arbóreas -caso del buitre negro, Aegypius monachus-. O, como los gregarios buitres leonados, de grandes murallas que amparen a la colonia. Ni siquiera exigen la inaccesibilidad de las alturas, pues se han dado casos de expolios a fauces de carnívoros terrestres –p.ej., zorro- y del hombre. O la nidificación en infraestructuras humanas (torretas eléctricas o edificaciones deshabitadas), y en cortados fluviales próximos a poblaciones del hombre.
     Prefieren la roca, en especial caliza por su generosidad en oquedades, a la cobertura arbórea, aunque, ocasionalmente, nidifican en árboles (Newton, 1979. Infrecuente en la Península Ibérica, merced a su privilegiada orografía, en cuyo caso con una predilección por los pinares –observaciones más reiteradas en pino carrasco, Pinus halepensis-. Por el contrario, nidificación más usual en la India por mayor carencia de covachas).

       


     En busca de una oquedad, cueva o un simple trozo de cornisa de exposición soleada (orientación: sur, óptima; buena, SE y SO, siendo peor la ubicación más lluviosa; mala, norte); y, a ser posible, con techumbre o extraplomo que actúen de paraguas –lluvia- y de sombrilla que atenúe la insolación propia del tardío ciclo reproductor (Hidalgo et al., 1979; Braillon, 1979; Mosher y White, 1976); ya que la climatología desfavorable reduce el éxito reproductor (Donázar y Ceballos, 1987; Tjernberg, 1983; Moss, 1979; Newton, 1979; principalmente lluvia por tormentas y temporales).
     La proximidad a fuentes de alimentación (muladares y vertederos, incrementan en mucho la viabilidad de la subespecie, tanto en las cebas como en la etapa de independencia) se prioriza antes que la cota de altura, de amplio rango altitudinal (100-1.800 m; la isla de Menorca como cifra inferior y el Pirineo occidental como nidificación superior), más común entre 500-1.100 m (Perea et al., 1990; Ceballos y Donázar, 1988; Garzón, 1973) y rarificándose a partir de los 1.500 m.
     La territorialidad atemperada por las ventajas ecológicas (alimentación, nidificación, seguridad, etc.) sufre y se resiente por medio de su icono más emblemático: el nido. Si resulta difícil sobrellevar la cercanía vecinal de otras aves en el área de cría (Donázar y Ceballos, 1987), más lo es padecer el desalojo de la plataforma nidal a manos –mejor dicho: pico, garras y aletazos- de las grandes aves rupícolas; especialmente del águila real  http://lupus.madteam.net/articulos/2007-12/aguila--real-----avifauna--alpina---iii/   y, sobre todo, del buitre leonado, maestro en el arte de la competencia interespecífica en las murallas rocosas. Pobre alimoche, el menor tamaño y gregarismo, junto al retraso en la estación reproductora, forjan cerraduras fáciles de descerrajar.

 


     En la búsqueda, el porteo de materiales y la construcción del nido coopera la pareja. Ojo avizor, detecta y acarrea gran variedad de materiales: hojas, ramillas, palotes, pelos, lana, musgo, pieles de mamíferos, plásticos, trapos, papel…, desechos de basuras (Noval, 1975). Un cajón de sastre de forma acopada en la plataforma, 80-150 cm de diámetro y 25 cm de espesor, insertada de ramitas y palos entrecruzados; arquitectura funcional  a modo de empalizada. En el centro se reservan los materiales más suaves y protectores para almohadillar la cubeta de empolle, 40 cm y de espesor, 4-5 cm. Este collage natural se renueva, modifica o construye para satisfacer las necesidades familiares.
Una de ellas nace de la costumbre en las rapaces de disponer de varios nidos; en el caso de los alimoches (rango 1-4; Braillon, 1987) lo usual es el par (Perea, pers.). Y el malsano hábito de “relajarse en la limpieza de la cuna”, apelmazada por las deyecciones de los inquilinos y adornada con restos óseos de las ingestas. Ingredientes fétidos que espantan al buen olfato y atraen, como moscas, a los parásitos. De hecho, el tándem se desparasita mutuamente con la finalidad de exterminar hasta al ectoparásito más oculto; acto que, etológicamente, enfatiza los vínculos de pareja (Olea et al., 1999; Blanco y Martínez, 1996).

                           


     La puesta, usualmente, se efectúa en abril (final de marzo-principios de mayo). Acostumbra a constar de dos huevos (rango 1-3), puestos a intervalos de 3 a 8 días (Mendelsohn y Leshem, 1983). De textura rugosa y color blanco sucio moteado de manchas pardas rojizas. Dimensiones de 66 x 50,4 mm y peso 75-97 g/unidad. La incubación es inmediata desde el primer huevo y compartida por los padres (Brown y Amadon, 1968; Elósegui, 1989), con relevos condicionados por la alimentación. El parasitismo de otras aves o el expolio componen la amenaza más real de pérdida de la nidada (Donázar, 1998) y, en menor grado, la precaria climatología (Donázar y Ceballos, 1987). De acontecer dentro de las primeras semanas, y como carácter excepcional (Levy, 1990), se produciría una puesta de reemplazo (Mundy et al., 1992; Elósegui, 1989).
Junio, transcurridas seis semanas de incubación compartida -42 días-, eclosiona el primer polluelo. Nidícola e indefenso, revestido de suave plumón blanco con matices rosáceos; dentro de la semana nacerá su hermano pequeño, casi muerto antes de haber eclosionado. La tasa de supervivencia de éste no supera el 25% (Mendelshon y Leshem, 1983; Donázar, 1987). El cainismo –enraizada costumbre de las rapaces- surge como estrategia de supervivencia, apoyado por el desfase de días entre la eclosión de uno y otro. La fuerza bruta que otorga el mayor tamaño y el monopolio de las cebas inclinan el fiel de la balanza hacia el lado del más capacitado para representar a la especie. La energía acaparadora del primogénito y la pasividad de los progenitores arrinconan al pobre benjamín, hasta que, en un par de días, muere por inanición. No existe hermandad, pero tampoco cruel asesinato; sí un mecanismo de supervivencia y autorregulación en rapaces, donde la viabilidad del par de pollos se torna excepcional (Garzón, 1973) y supeditada a la disponibilidad trófica. Si muere, la carnaza se transformará en energía, integrándose en el ciclo vital.
      En las primeras semanas, las atenciones de los padres son constantes; en especial, por la hembra que, como buena madre, se desvive por su hijo. Cebas en pequeños trocitos de carnaza de pico a pico, alternadas con cebas líquidas por regurgitación, de buche adulto a pico del polluelo. Elementos nutritivos e imprescindible aporte de agua (la insolación y deshidratación les afectan en mayor grado que a los otros buitres ibéricos por la estacionalidad de la crianza). Día a día se fortalece, su cuerpo ya se sujeta de pie (Elósegui, 1989; Cramp y Simmnos, 1980). Al mes despuntan los cañones como lacerantes púas oscuras que matan el níveo color base; como si fuera un preludio del blanquinegro plumaje de adulto. Conforme va emplumando, se ejercita con toda clase de movimientos: pequeños saltos y paseos, junto a frecuentes aleteos. Las ausencias tutelares aumentan en gran medida, hecho que posibilita el ser atacado. El parasitismo, el expolio y el saqueo por parte de las especies vecinas entran en juego (Donázar, 1998).

   


     La plataforma nidal del alimoche se convierte en un campo de batalla de fuerzas desiguales. Ante un ataque, el inocente pollo desarrolla la estrategia defensiva de aparentar ser grandote y fiero, el malo del barrio: Eriza el plumaje, ahuecándolo para aumentar de volumen, más ostensible en cabeza y gorguera donde el encrespamiento simula fiereza; mientras despliega las alas y aletea. Aspecto que enfatiza al adelantar la cabeza y estirar el cuello contra el adversario, a modo de hiriente lanza. A veces  emite pequeños chillidos, fruto del miedo enmascarado de bravura que, en un ave tan silenciosa, supone mucho esfuerzo (los alimoches son pájaros de pocas palabras, apenas manifiestan vocalizaciones). En el otro bando, una cohorte de picos y garras comandados por toda clase de rapaces (águilas, buitres, búho real, halcones…) y córvidos (Tella y Torre, 1990; Beltrán y Margalida, 2004), capitaneados por su mejor representante: el omnipresente cuervo común o carnicero –Corvus corax-, una de las aves más inteligentes de la avifauna mundial –quizá la primera-, e, injustamente, infravalorada y poco conocida. Inteligente y audaz pirata negro, experto en abordajes, aunque el pollo –o huevo- esté protegido. En este caso se alían en parejas: mientras uno acapara la atención del progenitor irritándole y espoleando su carácter territorial; su cómplice, por detrás, arrebata el botín (Ratcliffe, 1987). La torpeza o la habilidad de los combatientes decantará la estrategia triunfante: defensiva o depredadora, supervivencia o muerte, pero, como es regla en Mater Natura, siempre de una forma u otra, “vida”.
     Este desapego tutelar que pudiera deducir una desafección familiar -inexistente en los otros buitres-, no es más que una pauta de conducta que estimula y apuntala la precoz tendencia emancipadora del pollo; ave destinada a migrar, sin experiencia ni previo aprendizaje, más de tres mil kilómetros.
     Y es que el polluelo aprende a buscarse la vida muy pronto. Esta madurez también se refleja en su cuerpo, más hecho y robusto. Los continuos ejercicios físicos exhiben, con toda generosidad, sus plumas marrones ennegrecidas, monacal ropaje aún lejano al bello vestido de adulto. El patrón de colorido más oscuro del alimoche se presenta en su etapa de volandero. De un cromatismo sobrio con dominancia del pardo retinto, más visible en las plumas achocolatadas del cuello, pecho y vientre. El leve contraste se manifiesta en las alas y la espalda, teñidas en ocre y jaspeadas por la claridad de las puntas. Cola grisácea con el extremo de la cuña en castaño. Notables diferencias con un ejemplar adulto que se plasman hasta en el rostro, grisáceo con cierto matiz azulado, a juego con la cera. Y unos ojazos de iris en pardo o gris oscuros. Patrón de plumaje monocolor diferente al dicromático de los padres como respuesta defensiva visual entre muchas aves territoriales, que pretenden captar la atención de los adultos, diferenciarse y advertirles: “Soy tu hijo-no reproductor, no un intruso; no me ataques” (Lack, 1943). Tonalidad oscura que clarea con las consecutivas mudas anuales: En el primer año se generaliza el plumaje pardo oscuro, y manifiesta claridad en la punta de las alas, la banda terminal de la cola y en el capirote; junto a un rostro y pico en tonalidad gris azulado. En el segundo y tercer año se aprecian plumas grises y blancas; rostro y pico grisáceos pero asoman matices en amarillo. En el cuarto y quinto, únicamente se aprecian tonalidades grises y marrones en las plumas corporales, coberteras e infracoberteras ; junto a una cola con plumas grises y blancas. Al quinto año adquiere su condición visual y sexual de adulto, se le considerará un rival en el territorio, aunque no sea un adulto reproductor.

    


     Cuerpo, plumas y espíritu nacidos para volar, si antes Doña Parca, con su inmisericorde guadaña, no corta sus alas. La mortalidad –en especial dentro de las dos primeras semanas- se cierne sobre el nido. Al cainismo propio de la especie (Mendelshon y Leshem, 1983; Donázar, 1987) se une la precaria climatología (Donázar y Ceballos, 1987; Tjernberg, 1983; Moss, 1979; Newton, 1979), de superior incidencia en zonas húmedas; el parasitismo (Donázar, 1998) y otros males que muerden con menor saña…
     Espada de Damocles que corona una productividad de 0,65 pollo/pareja, tasa de vuelo de 1,12 pollos volados/nido; y éxito reproductor de 0,88 pollo/pareja (SEO/LifeBird, censo III 2008). Parámetros inferiores al anterior censo (SEO/LifeBird, censo II 2000): productividad de 0,88 pollo/pareja; tasa de vuelo de 1,19 pollos volados/nido; y éxito reproductor de 1,03 pollos/pareja (Del Moral y Martí, 2002). Evidente declive en menos de una década, y mal punto de partida para el alimoche que, cándido e ilusionado, quiere echarse a volar por primera vez.
Desde la eclosión, han de pasar no menos de once semanas para que el polluelo pueda volar, bajo el tórrido sol de agosto y aupado por las corrientes térmicas, henchidas del flujo canicular.

    


     En estos lances aéreos, y en sus primeras jornadas de joven volantón, aún se aprecia la escolta de los padres, más atenta en la madre, preocupada por ver cómo se alimenta su retoño. Tutela de días, o a lo sumo de un par de semanas, pues la migración posnupcial de los adultos se inicia, generalmente, en septiembre. En cuestiones de llevarse algo a la boca, los dormideros comunales, muladares y basureros se convierten en el mejor aliado para llenar el buche (Donázar et al., 1996; Fernández, 1990); no sólo por el aporte trófico, sino porque focalizan la población inmadura en las propias áreas de cría; iniciando una querencia por ocupar y retornar a las áreas natales (Donázar 2004, 2006; Grande, 2006), comportamiento llamado filopatría; tendencia que dificulta la expansión y recolonización naturales.
     La primera migración late con fuerza en su corazón, impulsa el ánimo y le da alas. No será fácil, sí duro y, probablemente, peligroso; pero la gran aventura de África supone un reto irrenunciable para un espíritu joven. Ya partieron sus padres; ve cómo desaparecen en el horizonte otros inmaduros (Donázar y Ceballos, 1989); ahora llega su turno. Este periodo, llamado dispersión juvenil, abarca desde el primer vuelo de patoso volantón, hasta los artísticos bailes nupciales del ritual de apareamiento, gracias a los cuales pasará de la condición de hijo a la de responsable padre, una vez alcanzada su madurez sexual a los cinco años. Y engendrar generaciones hasta morir bajo la sombra del hombre, de Mater Natura o, quizá con mucha suerte, devorado por las fauces del tiempo (esperanza de vida en reclusión, 35-40 años; en concordancia con la mayor longevidad en ejemplares cautivos, Newton 1979).


      

     Antes de dar el salto de continente precisa de un mínimo de grasa y reserva energética. Acapararlas se convierte en la necesidad más apremiante. En esto, los dormideros comunales y la proximidad de muladares y basureros contribuyen, en gran medida, al aporte continuo de alimentos (Donázar y Ceballos, 1990). El gremio de los inmaduros manifiesta una especial querencia por estos restaurantes de desechos orgánicos, muladares y basureros (Fernández, 1990); donde se dan cita la gran familia de los necrófagos voladores y otras aves de buche sin escrúpulos. A la hora de comer, la jerarquía se impone: si los alimoches cuentan poco, los inmaduros, nada. Y es que las relaciones con otros buitres ibéricos menudean y siempre bajo el estigma de subordinados. En el ámbito de su especie, el inmaduro prefiere agruparse y socializar, en especial en los centros de alimentación, con individuos de igual estatus y segregarse de los ejemplares reproductores (Bennetts y McClelland, 1991; Donázar, 1993; Brown, 1997), en coherencia con el patrón de conducta de las rapaces territoriales.


 

     Una vez que la despensa del cuerpo se colma de valiosa reserva energética (acumulan el doble de grasa que las especies sedentarias, ya que los lípidos duplican, por gramo metabolizado,  el valor energético), España se le hace pequeña; necesita todo un continente, África. Finaliza su emancipación y la estancia en suelo europeo, e inicia la migración posnatal hacia las tierras africanas (Donázar y Ceballos, 1989).
     El ardiente aire del Sahel, recalentado por el sol tropical, impulsará sus vuelos durante varias temporadas; hasta que el despertar sexual, en torno a su quinto cumpleaños, le incite a retornar a su tierra de origen, fiel a su querencia filopátrica (Perennou et al., 1987). Y unirse en pareja –o trío- para fundar una familia. El círculo reproductor se cierra merced a otro, la fuerza vital de la energía. Hablemos de ello, iniciemos otro viaje, en este caso, por el ciclo de la alimentación.

   


ECOLOGÍA TRÓFICA


     Pícaro oportunista, necrófago de oficio (Donázar, 1993), huésped de basureros (Ceballos y Donázar, 1988) y muladares (Donázar et al., 1996; Fernández, 1990), depredador de pequeños animales (Bernis, 1973; Garzón, 1973; Bergier y Cheylan, 1980; Mossa, 1981)…; la amplitud del nicho ecológico rebasa los límites de sus emplumados primos ibéricos.
     En la ecología de la muerte, no por ser el buitre más pequeño realiza una labor menor. Al contrario, desempeña funciones específicas, tanto al señalizar carroñas, como al aprovechamiento de las mismas, incluidas las últimas migajas; efectuando con ello, el reciclaje y saneamiento de Mater Natura.

        


     Rapaz, prioritariamente, carroñera (Marco y García, 1981; Bergier y Cheylan, 1980; Hidalgo, 1997; Garzón, 1973), depende, en un alto porcentaje, de los animales domésticos (Donázar, 1993). Prospecta el área de campeo sobre una cota media, inferior a la mantenida por el buitre leonado, ya que, a diferencia de éste, no precisa abarcar grandes zonas y fijarse en pautas de conducta (refuerzo social; comportamiento basado en el grupo, opuesto a la prospección solitaria o en pareja del alimoche); sino ser minucioso para detectar cualquier carroña, aún pequeña y oculta. Ojea la superficie terrestre; la visión entra en juego (Houston, 1974), bien del solitario cadáver o atraído por los movimientos de los carroñeros oportunistas, córvidos y milanos. Una vez descubierto, desciende al objetivo sin vacilación, dispuesto a hincarle el pico. En esta cuestión, el tamaño sí que importa; ya que, para actuar sobre los cadáveres de ungulados domésticos y salvajes (Garzón, 1973; Marco y García, 1981) de porte medio-grande, precisa de la maestría carnicera de los buitres mayores, matarifes y cirujanos de altos vuelos que sajen el duro cuero y, abierto en canal, den comienzo al despiece. Perspicaz estrategia que beneficia a todos: a los pequeños carroñeros señalizadores del botín y a los grandes necrófagos, llaves del cofre (Mundy et al., 1992). La menor fortaleza del alimoche en cráneo, musculatura del cuello y, en especial, pico, decantan su estrategia trófica. La forma y tamaño del pico se relacionan con la función que ejecutan, principalmente alimentaria (Proctor y Lynch, 1993; Grant, 1999). En Neophron, la mayor delgadez y curvatura le imposibilitan desollar, pero le capacitan para hurgar, trabajar menudencias, extraer, o mondar las osamentas (Mundy et al., 1992). La versatilidad se impone sobre la fuerza bruta. Ahora actúa la inteligencia natural del alimoche y de sus colegas córvidos: señalar el cadáver. Llamar la atención de los buitres desolladores toma importancia; el plumaje fanérico, los movimientos; junto a la habitual comparsa de córvidos y demás tribu oportunista, son detectados por algún buitre leonado que, reacciona, lo delata en el aire y encadena, como ficha de dominó, un posicionamiento grupal (memorización y señalamiento de la carroña, ruedas en vuelo, refuerzo social). El descenso de uno de ellos, la iniciativa del más hambriento y la dominancia de los individuos famélicos dan cuenta de la carcasa. La especialización de cada buitre ibérico reciclará el residuo orgánico inerte en vital energía:
      El buitre negro se centra en el área superficial de la carcasa, donde selecciona las piezas más duras y fibrosas (cuero, tendones, carnaza correosa); para dejar al carroñero por antonomasia, el buitre leonado, la zona interna del cadáver con el grueso del botín. La osamenta, pezuñas y demás raciones impensables de tragar; serán un tesoro para el quebrantahuesos, que, sin prisa ni competencia, eliminará del entorno el residuo menos digerible (Heredia y Heredia, 1991; Margalida y Beltrán, 2005). El más listo de la pandilla, el alimoche, si no ha dado cuenta previa de las partes blandas –p.ej.: ojos y lengua-  al aterrizaje de la tropa carnicera, aguardará su turno, para ingerir la carroña desechada por los buitres mayores. La especialización de cada rapaz necrófaga en las diferentes gradas del nicho ecológico optimiza el aprovechamiento energético de un residuo, de por sí, insalubre y problemático; y, en consecuencia, sanea el medio: círculo perfecto.
     En cuanto al alimoche, su misión no se impone por la fuerza. Dentro del caos de la carroñada, la jerarquía del hambre y la agresividad de los buitres mayores, lo relegan a la subordinación (Donázar et al., 2010; Moreno-Opo et al., 2010). Merodea por la periferia de la carroñada con andares galliformes, de mejor desenvoltura que la demostrada por sus primos (Pennycuick, 1972), para picotear los despojos y las pequeñas porciones perdidas o despreciadas (König, 1983), y mondar las menudencias adyacentes a los huesos (Mundy et al., 1992). En esto, no sólo es experto sino dominante, ya que se impone al gremio de carroñeros menores –córvidos y milanos- y disputa con otros miembros de su especie, prevaleciendo los individuos adultos sobre los inmaduros.

  


     Fuera de las multitudinarias carroñadas, en las carcasas de porte inferior, Percnopterus se transforma en el señor de la mesa; ingiere todo tipo de carnaza: peluda, escamosa, emplumada, reseca, pútrida… Su adaptabilidad e instinto estratega le inducen a sacar tajada de las circunstancias naturales (estiaje, inundaciones, incendios…) y antrópicas; en esta última, con actuaciones,  cuando menos, llamativas. Sirvan de muestra, la observancia del ganado, en la época de partos, para incluir en su dieta las placentas y recentales muertos. Así como el patrullaje de las carreteras –junto a los milanos-, para alimentarse de los animales atropellados (Rodríguez y Ballcels, 1968: Bergier y Cheylan, 1980).
Desde la perspectiva ecológica, si las labores de salubridad y de reciclaje efectuadas por los necrófagos son incuestionables; el alimoche adquiere máxima relevancia por su adaptabilidad, acceder a gran variedad de terrenos, indicar la carroña, ingerir las partes pequeñas, y ocuparse de cadáveres de porte inferior.
     La adaptabilidad y el atenuado instinto de temor al hombre, le llevan a explotar fuentes de nutrientes inagotables –basureros- y recurrentes –muladares-; convirtiéndose, en cierto modo, en comensal del humano.
Trastienda de la actividad cotidiana del hombre, los apestosos y marginales basureros  se transforman en concurridos restaurantes, donde la fauna oportunista, sin ningún tipo de prejuicios, sacia el estómago. A la conocida nube de gaviotas e inquietas cigüeñas comunes –por citar algunas de las especies visitantes de plumaje afín a Neophron- se han de incluir, ocasionalmente, dos especies de mamíferos emblemáticos: el lobo y el hombre. Domesticados por las circunstancias y esclavizados por el hambre, hurgan entre los desperdicios en busca de la supervivencia (sirva este desvío de camino para que todos reflexionemos y saquemos nuestras conclusiones sobre el hábitat humano y los ecosistemas del alma).
Nuestro blanquinegro necrófago pierde la hidalguía para calmar los quejidos del buche. Todo resto orgánico (Ceballos y Donázar, 1988; Velasco et al., 1991), y algún peligroso plástico o metal mal diseñados y peor vertidos, entran en el pico como fétido desecho, para metamorfosearse por arte del metabolismo, en vital energía. No sólo de composición proteica y lípida –cárnica-, sino también de glúcidos, con observaciones destacadas en ingestas de frutas y vegetales. ¿Existe mejor reciclaje?

           


     Al ser las carcasas del ganado la mayor fuente alimentaria del gremio necrófago (Hiraldo, 1976; Donázar, 1993); los muladares (legislación estatal: Real Decreto 664/2007, 342/2010; y autonómica: p.ej. Navarra, Orden Foral 30 de abril de 2001 del Consejo de Agricultura, Ganadería y Alimentación, y Orden Foral de 27 de junio de 2006) suponen un oasis nutricional dentro de la desertificación carroñera agostada por la EEB –encefalopatía espongiforme bovina- y el temor oficial (en cierto modo ciego, y alentado por intereses económicos del sector implicado en la temática). Un recurso trófico predecible y periódico; de máxima efectividad energética y biológica al conseguirse sin esfuerzo –bajo coste-  ni conllevar riesgos. En general, potencian la perduración de la avifauna necrófaga (Piper, 2006; Donázar et al., 2010). En particular, aportan alimentación al Percnopterus (Ceballos y Donázar, 1988), crucial en la etapa reproductora y determinante en la viabilidad de la población subadulta (Donázar, 1992); concentrándose en estos restaurantes oficiales, a tenor de su inexperiencia en la captación de alimentos (Greig et al., 1983; Rabenold, 1987), y manifestando –en lógica-  una querencia recurrente por los muladares (Fernández, 1998). Dicho en pocas palabras: La creación y perdurabilidad de los muladares apuntalan la existencia de la subespecie (Liberatori y Penteriani, 2001; Benítez et al., 2009).
     El método trófico de idiosincrasia más rapaz y menos vultúrica del alimoche se encuadra en el ámbito de la captura de pequeños animales (Bernis, 1973; Garzón, 1973; Bergier y Cheylan, 1980; Mossa, 1981). Depredador de bajo rango que rapiña presas lentas, inexpertas, enfermas o débiles que entran en el campo de acción del buitre cazador: peces en aguas someras o aislados en un charco –p.ej., ciprínidos-; anfibios, reptiles, micromamíferos, insectos (Congost y Muntaner, 1974; Noval, 1975), invertebrados en general… En este baúl gastronómico, el plato fuerte lo adereza el conejo de campo –Oryctolegus cuniculus-, especie fundamental y joya de la red trófica de los ecosistemas mediterráneos. El alimoche engulle, gustosamente y siempre que la ocasión lo propicie, conejos (Ceballos y Donázar, 1990), bien como carroña o captura (Ceballos y Donázar, 1987, 1988; Tella, 1991) merced a la merma de facultades por enfermedades contraídas (p.ej., víricas: mixomatosis, enfermedad vírica hemorrágica –EVH-, papiloma), y a la inexperiencia de los gazapos. Esta querencia trófica se convierte en arma de doble filo, sangrante o positiva, en función de las fluctuaciones demográficas cunícolas (Ceballos y Donázar, 1990; Tella, 1991; Tella et al., 2000).


   

      Fuera de los tres pilares tróficos (necrofagia, comensalismo –muladares y basureros-, y depredación de pequeñas presas); el alimoche nos sorprende por su forma de buscarse la vida en acciones ocasionales y curiosas:
     Parasitismo y cleptoparasitismo, víctima y verdugo. Piratea a otras aves –córvidos y rapaces- alimento (Brackmann y Barnard, 1979; Cramp y Simmons, 1979; Mossa, 1981), en especial en sus nidos desprotegidos (Terrasse y Terrasse, 1967; Grubac, 1989; Tella y Torre, 1990). Y, a su vez cambian las tornas, se trueca en afectado del parasitismo (Canut et al., 1988; Ceballos y Donázar, 1990; Donázar, 1998); muchas veces a pico del mayor pirata de los mares aéreos, el reyezuelo de los ladrones: el cuervo (Tella y Torre, 1990; Margalida y Beltrán, 2004).
     Pastorea los rebaños, no sólo en la estación de partos –placentas y recentales muertos-, sino en busca de materia orgánica: heces e insectos. Prefiere observar las cabañas vacuna y caballar, al quite de insectos asociados a éstas que pululan entre las reses; incluso desparasitan a los sufridos bovinos de las sangrantes garrapatas, extraídas, hábilmente, con su estilizado y ganchudo pico (Congost y Muntaner, 1974). Actúa de coprófago ocasional –apodado churretero, moñiguero-, más como función etológica que trófica (Negro, Grande, Tella, Donázar, Sánchez Zapata, Benítez y Barcell, 2003), según un mecanismo evolutivo por el cual el maquillaje gastronómico de tonalidades amarillentas en cara, pico y buche advierte a sus congéneres de la relevancia de su estatus social: la mayor intensidad cromática refleja su valía como buen reproductor –sano y excelente compañero de crianza- y rango de dominancia –vigor-. Desde la perspectiva trófica, los excrementos de ungulados ingeridos suministran menos del 5% de proteínas y del 0,5% de lípidos; mientras añaden carotenoides –principalmente luteína, de color amarillo; pigmentos vegetales de propiedades inmunoestimulantes y antioxidantes no sintetizables por los vertebrados que precisan ingerirlos-. Una balanza desequilibrada al sopesar el peligro de contraer enfermedades parasitarias y la pérdida de tiempo en un recurso de baja calidad nutricional (otros alimentos superiores en carotenoides del nicho ecológico: insectos –saltamontes- y la yema de huevo que aporta 85% de luteína). Pierde el estómago a favor del corazoncito del Percnopterus, el reclamo sexual y el color jerárquico a la pitanza, el adulto (rostro amarillento) al inmaduro (cara grisácea).
     Sin embargo,  de las aptitudes tróficas más sorprendentes del alimoche, la utilización de instrumentos logra la cota más alta. Cumbre hollada por una élite, con el humano como máximo arquetipo (otros: primates, nutria de mar, cuervo común y cuervo de Nueva Caledonia, elefante, pinzón de Darwin,  delfín o pulpo). Sí, no es un número circense de animal adiestrado, el alimoche emplea utensilios para obtener alimento (Brooke, 1979; Iankov, 1983; Boswall, 1985; Santiago, 1990; Mundy et al., 1992; Jackson, Bock y Olendorf, 2003). Única rapaz, de las pocas aves y uno de los selectos miembros del grupo, apodado por ello: buitre sabio –bautizado por el Gran Maestro Félix Rodríguez de la Fuente-.

                


     En África, el matrimonio Jane Goodall –primatóloga de fama y etóloga- y Hugo Van Lawick –fotógrafo y cineasta de la naturaleza de prestigio-, constataron esta increíble estrategia cognitiva al observar cómo los alimoches rompían la dura cáscara de los huevos de avestruz (fortalecida por cristales de carbonato de calcio de 2 mm de grosor, soporta un peso superior a 100 kg). En Iberia, el avestruz africano se trueca en flamenco reproductor (Phoenicopterus roseus; las mayores colonias se ubican en Andalucía; joya: Reserva Natural de la Laguna Fuente de Piedra). Neophron no sólo patrulla las colonias de esta especie; en general, merodea atento a la captura de huevos desprotegidos. En función del tamaño y dureza de la cáscara, el alimoche pica el huevo, entrechoca la puesta, lo apresa y arroja contra una roca, o, inteligentemente, escoge una piedra con el pico para arrojarla contra la coraza calcárea y, una vez quebrada, lamer el contenido o engullir el embrión (Mundy et al., 1992; Jackson, Bock y Olendorf, 2003). Acción no aprendida sino innata, que suministra al Neophron un aporte nutricional de máxima calidad (nutricionalmente, el huevo forma uno de los alimentos más completos que, a parte de sus bonanzas generales, mejora la visión –prospectar- y agrega carotenoides –luteína y zeaxantina, maquillaje amarillo-).
     Como hemos podido descubrir, la diversidad trófica del alimoche es ingeniosa, pragmática y variada; pero, ¿tanto embucha? El menor peso presente en una rapaz determina el mayor consumo de alimentos (Hiraldo et al., 1979). Al ser el canijo de los buitres ibéricos, precisa una ingesta cárnica (100 g generan 140 Kcal) que oscila entre el 5% y 10% del peso corporal (rango 1.600-2.400 g) para equilibrar las necesidades energéticas diarias (± 250 Kcal). Cantidad variable en función de la época (celo, crianza, migración, etc.), incluso negativa, ya que ayunar forzosamente forma parte de las vicisitudes de las aves carroñeras.
     Como es usual en las rapaces, regurgita por el pico la materia orgánica indigerible en forma de bolitas fusiformes, llamadas egagrópilas. Desmenuzadas podemos distinguir los materiales óseos o queratinosos que la componen y averiguar la última comida. Expulsa egagrópilas tan heterogéneas como la dieta del buitre oportunista. Al amasijo entrelazado de pelo, lana y demás equivalencias queratinosas del reino animal, añadir: espinas de ciprínidos, élitros de coleópteros o huesecillos de pequeños reptiles y micromamíferos, por citar algunos ejemplos posibles.
     Hasta la materia orgánica residual pone en valor la relevancia ecológica del alimoche: especialista en pequeños cadáveres y en presas disminuidas, ojeador de múltiples biotopos y señalizador de grandes carcasas: saneamiento y reciclaje energético de todo tipo de carroñas exploradas en cualquier terreno. El agente higiénico, polivalente y omnipresente; si el hombre no le cierra la puerta a la supervivencia.
     La labor trófica que ejerce y, como consecuencia, la misión ecológica que desempeña en el  seno de Mater  Natura, transciende de lo cotidiano y común a la mitología, se idealiza y sublima, nacen las leyendas…


MITOLOGIA


     En el Antiguo Egipto, las aves personificaban las almas de los difuntos; el incremento de altura de vuelo se equiparaba al superior grado de espiritualidad. Más allá del simbolismo de las rapaces necrófagas como cabalgaduras de las ánimas fallecidas, el buitre egipcio ascendía a la bóveda más encumbrada al encarnar a Nejbet, representada con la imagen de un buitre blanco de alas abatidas con la corona del Alto Egipto. Diosa madre, amamantaba con su leche divina a los príncipes/reyes/faraones (deidad de origen predinástico) para insuflarles la divinidad. Su extremo amor maternal podía llevarla a encolerizarse y abrasar (escupía fuego) a quienes amenazasen a la corona; adquiriendo el rango de protectora de la élite faraónica (otro nombre del alimoche: pollo faraón), del Alto Egipto y de los nacimientos. La imagen vultúrica de Nejbet aparecía recurrentemente en la iconografía (en especial, en el ámbito real, p.ej., el tocado de las reinas) y la escritura jeroglífica, con el símbolo “buitre” que articulaba el fonema “madre”.
     Este carácter maternal  y protector abraza a otras culturas con poblaciones de alimoches. En la India, la madre buitre se desmaterializa en fuerza espiritual benefactora, un tutor espiritual que guía al hijo terrenal.
     En la simbología universal (Carl Gustav Jung, psicología analítica), la capacidad necrófaga se identifica con la madre de todos, Mater Natura, intensificada con la dualidad del alimoche (buitre y depredador, blanco y negro). De la muerte nace la vida; de la podredumbre de la tierra, la espiritualidad celeste… De la oscuridad a la luminosidad, representada por la blancura de las alas.
     De hecho, en Iberia, la nomenclatura vernácula del alimoche –aparte de extensa- enraíza, mayoritariamente, el concepto “blanco”: abutre branco, águila blanca, aliga blanca, blanquillo, cuervo blanco, pajaroncillo blanco, sai zuri…; por citar algunos ejemplos.

          


     Esta impronta mitológica se refleja, en justicia, en la elección del nombre científico, Neophron, en referencia a un personaje de la mitología de la Grecia clásica. Narra la leyenda:
Egipio, joven de Tesalia, disfrutaba de la admiración de dioses y mortales por sus grandes cualidades (hermosura, juventud, generosidad…). Un día se quedó prendado de Timandra, bella viuda y madre de Neophron –joven de su misma edad-. La sedujo, iniciando una relación de amantes; hecho que descubrió el hijo, que se enfureció. La desigualdad de edad entre los amantes y el deshonor familiar avivaron el fuego de la venganza, actuando de la misma manera, ya que Egipio también era hijo de viuda, llamada Búlide. Una vez seducida ésta, la convenció para tener un encuentro amoroso en su propio hogar, a la misma hora que acostumbraba a citarse la otra pareja.  Ingenió que su madre saliera de casa para, en su lugar y en total oscuridad, propiciase que madre e hijo, sin conocimiento previo, yacieran juntos. Consumado el incesto, Búlide,  se percató del execrable  acto; avergonzada empuñó la espada de su hijo para arrancarle los ojos y suicidarse. Apolo (dios griego acostumbrado a enredos y laberintos mundanos y divinos) se apiadó, despertando del sopor a Egipio para prevenirle; al mismo tiempo que intercedía ante Zeus (su padre y dios supremo, experto en aventuras amorosas), suplicándole que deshiciera lo acaecido. Zeus accedió: volatilizó a los cuatro amantes haciéndolos desaparecer; los transformó en aves. Las seducidas madres adquirieron formas de pequeñas aves; sus seductores hijos se metamorfosearon en rapaces carroñeras. Egipio, iniciador del drama, en gran buitre (Egipio=Aegypius=Gyps=buitre). Neophron, en el pequeño buitre blanquinegro (Ornitogonía de Aristófanes, 414 a.C. Recopilación de Antonius Liberalis, siglos II y III, en su obra Metamorphoseon Synagoge).
     Etimológicamente, “percnopterus”, al igual que Neophron, deriva del griego y alude al color oscuro de parte de las alas. Curiosamente, concepto no extendido en el imaginario popular que, reiteradamente, asocia al ave con la blancura.


ECOLOGÍA DE LA CONSERVACIÓN


     Del mito a la realidad, ¿por qué se diluye una subespecie adaptable y de escaso temor al hombre? Veamos las causas para que cada uno de nosotros, en conciencia, aporte su grano de arena y, entre todos, construyamos un muro de salvación.  
     Las rapaces de ciclo biológico largo (p.ej., águilas y buitres) manifiestan una predisposición a padecer fluctuaciones negativas en sus poblaciones (Newton, 1979; White y Kiff, 2000), siendo más acusado en los individuos machos (Newton, 1979) y en las rapaces necrófagas (Donázar y Fernández, 1990), incidiendo con mayor daño en las poblaciones de alimoches (Donázar et al., 2002). Dicho de una forma más coloquial: se han juntado el hambre con las ganas de comer. 
     Si bien el último censo muestra, a  primera vista, un ligero aumento de parejas reproductoras; la calidad del mismo –exhaustivo y extenso- y la regresión generalizada por la mortalidad de adultos reproductores (Donázar y Fernández, 1990; Del Moral y Martí, 2002; Donázar, 2004; Ceballos y et al., 2009) desprenden otra lectura menos optimista (En Peligro, 2011 IUCN. En Peligro Crítico, subespecie canaria).
     La herida más letal proviene de la mano del hombre (actividad antropogénica: Donázar et al., 2002; Gangoso y Palacios, 2002; Gangoso y Trujillano, 2005), que moldea los cuatro agentes biocidas principales, por orden de mortandad:
     El veneno como principal arma mortífera (Mendelssohn, 1972; Bijlaveld, 1974; Perea et al., 1990; Carmona et al., 1991; Donázar, 2004); bien con criminal intencionalidad, en especial, por ingesta de cebos tóxicos destinados a la ejecución de carnívoros (Tella et al., 2000; Del Moral y Martí, 2002). O como daño colateral por consumos indirectos: raticidas –basureros-, topicidas, insecticidas, pesticidas, plaguicidas…; productos fitosanitarios y zoosanitarios. Aunque recuerda tiempos pretéritos de aciaga gestión medioambiental (figura arcaica del alimañero y de las Juntas de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza; Decreto de 11 de agosto de 1953, Ministerio de Agricultura); el veneno se encuentra en la red trófica como cruel ponzoña que mata indiscriminadamente. El plumbismo, semillas diseminadas de metales tóxicos que, al ser ingeridas accidentalmente, germinarán como enfermedades y muerte. El prohibido DDT, cuyos efectos aún siguen latentes en el medio por décadas; o los más usuales: estricnina, cianuro y otros (asesinar resulta fácil: no es cuestión de ciencia, sino de conciencia), se incorporan a pequeños trozos de carnaza o en huevos, especialidades tróficas del alimoche, rapaz más vulnerable a ser víctima de este crimen (Donázar, 1993; Del Moral y Martí, 2002). La muerte nunca es instantánea,  al contrario que el dolor insufrible que causa la ponzoña. Bien por lenta agonía o por perturbación del ciclo reproductor (huevo, embrión, cebas), la muerte anunciada diezma las poblaciones. El antídoto a este letal veneno pasa por una mayor información de los efectos perniciosos y sus consecuencias; en especial focalizados a los sectores implicados (principalmente, agropecuario y cinegético). La observancia más detallada del guarderío y la actuación de patrullas caninas (Cuoto et al., 2005), perros adiestrados y profesionales específicos (la gestión andaluza como modelo). Y la exigencia ciudadana de una legislación efectiva –en la letra y en el cumplimiento- que palie este expolio al patrimonio natural.

      


     Colisión y electrocución (Ferrer y Negro, 1992; Donázar, 1993; Ferrer y Janss, 1999), especialmente la primera. Las infraestructuras eólicas (parques eólicos, molinos metálicos de viento) y eléctricas (torretas de alta tensión, líneas de tendido, cableado, etc.), se yerguen, como lanzas guerreras por la geografía ibérica, lacerando a la avifauna en general; y a Neophron en particular.
     La accidentalidad contra el cableado eléctrico (Ferrer y Negro, 1992), favorecido por adversas condiciones de visibilidad (Donázar, 1993) ejercen de aéreas minas antipersonales que mutilan y matan al paso.
     Las torretas de alta tensión actúan de ejecutoras sillas eléctricas cuando las coincidencias –por desgracia abundantes- propician la fulminante descarga. Mortandad no natural que, con mayor saña, incide, reiteradamente, en las Islas Canarias por la costumbre del buitre autóctono de utilizarlas de habituales posaderos (Palacios, 2002). Si difícil resultaría corregir esta querencia, no lo es minimizar los daños por colisión o electrocución: aislantes eléctricos, señalamiento visual con balizas anticolisión -cintas, tubos, espirales, etc.-; incluso modificar o anular las estructuras instaladas de frecuente siniestralidad. Minimizar las descargas eléctricas y potenciar las medidas anticolisión tanto a nivel normativo (aceptables ejemplos legislativos, en las CC. AA. de Andalucía, Aragón o Navarra) como empresarial.
Los aerogeneradores, como bolardos incrustados en el pavimento, obstaculizan las rutas aéreas. Una ráfaga inoportuna de viento, la niebla…, las inclemencias meteorológicas o un mal cálculo, pueden estrellar el cuerpo contra estos gigantes quijotescos para sucumbir por el impacto de las palas o a fauces del rotor. Reducir los accidentes sería más una cuestión de voluntad que de otra cosa: Excluir la instalación  en áreas de crianza, de campeo de alta densidad poblacional, o en encrucijadas de rutas migratorias –p.ej., Tarifa-. En aerogeneradores antiguos con casuística de mortandad, parada de máquinas y regulación del funcionamiento de turbinas –según circunstancias-  como acciones previas a puntuales amenazas de colisión (Carrete et al., 2009).

     


     La menor disponibilidad de recursos tróficos aumenta la regresión poblacional (Cardiel, 2006; Del Moral, 2009). A nivel general, el inicio en los primeros años del s. XXI de la hambruna necrófaga a causa del brote de EEB; junto a la disminución de la fauna silvestre, han menguado la biomasa animal, aumentando la competencia  trófica. En particular, el alimoche, como buitre de pequeño tamaño y carácter poco agresivo, se ve obligado a despojos –si sobran- y a ingestas, proporcionalmente a su menor volumen, de más cuantía (Hiraldo et al., 1979).
     La tendencia trófica al consumo de conejo de campo (Ceballos y Donázar, 1987, 1988, 1990; Tella, 1991) y de carroña en muladares (Ceballos y Donázar, 1988; Fernández, 1998), mermadas, en el primero, por enfermedades víricas, y en el segundo por legislación sanitaria; han incidido, negativamente, en las poblaciones de alimoches (Tella, 1991; Tella et al., 2000).  Revertir, o cuando menos mitigar, esta situación requiere una concienzuda y acertada gestión cunícola (importantísima en la red trófica al ser una presa base de los ecosistemas mediterráneos); y el mantenimiento y apertura de muladares, centros de alimentación imprescindibles en la viabilidad del alimoche (Liberatori y Penteriani, 2001; Benítez et al., 2009).
     La herida menor –sin embargo,  principal en muchas especies- que afecta a sus poblaciones, brota de una sangría generalizada hacia Mater Natura: las alteraciones antropogénicas del hábitat y las molestias ocasionadas en la etapa reproductora (Arroyo et al., 1990; Junyer y Heredia, 1991), causadas por las actividades del hombre (Perea et al., 1990; Donázar, 1993), y como consecuencia bajos parámetros de éxito reproductor (Zuberogoitia et al., 2008; López, 1990). Perjuicio atenuado por la idiosincrasia de Neophron, el buitre más tolerante y vecinal hacia la civilización humana.
     No obstante, resulta harto difícil criar a un retoño cuando a escasos metros de la casa, un gigante hiperactivo, curioso y chillón –o lo que es peor, una manada de ellos- invade el hogar por mero divertimento: deportes de aventura –principalmente, escalada y barranquismo-, ecoturismo y ocio verde, fotografía de naturaleza… Acciones, en su mayoría, sin conciencia de causar un daño; pero con el efecto de aterrorizar a los adultos reproductores, interfiriendo negativamente en el desarrollo del ciclo, mayoritariamente, con el abandono del nido. De la cuna a la tumba, homicidio involuntario que, paradójicamente, es protagonizado por personas, a priori, inmersas en plena naturaleza.  Al igual que se planifica una vía de escalada, barranquismo, etc.; informarse de la posible ubicación de plataformas nidales (p.ej.: Seprona, consejerías de medio ambiente y asociaciones ornitológicas autonómicas, guarderío, ayuntamientos…) y decidir en consecuencia. En el peor de los casos, renunciar a la vía; nimio sacrificio si se trata de respetar el derecho a la existencia de todo ser vivo. Observación, fotografía, disfrute en general…, a una distancia no invasiva (en función de la especie. En este caso, superior a 605 m; Zuberogoitia et al., 2008). Nuestra presencia –física  o sonora- nunca debería encarnar a un verdugo, sino a un hijo de Mater Natura, integrado en el entorno. Fuera de este concepto, pero como agente agresor de primera relevancia se encuentra la actividad cinegética (espero que mi silencio sobre este criminal tema hable por sí sólo; junto a la inteligencia, comprensión y empatía del lector, soslayen esta triste realidad anacrónica…).
     El policía malo, la bestia satánica que arrasa el suelo que pisa, destruye, o cuando menos altera, el hábitat: infraestructuras y obras públicas (remontes, teleféricos, viales, urbanizaciones, canteras, embalses, etc.) o labores forestales y rurales, como ejemplos más representativos. Jinetes del Apocalipsis, trompetas de muerte que anuncian la oscuridad de la noche perpetua.


ETOLOGÍA
 

     En la lectura de estas páginas hemos descubierto cómo a través de la biología y ecología de la subespecie, el alimoche nos manifiesta su forma de ser:
      De querencias termófilas y ritmo circadiano de hábitos diurnos; monógamo con ligera inclinación sexual a la poliandria. De moderado gregarismo y territorialidad con tendencia filopátrica. Temperamento subordinado en las grandes carroñadas, y dominante con los carroñeros oportunistas menores…

   


     Rasgos conductuales que adornan “su personalidad” caracterizada por un fenómeno determinante: la migración.
     Cuando, ajeno al tema, surge el concepto “alimoche”, inconscientemente, evoco el recuerdo vívido de aquel inicial encuentro: Un ejemplar, en vuelo alto, sobrevolaba los bellos páramos de la Bardena navarra; rumbo al sur, hasta diluirse en la línea del horizonte. Aún me quedé un buen rato con la mirada clavada en la lejanía, como una estatua bíblica de sal, petrificado por la fuerza hipnótica que ejercía un ser divino sobre un extasiado humano. No pensaba en nada, lo sentía todo… Si pudiera compartir, con algo más que palabras, esa experiencia casi mística, la felicidad sería completa.
     Por la fecha –cercana a mi cumpleaños, a  mediados de septiembre-, el alimoche partía hacia África. Si en mí, la emotiva y reveladora visión, forjó una impronta indeleble; en el alimoche, la migración marca carácter.       
      Neophron p. percnopterus se manifiesta, mayoritariamente, como subespecie migratoria estival e invernante en África; retornando a la península para realizar el ciclo reproductor (Donázar, 1993). Sedentaria insular en las Islas Baleares (Muntaner et al., 1984; Ramos, 1994; Escandell, 1997), y en el archipiélago canario (Cramp y Simmons, 1980; Del Hoyo et al., 1994; Donázar et al., 2000), con la subespecie endémica, N.p. majorensis.; observándose algún episodio esporádico de individuos invernantes en dormideros comunales del sur peninsular (p.ej., Doñana o Cáceres, donde las condiciones medioambientales propician la permanencia. Fuera de los núcleos meridionales, observaciones en Navarra o Burgos).

   


     El carácter migratorio nace de la necesidad biológica de captar alimento (especialidades del alimoche: micromamíferos, invertebrados, reptiles…; pequeñas presas y carcasas de presencia estacional, ajenas al rigor climático); junto a su menor tamaño (morfología, metabolismo y competencia en desventaja a los buitres mayores) y querencia de hábitats termófilos y áridos (Houston, 1985; Ceballos y Donázar, 1989; Donázar, 1993). Estrategia de supervivencia usual en aves (el charrán ártico –Sterna paradisaea- recorre, anualmente, de norte a sur más de 70.000 km, desde el Círculo Polar Ártico hasta la Antártida) que lo convierte, al esquivar la precariedad invernal, en el único buitre europeo, rigurosamente migratorio.
     Rasgo hereditario e instintivo, un mecanismo innato que se despierta en el pollo volandero con la migración posnatal hacia las tierras africanas (Donázar y Ceballos, 1989).
     Antes que el joven alimoche inicie su primera aventura; sus padres, licenciados de la tutela, emprenden su particular migración, llamada posnupcial –posterior a la reproducción- o paso otoñal, en alusión a la estacionalidad. En la segunda quincena de septiembre (rango: últimos de agosto a principios de octubre), la mayoría de individuos engrosan el flujo migratorio; los ejemplares inmaduros siempre más tarde, en días o en un par de semanas. Cuantitativamente es la más numerosa al agrupar a inmaduros y adultos.

     


     No se hermanan en grandes bandadas o dibujan formaciones deslumbrantes como otras aves de paso, desapercibidos y silenciosos, sobrevuelan la península, rumbo al mediodía, para embocarse en las tierras de Cádiz.  Provincia estratégica y corredor migratorio de primer orden a nivel europeo (junto al Bósforo y Dardanelos –Turquía-, y de menor importancia, islas mediterráneas –p.ej., Córcega, Sicilia o Creta-), no sólo por ser la mejor encrucijada migratoria occidental, sino por la climatología y orografía. El cuello de botella se enfila en los pasillos aéreos de Tarifa y del Estrecho de Gibraltar. Áreas de paso obligatorio que han de preservarse de alteraciones. Minarlas de aerogeneradores y torretas, electrificarlas y erizarlas de estructuras metálicas causarán una elevada mortandad en la avifauna migratoria, que podría ser dramática en las especies más vulnerables, como acontece con el alimoche.
     Salvar casi 15 km de mar abierto, sin térmicas ni posaderos, selecciona a los más fuertes. La calidez de África acoge al buitre viajero, para sentirse como un exhausto navegante –cuando no naufrago- al  atracar en buen puerto. El mar de arena y roca, Sáhara –mayor ecosistema desértico del mundo-, alfombrado de calcinadas dunas, formará la última etapa del gran viaje. Más allá de la ventosa costa, de las tierras áridas, de las inmensas fauces del desierto…; más allá de todo esfuerzo, al sur del Sáhara, el Sahel surge  como un espejismo de parada y fonda (Cramp y Simmons, 1980; Elósegui, 1989; Donázar, 1997, 2004; Meyburg et al., 2004; García-Ripollés et al., 2010; Agudo et al., 2010). Los inmaduros como huéspedes de larga estancia; los adultos de vacaciones invernales. De octubre a febrero, los individuos adultos campearán por las extensas tierras transaharianas  con el cronómetro biológico en descuento, condicionado por el instinto reproductor. La permanencia en los cuarteles de invierno de los ejemplares inmaduros sobrepasa la temporal estacionalidad, para llegar a varias anualidades (Mundy et al., 1992; Meyburg et al., 2004) y alcanzar la madurez sexual -5 años- ; hecho que le estimulará a desandar la ruta migratoria, sobrevolar Iberia y retornar al área natal –querencia filopátrica- para reproducirse (Perennou et al., 1987).

     


     A últimos de febrero o principios de marzo, la llamada reproductora resuena en las poblaciones adultas, reclamo de horas de luz y de hormonas. La migración latitudinal se invierte, de sur a norte, en busca de un horizonte aún lejano: Europa. Algo más tarde, los inmaduros “casaderos” se unirán a la ruta aérea (Donázar y Ceballos, 1989). Se inicia la segunda migración anual, denominada prenupcial –anterior a la reproducción- o paso primaveral (rango: finales de febrero-principios de junio, Bergier, 1987; marzo mayor trasiego), desde las áreas invernales hasta los territorios de cría (Brown y Amadon, 1968; Campell y Lack, 1985; Perennou et al., 1987; Widensaul, 1996).
     Si bien de menor participación –ejemplares potencialmente reproductores-, cualitativamente de gran relevancia al ser el germen que dé vida a nuevas generaciones.

     


     El viaje de regreso, no por conocido deja de ser menos peligroso. Si la orografía permanece estática –a ojos de los mortales- , la climatología mudable favorece o entorpece la singladura. Vientos meridionales de cola, presión atmosférica propicia y sol generoso, como padre de las térmicas, impulsarán una óptima travesía. Neophron, fiel al patrón de ave planeadora, se introduce en las espirales ascendentes de una corriente térmica por medio de aleteos –mayor consumo energético-, hasta alcanzar una altura óptima donde planear –mínimo consumo energético- a velocidad de crucero. Sucesivamente se apoyará en las columnas térmicas ascendentes y descendentes, para recorrer grandes distancias con el menor coste energético posible. El navegador de a bordo viene de serie diseñado por el gran ingeniero universal, Mater Natura. El alimoche ni presume ni carece de las aptitudes orientativas de las aves migratorias (memorización, orientaciones solar, celeste, estelar o magnética) siendo la memoria visual un ancla arraigada en su conducta cognitiva (aptitud desarrollada en múltiples ocasiones: alimentación, campeo, territorialidad, etc.), para elaborar un mapa mental de la correcta ruta migratoria. Tras centenares de miles de aleteos -el último en frenada- se posa en algún roquedo ibérico; no escogido al azar, sino guiado por los latidos de su pequeño corazón: ¡ha vuelto a casa!
     Si en la migración, la compañía de otros congéneres aporta ventajas a modo de plus de supervivencia. Los dormideros comunales se truecan en clubes sociales, puntos de información tan interesantes como vitales, máxime si se trata de llevarse algo al buche. Si resulta harto difícil degustar un par de carcasas semanales; ya no hablemos de compartirlas, menos con el buitre menor –alimoche-, relegado en la carroñada que, a su vez, manifiesta dominancia sobre sus congéneres inmaduros. Éstos, mendigos tróficos, encuentran en los dormideros comunales, “hogares de acogida”, tanto en lo concerniente a satisfacer al estómago como en las relaciones sociales intraespecíficas (Ceballos y Donázar, 1990; Fernández, 1990; Donázar et al., 1996), hasta el punto de avecindar sus poblaciones en las áreas de cría y arraigar el carácter filopátrico (Donázar 2004, 2006; Grande, 2006). Y socializar con los individuos de igual estatus y, por el contrario, segregarse de los adultos reproductores (Bennettes y MacClelland, 1991; Donázar, 1993; Brown, 1997).

   


     Imaginemos una gran carroñada donde la abundancia dé para todos durante varios días. Un cercano árbol de amplio ramaje sirve de posadero y torre de observación (Ceballos y Donázar, 1990; Tella, 1991; si bien pueden asentarse sobre roca), nace el dormidero temporal que, si se aúnan varias características, como la proximidad de muladares y vertederos (Ceballos y Donázar, 1990), puede afianzarse como dormidero comunal y albergar a varios centenares de individuos con una mayoría de ejemplares adultos no reproductores, minoría de inmaduros y una presencia testimonial de pollos volantones (Cramp y Simmons, 1980; Donázar et al., 1996). Situación más factible en áreas de alta densidad poblacional, donde la captación de alimento prima sobre la territorialidad y reproducción (Donázar et al., 1996). Se relega el carácter territorial en virtud de una moderada sociabilidad –gregarismo- donde la multitud forma escudo defensivo y fuente de información para captar alimento (Zahavi, 1973; Houston, 1974; Rabenold,1987).

      


     Y es que el hambre moldea el carácter: al tonto le agudiza el ingenio, al tímido le despierta la osadía; al salvaje león le hace pasar por el aro, en bochornosa doma circense… En el alimoche, le quita y le añade en aras de una supervivencia marcada a fuego en su genoma. Hierro rusiente que estigmatiza –y a la vez incentiva- a todos los hijos de Mater Natura, incluidos los humanos. ¿Os acordáis de la manzana paradisíaca de nuestros bíblicos padres, y sus consecuencias? Ahí empezó una historia y aquí termina ésta…

         


     ©Texto y poema de Lupus, Javier Pastor. Fotografías de los autores reseñados. Prohibida la reproducción de los contenidos de este artículo sin autorización escrita previa e indicación de origen.

Mi agradecimiento y admiración a los fotógrafos de la naturaleza:

Nicole Bouglouan: http://www.oiseaux-birds.com/
Juan Pablo Fuentes:http://naturjuampa.blogspot.com.es/
José Almagro Menéndez:http://www.fotonatura.org/galerias/14925/
Oriol Alamany:http://www.alamany.com   y   http://blog.alamany.com
Sergio Sáez López:http://www.flickr.com/photos/yuky_monti/

                           


 


8 Comentarios
Enviado por Papers el sábado 7 de abril de 2012

“Lupus, estupendo artículo!!!!! Luego decimos que si lo dura que es la vida y la crisis y tal, pero anda que no lo tienen dificil estos animalillos!!!! Todo un ejemplo de supervivencia!!!!ya nos podían enseñar!!!!
Muchas gracias por dedicar tu tiempo y esfuerzo a enseñarnos estas cosillas!
Saludos máquina!!! ”
Enviado por Lupus el jueves 19 de abril de 2012

“Gracias a tí, Papers, por tu amable comentario y deferencia de leer el artículo. Sí, como bien afirmas, la supervivencia, hoy por hoy, es una realidad por conquistar al hombre; paradoja en un buitre "tan humanizado" y próximo a nuestra civilización.”
Enviado por Rapaz el viernes 20 de abril de 2012

“Jo Lupus, me has dejado impresionado con el articulo, por lo bien escrito, por lo bien estructurado y por lo bien presentado. Es digno de publicarlo (lo has intentado?? o ya esta publicado en alguna revista?). Aparte del contenido, que es muy muy muy interesante para los legos en la materia, me veo en la obligación de felicitarte por el escrupuloso respeto que demuestras de la toponimia no castellana, con todo lo que eso pueda significar.Muchas felicitades y salut crack!!”
Enviado por Lupus el domingo 22 de abril de 2012

“Gracias Rapaz, eres muy amable, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡y generoso en tu comentario!!!!!!!!!! En lo personal, "ser profeta en tu tierra", apoyado por la familia ciber virtual de Madteam, no sólo es importante, sino fundamental... Y no se me ocurre mejor manantial, nacedero ideológico de Mater Natura, para que manen y fluyan mis artículos que, con comentarios e implicación como la vuestra -Papers y Rapaz-, llegan a ser "de todos". Google y su red comunicativa llevan a la lejana, pequeña e insignificante "gota de agua divulgativa " hasta el inmenso océano para que todos puedan navegar en él. Divulgación, conocimiento..., libre y gratuito, para que "todo bicho, animalejo o pajarraco" deje de serlo: por medio del conocimiento llegar a amarlo, protegerlo, empatizar con él...; y preservar el patrimonio natural para las generaciones futuras... Iberia, gracias al crisol de culturas, rebosa de lenguas afines y dispares, y todas "nuestras", de gran personalidad. Hacer uso de ellas es un orgullo fácil de satisfacer...Además, al personalizar, implica más -y pone en valor en su tierra- al voleta, zapiqueira, arpellot, sai zuria, britango, guirre... Nuestro amado -y necesitado de proteger- "alimoche".”
Enviado por Alimoche el miércoles 20 de marzo de 2013

“Impresionante artículo al igual que el del buitre leonado. Me encanta este "bicho" y me tiene enganchado. En mi pueblo observo sus movimientos todos los años, desde que llega hasta que abandona su territorio de cría. Cómo me gusta tu expresión "Madre Natura". Cuánto hemos de aprender de Ella. El poema final una gozada. Enhorabuena. Un saludo. ”
Enviado por Lupus el viernes 12 de abril de 2013

“Gracias por tu comentario. Felicidades por la elección de tu Nick, muy apropiado para la ocasión...¡¡¡Por siempre Mater Natura!!!!!!!!”
Enviado por Jordi el lunes 6 de octubre de 2014

“Excelente artículo, haces muchas referencias bibliográficas interesantes pero no veo por ningún lado la bibliografía. ¿Dónde está?”
Enviado por Lupus el viernes 17 de octubre de 2014

“Gracias Jordi por tu comentario. No he incluido la bibliografía por dos cuestiones principales: Primar más el aspecto divulgativo y el aumento en la extensión del artículo, ya que la bibliografía consultada ha sido muy amplia.”


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